Era complicado allá por el Renacimiento conseguir pigmentos y combinarlos para alcanzar una rica paleta de colores. Unos pigmentos eran venenosos; otros, carísimos, o provenían de tierras demasiado lejanas o había que extraerlos de minerales difíciles refinar. Los colores más asequibles se obtenían directamente del suelo. Eran los ocres, los marrones, los sienas naturales y tostados, etc. De entre todos los pigmentos al uso, se hizo muy popular el ‘Marron Momia', un pigmento formado por harina de hueso y betún de embalsamar que se obtenía al pulverizar -sin el menor escrúpulo arqueológico- las momias egipcias.
De hecho, el origen de la palabra "momia" está precisamente en el nombre del betún que se empleaba para conservar los cuerpos de los difuntos en el antiguo Egipto. El proceso de embalsamar cadáveres consistía en rellenar las cavidades del cuerpo de bálsamos y ungüentos y sumergirlo después durante cuarenta días al menos -pero no más de setenta- en una mezcla de nitro, sal común y alumbre a fin de sacarle todas las humedades y dejarlo bien seco. Después se lavaba el cuerpo ya bien amojamado y se vendaba con tiras de lino finísimo cosidas entre sí para, finalmente, embadurnarlo con "mumiya", nombre común que emplean los árabes para el betún de embalsamar.
Y de ahí que las momias se llamen así y que allá en lo profundo, cuando nos concentremos en imaginar una momia, debemos sospecharla abetunada, embreada, asfaltada, engomada y cosas así.
Desde el mismo momento en que se popularizó, y no solo en la pintura, el polvo de momia causó furor. Especialmente en el mundo de la farmacopea. En el siglo XVI el polvo de momia fue, junto a la triaca, la piedra bezoar y el cuerno del unicornio, uno de los cuatro medicamentos más valiosos y solicitados. Pero tenía que ser auténtica momia egipciaca. Con ella como ingrediente se inventaron pomadas, jarabes, pociones, ungüentos e infusiones de efecto medicinal para curar enfermedades de todo tipo, algunas de ellas también inventadas.
La demanda llegó a ser tan grande que fueron escaseando las momias, al menos las de buena calidad, y empezaron a plantearse alternativas trabajándose con momias europeas, especialmente francesas. Francia fue el principal país productor de momia barroca, elaborada generalmente con cadáver de ajusticiado. La gente honrada trabajaba bien y seguía la pauta prescrita por el cirujano francés Ambroise Paré, que aconsejaba usar, aunque no fuera egipcia, ‘momia verdadera', que es la que ‘se extrae de los sepulcros bien cerrados y encementados, embalsamada de modo tal que la ropa se encuentre todavía entera, como si hiciera cuatro días'. La verdad es que Paré creía que esos medicamentos eran pura superchería y daban más dolor del que quitaban, y ya que estoy en este punto, aprovecho para declarar abiertamente mi admiración sin límites por este sabio, autor de la magnífica obra titulada "monstruos y prodigios", y mi intención de dedicarle algún día a él solito un monográfico completo.
Llamaban a esas momias patibularias así precisamente, ‘mumis patibuli', para que quedara claro que no eran egipcias y que no había en ello trampa ni cartón (aunque sí había trampas, pues los embalsamadores menos honrados realizaban incursiones nocturnas a los patíbulos y a los cementerios para robar cadáveres y desecarlos deprisa metiéndolos en hornos ‘ad hoc' y pulverizándolas sin el más elemental protocolo y sin arte ni betún que les justificara el nombre.
Y ya termino con el único dato que yo pretendía apuntar cuando empecé. En 1888 en Beni Hassan , la ciudad en la que antiguamente estuvo el templo de Bubastis, consagrado al culto de la diosa-gata Bastet, fue descubierta una enorme necrópolis en la que estaban enterradas y perfectamente conservadas más de 300.000 momias de gato, algunas incluso metidas en sus pequeños sarcófagos de forma gatuna. Pensaron hallarse los descubridores ante un tesoro inesperado, pues comerciar con momia humana estaba ya muy prohibido, y ni cortos ni perezosos embarcaron no sé cuántas toneladas de momias de gato en las bodegas de un carguero rumbo a Liverpool. Sin embargo no funcionó como tesoro, ya no estaba de moda el polvo de momia, y acabaron los pobres mininos vendidos como fertilizante para la campiña inglesa.

