Usted No se lo cree?

“No hay ningún estudio científico que demuestre la relación entre el clima y el CO2 producido por el hombre”. Un lector asiduo ha solicitado mi ayuda para poder argumentar con fundamento la falsedad de esta afirmación, y yo se la presto encantado".

Ya informé aquí del hallazgo de un blog ultra talibánico dedicado a defender la ideología del “calentamientoglobal-cambioclimátco” regentado por un cierto Ferrán P. Vilar que deja pálidas a las encíclicas de Al Gore, e incluso hace que mi buen amigo el abnegado prof. Antonio Ruiz de Elvira (Universidad de Alcalá de Henares), nos parezca ahora nada más que un gordo simpático y un tanto inclinado a escribir leseras.

El blog en cuestión (recomiendo su lectura), al que por supuesto me he abonado, se llama “Usted no se lo cree” , y puede consultarse en este enlace.

De este blog destaco un artículo de 2010 intitulado Por qué sabemos que el CO2 de los combustibles fósiles es el causante del calentamiento global”, del cual extraje el párrafo de más arriba, y en el que al parecer el bueno de Ferrán  puso todo su esmero  en lograr una buena pieza de indiscutible  validez científica en apoyo a su “causa movens”;  (también tengo un libro de 1897 titulado “La Religión Demostrada”, claro que de otra iglesia; la mía, -debo reconocer-).

 Hay que aclarar que Ferrán escribe “en serio”, y por lo tanto de la misma manera se debe analizar lo que escribe. En todo caso sus argumentos son un buen compendio de los dogmas del catecismo calientistaglobalcambioclimatológico, es decir de la Iglesia  de los Santos del Clima de Los Ültimos Días, también conocida como “Club de Roma”, “O.N.U.”, o “I.P.C.C.” (por sus siglas en ingés).

Primera proposición:

la concentración atmosférica de CO2 regula la temperatura media de la Tierra; y después veremos cómo se sabe que el exceso de CO2 con respecto a la era preindustrial procede de las actividades humanas”.

 De aquí se explaya en un análisis histórico de la cuestión, remontándose al descubrimiento del CO2 por Joseph Black (S XVIII), pasando luego revista a los trabajos de Tyndall y Fourier, mencionando después a Arrhenius, el verdadero “padre” de la hipótesis que hoy se tiene por dogma; (y  para los que no lo sepan, Svante Arrhenius recibió el Pemio Nobel de química por su teoría de la disociación electrolítica; nada que ver con su hipótesis sobre el “efecto invernadero intensificado”, embrión del actual catecismo calentamientoglobal-cambioclimático. Y también profesó la creencia en la Panspermia, otra suerte de religión New Age, pero ese es otro tema).

 En este punto lanza Ferrán una admonición a los “escépticos de buena fé”,  a quienes conmina a “creer” sin más en la conclusión de que “a una duplicación de la concentración atmosférica del dióxido de carbono, la temperatura media de la Tierra aumentaría en (unos) 5 ºC”. A los escépticos de mala fe, (o sea, los negacionistas), no nos recomienda nada porque, en realidad, la “evidencia científica” nos trae sin cuidado (dice el).

Para ahorrar tiempo y palabras: después de variados recovecos y entresijos, nos presenta Ferrán la “prueba irrefutable” de su doctrina. Y cito ahora su propio texto:

“Hemos visto que Tyndall verificó en laboratorio el efecto invernadero del CO2 que había descrito Fourier. Primera prueba realizada con éxito. Pero a efectos del clima de la Tierra estaría bien si pudiéramos observar si, efectivamente, a la longitud de onda a la que la física nos informa de que se bloquea la radiación, es decir, 15 µm, eso ocurre de verdad. Lo mejor será mirarlo desde afuera, a ver si hay alguna diferencia en la energía emitida por la Tierra a las distintas longitudes de onda del espectro infrarrojo.

Medir esto desde fuera es medirlo vía satélite. Si en unas longitudes de onda se mide una cantidad de energía, y en otras se mide menos, será porque hay algún filtro. Y si resulta que esas otras son aquellas cuya formulación matemática, aplicada al CO2, nos dice que son las que corresponden a este gas, o sea, alrededor de 15 µm, ya no quedará duda de que el CO2 hace de filtro de salida (y que, por tanto, hay parte de la energía que iba a salir que es devuelta a la Tierra). Para verlo empleamos un conocido gráfico que en esta ocasión escaneo de un libro de Sir John Houghton, de título Global Warming, cuya primera edición corresponde a 1994. Se trata del espectro de emisión de energía infrarroja procedente de la Tierra hacia el espacio, medido sobre el mar Mediterráneo, en ausencia de nubosidad.

¡Y vemos que sí!"

houghton

Medición por satélite de la radiación calorífica de la Tierra hacia el espacio, en función de las longitudes de onda del infrarrojo. Se observa, entre otras atenuaciones, la que se produce alrededor de los 15 micrómetros, correspondiente al CO2 (Hougthon, 1994).

 

Breve explicación para legos: La Tierra (“Gaia”, se dice ahora), recibe casi toda su energía (léase luz y calor), del sol (“Helios”, deberemos llamarlo ahora?), y el “casi” es porque una parte mínima y generalmente no bien ponderada proviene del núcleo terrestre, que todavía,  después de unos 4.500 millones de años no acaba de apagarse; pero en fin,  la parte relevante de nuestra energía proviene del Dios Helios (también llamado Inti, o Ra, o con otros muchos nombres), y nos llega en forma de radiación electromagnética en un rango bastante amplio de longitudes de onda: entre 2,000 y 32,000 Å (Amstrongs), lo que es equivalente a decir entre 0,2 y 3,2 µ (micrones, o  µm). De esto,  una pequeña parte corresponde al sector ultravioleta, hay porciones menores de otras radiaciones,  y  cerca del 90% de la energía restante se reparte entre luz visible (45% +/-) y radiación infrarroja (Calor neto, 50% +/-). La atmósfera terrestre, en condiciones “ideales”, es decir compuesta sólo por gases de molécula mono o diatómica (N2 : 78%, O2 : 21% ,  Ar, : 0,93%), es perfectamente transparente a estas radiaciones, pero las “trazas” o “impurezas” de gases de molécula poliatómica (tres o más átomos), que enriquecen esta atmósfera “ideal”, le confieren también una interesante propiedad que podría llamarse de “transparencia selectiva”,  es decir, la atmósfera “real” es transparente para ciertas radiaciones, pero opaca para otras.  Así por ejemplo, en un día despejado la atmósfera es transparente para la luz visible (entre 3.500 y 7.000 Å (Amstrongs)+/-,  pero la presencia de Ozono (O3), y vapor de agua (H2O), le permite “filtrar” parte de la radiación ultravioleta (por el O3), y una porción significativa de  la Infrarroja, (por el H2O), con lo cual buena parte de la energía solar radiante queda retenida en la atmósfera, entibiándola. Con todo, la fracción no filtrada (todo el espectro visible, parte del U.V. y parte del I.R.), incidirá sobre la superficie terrestre, cuyo 70% la constituyen los océanos, y  el resto es superficie continental sólida. El detalle está en que en que el océano tiene una gran capacidad de absorción de radiaciones (visible y ultravioleta, pero NO infrarroja) y por ello acumula calor, mientras que la corteza continental la tiene sólo de absorción, sin acumulación, salvo por la humedad que contenga. De tal manera que la corteza continental sólida se calienta mucho en el día y se enfría en la noche, mientras que el mar acumula y acumula calor sin violentos cambios en su temperatura superficial.  Dado que la Tierra (Gaia, para sus amigos), recibió toda la insolación de un día, acumuló el calor, se calentó, y se convirtió a su vez en un cuerpo emisor radiante, aunque su emisión será en longitudes de onda muy distintas a las que recibió del Sol (Helios), y estarán en función de una infinidad de factores más o menos coherentes con la Ley de Stefan y Bolzman (la “constante” en la fórmula es la pieza de ajuste para esa infinidad de factores; en realidad, para cada metro cuadrado de superficie terrestre se podría determinar una constante distinta), toda esa irradiación terrestre estará en el espectro infrarrojo, y por lo tanto, una parte de ella puede ser retenida temporalmente en la atmósfera por los gases de molécula poliatómica (llamados por el vulgo “los gases de invernadero”), entibiándola por lo tanto, en lo que se conoce como “efecto de invernadero”.

El llamado “Efecto de Invernadero”, entonces, es la retención de parte del calor (radiación I.R.)  emitido por la corteza terrestre al calentarse, en las moléculas (poliatómicas) de ciertos gases que se encuentran en cantidades ínfimas (trazas) en la atmósfera. El único de estos gases cuyo efecto es determinante en las variables climáticas de la Tierra es el vapor de agua (H2O),  y nó por su “efecto de invernadero”, precisamente, sino porque aporta a la atmósfera el “calor latente de vaporización (C.L.V.)”,  que es un concepto distinto e independiente.  

Del calor circulante de la atmósfera, o sea, aquello que no deja que nos congelemos en cada crepúsculo,  cerca del 50% es el C.L.V. aportado por el vapor de agua al condensarse; hay cerca de un 30% proveniente de la irradiación (I.R.) de las nubes (que son el mismo vapor de H2O después de la condensación), y sólo el resto, (un 20% aprox), será atribuible al “efecto invernadero” neto, algo de lo que nunca se acuerdan los predicadores. Menos aún, que de aquel “efecto de invernadero” neto, tranquilamente un 90%  se puede atribuir directamente también al vapor de agua (H2O, nuevamente), tanto por su abundancia relativa, como por la amplitud de sus bandas de absorción de radiaciones.

Hasta aquí la breve explicación para legos.

Ahora se puede comparar el gráfico de Hougthon con cualquier otro que esté en bibliografía y que muestre además, las bandas de absorción del vapor de H2O y otros gases.

houghton2

 

 

 

Hertzberg

Se puede observar cómo la banda de absorción del H2O en torno a los 15 µm copa prácticamente la del CO2 en la misma Long. de onda.    En realidad, se puede decir que el efecto “de invernadero” del CO2 sólo está exento de la interferencia del H2O en una delgada banda en torno a los 4 µm de long. de onda, pero esa está justo en el límite de las radiaciones posibles de la Tierra, y su incidencia en el total resulta despreciable. 

Con lo anterior quedará rebatida entonces, la primera parte de la primera proposición,  esa de que “la concentración atmosférica de CO2 regula la temperatura media de la Tierra”, y en cambio se puede afirmar, con la mayor propiedad que “la temperatura media de la Tierra” está  regulada (aparte del Sol, por supuesto), principalísimamente por el contenido de H2O, o sea agua, de la  corteza terrestre: agua en los mares, en los hielos, y en la atmósfera, sea como vapor, sea como nubosidad (aunque parezca de Perogrullo, es una verdad que hay que repetir todos los días a los talibanes del clima).

Llegados aquí, quiero detenerme en una sabrosa afirmación de Ferrán que paso a citar textualmente:

 La radiación adicional (forzamiento radiativo), medida en watios por metro cuadrado (W/m2), de una concentración C de CO2 en la atmósfera viene dada por la fórmula (aproximada) R = 5,3 ln (C/Co), siendo Co la concentración preindustrial de 280 ppm (partes por millón). El operador ‘ln’ significa ‘logaritmo neperiano’. Quienes argumentan que no hay pruebas deben creer que esta expresión ha salido de la nada (1)”.

Invito a los interesados a hacer el ejercicio:

Supongamos un aumento de 100 ppm en un siglo (lo que se dice que hay). Entonces. tendríamos que :

R = 5,3 ln (380/280), es decir,  R = 5,3 ln (1,357) =  1,6186

Por lo tanto, después de un siglo de emisiones “contaminantes” de CO2, que han significado un aumento de 100 ppm del gas en la atmósfera, o sea un 36% (y subiendo),  esto ha provocado un “forzamiento radiativo” de ......¡1,62  W/m2 !.

Como para preocupar a Cassandra, si consideramos una radiación incidente de ...........+/-  341 W/m2    o sea, digamos un ...¡ 0,475 % en cien años!!

Seguramente  hay algún error en la fórmula, habrá que preguntarle a Ferrán en su blog.

Luego viene la “demostración” de que todo el incremento de CO2 de la atmósfera es debido a la quema de combustibles fósiles, así, sin anestesia, y para eso nada más fácil que medir la disminución de oxígeno en la atmósfera.

O sea, que si en cien años aumentó la concentración de CO2 en 100 ppm (1 ppm al año), la concentración de oxígeno (O2) debe haber bajado en la misma cifra, digamos 100 ppm. Pero la concentración de O2 en la atmósfera está por las ....¡210.000 ppm!, o lo que es lo mismo, esa debería haberse reducido  a 209.900 ppm en cien años, digamos un total de 0,0476% en el último siglo, o lo que es igual, un ....¡0,000476 % cada año!, ¡Sensacional revelación!.

Ahora sólo queda por explicar cómo una tan significativa disminución se puede distinguir de otras  varianzas, o en fin, del error instrumental. Pueden hacer las consultas al blog de Ferrán.

 Por último, y para no aburrir: Ferrán “demuestra” que todo el incremento de CO2 en la atmósfera se debe a “combustión”, y específicamente de hidrocarburos fósiles, recurriendo al antiguo método del carbono 14 (14C, para los amigos), haciéndose la siguiente reflexión:

Ya sabemos que el CO2 en exceso procede de la combustión. Pero combustión ¿de qué? Analicemos ahora los isótopos del carbono. (..)Fijémonos en el denominado carbono 14, cuya notación es 14C. Ocurre que la acción radiativa del sol produce, anualmente, unos 10 kg de 14C. Este isótopo del carbono tiene una ‘vida media’ de 5.730 años.(..) Pero dado que los combustibles fósiles llevan enterrados millones de años, resulta que no contienen cantidad alguna de 14C. De modo que, si en la concentración atmósferica de CO2 observamos que la proporción de 14C es menor que si no hubiera habido afloramiento fósil, no quedará duda de que procede de algo muy antiguo. Y difícilmente será otra cosa que los combustibles fósiles (10)”.

Dejo a otro la tarea de verificar eso de los  10 kg de 14C (por año), y sólo quiero llamar la atención sobre dos puntos:

Primero, que la generación del  14C en  la atmósfera es debida al flujo de neutrones originados como reacción secundaria a la radiación cósmica (la que proviene de las profundidades del universooooooo) , y esta incide en la Tierra de manera inversamente proporcional a la intensidad del “viento solar”, o sea, la actividad magnética del Sol. Dicho en simple: a mayor turbulencia magnética en el sol, menor radiación cósmica, y por ende, menor generación de 14C para Gaia.

 Lo segundo, es que siendo el 14C el isótopo más escaso, y también el más pesado, en el caso de emisión espontánea a causa de un eventual “calentamiento” del mar, se tendría también un empobrecimiento de 14C en la atmósfera, sin que esto fuera completamente atribuible a la quema de hidrocarburos fósiles.

Diría que con esto se rebate la tercera demostración.

 Existe una montaña de información seria apuntando a un más que posible leve calentamiento marino en los últimos siglos, debido aun leve incremento radiativo del sol, que a su vez provoca, más que posiblemente un leve calentamiento climático ( de unos 0,7 oC, por siglo, digamos), y a consecuencia de esto, un leve incremento de la concentración de CO2 en la atmósfera, (de unas 100 ppm, digamos, o sea, de 0,03% a 0,04%),  todo esto con gran beneficio para nosotros, que de 700 millones pasamos a 7.000 millones  desde Malthus a la fecha, y que de 40 años de vida media ya vamos por los 80, y con gran beneficio para Gaia también, que ha aumentado su productividad en cifras impresionantes (con nuestra ayuda, claro), pero  todo eso sería materia de otro artículo. Por ahora, se me acabó el domingo y la paciencia.

Si quedaron dudas, pueden comunicarse con Ferrán P. Vilar al blog “Ustednoselocree.com”

Comentarios

#1 Imagen de Locutor

La gran alegría es que Canadá se ha salido de esta estafa.

Saludos

 

 

#2 Imagen de Marcelo Estefanell

Buenísima respuesta a los catastrofistas! Cuando los dogmáticos entiendan que no tienen espacio en la ciencia habremos avanzado otro poco.