Lluvia, fútbol, pesadillas y carta

Algunas sensaciones previas:

Llovía y quise ver fútbol.Había leído el texto en que un amigo se preguntaba si existían las cosas en la nada antes de verlas, si seguirían existiendo en la nada después de verlas. Recordé que las ranas solo ven el movimiento, para ellas una mosca que se para, que no aletea, no existe aunque esté al alcance de su lengua. ¿Existirá esa mosca inmóvil para la rana? ¿Será mosca? ¿Será bulto? ¿será instante? ¿Será nada?

Otro amigo me escribió: “la vida es maravillosa”. Por eso me acomodé en el sofá verde para ver el partido entre la selección inglesa y la de Estados Unidos. Fue, como preveía, aburridísimo, al rato dormía profundamente. Desperté cerca de la media noche y me fui como un tiro a la cama. No dormí bien, pesaba la gata Flora, apoyada su cara en mi pie, y me dolían los huesos. Tuve muchas pesadillas.

Muy temprano por la mañana recibí una nueva carta de La Prima. Estaba mojada, pero legible.  Es una carta mendaz: al menos el ochenta por ciento de ese texto lo escribí yo, formaba parte de un cuento que iba a titularse “Veinte mil leguas de viaje submarino”, pero resultó que otro tipo había publicado con ese mismo título una historia completamente distinta a la mía y aquello me desconcertó, por eso quedó inacabado lo poco que había escrito. Todo esto me retrotrae al único párrafo que recuerdo del libro de francés de no sé qué curso elemental: “Pierre, Hélène: qu'est-ce que faites vous sous ce table? Mais maman, ce n'est pas une table, c'est une caverne!” (si no era así, se parecía).  

En fin, no pensaba poner más cartas de las que me escribe La Prima, porque es muy disparatada, pero  ¿cómo sabré donde está si se terminan las cartas?

*****

Carta XVI. Querida LB:

Vuelvo a escribir, porque, ¿cómo sabré dónde estoy si se terminan las cartas?

Anduve durante días cavando túneles y canalillos allá por el centro de la tierra y al fin llegué a una caverna enorme alumbrada con luz de albaricoque. Regatos de agua moviéndose como arañas buscaban la manera de unirse hasta formar un río subterráneo. Más tarde puse a navegar en él esta carta convertida en un barquito de papel  por ver si se trata del mismo río que discurre por la trastienda del barito de Fulgen.

Entré en la sala aturdida por su amplitud y la mucha belleza grutesca que en ella había. Aquello estaba lleno de formas rocosas que parecían árboles y animales precámbricos, incluso corría el aire y se escuchaba lejano el rumor de de una catarata. Dormían en el techo y en los repechos de las paredes miles de aves nocturnas, otras tantas sabandijas correteaban por ahí e infinidad de murciélagos colgaban del techo como piñas abrigados en sus alas. Recordé a mi mano que debía describirlas como deditos de rata con entretelas y uñas larguísimas, similares a las alas de los demonios, o al revés, y que apuntara cuánto les gusta a los murciélagos agarrarse al pelo humano. Luego empezaron a volar. Salían de todas partes, había muchísimos. Y entre ellos como  entre nieblas, mirándome desencajado, braceaba enfurecido un hombre calvo y flaco.

Maldición! ¿Qué has hecho?

-¿Yo?

-Tú, claro. Miras y el  gatillazo originado en la mirada primigenia los arranca de los muros, sólo era necesario que vieras en las piedras algo que te hiciera pensar en ellos. Entonces los escribes, se agitan y se liberan y son tal como has creído que eran. Estaban en tu mirada y en la roca: tu vista tibia y su vida pétrea. Pero, infeliz, no son tú y no puedes controlarlos.

-¡Atacan!- grité, porque salían más y más y parecían no ver nada sino a nosotros.  

Me escondí bajo el paraguas y él también, muy acurrucado a mi lado.

Más maldición! ¿Qué diablos sacaste de las rocas?  Tú sabrás por qué viste selvas feraces y animales al acecho. Yo ya me he acostumbrado a no ver nada, y eso que mi mirada primigenia era inocua, provocaba solamente coros de ángeles y niños cantores. Aburría bastante, no creas, pero era mejor que tus alimañas dispuestas a sacarnos los ojos. Son tus bichos, sí,  pero ¡qué feroces! también me atacan a mí.

-¿Y qué puedo hacer? Cada vez hay más, además, ¿de dónde salió el paraguas?

-Tú sabrás, todo esto lo escribes tú.  ¡Deja de escribir y de pensar en ellos, caramba! Cierra los ojos, no mires más, aprieta los puños. Disciplina, mujer, disciplina: intenta no ver formas ni sombras ni colores. Cierra los ojos y avanza en este tramo sin mirar.

¿Escribir yo? Convendrás conmigo que aquel tipo me estaba tomando el pelo. Lo que allí había eran tan solo murciélagos y rocas de formas sugerentes, todo ello normal en las grandes grutas subterráneas. Por eso, sin demasiadas opciones por mi parte, decidí seguir su juego y magnificar la oscura y tenue serenidad de aquel paisaje subterráneo.

-¡Asombroso! ¡Magnífico! ¡Espléndido! –exclamé- He aquí toda la flora de la segunda época del mundo. Y aquello…  ¡Son osamentas! ¡Sí! Son osamentas de animales antediluvianos.  La mandíbula inferior de un mastodonte. Los  molares del dinoterio. Un fémur que no puede haber pertenecido más que al más grande de todos estos animales, el megaterio. ¿Quién podría decir que no ande todavía alguno de aquellos monstruos por esos bosques sombríos o tras esas escarpadas rocas? (1)

- ¡Son estalactitas y estalagmitas, majadera!- Escuchándome, el pobre hombre se había descompuesto del todo. Se agitaba convulso, le iba y venía la color de pálido a rúbeo e incluso, por el movimiento desordenado de sus brazos, me alcanzó algún sopapo-. ¡Ya es mala suerte, diantre, que siendo tan grande el centro de la tierra vinieras a tropezar precisamente conmigo, que llegaras justamente aquí! Yo vivía feliz, escuchaba música, disfrutaba de un mundo tranquilo-.

Tan sentidos lamentos trajeron a mi memoria una sentencia que hasta ahora no pudieron corroborar los hechos: vivir en el centro de la tierra exprime hasta lo más recóndito y aniquila, pues quienes viven en lo profundo desconocen el movimiento y sus formas. Esto es, sustancialmente, lo que les confiere una conciencia réptil: aquel hombre era asustadizo como un lagarto.

Calculé que no habría más de treinta pasos en línea recta desde donde estábamos los dos hasta un estrechamiento de la caverna que parecía ser la salida.

-Mira -le dije- me voy. He cerrado los ojos y caminaré hasta el túnel sin abrirlos. Si lo hago así, los bichos desaparecerán conmigo.

Pensó mucho antes de responder.

-No sé… nunca antes nadie había llegado hasta aquí.

-Sí -le tranquilicé-, desaparecerán conmigo, yo sí lo sé, no en vano soy yo la que escribe esta carta. Tú no los verás si yo no los veo. Pero dime, ¿nunca buscas la salida?

-¿La salida hacia adonde?

-Arriba, al sol, al mar, a los bosques, a los ríos, a la gente.

-No, nunca.

Lo leí en su cara: ruido, ruido, ruido. No quise andar con los ojos cerrados aquellos treinta pasos que me separaban de la salida, así que los abrí y además, antes de irme le expliqué lo de La Taún. No le queda poco que sufrir al hombre y  tampoco es cosa de que se muera, el pobre, del susto cuando la ciudad aparezca. Le expliqué que la ciudad entera se acomoda a los espacios y que su gente es muy modosa, así que pasará de largo y no romperá nada de su mundo.

-Va donde yo voy –le dije- indícale mi camino y me seguirá. No te molestará apenas.

Quedó sollozando pero aún así me miraba con indulgencia, como se mira a un chiflado poco peligroso. Yo le miraba a él de la misma manera.

Pues sí, vinieron conmigo: los árboles pétreos, los animales precámbricos, las sabandijas, las aves y los murciélagos. Se encogieron menudísimos hasta que todos cupieron en el puño del paraguas y lo iluminaron. Tal como están los echaría junto a esta carta al río, pero ahora una luz albaricoque nos cobija y eso me gusta. Cojo el paraguas y sigo mi camino, en verdad, la vida es maravillosa.

Saludos a todos. La Prima.

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(1) Leve fragmentación y reunión de un par de párrafos contenidos en el capítulo 30 de “Viaje al centro de la tierra” J.Verne

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