Estoy de vacaciones y en vez de despertarme el despertador me despierta la piqueta de los albañiles que repican la fachada de la casa de enfrente. Aunque duermo casi tan poco como antes, es más relajante saber que no tengo que salir corriendo al trabajo.
Hoy mientras desayunaba tranquilamente y ojeaba el periódico, pensaba en el abuso ya casi tópico que se hace de la cuestión esa de “Ofender a las víctimas”.
Pienso que quienes nos miran desde la altura moral de su corazón sensible, y señalan acusadoramente todo cuanto hacemos o decimos que pueda “ofender a las víctimas”, no está exento de intención. Es un chantajista moral que nos violenta y abusa. Olvidan que sabemos que se atentó contra nosotros en todos aquellos atentados, pero la mayoría tuvimos suerte, pues sucedieron en un lugar y en un momento en que no estábamos allí. Por eso no somos víctimas, pero tampoco somos ajenos a su sentimiento. Es a quienes sí respetamos a las víctimas a quienes exigen el cumplimiento de un largísimo minuto de silencio que se prolongue hasta el infinito.
Además, al tiempo que señalan nuestra inferioridad moral, se arrogan a sí mismo el oficio de exegetas del sufrimiento ajeno e imputan a las víctimas unas emociones de cariz socio-constrictor que no hay razón para deducir de su legítimo dolor de víctimas.
De manera natural, el respeto no me conduce al silencio. El camino no es ese. No es el dolor de las víctimas el que deba marcar los límites de los derechos y libertades. Porque con toda seguridad, mantener amplio y despejado el horizonte de estos derechos, es la única garantía que tiene el ciudadano de que tendrán fuerza y poder para resistir cualquier quebranto.
