Jefe Robus,
Mi prima está en galeras y me cede el privilegio de escribir su artículo para La Cebolla. Nunca podría escribir como ella lo hace, no tengo bastante picadas las neuronas ni tampoco tengo su prodigiosa imaginación, así que me limitaré a contar la verdadera razón por la que ella está hoy en prisión y no puede cumplir su contrato de colaboración con usted y su revista.
Todo empezó por mi insomnio y por un artículo de ‘El país’.
El otoño húmedo y frío dispara las largas noches de insomnio que, una vez más y como siempre, me devuelven una noche tras otra a la calle. Arrastro mis amaneceres por garitos y baritos husmeando el aire en busca de aromas cálidos: pipas de arguille, humo, hierbas y cafés. El Fulgen, beatífico como siempre, sirve copitas y escucha historias de desvaríos. Abacanto me recuerda que tengo sin pagar las cuentas del último otoño. Me reclama Etelvina el cumplimiento de una antigua promesa, la de darle las llaves de los sótanos en los que se amontonan las memorias del subsuelo. Mi prima exige que les ayude a recuperar el mamut.
-Ni hablar. Estáis locos. No abriré en medio de la noche helada y oscura los chirriantes portones del depósito de Ostentos y Portentos. Acabaremos todos en chirona. ¡No y mil veces no!
Debo confesar que mientras abundo en discutir con ellos, la realidad se hace tan extraña a la cordura como si los espacios fueran paisajes y criaturas de un cuadro de Bruegel y el tiempo se hubiera rallado y perdido la continuidad repitiendo unas cosas y saltándose otras. Cuando esto sucede me parece bien porque para entonces ya he perdido el caletre y soy como ellos, así de claro.
Insisten en lo del mamut. Esta es la parte de la noche inspirada en el artículo de ‘El país’. Es nuestro, Luna, tú lo sabes, nos lo robaron. Y es cierto, yo lo sé y es nuestro. Hace unos años, Valdeperrillos arriba, entre las nieves perpetuas de uno de esos glaciares hoy derretidos que adornan nuestra sierra, el equipo comandado por el profesor McAndersson, director del servicio geodésico del instituto Biomas de la ciudad canadiense de Oukleartown, encontró un par de ejemplares de mamut perfectamente conservados.
Se los llevaron, claro, pero Etelvina, mi prima y yo, que íbamos de sherpas en aquella expedición, nos hicimos con un par de pelitos de la cola, un corte de uña y el polvillo resultante de un buen raspado en los callos del animalito. Teníamos la idea de recabar material genético suficiente para clonar al bicho y con lo resultante empezar una colección criaturas insólitas con las que lanzar mundialmente a la fama la feria que íbamos a montar en el corral trasero del garito de Abacanto para, de esta suerte, hacer fortuna y pagar parte de la enorme deuda que con él habíamos contraído tras miles de lustros de vivir la noche a su costa.
No creáis que clonar a un mamut sea muy complicado, el profesor Agapito Trespipas, científico local de gran prestigio, dijo que podría hacerlo sin mucho problema aunque con ciertas distorsiones. Este pormenor no sólo nos daba igual sino que más y mejor. Dimos por hecho que cuanto más raro fuera el bicho más atractivo resultaría y más lucrativo el invento.
-Bueno, queridas, -dijo don Agapito- reconstruir el mamut a partir de este material va a ser difícil, pero no nos desanimemos, algo saldrá. De entrada las muestras que tenemos son de dos individuos diferentes, cierto que éste es un problema menor pues son macho y hembra y podemos hacer una mixtura conveniente. Además faltan al menos veinte secuencias de la información que necesitamos para clavar un bicho tal cual convendría a su especie, y sobran otras veinte en concepto de hongos, algas, alas de mosca, anillos de gusano, esporas, carbón de encina y algunos restos de plumón de aves variadas.
Manos a la obra. Salió una criatura bien bonita; un mamut raro pero auténtico, aunque no llegó a estar vivo ni un instante porque nos nació momificado. Era del tamaño de una vaca doméstica con colmillos rizados de cuyos extremos brotaban alas de colibrí. Las orejas eran palmípedas, la trompa achampiñonada, las patas anilladas y el sexo anfibio. En definitiva un perfecto ejemplar de la evolución inducida e hijo de muchos padres.
Pero nos lo confiscaron arguyendo que aquello era un delito ético, estético y ecológico o algo así y lo dejaron olvidado con otros miles de trastos más en los depósitos del subsuelo.
Era nuestro y nos lo robaron, por eso cedí. Bajamos los cinco a los sótamos de la memoria insondable. Chirriaron los goznes de los portones, crujió la noche con un quejido urgente e interminable. Entonces el aire se llenó de luces de colores que giraban vertiginosas y de alaridos de sirenas, pitidos y silbatos. Abacanto corrió a las alcantarillas, Etelvina se encaramó por el tiro de la chimenea, yo me escondí en el cofre encadenado de un mago escapista y me escabullí tal que así por el desagüe de la piscina. El Fulgen se cubrió la cabeza con la pantalla de una lámpara y puso cuerpo de negrito de big band bailando un swing en un entierro en New Orleans, y coló.
A mi prima la atraparon. Es que se parte de risa cada vez que hace una barrabasada y así no puede ponerse a salvo, no hay manera. A mí ya se me han pasado el insomnio, la noche y la resaca.
Voy a ver si pago la fianza y la devuelvo a casa.

Comentarios
#1 - Qué gozada!
Joder, nena, vos sos un exceso escesivo que asusta. Perdóname lo de nena, pero no se me ocurre nada mejor.
Chirriaron los goznes de los portones, crujió la noche con un quejido urgente e interminable.
Besos a La Prima y a toda la panda.
:-)
http://www.elpais.com/articulo/opinion/pajaro/posa/elpepuopi/20081214elpepiopi_4/Tes