Un pasaje posible

Carta XII

 

Se acabó. Aquí hay mucho dislate y al fin va a parecer que la excéntrica soy yo… y no me parece imposible, pues si algo es contagioso en extremo es la propensión al desatino. En efecto, tal como supuse en un momento de lucidez, todo cuanto te conté en mi carta anterior resultó ser no más que la distorsión causada por unas infaustas fiebres que cogimos al poco de llegar a los pantanos, cuando nos acribillaron las enormes sabandijas que por aquí pululan. Recupero, mi querida prima, la salud y la cordura y te propongo que olvides la delirante carta anterior –rómpela-, olvida mejor todas las cartas, olvida mi viaje, olvídalo todo y volvamos a las historias normales, tal cual suceden en momentos vigorosos,  y no en aquellos otros en que vivimos ofuscados por  perturbaciones y destemplanzas.
 
Naturalmente, desapareciendo la fiebre se esfumó también Etelvina. Imagino que no llegó a moverse del barito del Fulgen y de los garitos del puerto en los que tan bien y felizmente se maneja, y que al leer las últimas cartas que te mandé habrá debido preocuparse –o no-. Asegúrale que las aguas han vuelto a su cauce y yo a la normalidad y, ¡maldición! estoy de nuevo más cerca de La Taún que del Orinoco, pues al haber detenido el viaje varias semanas a causa de la enfermedad, seguimos en zona de nadie, entre el desierto y la selva, y esta ciudad que se desplaza por sí misma y nos persigue, es capaz de alcanzarnos y engullirnos en cuanto le dé la gana hacerlo, y lo hará a menos que logremos cruzar al otro lado, que ya no sé qué lado es ni si tiene cruce.
 
Un inciso. A pesar del delirio en que me hallaba, recuerdo que te hablé de Margarita en las antípodas. Mala suerte. Este asunto debió quedar intocado entre nosotras, así se lo prometí a nuestra común abuela, sin embargo ahora me reconozco en deuda contigo, pues la ofuscación ha sacado a la luz uno de los más viejos y recónditos secretos familiares, quizás el único que siempre he guardado con celo pues en verdad es algo muy extravagante y bien sabemos ambas lo poco dada que eres a alterar el orden de las cosas con desórdenes cósmicos. Pero puesto que las fiebres sacaron a la luz este nombre tan bien guardado,  te debo ahora una explicación sobre la verdadera razón de mi peculiar viaje, que no es otra que encontrar a Margarita en las antípodas, y en su momento habré de dártela.
 

Ahora estamos alojados en un mundo normal, en un sitio apacible y encantador. Es el hospital de campaña de una aldea de la Subtaúna, pues lo único cierto y lo mejor del episodio anterior fue la aparición del tal Viator, que resultó ser un médico ambulante que usa como remedios pócimas e infusiones dudosas y que afortunadamente dio con nosotros en el momento oportuno y nos trajo aquí justo antes de que los miasmas de los pantanos nos desencajaran definitivamente las meninges. Sentada con mis amigos al atardecer en la penumbra de un porche de cañizo rodeado de acacias y con la vista tendida al horizonte mientras cruzan el parque exóticos animales y escucho  a lo lejos el barrito de los elefantes, me asalta la querencia de explicarte la configuración de esta parte del mundo tal cual nos la va explicando Viator, y que no es otra que una versión personal suya y bastante surrealista de las Tres Indias míticas unida a  las maravillas que sobre ellas se cuentan en la Carta del Preste Juan. Según este extraño médico vagabundo, estamos ante una empresa que nos obliga a conocer la estructura de la antigua ecúmene y de las tierras australes incógnitas, o al menos parte de ella, solo así podremos el camino definitivo para atravesar la Perusta.
 
Yo creo que el tipo está chiflado, pero son magníficas sus historias y las cuenta con tanta fruición que es capaz de hacerlas funcionar en paisajes y escenas plausibles, por eso hemos mantenido sobre ellas amena conversación y recuperado la salud tanto el Hombre del barrilito, el Buhonero, Cudal, el Elaisa y yo misma. No así los feriantes que se pasan el día haciendo ejercicios malabares y caracoleando como cabritillas –son insoportables- y tendrán que curarse con quinina, porque lo que es escuchar, no escuchan nada. Así pues, ya que estamos detenidos, dejo de relatarte nuestras peripecias por las tierras de La Taún y te explico el mapa probablemente imaginario de esta parte del mundo. A ti, que te gustan los mapas y conoces historias antiguas, igual se te ocurren enmiendas o sugerencias con las que podamos mejorarlo.
 

 
***
 
Pues bien, juzgándolo todo conforme a la medida de mi ignorancia (1) , me parece a mí que Viator plantea una distribución del mundo verosímil –o no- y propone derroteros viables –o no- para cruzar con éxito las sucesivas franjas de desiertos y los océanos tenebrosos que nos separan de nuestra antípoda austral manteniéndola inaccesible e ignota. Yo le suscribo, pues es oriundo de estas comarcas y además goza de buena salud y bebe infusiones de lúpulo.
 

 
Según él estamos en un territorio cuya configuración es casi idéntica a la de la antigua India, de la más antigua de todas, anterior incluso al Gran Alejandro, cuando recibía este nombre  la parte del mundo que rodeaba al más grande de los mares conocidos, el índico, que era entonces  un enorme mar interior. Sobre cómo estaba dividida aquella India mítica hay muchas teorías, nosotros hemos optado por una según la cual se llamaba primera India, o Superior, Mayor o Grande,  a la que abarcaba todos los territorios comprendidos entre los ríos Indo y Ganges; la segunda India recibía también el nombre de India Menor y su territorio coincidía, más o menos, con las muchas islas del mar y con las tierras que están entre el Ganges y la Conchinchina. Por último, la parte más grande y difusa de las tres indias bordeaba el gran océano por occidente y por su parte meridional, extendiéndose desde Persia hacia Abisinia para abarcar toda la costa oriental de África y luego todas las tierras de la parte meridiana del mundo –las ignotas-, uniéndose de nuevo a las de Asia continental por oriente hasta que el mar quedaba definitivamente encerrado dentro de la tierra. A aquella parte llamaban Última India, también Inferior o Meridiana, y era de todas la de límites más confusos en el espacio y la más maravillosa en cuanto a las formas de vida que se desarrollaban y evolucionaban en ella.
 
Viator asegura que el tiempo es una dimensión más del espacio y que tanto La Taún como la Perusta como los desiertos, las selvas periféricas y otras muchas maravillas que aún no hemos visto, se hallan esta última India temporal y que no estamos perdidos, aunque al ser ésta una tierra que no se rige por las leyes de la física y la cosmología conocidas, debemos estar atentos a no errar nuestros pasos ni cuanto hagamos en ella. Asegura que también en el austro, como sucede en los otros puntos cardinales de la tierra, hallaremos las fuentes de un río mítico y se aviene, encogiéndose de hombros con displicencia y siguiendo mis deseos, a llamarlo Orinoco.
 

 
Debemos ahora trazar un mapa muy detallado y complejo de cosas que nunca nadie ha visto ni conocido, y no será fácil hacerlo pues habrá que proceder con él como componiendo un puzle. Son muchos los documentos que deberemos consultar, los relatos que tendremos que escuchar, los consejos que habremos de atender y los dibujos a realizar. Y luego tendremos que confrontarlo todo con el material de otros intrépidos viajeros que finalmente no lograron su objetivo. Pero nos da igual, ya que de nada nos sirve su fracaso pues nosotros andamos buscando el nuestro propio. Te mantendré al corriente de todo, saluda a los amigos y recuérdales que algún día volveré.
 
 
LP.
 
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NOTAS
 
(1 ) ¿Cuántas cosas son para nosotros milagrosas y contra el orden natural? Cada hombre y cada pueblo lo juzga todo conforme a la medida de su ignorancia. ¡Cuántas propiedades ocultas y raras encontramos en las cosas! Para nosotros seguir la marcha de la naturaleza no es más que seguir las huellas de nuestra inteligencia, en tanto que puede seguirlas, y lo más que nuestra vista alcanza. Todo lo que está más allá considerámoslo como monstruoso o irregular. Según lo cual, aquellos que sean más hábiles y avisados, hallaranlo todo disparatado, pues a éstos persuadió la humana razón de que no existe fundamento alguno para afirmar nada, ni siquiera que la nieve es blanca.
Michel de Montaigne, Ensayos. Libro II; Capítulo XII, Apología de Raimundo Sabunde
 
 
(2) Sobre las imágenes: Todas las ilustraciones de este capítulo proceden de las pinturas y grabados rupestres de la meseta de Tassili, en el sudeste del Sahara argelino.
 

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