Por un camino largo y estrecho

Carta XI

 

Viéndome Etelvina concentrada en mis dudas -y porfiada como es- insiste en que lo equivoqué todo, que convertí la realidad en desvarío, que confundí la torre ajardinada de La Taún con aquella otra más antigua y ya periclitada –pero real- que edificara Nimrod en Babel, la primera y más antigua de las Babilonias. Y como ve que no consigue convencerme exclama: «¡Confunda Dios de nuevo las lenguas y entendederas de tanto loco parabólico!»
 
-Tienes que verlo- dice. Y Hemos tardado menos de tres horas en llegar desde la arboleda hasta las murallas de la vieja urbe hoy abandonada, y doy fe de que nada tiene que ver con la floreciente ciudad de La Taún y en la que he vivido experiencias tan ricas y diversas y desde la que salí por los caminos de la Perusta hacia el Orinoco.
 
No exagero si te digo que en este momento el viaje es desconcertarte y hay mucho en él de desvarío. Me empeño en descifrar lo que sucede y entiendo en definitiva que desde la atalaya en que oteamos el horizonte, somos ciegos. Desde los anfiteatros en los que escuchamos la música de las esferas, somos sordos. Desde el borde de un tazón de aroma abundante y rico, carecemos de olfato y desconocemos su sabor. En la noche del desierto, cuando las estrellas se alcanzan con la mano y la atmósfera de confunde con la piel, no logramos tocar la paz del universo; y en la selva, cuando nada hay en ninguna dirección, no podemos ver el suelo. Es claro que hemos llegado a una Persia que aún siendo la de siempre aparece superpuesta y enredada con otra que probablemente se haya formado en un bucle del tiempo, y presiento que ha ocurrido así porque en algún momento tuvimos miedo de morir y quisimos convertirlo –al tiempo- en un espacio conocido que funcionara inverso, pero trasparente y líquido, respecto al original, como sucede con los mundos que se abren al otro lado del espejo y que por tener apariencia de realidad no llegan a infundirnos temor. Por cierto que de pronto dudo y me pregunto si no estaré equivocando los nombres de todas estas tierras y Persia debiera ser Aisrep, la Yndia sería Aidny y el mismo Orinoco debería llamarse Oconiro, que es por cierto un nombre bien bonito. Pero no: tanto da cuál sea el nombre de las cosas que nunca existieron, dejémoslo en los ya conocidos pues será la única manera de que imagines los parajes en los que ando y no te dé por pensar que por la parte de La Taún casi todo cuanto existe tiene visos de ser quimera.
 

 
Lo cierto es que apenas sabemos nada y por eso confío en mi instinto y en sus percepciones distorsionadas y sé que tendremos que encontrar la salida de esta Persia especular por los caminos de un mundo que siempre fue desconocido y jamás ha sido explorado; un camino ignoto que hoy recorre geografías míticas y que, aunque ahora aparece imbricado con selvas y desiertos bien comunes y conocidos, tendremos que aprender a separar las distintas dimensiones de su realidad hasta que de nuevo encontremos la ruta de la Perusta y por ella, el camino al Orinoco.
 
De nuevo insiste Etelvina en que he confundido el Mar Arenoso que discurre desde Persia hacia el Oriente -y que probablemente se alarga hasta el monte del que brotan los cuatro ríos del paraíso- con el terrible desierto periférico en el que ingentes tormentas de arena nos han embestido y que se extiende más allá de La Taún, por la Perusta hasta los manglares del supuesto gran Orinoco que ando buscando.
 
-Tienes que verlo- dice.

 Y hemos tardado dieciocho jornadas en llegar hasta una tierra inmensa tan recalentada por el ardor del sol que los ríos están secos o llevan aguas turbias y salinas a causa de la canícula. Una tierra en la que los habitantes son gentes muy distintas y extrañas. Los menos raros, los más parecidos a nosotros, no pueden vivir aquí, pues comen y beben poco, padecen fuertes diarreas y mueren jóvenes. Entre los más exóticos, los hay con una sola pierna y un solo y enorme pie que utilizan como sombrilla cuando la furia del sol se hace insoportable, y otros que nacen canos para morir ya viejos luciendo una enorme y leonina mata de negro cabello. No quisiera ser prolija ni alargar innecesariamente mi relato, pero seguiré hablando un poco más de este desierto  pues los habitantes de una aldea al borde del mismo me han asegurado que se trata de una “Mar Arenosa, llena de arena y gravilla que no tiene una sola gota de agua y sin embargo en cualquier estación se mueve en grandes ondas, a la manera de la mar, con un furioso oleaje que nunca se aplaca. No se puede cruzar con una nave ni de ninguna otra forma, por lo que se ignora qué tierra está al otro lado”. Pese a ser o parecer el desierto más inhóspito de la tierra entera y pese a la falta de agua, en la orilla hay peces grandes, ricos y comestibles, incluso exquisitos, por esta razón hay aldeas y aldeanos que nos cuentan estas cosas. (1)
 
Pero de todo esto yo nada he visto, así que ni lo afirmo ni doy fe de ello, y aunque son muchos los viajantes y sabios que en algún momento se han hecho eco de estas historias, a mí se me antojan increíbles. (2)
 
Debo asegurar sin embargo que nada de lo escuchado o visto me ha conducido a dudar respecto al hecho cierto de que esta Mar Arenosa no es el desierto periférico de la Taún. Quizás esto sea Persia o cualquiera de las tres Indias míticas, pero yo estuve y viajé por La Taún y, confirmado este extremo, Etelvina y yo volvimos a la arboleda en la que nos esperaba el resto del grupo y la invitamos muy formalmente a abandonar sus reticencias y a unirse definitivamente a nosotros. Aceptó con mucho más ánimo y alegría de la que sus observaciones elusivas invitaban a pensar, y con la fresca inconsciencia de quien inicia un viaje sin preocupaciones y ajeno en sus peligros, se adentró en la jungla con tanto brío que la perdí de vista en un periquete y no he vuelto a verla desde entonces aunque con frecuencia puedo oírla tontear con el buhonero.
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Avanzamos ahora por un sendero tan largo y estrecho que en verdad es casi impenetrable. La fronda es muy densa y apenas da tiempo a desbrozar un pasillo ínfimo cuando ya de nuevo crece exultante la vegetación cerrando el paso por el que acabamos de pasar al punto de que no veo nada, ni adelante, ni atrás, ni a los lados. Tampoco veo a mis compañeros de viaje aunque sé que no andan lejos pues a ratos los escucho quejarse, escupir, reírse o maldecir. Y si durante un rato no los oigo y me invade el pánico, grito: “¿estáis cerca? ¿seguís ahí?” Entonces contestan cada uno con su voz y en su tono y diciendo las cosas que suelen decir, y aunque lo que dicen en nada esté relacionado con la situación en la que estamos, es suficiente y alentador oírles.

Será bueno que te advierta de que grandes insectos nos acechan. Sé que son enormes no porque los vea, que no veo casi nada, sino porque los escucho zumbar y crepitar como hormigas abrasadas en el fuego y presiento que ellos vienen a mí como irían los impalas a una fuente y a sus prados de hierba nueva en la estación de las lluvias, pues se alimentan de mi sangre y me tienen acribillada al punto de que creo haber cogido alguna infección y estar tomada por la fiebre, siendo así que lo que percibo en esta parte del viaje se compone quizás de algo de realidad y de una porción mucho mayor de delirio.
 
Lo afirmo. Da por cierto que la fiebre es causa mayor de mis percepciones en esta parte del viaje, pues ansiosa por saber donde estoy, cómo es este mundo y qué lo define -pensando que conocerlo será la única manera de abandonarlo-, he tropezado con la quimera de un trotamundos errante de extraña presencia cuyo sendero se ha cruzado con el mío, lo que no es poco teniendo en cuenta que en esta selva no hay caminos. Afirma llamarse Viator y me ha informado de que (quizás) estábamos en la Yndia mítica del Preste Juan. Sabes que no soy dada al escepticismo y que fácilmente doy crédito a todas las maravillas que me cuentan, pero ésta es imposible. No me dejaré atrapar por el ensueño de un estado febril y ten por cierto que cuanto te escriba sobre lo que vea y encuentre en esta singladura -desde ahora hasta que te diga que la fiebre ha cesado-, habrás de entenderlo como la ofuscación de una mente que delira en un cuerpo enfermo y extenuado.

 

 
Os echo de menos pero no abandonaré mi viaje, pues sé que al final encontraré a Margarita, la antípoda inexplorada, la otra mitad de lo que iba a ser y no fui, pero que existe y cuando la encuentre podré reconocerla, porque para mí es familiar e íntima.
 
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NOTAS:
 
Bibliográficas.
 
(1) Buena parte de esta undécima carta está inspirada en los viajes del Caballero Jehan de Mandeville, tal como fueron contados en su “Libro de las maravillas del mundo”, escrito en 1356. Esta obra, que difundió por Europa la idea de una tierra esférica más allá de toda duda, ofrece muchos datos geofísicos algunos muy cercanos a la exactitud y otros extremadamente fantasiosos, especialmente los que se refieren a la descripción de razas monstruosas y otros prodigios.  Los párrafos que he puesto en cursiva son extractos de algunos de los capítulos más llamativos; los que están en cursiva y entrecomillados son citas textuales tomadas de "Libros de maravillas" de la colección Biblioteca Medieval de Ediciones Siruela, 2002.
 
(2) Con frecuencia, cuando Herodoto en sus nueve libros de la Historia habla de las tierras, las gentes y las maravillas que existen más allá del mundo generalmente conocido, termina su exposición avisando de que no puede dar fe de lo que cuenta, pues no lo conoce de fuentes fiables ni lo ha visto por sí mismo. Tampoco es extraño que afirme que a él tales historias le parecen increíbles. Me inspiro en él, por tanto, para diseñar la coletilla de mi propio escepticismo. 
 
Iconográficas.
 
He escogido para esta carta ilustraciones de Ryan Church, diseñador de espacios y arquitecturas conceptuales para películas de ciencia ficción. Este ilustrador ha participado como diseñador en varios episodios de la Guerra de las Galaxias, la Guerra de los mundos, Star Treck, Transformers y otras, recientemente ha colaborado también en Avatar, realizando además otros muchos trabajos personales muy imaginativos y finos.
 
Se me ha ocurrido que sus paisajes inquietantes convienen a esta parte febril del mío.

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