Gloria, Millás, (yo)... y "Un adverbio se le ocurre a cualquiera"
Enviado por LunaBruna el Mar, 02/02/2010 - 23:13.
Me llama mi hermana Gloria, ella vive en Barcelona. Que qué tal, que cómo sigues, que si son duras las escaladas y cosas así. Mi hermana piensa que soy alpinista y me paso la vida subiendo ochomiles. Y eso que vivo a nivel del mar. Pero bueno, mi hermana es así, cosas suyas.
Me pregunta si leí el artículo con el que ganó Millas el premio Don quijote de periodismo. Le digo que no sé, no me acuerdo.
"Pues búscalo y léelo -me dice- mientras lo leía estuve pensando que es el típico artículo hubieras podido firmar tú". (Cosas suyas también, de mi hermana, digo, que seguramente me quiere. Vaya, que ya me gustaría a mí tener la chispa que tiene Millás imaginando, escribiendo, comunicando y demás, así que a cada cual lo suyo y a mí lo que se me ocurren son los adverbios).
El caso es que he buscado y leído. Y como esta semana no tengo ganas de escribir, ni siquiera desde La Taún, lo copio aquí tal cual, por si a alguien le interesa leer un artículo muy sabroso y esperando que la SGAE no nos denuncie, ni a Millás por tener la jeta de imaginarse vendiendo palabras que inventaron otros, ni a mí por reproducir las que Millás escribe con su propia y encantadora imaginación.
(Millás, amigo, si los bots esos que avisan de que alguien hace uso de tus textos te traen hasta aquí, no te enfades conmigo).
Artículo por el que Juan José Millás ha obtenido el premio Don Quijote de Periodismo.
UN ADVERBIO SE LE OCURRE A CUALQUIERA
Hemingway cobraba los artículos por palabras. A tanto el término, lo mismo daba que fueran adjetivos que sustantivos, preposiciones que adverbios, conjunciones que artículos. No recuerdo de dónde saqué esa información, hace mil años (cuando ni siquiera sabía quién era Hemingway), pero me impresionó vivamente. En mi barrio había una tienda de ultramarinos, una mercería, una droguería, una panadería, una lechería… Pero no había ninguna tienda de palabras. ¿Por qué, tratándose de un negocio tan lucrativo, como demostraba el tal Hemingway? Para vender leche o pan, pensaba yo, era preciso depender de otros proveedores a los que lógicamente había que pagar, mientras que las palabras estaban al alcance de todos, en la calle o en el diccionario.
Imaginé entonces que ponía una tienda de palabras a la que la gente del barrio se acercaba después de comprar el pan. Sólo que yo las vendía a precios diferentes. Las más caras eran los sustantivos, porque sustantivo, suponía yo, venía de sustancia. Si la sustancia de una frase dependía de esta parte de la oración, lo lógico era que valiera más. Después del sustantivo venía el verbo y, tras el verbo, el adjetivo. A partir de ahí, los precios estaban tirados. Cuando un cliente, en mis fantasías, compraba tres sustantivos, le regalaba cuatro o cinco conjunciones, para fidelizarlo. Mi padre, que era agente comercial, utilizaba mucho el verbo fidelizar. ¿De dónde, si no, iba a sacar yo esa rareza gramatical? En mi tienda imaginaria había también un apartado de palabras inexistentes, para gente caprichosa o loca. Aún recuerdo algunas: copribato, rebogila, orgáfono, piscoteba, aguhueco, escopeja…
El negocio imaginario iba bien. Todo el mundo necesitaba mis palabras. Al poco de inaugurar la tienda tuve que contratar dos empleados porque no daba abasto. Luego compré el piso de arriba para ampliar el negocio, pues llegó un momento en el que la gente me pedía también frases. Puse en el sótano un taller con cuatro gramáticos que se pasaban el día construyendo oraciones. Las había de muchos precios, claro. Las frases hechas eran las más baratas. Recuerdo, entre las que tuvieron más éxito, en boca cerrada no entran moscas y no rascar bola, pero a mí me gustaban mucho también leerle a alguien la cartilla, ser un hueso duro de roer, chupar cámara, pelillos a la mar, o mi sastre es rico. El precio de las frases aumentaba a medida que resultaban menos comunes, o más raras. Por alguna razón que no llegué a entender, había mucha demanda de frases absurdas. Me duelen los zapatos, por ejemplo, los espejos fabrican harina orgánica, o las cremalleras son menos sentimentales que los botones. Con el tiempo tuve que crear un departamento dedicado de manera exclusiva a la construcción de frases absurdas.
La idea de la tienda de palabras y frases me resultó muy liberadora, pues siempre pensé que ganarse la vida era condenadamente difícil. El mayor miedo de mi infancia era el de acabar en una esquina, vendiendo pañuelos de papel. Un día que mi madre, tras suspirar con expresión de lástima, se preguntó en voz alta qué iba a ser de mí, le dije que no se preocupara, pues había decidido que iba a poner una tienda de palabras. Tras meditar unos instantes, me dijo que eso era un disparate y que debía poner mis energías en cuestiones prácticas. Ahí acabó mi sueño de vender palabras. Luego, de mayor, comprobé que los anuncios por palabras constituían un capítulo muy importante en la cuenta de resultados de los periódicos. Pero no le dije nada a mamá, para que no se sintiera culpable.
De todos modos, acabé viviendo de las palabras. No tengo una tienda abierta al público, tal como soñaba entonces, pero me levanto por las mañanas, las ordeno en un papel, las envío al periódico o a la editorial y me pagan por ellas. A tanto la pieza. Una pieza es un artículo. El término pieza se utiliza también entre los cazadores para denominar a los animales abatidos. La semejanza es correcta, pues escribir un texto se parece mucho a cazarlo. De hecho, con frecuencia se nos escapa. La otra noche, en la cama, con los ojos cerrados, pasó volando por mi bóveda craneal un artículo estupendo. Me levanté, cogí un cuaderno que tengo en la mesilla, apunté con el bolígrafo, pero la pieza había desaparecido. Desde la utilización masiva de los ordenadores, contamos los artículos por palabras. Éste que están ustedes leyendo tendrá unas 4.700. Puedo calcular a cuánto me sale la palabra y decir que cobro en plan Hemingway. Pero me sigue pareciendo mal que me paguen lo mismo por un sustantivo que por un adverbio. Un adverbio se le ocurre a cualquiera.
Juan José Millás
(Artículo publicado en la revista española Interviu, el 4 de mayo del 2009 )
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NOTA:
Imágenes de Mel Kadel obtenidas en http://fumanflower.files.wordpress.com/2008/11/mel-kadel-01.jpg
y en http://s3.amazonaws.com/lcp/veoveo/myfiles/mel_kadel.jpg
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Comentarios
#1 Millás no lo ha pensado del todo ...
Que no, que el Millás, en esto de los adverbios, patina; que queriendo ser sustantivo, anda bastante lejos de lo sustantivo.
Que no, que lo sustantivo, sin adverbios, sin adjetivos es purita nada; fichas de lego al pairo, fichas de lego sin ligar, y en no ligando, no son nada.
Que no, que sustantivo es lo cerca y lo lejos, lo aquí y allí, lo pronto o lo tarde, lo antes o después, lo bien o mal o regulín; lo poco o mucho, lo quizá o seguramente; lo cómo o cuándo o dónde, lo no o jamás o nunca o siempre ...
Es eso, lo adverbiado y adjetivado, lo sustantivo.
Ahí tienes a Dios, sustantivo que no hay cristo que le ponga adverbio y adjetivo atinado, pues es sustantivo superlativo que todo es y nada es.
Sin adverbios y adjetivos no hay nada.
:-)
Besos! (los adverbios y adjetivos los dejo a tu cuidado). :-p
#2 Las Diminutas.
Dice Valentín García Yebra:
"Las preposiciones, esas palabras generalmente diminutas (de una o dos letras las más usadas: a, de, en), son importantísimas para ordenar y estructurar la frase. Tienen en español tanta importancia como los casos en las lenguas que declinan los nombres: determinan la función sintáctica de éstos, y a veces precisan el significado del vocablo que las rige.
Se ha dicho muchas veces,y con razón, que no es posible llegar al conocimiento profundo de una lengua mientras no se adquiera el dominio de su sistema preposicional. Se puede afirmar también que no es posible escribir bien una lengua sin manejar correctamente sus preposiciones. Aseguraba Pérez de Ayala que "en el empleo de las preposiciones está el quid del castellano". Y que no nos damos cuenta "de todo el rendimiento expresivo de una preposición en su sitio".
Es de Azorín la frase (...) : " He observado que oradores y literatos claudican en el uso de las preposiciones". Esta claudicación, esta cojera del lenguaje, es ahora mucho más frecuente que cuando el fino estilista de Monovar la lamentaba".
(Valentín García Yebra: "Claudicación en el uso de preposiciones": Editorial Gredos)
Relata refero.
Fusilado y copiado sin permiso y sin perdón desde: (¿desde es lo que toca?)
http://gatopardo.blogia.com/2010/080801-que-lo-aprendan-los-ignorantes-y-no-lo-olviden-los-que-lo-saben.php
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