Coexistencia

 La Aurora, de azafranado velo, de las corrientes de Océano se levantaba para llevar la luz a los inmortales y a los humanos cuando ella llegó a las naves con los regalos de parte del dios. Halló a su querido hijo yaciendo abrazado al cuerpo de Patroclo y ruidosamente llorando; muchos compañeros lo rodeaban con gran duelo. Allí se presentó la de la casta de Zeus entre las diosas, y asió su mano, le habló y lo llamó con todos sus nombres: "¡Hijo mío! A pesar de nuestra aflicción, dejemos yacer a ése, pues ha sucumbido por el designio de los dioses, y tú acepta de Hefesto esta ilustre armadura, tan bella como ningún hombre hasta ahora ha llevado a los hombros.

Tras hablar así, la diosa depositó la armadura ante Aquiles,  y todos aquellos primores resonaron con fuerza. Todos los mirmidones fueron presa el temblor y ninguno osó mirarlos de cara, sino que huyeron despavoridos. Mas Aquiles, apenas verlos, sintió una renovada ira que le invadía, sus ojos emitieron bajo los párpados un terrible fulgor, como un destello, y se recreaba con los magníficos regalos del dios en las manos.

Es el comienzo del canto XIX de la Ilíada.

En la Ilíada Homero recoge historias que se habían ido transmitiendo oralmente entre aproximadamente el año 1200 y el siglo VIII antes de Cristo. Lo que hace a esa obra tan especial es que es la única fuente escrita disponible sobre un periodo de la historia de casi cuatrocientos años, un periodo tan pobre en testimonios que ha sido denominado la edad oscura por los historiadores. La otra fuente importante de información son los restos de una comunidad encontrada en Lefkandi, en Eubea, especialmente un edificio levantado en honor de un guerrero que fue enterrado allí "siguiendo un ritual funerario que se asemeja de forma sorprendente al que aparece descrito en los poemas homéricos".

La que deposita la armadura es la diosa Tetis, hija de Nereo, "el anciano del mar", nacido de Ponto (dios del mar) y Gea (la tierra). Tetis se rindió a los deseos de un mortal, el rey Peleo, y de su unión nació Aquiles. Hay una descripción muy detallada del escudo en el canto anterior, tan detallada que el traductor de mi edición de la Ilíada abre una nota para aclarar que seguramente la descripción de Homero parte de un escudo real. Yo voy más lejos, me ha dado por pensar que Aquiles, Tetis, Hefesto y las armas son reales. Tetis no sería una diosa, pero sí una mujer perteneciente a una civilización distinta a la de Aquiles, a una civilización más avanzada. Hablando del tema, un amigo me recordaba hoy el trato que se daba a los primeros españoles que iban llegando a América: les consideraban dioses. Las armas de los invasores eran mucho más sofisticadas, más eficaces, tanto que eran tomados por inmortales. ¿Qué habrían escrito si hubiéramos desaparecido, si les hubiésemos dejado? Seguramente Hefesto forjó las armas que Tetis entregó a Aquiles, pero Hefesto no sería un dios, solo un hombre conocedor de una técnica más precisa. Lo llamativo de la idea es que esos hombres que eran vistos como dioses por los primeros griegos habrían existido realmente en algún lugar indeterminado. Tal vez aún existen.

La cita entrecomillada se la he tomado a Gómez Espelosín, de su libro "Introducción a la Grecia antigua"; el texto de la Ilíada es de la edición de Gredos.