Bitácora de una pulga (1)
Aunque no siempre ha sido así, las pulgas modernas no tenemos fácil convivencia directa con los seres humanos del primer mundo. Hay cierta incompatibilidad de oficio y caracteres que se resume en que nosotras picamos y ellos rascan. No les gusta rascar y su reacción es feroz. Vivimos con ellos en relativa calma cuando algunos mediadores interpuestos nos ayudan.
La mujer con la que vivo ignora que existo. Ahora duerme y yo salto de tecla a tecla porque el salto es mi 'óptima locomotriz', -las pulgas llamamos así a la mejor manera posible de desplazarse-. Y al mismo tiempo que salto, escribo aquí voy leyendo por allá y aprendo cosas sobre el intríngulis ese del medio ambiente en que ahora vivo.
Algunos dicen que hay distintos tipos de personas, pero yo veo claro que de tipo en tipo la cosa se dobla y cuadruplica y se multiplica por ciento, por mil o por mil y ciento y así hasta llegar al infinito.
Están los que creen que el día cambia a la media noche y los que piensan que empieza al despertar por la mañana. Entre ellos unos dicen "Pol Oster" y otras dicen "Pol Auster". De un lado y de otro están quienes creen que mienten bien y quienes se creen cualquier mentira. Y un tipo llamado Hommer apunta que no son dos sino tres las clases de personas: las que saben contar y las que no saben. Una viejita muy maja dice que sólo hay dos: los que se olvidan de todo y...
Mira, en realidad no hay tipos de persona. Lo que hay es mucha gente cambiando constantemente de tipo.
...Pero a ver si me centro.
El mejor sitio para vivir
Yo, paseando por esas anatomías humanas de enorme envergadura, he aprendido que hay personas para-pan y personas para-pipa. O sea, por lo que sé, los humanos urbanitas se reducen a dos tipos: los que odian a los gatos y los que los aman. Como que donde hay gato no hay ratones, los pequeños roedores domésticos suelen preferir a los primeros; nosotras, las pulgas, preferimos al humano gatero que casi nunca usa insecticidas ni nos encorre a escobazos. Y a las pulgas que viven enratonadas tanto les da, porque antes de que el ratón se asome a las fauces del gato, ya se han agarrado a sus largos bigotes.
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