blog de LunaBruna

Gloria, Millás, (yo)... y "Un adverbio se le ocurre a cualquiera"

Me llama mi hermana Gloria, ella vive en Barcelona. Que qué tal, que cómo sigues, que si son duras las escaladas y cosas así. Mi hermana piensa que soy alpinista y me paso la vida subiendo ochomiles. Y eso que vivo a nivel del mar. Pero bueno, mi hermana es así, cosas suyas.

Me pregunta si leí el artículo con el que ganó Millas el premio Don quijote de periodismo. Le digo que no sé, no me acuerdo.

 

"Pues búscalo y léelo -me dice- mientras lo leía estuve pensando que es el típico artículo hubieras podido firmar tú". (Cosas suyas también, de mi hermana, digo, que seguramente me quiere. Vaya, que ya me gustaría a mí tener la chispa que tiene  Millás imaginando, escribiendo, comunicando y demás, así que a cada cual lo suyo y a mí lo que se me ocurren son los adverbios).

De unos que anduvieron buscando el mar

La vaca

Poema en prosa para una vaca

No quiero mar

(Dormí anoche en una hamaca a la intemperie con los ojos aparcados en el cielo estrellado, rodeada por sonidos de animales nocturnos apenas conocidos y del aroma de la sabana, o del páramo, o la estepa o lo que sea que deba llamarse el sitio en el que estamos.  

 
Dormí hace años en la arena de la playa. Fueron muchas las noches de aquel último verano que nos dejamos vivir por la vida sin complejos y dormimos con la espalda adherida al abandono y los pies calzados por la espuma de la mar. Yo inventaba historias y se las contaba, él inventaba canciones y me las cantaba.
 
¿Por qué no le retuve? ¿Por qué no le seguí? Un camino bordeado de azaleas conducía hasta el muelle de levante. Un vapor pequeño con la cubierta casi a la altura de los ojos. Adiós a pie de barco.
 
-No vienes
-No puedo
 
Y ni le retuve ni le seguí. Han pasado muchos años, éramos demasiado jóvenes y yo aún mantenía amarrado el impulso trasgresor.
 

Un pasaje posible

Carta XII 

 

Se acabó. Aquí hay mucho dislate y al fin va a parecer que la excéntrica soy yo… y no me parece imposible, pues si algo es contagioso en extremo es la propensión al desatino. En efecto, tal como supuse en un momento de lucidez, todo cuanto te conté en mi carta anterior resultó ser no más que la distorsión causada por unas infaustas fiebres que cogimos al poco de llegar a los pantanos, cuando nos acribillaron las enormes sabandijas que por aquí pululan. Recupero, mi querida prima, la salud y la cordura y te propongo que olvides la delirante carta anterior –rómpela-, olvida mejor todas las cartas, olvida mi viaje, olvídalo todo y volvamos a las historias normales, tal cual suceden en momentos vigorosos,  y no en aquellos otros en que vivimos ofuscados por  perturbaciones y destemplanzas.
 
Naturalmente, desapareciendo la fiebre se esfumó también Etelvina. Imagino que no llegó a moverse del barito del Fulgen y de los garitos del puerto en los que tan bien y felizmente se maneja, y que al leer las últimas cartas que te mandé habrá debido preocuparse –o no-. Asegúrale que las aguas han vuelto a su cauce y yo a la normalidad y, ¡maldición! estoy de nuevo más cerca de La Taún que del Orinoco, pues al haber detenido el viaje varias semanas a causa de la enfermedad, seguimos en zona de nadie, entre el desierto y la selva, y esta ciudad que se desplaza por sí misma y nos persigue, es capaz de alcanzarnos y engullirnos en cuanto le dé la gana hacerlo, y lo hará a menos que logremos cruzar al otro lado, que ya no sé qué lado es ni si tiene cruce.
 

Por un camino largo y estrecho

Carta XI

 

Viéndome Etelvina concentrada en mis dudas -y porfiada como es- insiste en que lo equivoqué todo, que convertí la realidad en desvarío, que confundí la torre ajardinada de La Taún con aquella otra más antigua y ya periclitada –pero real- que edificara Nimrod en Babel, la primera y más antigua de las Babilonias. Y como ve que no consigue convencerme exclama: «¡Confunda Dios de nuevo las lenguas y entendederas de tanto loco parabólico!»
 
-Tienes que verlo- dice. Y Hemos tardado menos de tres horas en llegar desde la arboleda hasta las murallas de la vieja urbe hoy abandonada, y doy fe de que nada tiene que ver con la floreciente ciudad de La Taún y en la que he vivido experiencias tan ricas y diversas y desde la que salí por los caminos de la Perusta hacia el Orinoco.

En Persia, en el siglo XIII

 

Historia mágica y prodigiosa de  los Reyes Magos tal cual se conocía en Persia en el siglo XIII
 
 XXXI. De Tauris a Persia
 
(...) En Persia se halla la ciudad de Sava, de donde partieron los tres Reyes Magos cuando vinieron a adorar a Jesucristo. En esta ciudad están enterrados en tres grandes y magníficos sepulcros. Encima de los cenotafios hay un templete cuadrado, muy bien labrado. Estos sepulcros se hallan el uno junto al otro. Los cuerpos de los Reyes están intactos, con sus barbas y sus cabellos. El uno se llamaba Baltasar, el otro Gaspar y el tercero Melchor. Micer Marcos interrogó a varias personas con respecto a estos tres Reyes Magos, y nadie supo dar razón de ellos, exceptuando que eran Reyes y fueron sepultados ahí en la Antigüedad. Pero os voy a referir lo que averiguó más tarde sobre el particular.

Migas de tiza entre los manzanos

Carta X

 He buscado, al viajar a La Taún y en todas sus peripecias, un mundo sobrio y coherente en el que guíen mis pasos la razón y el buen sentido común  y todo cuando he hallado y entendido me maravilla. 

 Sin embargo cuanto dejé atrás vive en mí y yo, como cantaba el hombre del barrilito, “lo siento detonado en mi piel”. Es la añoranza. A veces temo que mis cartas sean como el grito silencioso de uno de esos demediados del desierto que buscan clavar sus uñas en el cielo para arrancarse así de la tierra y caminar. Entonces me pregunto si la existencia del elaisa, del hombre del barrilito, del Buhonero, de Cudal, de Amador, de la troupe de los feriantes con su Melquiades equinoccial o de la misma Taún con su obstinada periferia garantizan mi cabal cordura mejor que el barito del Fulgen, Abacanto, la bruja de los ultramarinos, Etelvina, los tahúres de la Tennessee Belle o tu misma.

 Ahora, en verdad, no sé si te escribo cartas o si estoy perdiendo el tiempo. Hoy, maldición, estoy de mal humor y tu presencia constante en el trazo de mi pluma, me molesta.

 Bueno, sigo con la carta. 

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