Carta X

He buscado, al viajar a La Taún y en todas sus peripecias, un mundo sobrio y coherente en el que guíen mis pasos la razón y el buen sentido común y todo cuando he hallado y entendido me maravilla.
Sin embargo cuanto dejé atrás vive en mí y yo, como cantaba el hombre del barrilito, “lo siento detonado en mi piel”. Es la añoranza. A veces temo que mis cartas sean como el grito silencioso de uno de esos demediados del desierto que buscan clavar sus uñas en el cielo para arrancarse así de la tierra y caminar. Entonces me pregunto si la existencia del elaisa, del hombre del barrilito, del Buhonero, de Cudal, de Amador, de la troupe de los feriantes con su Melquiades equinoccial o de la misma Taún con su obstinada periferia garantizan mi cabal cordura mejor que el barito del Fulgen, Abacanto, la bruja de los ultramarinos, Etelvina, los tahúres de la Tennessee Belle o tu misma.
Ahora, en verdad, no sé si te escribo cartas o si estoy perdiendo el tiempo. Hoy, maldición, estoy de mal humor y tu presencia constante en el trazo de mi pluma, me molesta.
Bueno, sigo con la carta.
Después de siete jornadas de marcha por esta llanura dimos con una inmensa calzada agreste cuya ascensión duró dos jornadas y otras dos para bajar por la vertiente opuesta. En los tramos del camino abundaban los árboles frutales y las ruinas de lo que en otro tiempo tuvieron que ser posadas para viajantes, aunque ya de todo ello no quedaba nada. Al final de la bajada, el invierno era tan frio que hubimos de cazar y proveernos de abrigo y mantas para no sucumbir (a).

Luego vi migas de tiza en el suelo del manzanar y entre los manzanos en flor estaba Etelvina. ¡Oh, Panboli, dios de todas las protuberancias! ¡Cuán inefable alegría! Mi reacción quiso ser sobria, como corresponde a la serena arrogancia de la mujer inexorable en la que me he convertido, y me felicité -con sosiego- por su llegada. Estaba ella sentada en un escabel de piel labrada adornado con tachuelas de oro. Nos esperaba vestida con esa misma mucha elegancia con que en el viejo mundo echaba las cartas en los peores garitos mientras bebía infusiones de aguardiente de té con menta azul, azahar y miel.
-¿Cómo has logrado atravesar tú sola el más árido de todos los desiertos de la Perusta en el que el agua es amarga y todo es desolación pues no hay plantas ni animales a no ser algún borrico salvaje y montaraz? - pregunté.
-Querida, la circunspección es cosa tuya, yo desembarqué en la costa, en una ciudad persa que se llama Cormos, que es puerto de mar, y después, hasta un río -que desde luego no se llama Orinoco- llegué en avión. Tan fácil. Y de allá a acá, he viajado en la caravana de Micer Pietro, primera clase, que es ruta regular.
-¿Persa? ¿Cómo persa?
-Por supuesto querida, ¿dónde diablos piensas que has venido a perderte? ¿No ves las mercaderías que lleva tu Buhonero? ‘Trae toda suerte de especias y piedras finas, y brocados de oro, y seda, colmillos de elefantes’ y otras mil chucherías deliciosas que se dan por estos lares. ¿No escuchas las canciones que canta? ¿No ves su cuerpo moreno y juncal heredero exquisito de la estirpe de los de Cambises? Pues, ¿dónde crees que estás?

En Persia no, por cierto.
¡Oh, cintura cósmica de la tierra cambiada en inconcluso esternón! Quedé desconcertada, pues es bien seguro que yo llegué a la Taún cuando no había más manera de hacerlo que la de dejarse atrapar por el camino que señalaba el índice implacable de su torre ajardinada; y bien seguro es que en la aventura de viajar desde La Taún al Orinoco no había otro camino que el que cruzaba el tremendo desierto equinoccial de la Perusta, y desde luego aquí, en esta parte del mapa, no estaba Persia. Y debo añadir que de todo cuanto me abrumó en aquella circunstancia no fue menor ver que el Buhonero trapicheaba para cambiar los espléndidos zapatos de escamas de nácar y tacón infinito de Etelvina por una larga estola de plumas de zarigüeya que ella se echó al cuello sin decoro ni dudas a pesar de que le advertí que ni en Tombuctú, ni en Persia, ni en Europa ni en La Taún tenían plumas las zarigüeyas. En otros tiempos y lugares, mi amiga nunca se hubiera dejado arrebatar por un engaño.
El fuerte peso que sentía en el corazón se alivió en un plis-plás cuando el hombre del barrilito me pasó un largo trago de agüita de ron y me susurró al oído: '¡bah, diletantes, no envidies a los adoradores del fuego!'. Me consolaron sus enigmáticas palabras. (No creas que siempre entiendo al hombre del barrilito ni tampoco entiendo muchas otras cosas, así que tanto da, pero como es mi amigo y con él he pasado duros días de penurias y otros de largueza y su risa es bronca como la de un mastín de tres cabezas y su vuelo rasante como el de la garza real y su sabiduría suficiente -lo que no es poco, dadas las circunstancias-, me consolaron sus enigmáticas palabras).
Ambos miramos al frente y ciertamente no estábamos ni en la Perusta, ni en los aledaños del Orinoco ni en la periferia de La Taún, estábamos en una tierra en la que «antiguamente los hombres eran gallardos y valientes, aunque ahora son raquíticos y viles y no tienen más condición que la de ser grandes bebedores». Quizás fuera Persia, no tengo ni idea.
Bueno, sigo con la carta:

Ocho son los reinos de esta tierra y hay en ellos magníficos caballos y pollinos de los mejores del mundo, pues son grandes, corredores y muy resistentes. La gente de las ciudades es muy laboriosa y tejen brocados de oro y sedas de todas las especies y confeccionan almohadones, edredones, alfombras y cojines con una habilidad increíble, pero la de los caminos es muy cruel y homicida y siempre tienen pendencias entre ellos. Es ésta una comarca fértil que produce maíz, trigo, avena y alpiste y toda clase de vinos y frutas; también hay mucha caza en los bosques, y perdices y tordos en abundancia. Y hay también minas de acero y ónix y piedras turquesas que crecen en las montañas como si fueran semillas y cosas así.
Interrumpo la carta para contarte que llegábamos a la muy grande y noble ciudad de Cobinan y el buhonero -enloquecido o emocionado, que en él viene a ser una sola y la misma cosa- se había puesto a cantar con viva voz campanuda y cascabelera el ‘atarín, atulín, atutía’, una de esas melodías de júbilo con las que los parsis de algunas tribus tramontanas celebran sus horas señaladas. Al fin el tal canto resulto no ser tal, sino un reclamo propio de esta comarca con el que se llama a compravender muchas y variadas pócimas medicinales que en este país son maravilla, aunque la única que recuerdo ahora es precisamente esa a la que llaman atutía(b), que aquí se fabrica y es muy buena para los ojos. «Os diré como la obtienen: toman una tierra compuesta de cobre y calamina, que sirve para hacer latón; lo ponen en un horno muy fuerte sobre el cual hay una rejilla de hierro. El humo y la humedad que de adhieren a la rejilla forman una sustancia que se llama “atutía” y lo que queda de la tierra en el fuego es la “escoria” con la que se hace el latón»(c).
¡Vaya por Dios! Voy a dar por terminada esta carta que no he llegado a escribir e intentaré luego explicar a Etelvina que o retomamos el camino de Perusta al Orinoco o pringamos.
De lo que sea, suceda y vea en adelante, ya te contaré a medida que vaya conociéndolo.
Saludos a todos y feliz año nuevo.
LP
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Notas:
a) En esta parte del viaje se nos cruzó en el camino como un meteorito el ‘Libro de las maravillas del mundo’ de Marco Polo y algunos otros libros de viajes y maravillas que por las tierras de Persia habían sucedido y resultó de aquel encuentro que súbitamente perdimos nuestra ruta. Esta es la razón por la que de pronto la tierra incógnita en la que discurría nuestra aventura se convirtiera en un mundo conocido y documentado desde antiguo del que deberemos salir como podamos, pues no es descubrir y explorar estas comarcas nuestro objetivo. Algunos párrafos que en la presente carta se hallan inscritos entre comillas angulares, están tomados literalmente del libro de Marco Polo; otros, escritos en cursiva pero sin entrecomillar, son adaptaciones del mismo texto.
b) Aunque es de sobra conocido, aprovecho para recordar que (Copio de la Wikipedia) «La palabra atutía, o tutía, pasó a ser empleada como sinónimo de remedio, de manera que cuando algo no tenía solución se decía "no hay atutía" (o "no hay tutía"). El uso convirtió la expresión, por falsa separación, en el coloquialismo "no hay tu tía". La Real Academia Española acepta para esa expresión las formas "no hay tutía" y "no hay tu tía"».
c) El Diccionario panhispánico de dudas recomienda utilizar las comillas angulares, también llamadas españolas o latinas, cuando en textos impresos se desee entrecomillar partes de un texto ya entrecomillado con comillas rectas. Como no existen en el teclado –las angulares-, hay que escribirlas así:
« : Alt+174;
» : Alt+175.
Yo, sin embargo, he invertido el consejo de la academia y he utilizado las comillas al revés: las angulares para las citas principales y las rectas para anidar en ella las palabras entrecomilladas.
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Imágenes
1. La primera de las cuatro imágenes que ilustran esta carta es una aguatinta de Frantisek Kupka que lleva el título de ‘El desafío’ y fue pintada en 1903, que se encuentra el Centro Georges Pompidou, en París.
2. La segunda ilustración es una composición de tres viñetas dibujadas por Edward Gorey, magnífico creador de ilustraciones, tipografías y escenografías teatrales de tintes lúgubres, algo macabro y absolutamente genial.
3. La tercera es obra de Franz Marc, pintor alemán componente del grupo expresionista Der Blaue Reiter (El jinete azul). Su título es 'Caballos azules', fue pintada en 1911, se encuentra en la Walker Art Gallery de Minneapolis, Minnesota.
4. La cuarta es obra también, como la primera, de Frantisek Kupka. Su título es ‘Prometeo encadenado’. Es un dibujo a lápiz lavado sobre papel que realizó en 1905, se encuentra el Centro Georges Pompidou, en París.
Comentarios
#1 La Taún
Mi poca experiencia literaria me ha mostrado la infinitud de mundos, y su belleza, que existen entre las dos tapas de un libro. Novel como soy, no conocía que fuera de los libros existiera tal belleza, sin duda la he descubierto hoy. Confieso que es la primera carta que leo, seguro de que no será la última, pregunto quién la escrito y no me queda mas que agredecer el nuevo horizonte que acabo de revelar. Creía que en todo esto de los posts, blogs y demás, solo había cabida para los debates, las luchas encarnizadas y los desmanes políticos y científicos.
Si encuentro más posts como este por internet viviré enganchado a la red, nada bueno ahora que se me echa encima la selectividad.
Un abrazo y gracias.
Jaime ( a mi pesar relacionado con el abominable balsero).
#2 Gracias, Jaime
Por tu comentario. No sabes cómo me alegro de que te gusten las Cartas de La Taún. Ya van diez, si no te aburren ve leyéndolas. Yo seguiré escribiéndolas hasta que encuentre esa tierra incógnita que ando buscando.
Besos desde todos mis mundos y feliz año nuevo.
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