De la genuflexión reflexiva y la identidad de los contrarios
Observo que ante todo y sobre todo el hombre que piensa y aprovecha todos los recursos de su naturaleza intelectiva, es un ser que se enfrenta perennemente a su propia estupidez, pues en un mismo hombre coexisten de natural manera, la una cosa –la agudeza de la mente- con la otra –la pesadez del pensamiento-.
Compruebo que en casi cada disertación del hombre inteligente, hay así mismo voluntad intencionada de cubrir con abundancia la carencia, y me digo que ningún hombre es tan acertado que no tenga también una capacidad evaluable para el desacierto. No me cabe duda de que es así, y así siendo me digo que habría que desentrañar si la estupidez esta en la misma prosecución existencial que la inteligencia, y preguntado por ello respondo que no, que la naturaleza de la inteligencia no comparte atributos con la de la estupidez, pues son potencias que ni se encuentran ni divergen, sino que discurren en paralelo, pudiéndose estar muy dotado o muy disminuido en una o en ambas cosas.
Así como el ojo conoce se sí su esencia no porque pueda verse a sí mismo, como ve el resto de las partes del cuerpo en que se integra, sino porque es capaz de ver y es por ello que es ojo; así la razón es rica y sabia porque es capaz de inteligir todas las partes del alma inteligente que no son ella misma; y yo diría que es mas sabio el que conoce todo su potencial de estolidez que el que solo conoce su suntuosidad, pues aquel que es mas tonto que listo ve la pompa de su pequeña inteligencia, y el que es mas listo que tonto conoce y prevé hasta donde podrá alcanzar su estupidez.
Cuando el hombre se encuentra inmerso en el desasosiego, con frecuencia no sabe reconocer las razones de su alma dolorida. Así vemos como el hombre, acorralado por las efusiones de su propia naturaleza, consuma aleatoriamente sus arrebatos y responde a estímulos baladíes con reacciones de pretendida trascendencia. Sabemos reconocer en ellas el lamento del ánimo debilitado por el dolor del impulso derrochado. Vemos casos en que ante la necesidad de zanjar un asunto de inusitada tensión se conjuran dinámicas que invariablemente enfrentan al entendimiento humano con su natural estupidez. Y tan propio del alma humana es la simpleza de mantener el prejuicio como la sagacidad de corregirlo y es el mismo hombre el que hoy se empecina en el error que el que mañana se empeña en enmendarlo.
