
Y, ciertamente, todas las demás ciencias serán más necesarias que ella, pero ninguna es mejor.
Aristóteles, Metafísica, I, 10.
Recopilación de algunos personajes y acontecimientos históricos de la antigua Grecia, desde las primeras reformas hasta la implantación de la democracia. Son los tiempos que van entre Solón y Pericles, entre Tales de Mileto y Sócrates de Atenas.
El primer periodo de la Grecia antigua, la época oscura, se extiende entre los siglos XII y IX a.C. Son siglos caracterizados por la decadencia y los grandes movimientos de población. Le sigue la edad arcaica, el periodo que va entre el siglo VIII y la rebelión jonia de principios del siglo V a.C. En ese momento reaparecen la escritura y la navegación y surge una nueva forma de organización sociopolítica: la polis. Es el momento de la expansión griega. Por fin, la época clásica comienza con la guerra de las ciudades-estado griegas, contra el imperio persa, a principios del siglo V a. C.
Estamos hablando de tres periodos:
1. Edad oscura, entre los siglos XII y IX a. C. Ausencia total de textos escritos.
2. Edad arcaica, entre el siglo VIII y el siglo VI a. C.
3. Edad clásica, siglos V y IV a. C.
Una fuente imprescindible para el estudio de la época oscura es la Ilíada. Se trata de una obra en verso que recoge lo que sucesivas generaciones de aedos, de poetas, fueron transmitiendo de forma oral y que tal vez Homero, en el siglo VIII a. C, puso por escrito. Durante la época arcaica, la Ilíada funcionó como una biblia para los griegos.
Son griegos, pertenecen a la civilización helénica, a la Hélade, todos aquellos que consideren que los héroes y dioses que aparecen en la Ilíada son sus antepasados y sus dioses; los que hablen un idioma parecido y tengan costumbres similares.
La Hélade se estructura en ciudades-estado, poleis, cada una de ellas con una extensión de tierra. Atenas es el centro de la extensión de tierra conocida como el Ática. Además de Atenas, la otra gran ciudad-estado a la que se refieren la mayoría de las fuentes es Esparta.
Solón fue elegido arconte en el año 594 a. C. Es la personalidad ateniense más antigua a la que nos podemos acercar, la primera de la que disponemos de otros datos que su nombre o alguna noticia aislada. Es uno de los Siete Sabios, fue político y poeta. Se conservan fragmentos de sus poemas:
Nuestra ciudad no sucumbirá a los decretos de Zeus y el consejo de los dioses bienaventurados, pues Palas Atenea, su alta protectora, ha extendido sobre ella sus manos. Los ciudadanos mismos quieren arruinarla por su codicia y su estupidez.
La población de Atenas tradicionalmente se agrupaba en cuatro tribus que tomaban los nombres de los hijos de Ión: Geleontes (“los brillantes”, podría tratarse de los nobles); Egícoras (“los cabreros”); Argades (“los trabajadores”), y Hopletes (“los soldados”). Las cuatro tribus estaban unidas por lazos de sangre y religiosos; se pertenecía a una u otra por nacimiento.
Según cuentan Aristóteles (siglo IV a. C.) y Plutarco (siglo I), fue Solón quien introdujo una división nueva basada en un criterio puramente económico: la capacidad de producción agraria. Esta capacidad quedaría fijada utilizando como unidades de medida el medimno, unos cincuenta y dos litros de áridos, y la metreta, equivalente a unos treinta y nueve litros. Los grupos entre los que se repartirían los distintos cargos políticos, tal y como quedaron fijados por Solón, son estos:
-Pentacosiomedimnos, los de quinientos medimnos.
-Hippeis o caballeros, trescientas medidas.
-Zeugitas, doscientas medidas.
-Thetes, menos de doscientas medidas.
Desde ahora la participación política de los individuos ya no depende exclusivamente del nacimiento, cuenta además la riqueza. Por mucho que es evidente que ambas cosas se mantuvieron -y se mantienen- claramente unidas, parece probado que existía la posibilidad de pasar de un grupo a otro; los nuevos ricos, pequeños propietarios, fueron equiparados a los nobles. También es nueva la distinción entre pentacosiomedimnos e hippeis.
La magistratura principal era el arcontado, denominación que engloba a nueve cargos de contenido diferente: el arconte basileus (o rey), con funciones de carácter religioso y ritual; el polemarco, jefe del ejército; el arconte epónimo, el más importante de todos, tenía atribuciones políticas y judiciales y capacidad para dictar sentencias. Por último los seis arcontes llamados tesmótetas que se ocupaban de recopilar el derecho y tenían funciones judiciales. No hay dudas de que las magistraturas más importantes quedaban reservadas a los dos primeros grupos, los más ricos. Del segundo y tercer grupo salían los cuatrocientos miembros de un nuevo consejo que se encargaba de preparar los decretos y las reuniones de la Asamblea; los del último grupo, los Thetes, fueron reconocidos como electorado activo.
No está claro cómo se elegían los nueve arcontes, conservamos la explicación de Aristóteles, pero se ha discutido mucho sobre si su narración no será más un deseo del siglo IV, el de Aristóteles, que una realidad histórica de principios del siglo VI, siempre antes de Cristo, los tiempos de Solón.
[Solón] Estableció las magistraturas sorteables entre los elegidos que cada una de las tribus [Geleontes, Egícoras, Argades y Hopletes] había designado previamente: para los nueve arcontes cada tribu designaba diez, y entre estos se hacía el sorteo; de lo cual aún perdura en las tribus el sortear diez cada una, y luego entre éstos se sorteaba por medio de habas. Una prueba de que los hizo sorteables entre las clases del censo es la ley sobre los tesoreros, de la que siguen sirviéndose ahora todavía, pues manda que los tesoreros se designen por sorteo.
Aristóteles, Constitución de los Atenienses. 8,1.
En el sorteo con habas se procedía de este modo: se colocaban dos tinajas, en una de ellas había un número de habas blancas y de colores, en la otra las tablillas con los nombres de los candidatos; se sacaba una tablilla y un haba y se designaba al candidato cuyo nombre salía a la vez que un haba blanca.
El arcontado tenía duración anual, tras su mandato los arcontes se integraban de forma vitalicia en el Areópago.
El consejo de los Areopagitas tenía la función de conservar las leyes y dirigía la parte mayor y más importante de los asuntos de la ciudad, y castigaba con penas corporales y con penas pecuniarias, sin apelación, a todos los que delinquían. La elección de los arcontes se hacía en razón de su categoría social y de sus riquezas, de los cuales eran escogidos los Areopagitas. Por eso, es ésta la única de las magistraturas que se mantiene vitalicia aún ahora.
Aristóteles, Constitución de los atenienses. 3,6.
[...] al consejo de los Areopagitas lo puso [Solón] como guardián de las leyes, igual que ya antes era inspector de la constitución; vigilaba la parte mayor y más importante de los asuntos de la ciudad, y corregía a los delincuentes con soberanía para multar y castigar; y depositaba las multas en la Acrópolis, sin escribir el motivo de las mismas; y juzgaba a los que conspiraban para disolver el poder del pueblo, por haber promulgado Solón contra ellos la ley de ‘denuncia por conspiración’. Viendo que la ciudad muchas veces tenía discordias civiles y que algunos ciudadanos por indiferencia se contentaban con el mero azar, promulgó una ley especial contra éstos: ‘el que, estando dividida la ciudad, no tome las armas ni con unos ni con otros, quede condenado a la atimía y deje de tener parte en la ciudad’.
Aristóteles, Constitución de los atenienses. 8, 4-5.
La atimía es la privación total de los derechos de ciudadanía y la exclusión de formar parte de la comunidad política.
En el 545 a. C. llega al poder el tirano Pisístrato. Pisístrato mantuvo lo hecho por Solón. Favoreció a los pequeños campesinos y el comercio, construyó un altar para los doce dioses en el ágora y una fuente que suministraba agua a la ciudad. Aparecieron los primeros concursos dramáticos, reavivó la fiesta de las Panateneas, acuñó las primeras monedas de plata adornadas con la lechuza, símbolo de Atenea, la diosa protectora de Atenas. Dice Aristóteles de él que gobernó la ciudad más como ciudadano que como tirano.
A pisístrato le sucedieron sus hijos, Hiparcos e Hipias. Hiparco murió asesinado; los aristócratas exiliados, ayudados por Esparta, lograron que Hipias abandonara Atenas. Es el año 510 a.C.
El siguiente aristócrata debía ocupar el poder con el apoyo del demos. Fue Clístenes, se dice que él sentó las bases definitivas de la democracia ateniense. Dividió el territorio del Ática en pequeñas circunscripciones en los que quedaron integrados como ciudadanos todos los habitantes, también aquellos que habían quedado fuera de los sistemas tribales basados en el parentesco: los campesinos pobres y los artesanos solo tenían que inscribirse en los registros para pasar a ser ciudadanos. Creó el Consejo de los quinientos, formado por cincuenta ciudadanos elegidos por sorteo entre todos los varones menores de treinta años de cada una de las diez tribus que integraban el Ática; aumentó a diez el número de arcontes, de magistrados supremos, uno por tribu.
Entonces, puesto al frente del pueblo [Clístenes], en el año cuarto después de la caída de los tiranos, siendo arconte Iságoras, primeramente dividió a todos en diez tribus en lugar de las cuatro, con la intención de mezclarlos, para que participase mayor número en el gobierno. Por eso se dice que no antiendan a las tribus los que quieran investigar los linajes. Después formó el consejo de los quinientos miembros en lugar de cuatrocientos, cincuenta de cada tribu, hasta entonces habían sido cien. Por esto no los organizó en doce tribus, para que no resultara la división de acuerdo con las “tritías” preexistentes, pues de cuatro tribus había doce “tritías”, y así no se hubiera mezclado la muchedumbre.
Dividió también el país por “demos”, en treinta partes, diez de los alrededores de la ciudad, diez de las costa y diez del interior, y dando a éstas el nombre de “tritís”, sacó a la suerte tres para cada tribu, con el fin de que cada una participase de todas las regiones. E hizo conciudadanos de “demo” a los que habitaban en cada uno, para que no quedaran en evidencia los nuevos ciudadanos al llevar el nombre de la familia, sino que llevasen el nombre de los “demos”; por eso los ateniense se llaman todavía a sí mismos por los “demos”.
(Aristóteles, Constitución de los atenienses. 21, 2-4).
Se estima que el año de la caída de los tiranos es el 511/510, Aristóteles se está refiriendo al año 508/ 507 a.C.
Un demo es una circunscripción territorial con organización administrativa suficiente como para poder resolver asuntos locales no demasiado complejos, guardan cierta semejanza con nuestros ayuntamientos. En cada demo existía una lista de ciudadanos a la que se iban añadiendo los que alcanzaban la edad de 18 años. Tras la reforma de Clístenes los ciudadanos eran llamados por su nombre, el de su padre y el del demo al que pertenecía: Hiparco, hijo de Carmo, del demo de Colito. La pertenencia a una u otra tribu no depende ya de lazos de sangre sino del lugar de residencia.
Clístenes creó el Consejo de los quinientos, la boulé, formado por los cincuenta varones mayores de treinta años que habían sido elegidos por sorteo de cada una de las tribus (es sabido que las mujeres no tuvieron ninguna participación política en Grecia). El Consejo tenía la función de preparar los temas que después se tratarían en la Asamblea Popular, la “ekklesía”.
Aristóteles atribuye a Clístenes la ley del ostracismo. Consiste en preguntarle a los ciudadanos sobre la conveniencia de expulsar a una persona. Se convocaba al pueblo a una votación en la que se depositaban trozos de cerámica que llevaban inscritos el nombre de la persona cuya expulsión hubiera sido propuesta. Si se reunía un número de votos superior a 6.000, el acusado era expulsado de Atenas durante diez años, sin derecho de apelación. El ostracismo habría sustituido a la atimía, permitiendo que los expulsados conservaran sus bienes y sus derechos de los que podrían volver a disfrutar una vez cumplido el destierro. Se conservan miles de estos fragmentos de cerámica, se ha comprobado que los 190 encontrados en la Acrópolis con el nombre de Temístocles fueron inscritos por tan solo catorce personas distintas, cabe suponer que estas “papeletas” ya preparadas se entregaban a los votantes indecisos.
En el año 490 la expedición persa hacia el Egeo desembarca en Maratón. Los atenienses votaron en la asamblea el enfrentamiento armado contra los persas y, sin esperar la llegada de refuerzos de Esparta les obligaron a reembarcar. Lo que estaba en juego para los griegos queda bien reflejado en el siguiente texto que tomo de Heródoto (siglo V a. C.):
En vista, pues, de que sus opiniones estaban divididas y de que iba a prevalecer la menos acertada, fue entonces cuando Milcíades, dado que existía una undécima persona con derecho a voto (el ateniense elegido por sorteo para el cargo de polemarco –pues antiguamente los atenienses concedían al polemarco la misma capacidad de decisión que a los estrategos-, magistratura que entonces desempeñaba Calímaco de Afidnas), abordó a dicho individuo y le dijo lo siguiente: “Calímaco, en tus manos está en estos instantes sumir a Atenas en la esclavitud o bien conservar su libertad y dejar, para toda la eternidad, un recuerdo de tu persona superior, incluso, al de Harmodio y Aristogitón. Pues no hay duda de que ahora los atenienses se encuentran en el momento más crítico de toda su existencia; si, por lo que sea, se inclinan ante los medos, salta a la vista cuál será su suerte una vez en poder de Hipias; en cambio, si esta ciudad se alza con la victoria, puede llegar a ser la más importante de toda Grecia. ¿Que cómo puede hacerse esto realidad y por qué te corresponde precisamente a ti adoptar la decisión definitiva en este asunto? Voy a explicártelo ahora mismo. Nosotros, los estrategos, somos diez y nuestras opiniones se hallan divididas, ya que unos se muestran partidarios de presentar batalla, mientras que otros se oponen. Pues bien, si no libramos combate, temo que se forme una importante facción que haga vacilar la fe de los atenienses hasta inducirlos a abrazar la causa del Medo. Por el contrario, si presentamos combate antes de que una plaga de ese tipo cobre aliento en el corazón de algunos atenienses, y si los dioses se mantienen imparciales, estamos en condiciones de alzarnos con la victoria en la batalla. Por consiguiente, todo lo que he expuesto es en esto momentos de tu competencia y de ti depende; pues, si tú te adhieres a mi opinión, tu patria conserva su libertad y tu ciudad se convierte en la más importante de Grecia. Pero, si te decantas por el parecer de quienes se oponen a la celebración de la batalla, por tu culpa, en lugar de los logros que te he enumerado, sucederá todo lo contrario”. (VI, 109)
La batalla:
En el centro del frente, donde se hallaban alineados los persas propiamente dichos y los sacas, la victoria correspondió a los bárbaros. En aquel sector, como digo, vencieron los bárbaros, quienes, tras romper la formación de los atenienses, se lanzaron en su persecución tierra adentro; sin embargo, en ambas alas triunfaron atenienses y plateos. Y, al verse vencedores, permitieron que los bárbaros que habían sido derrotados se dieran a la fuga e hicieron converger las alas para luchar contra los contingentes que habían roto el centro de sus líneas, logrando los atenienses alzarse con la victoria. Entonces persiguieron a los persas en su huida, diezmando sus filas, hasta que, al llegar al mar, se pusieron a pedir fuego e intentaron apoderarse de las naves. (Heródoto. VI, 113)
Heródoto cifra las bajas persas en seis mil cuatrocientas frente a ciento noventa y dos en el bando ateniense. Las siguientes fuentes tienden a ir incrementando el número de bajas persas. Los atenienses vieron en esta victoria una hazaña heroica. Entre los combatientes estaba Esquilo, este es su epitafio: “Aquí yace Esquilo, combatiente en Maratón”.

Imagen tomada de la edición de la "Historia" de Heródoto de Editorial Gredos.
El siguiente choque es en Salamina. La batalla tuvo lugar en el año 480 a. C. Esquilo también participó en ella y la cuenta de forma emocionada en la tragedia Los Persas:
La noche avanzaba, pero la escuadra griega no hacía una salida furtiva por ningún sitio. Pero después que el día radiante, con sus blancos corceles, ocupó con su luz la tierra entera, en primer lugar, un canto, un clamor a modo de himno, procedente del lado de los griegos, profirió expresiones de buenos augurios que devolvió el eco de la isleña roca. El terror hizo presa en todos los bárbaros, defraudados en sus esperanzas, pues no entonaban entonces los griegos el sacro peán como preludio para una huida, sino como quienes van al combate con el coraje de almas valientes. La trompeta con su clangor encendió el ánimo de todos aquéllos. Inmediatamente con candenciosas paladas del ruidoso remo golpeaban las aguas profundas del mar, al compás del sonido de mando. Rápidamente todos estuvieron al alcance de nuestra vista.
La primera, el ala derecha, en formación correcta, con orden, venía en cabeza. En segundo lugar, la seguía toda la flota. Al mismo tiempo podía oírse un gran clamor: “Adelante, hijos de los griegos, libertad a la patria. Libertad a vuestros hijos, a vuestras mujeres, los templos de los dioses de vuestra estirpe y las tumbas de vuestros abuelos. Ahora es el combate por todo eso”.
En verdad que de nuestra parte se les oponía el rumor de la lengua de Persia. Ya no era tiempo de andarse con dilaciones. Inmediatamente una nave clavó en otra nave su espolón de bronce. Inició el ataque una nave griega y rompió en pedazos todo el mascarón de la popa de un barco fenicio. Cada cual dirigía su nave contra otra nave. Al principio, con la fuerza de un río resistió el ataque el ejército persa; pero, como la multitud de sus naves se iba apelotonando dentro del estrecho, ya no existía posibilidad de que se ayudasen unos a otros, sino que entre sí ellos mismos se golpeaban con sus propios espolones de proa reforzados con bronce y destrozaban el aparejo de remos completo.
Entretanto, las naves griegas, con gran pericia, puestas en círculo alrededor, las atacaban. Se iban volcando los cascos de las naves, y ya no se podía ver el mar, lleno como estaba de restos de naufragios y la carnicería de marinos muertos. Las riberas y los escollos se iban llenando de cadáveres. Cuantas naves quedaban de la armada bárbara todas remaban en pleno desorden buscando la huida. Los griegos, en cambio, como a atunes o a un copo de peces, con restos de remos, con trozos de tabla de los naufragios, los golpeaban, los machacaban. Lamentaciones en confusión, mezcladas con gemidos, se iban extendiendo por alta mar, hasta que lo impidió la sombría faz de la noche.
El inmenso número de males, aunque durante diez días estuviera informando de modo ordenado, no podría contártelo entero, pues, sábelo bien, nunca en un solo día ha muerto un número tan grande de hombres”.
(Esquilo, “Los Persas”. 385-430)
Quedaba el ejército de tierra, la batalla tuvo lugar en el 479 a.C., en Platea. Nuevamente se evacuó Atenas, nuevamente los persas sufrieron una derrota vergonzosa. Heródoto lo cuenta como la lucha de un montón de hombres libres contra un ejército inmenso compuesto por siervos. La imagen procede de: http://www.satrapa1.com/
La victoria sobre los persas había demostrado que era imprescindible contar con una buena flota y continuar la ofensiva para evitar futuras invasiones. Esparta poseía el ejército más potente en tierra, pero necesita mantenerlo dentro de su territorio porque existía la amenaza permanente de una rebelión de la población sometida, cautivos de guerra, que trabajaban los campos y cuidaba el armamento, los hilotas. Los espartanos temían además que los que salían al extranjero corrompieran sus costumbres, no eran dados a echarse a la mar y las relaciones con Atenas atravesaban un buen momento: optaron por mantener el control dentro del Peloponeso y ceder a Atenas el liderazgo de la nueva alianza defensiva contra los persas, la Liga de Delos. Es el año 477/76 a. C.
Entraron a formar parte de esta liga todos los estados griegos del Egeo y muchas de las ciudades jonias de Asia Menor, estaba formada por un consejo común compuesto a partes iguales por todos sus miembros. Se estableció una contribución, el phoros, en naves o dinero. En un primer momento el tesoro se depositó en Delos, lugar en el que también se celebraban las asambleas. El tributo inicial fue de 460 talentos. Es posible hacerse una idea de a qué equivalía esa cantidad teniendo en cuenta que, algunos años después, edificar los Propileos de la Acrópolis de Atenas (en la imagen) costó unos 2.000 talentos.
Muchos de los aliados prefirieron tributar con dinero en vez de con naves, con lo que evitaban embarcarse, pero así la flota pertenecía a los atenienses, de tal modo que al intentar abandonar la liga se encontraban sin naves y sin preparación para la guerra, además sus intenciones podían ser reprimidas por la fuerza. Los aliados fueron convirtiéndose poco a poco en tributarios dependientes.
Tras las Guerras Médicas volvió a tomar fuerza el Areópago “y gobernaba la ciudad sin ningún decreto que le atribuyese el poder, sino por haber sido la causa de la batalla naval de Salamina” (Aristóteles, Constitución de los atenienses. 23.1)
Es el momento de Cimón. Cimón formó parte del cuadro de honor de los vencedores atenienses contra los persas, fue el estratego que dirigió y ganó las primeras batallas de la nueva confederación, en el Egeo. Algunas de estas batallas tuvieron como oponentes a miembros de la liga con los que existían conflictos por el comercio o que no cumplían lo pactado. El primero es el motivo de la batalla contra Tasos, una isla del Egeo situada al norte de Atenas. Cimón les invadió. Los tasios pidieron en secreto a Esparta que invadieran a su vez el Ática y los espartanos lo estarían planeando cuando se rebelaron los hilotas, es el año 464. Fue entonces Esparta quien se vio obligada a pedir ayuda a varios estados, entre ellos a los atenienses. Se discutió el asunto en la Asamblea: Efialtes y Pericles, los demócratas radicales, se mantuvieron en contra; Cimón a favor. Cimón logró convencer a los atenienses para que enviara ayuda a Esparta “para no dejar coja a Grecia ni dar lugar a que su ciudad quedara sin pareja”. Organizó una expedición de 4.000 hoplitas con los que se marchó a Esparta. A pesar de que la expedición respondía a la llamada de Esparta, cuando Cimón llegó, los espartanos, quizá por desconfianza, los despacharon con excusas, “a ellos solos de entre los aliados”. Fue una afrenta. Esto hizo imposible que Cimón pudiera seguir defendiendo su política proespartana y supuso una gran ventaja para sus detractores, Efialtes y Pericles.
Durante la ausencia de Cimón, Efialtes y Pericles transfirieron a la Asamblea Popular el control de la gestión de los arcontes, la tarea primordial del Areópago. En cualquier caso la ausencia de Cimón no era precisa para conseguir la reforma, aunque dado su prestigio no vieniera mal. Aristóteles dice que era inexperto en política y cabe suponer que los cuatro mil hoplitas que fueron con él a Esparta, que no eran precisamente aristócratas, habrían votado, contra Cimón, a favor de la reforma. En el año 461 a.C. Cimón fue objeto de ostracismo.
Diecisiete años, aproximadamente, después de las Guerras Médicas, duró el gobierno bajo la dirección de los del Areópago, aunque su influencia decaía poco a poco. Con el aumento de la plebe, llegó a ser jefe del pueblo Efialtes, hijo de Sofónides, tenido por incorruptible y justo para el régimen, y atacó al Consejo. Primeramente eliminó a muchos de los Areopagitas, entablando pleitos contra ellos por su administración. Después, siendo arconte Conón, quitó al Consejo todas las funciones añadidas que le hacían guardián de la constitución, y unas las devolvió a los Quinientos, otras al pueblo y a los tribunales.
Aristóteles, Constitución de los atenienses. 25, 1- 2
Son los diecisiete años que duró el gobierno de Cimón, entre el 478/7 y el 462/1.
Las reformas de Efialtes, en las que colaboró Pericles, tuvieron lugar precisamente durante la ausencia de Cimón, en 462. Una de las funciones más importantes del Areópago era el control de los arcontes: comprobaba si reunían los requisitos necesarios antes de acceder al cargo y, al dejarlo, debían rendir cuentas ante él de la gestión realizada. Se trataba de transferir esta función al Consejo, de tal manera que la gestión de los arcontes no fuera controlada por los exarcontes (los miembros vitalicios del Aréopago). Suele situarse en este momento el nacimiento de la democracia ateniense. Cuenta Aristóteles que Efialtes murió asesinado poco después de arrebatar el poder al Areópago. Tras el asesinato de Efialtes y el ostracismo de Cimón será Pericles quien gobierne Atenas durante los siguientes treinta años, hasta su muerte, ocurrida en el año 429 a. C., a causa de la peste que hubo en Atenas al comienzo de la guerra del Peloponeso.
Hacia el año 457-6, Pericles abrió el acceso al arcontado a la tercera clase de ciudadanos establecida por Solón, los zeugitas. Todos los cargos pasaron a ser elegidos por sorteo, salvo los que requerían de conocimentos técnicos concretos (militares, finanzas). La clase inferior, la de los thetes, quedó excluida del arcontado, pero aumentó considerablemente su capacidad de participación en la Asamblea, el Consejo de los Quinientos y los tribunales populares. La Asamblea popular se reunía una vez por semana, aunque era posible convocar tantas reuniones extraordinarias como se estimase oportuno; todos los ciudadanos mayores de 18 años podían asistir a las sesiones de la asamblea y durante su desarrollo cualquiera podía tomar la palabra. Las propuestas se aprobaban por mayoría simple, salvo algunas cuestiones, el ostracismo por ejemplo, que requerían un número mínimo de votos. Hay que recordar que no se consideraban ciudadanos ni a las mujeres, ni a los extranjeros ni a los esclavos. El único límite al poder de la Asamblea popular lo constituía el Consejo, su misión principal consistía en preparar los decretos que después aprobaría la Asamblea, pero mientras que el Consejo se reunía unas trescientas veces al año, la Asamblea lo hacía unas cuarenta. Algunos grupos de poder supieron desarrollar los mecanismos adecuados para perpetuarse en el Consejo.
En esta época se construyó el Partenón (447-438), escribieron Aristófanes y Esquilo, empezó a filosofar Sócrates.
• Aristóteles, Constitución de los Atenienses, Editorial Gredos, Madrid, 1984.
• Esquilo, Los Persas, Editorial Gredos, Madrid 2000
• Heródoto, Historia, Editorial Gredos, Madrid, 2000
• Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, Alianza Editorial, Madrid, 1989
• J.M. Blázquez, R. López y J.J. Sayas, Historia de la Grecia Antigua, Ed. Cátedra, Madrid, 1999
• A.J. Domínguez, Solón de Atenas, Ed. Crítica, Barcelona, 2001
• F.J. Gómez Espelosín, Introducción a la Grecia antigua, Madrid, 1998.
Algunas páginas
• Sobre el mundo grecolatino: http://www.culturaclasica.com/mapa_del_web.htm
• En esta página proponen un viaje virtual por el mundo griego: http://gramola.fyl.uva.es/
~wamor/viaje_virtual.htm
• La enciclopedia libre: http://es.wikipedia.org/wiki/Grecia
• En esta web hay excelentes mapas: http://www.satrapa1.com/
• Sobre la geografía: http://laberinto.uma.es/Lab1/Boletin1AnexoJavier.htm
• Sobre el Estado ateniense: http://laberinto.uma.es/Lab2/La2Art2Diego.htm
Un amigo, con una sorprendente capacidad para el análisis político y buen lector, me ha pedido ayuda para superar el examen de selectividad de septiembre de la asignatura de filosofía. Confiesa que jamás ha conseguido pasar de Platón, que le entra sueño. Bien, Platón tiene una dificultad añadida, el mundo en el que él vivió no es ya el nuestro. Muchas de las palabras que él usó ahora evocan cosas distintas, virtud, Idea o alma no se entienden vulgarmente como las entendió Platón. Nosotros hemos pasado por una tradición cristiana que ha alterado el significado de esos términos, una tradición a la que Platón fue ajeno. La tradición cultural en la que vivió Platón tiene origen mítico, fue forjada por poetas y héroes; la nuestra es de origen judeo-cristiano, abarrotada de santos, milagros y mártires. No es mejor ni peor (a priori), pero sí es distinto. En el lado bueno está el hecho de que Platón explica bien de qué está hablando, por lo que un poco de flexibilidad y desapego ayudan a entenderle.
En los próximos días, si nada lo impide, iré insertando resúmenes breves de los siguientes autores y textos:
Siempre que sea necesario insertaré también referencias a otros textos de esos mismos autores.
Tus comentarios resultarán de gran ayuda, pero, por favor, no añadas páginas a este libro.
Menón es un joven de Tesalia que se encuentra de visita en Atenas, es admirador de Gorgias, el sofista. Se aloja en casa de Ánito, un dirigente ateniense del grupo político democrático, que en el 399 a.C. apoyó la acusación contra Sócrates. Además de Menón y Ánito en el diálogo intervienen el esclavo de Menón y Sócrates. En los diálogos de Platón "Sócrates" es el personaje que expresa el punto de vista de Platón, no se trata del auténtico Sócrates que, como es sabido, no dejó obra escrita.
El diálogo arranca con una petición de Menón a Sócrates:
Menón. -Me puedes decir, Sócrates: ¿es enseñable la virtud?, ¿o no es enseñable, sino que sólo se alcanza con la práctica?, ¿o ni se alcanza con la práctica ni puede aprenderse, sino que se da en los hombres naturalmente o de algún otro modo?
Esta pregunta de Menón es el tema sobre el que tratará el diálogo. Se intentará averiguar qué es la virtud, definirla; se planteará si es un conocimiento o no; se explicará el conocimiento como reminiscencia y se distinguirá entre conocimiento (o ciencia) y opinión. A la vista de lo anterior se entiende que los tres temas capitales que tratará el Menón son a) la virtud, b) la doctrina de la reminiscencia y c) la distinción entre conocimiento (o ciencia) y opinión.
a) La virtud.
Actualmente se entiende la virtud como una cualidad propia de santos, no era así entre los griegos. Los griegos entendía la virtud más bien como excelencia, como ser bueno en un oficio, por eso pueden hablar de la virtud o bondad de un zapatero y de la virtud o bondad de un músico. La aportación peculiar de Platón consiste en indagar por la virtud entendida en general, entendida como habilidad en el oficio de la vida y en su mejor escenario, la ciudad. A lo largo del texto la virtud es entendida siempre como sinónimo de bondad o excelencia.
Ante la pregunta de Menón Sócrates declara no saber qué es la virtud ni conocer a nadie que lo sepa y pide a Menón que lo explique él, aplicando fielmente la técnica socrática. Menón hace una aproximación enumerando distintas virtudes: la virtud del hombre, ser capaz de manejar los asuntos del Estado; la virtud de la mujer, administrar bien la casa; la virtud del niño, la virtud del esclavo.... Son virtudes la valentía, la justicia, la sensatez. Esta diferencia de trato dada al hombre y a la mujer carece de toda relevancia, es una constante; el texto fue escrito a principios del siglo IV a. C., puede encontrarse esto mismo en la literatura seria del siglo XX. Lo interesante es que Menón responde enumerando una lista de virtudes particulares, como si ante la pregunta ¿qué es el color? se respondiera azul, rojo, verde, pero lo que Platón espera que le diga Menón es lo que tienen en común todas las virtudes.
Sócrates. -Pues lo mismo sucede con las virtudes. Aunque sean muchas y de todo tipo, todas tienen una única y misma forma (eîdos), por obra de la cual son virtudes y es hacia ella hacia donde ha de dirigir con atención su mirada quien responda a la pregunta y muestre, efectivamente en qué consiste la virtud. ¿O no comprendes lo que digo?
Sócrates pone ejemplos a Menón para que entienda lo que está buscando: la esfera y el cubo son figuras, pero decimos que una figura es el límite de un sólido, esto es lo que tienen en común el cubo y la esfera. Son notables la ironía y el buen humor contenidos en ese intercambio.
Menón.- ¡Ah, Sócrates! Había oído yo, aun antes de encontrarme contigo, que no haces tú otra cosa que problematizarte y problematizar a los demás. Y ahora, según me parece, me estás hechizando, embrujando y hasta encantando por completo al punto que me has reducido a una madeja de confusiones. Y si se me permite hacer una pequeña broma, diría que eres parecidísimo, por tu figura como por lo demás, a ese chato pez marino, el torpedo. También él, en efecto, entorpece al que se le acerca y lo toca, y me parece que tú ahora has producido en mí un resultado semejante. [...]
Sócrates.- Si el torpedo, estando él entorpecido, hace al mismo tiempo que los demás se entorpezcan, entonces le asemejo; y si no es así, no. En efecto, no es que no teniendo yo problemas, problematice sin embargo a los demás, sino que estando yo totalmente problematizado, también hago que lo estén los demás. Y ahora, "qué es la virtud", tampoco yo lo sé; pero tú, en cambio, tal vez sí lo sabías antes de ponerte en contacto conmigo, aunque en este momento asemejes a quien no lo sabe. No obstante, quiero investigar contigo e indagar qué es ella.
Menón le plantea entonces un problema: ¿si no la conoces cómo sabras que la has encontrado? Lo que conoces no puedes aprenderlo, puesto que ya lo conoces, y lo que no conoces no podrás reconocerlo cuando lo veas. Es un argumento común entre los sofistas, personajes a los que Platón despreciaba. Platón contesta con la doctrina de la reminiscencia: conocer es recordar, aprender es recordar lo que nuestra alma conoció antes de nuestro nacimiento.
b) Doctrina de la reminiscencia.
Dice Platón que "algunos hombres sabios" sostienen que el alma es inmortal, que se reencarna una y otra vez y que como ha vivido ya muchas vidas no hay nada que no haya aprendido. El alma inmortal va pasando de un cuerpo a otro, esto se conoce como metempsicosis.
"Estando, pues, la naturaleza emparentada consigo misma, y habiendo el alma aprendido todo, nada impide que quien recuerde una sola cosa -eso que los hombres llaman aprender-, encuentre él mismo todas las demás, si es valeroso e infatigable en la búsqueda. Pues, en efecto, el buscar y el aprender no son otra cosa, en suma, que una reminiscencia".
Todo el conocimiento está ya ahí y solo hay que tirar de él, por eso los escritos de Platón tienen forma de diálogo. Lo demuestra haciendo que un esclavo sin formación alguna descubra que para construir un cuadrado que tenga un área dos veces mayor que la de un cuadrado dado, debe trazarlo sobre la diagonal.
Sócrates. -El conocimiento que ahora tiene, ¿no es cierto que o lo adquirió, acaso, alguna vez o que siempre lo tuvo?
Menón. -Sí.
Sócrates. -Si, pues, siempre lo tuvo, entonces siempre también ha sido un conocedor; y si, en cambio, lo adquirió alguna vez, no será por cierto en esta vida donde lo ha adquirido. ¿O le ha enseñado alguien geometría? Porque éste se ha de comportar de la misma manera con cualquier geometría y con todas las demás disciplinas. ¿Hay tal vez, alguien que le haya enseñado todo eso? Tú tendrías, naturalmente, que saberlo, puesto que nació en tu casa y en ella se ha criado.
Menón. -Sé muy bien que nadie le ha enseñado nunca.
Sócrates. -¿Tiene o no tiene esas opiniones?
Menón. -Indudablemente las tiene, Sócrates.
Sócrates. -Si no las adquirió en esta vida, ¿no es ya evidente que en algún otro tiempo las tenía y las había aprendido?
Menón. -Parece.
Menón pide que el tema se centre en averiguar si la virtud es enseñable o no, Platón protesta por la petición de Menón, le resulta pintoresco proceder a averiguar si la virtud es enseñable o no antes de saber qué es la virtud, pero acepta. Llegamos así al tercer tema, la distinción entre opinión y conocimiento.
c) ¿Es enseñable la virtud? Distinción entre conocimiento (o ciencia) y opinión.
Si la virtud fuese un conocimiento sería enseñable si no lo fuese no. Si fuera enseñable habría maestros de virtud, pero no los hay. ¿Quién enseña la bondad (virtud o excelencia)? En ese momento histórico los sofistas se presentaban como maestros de bondad y virtud ciudadana, salvo Gorgias, se señala; de Protágoras, el más conocido sofista del momento, dice Platón que ha ganado más dinero que Fidias y otros diez arquitectos juntos (Fidias fue el encargado de supervisar la construcción del Partenón y el autor de las esculturas que lo adornaban). Sócrates pregunta a Ánito, incorporado a la conversación en ese momento, si quizá serán los sofistas los maestros que buscamos. Ánito estalla:
Ánito. -Que ninguno de los míos, ni mis amigos más cercanos, ni mis conocidos conciudadanos o extranjeros, caiga en la locura de ir tras ellos y hacerse arruinar, porque evidentemete son la ruina y la perdición de quienes los frecuentan.
No hay maestros de virtud entonces, pues tampoco podrán serlo los poetas. Si los hubiera, los grandes hombres de Atenas que hacen que sus hijos reciban la mejor educación posible lograrían hacer de ellos también grandes hombres, pero no lo logran: tales maestros no existen, tal vez la virtud no sea enseñable. Esta afirmación hace que Ánito desista y no participe más en la conversación. Menón señala que el caso es que hay buenos hombres, ¿cómo han llegado a alcanzar la vritud si la virtud no es enseñable? En este momento Platón introduce la distinción entre la opinión correcta y el conocimiento: no solo el conocimiento puede ser la causa de un obrar recto, también puede lograrlo la opinión verdadera . En otros términos, Es imposible ser sabio sin ser bueno, pero es posible ser bueno sin ser sabio. La ventaja del conocimiento frente a la opinión acertada es que el conocimiento permanece, la opinión no.
Sócrates. -Porque, en efecto, también las opiniones verdaderas, mientras permanecen quietas, son consas bellas y realizan todo el bien posible; pero no quieren permanecer mucho tiempo y escapan del alma [psique] del hombre, de manera que no valen mucho hasta que uno no las sujeta con una discriminación de la causa. Y ésta es, amigo Menón, la reminiscencia, como convinimos antes. Una vez que están sujetas, se convierten en primer lugar, en fragmentos de conocimientos y, en segundo lugar, se hacen estables. Por eso, precisamente, el conocmiento es de mayor valor que la recta opinión y, además, difiere aquél de ésta por su vínculo.
El conocimiento (o ciencia, los términos se usan indistintamente) es conocimiento de la causa mientras que la opinión acertada, que también mueve a actuar correctamente, habrá que considerarla un don divino. El diálogo, no obstante, acaba insistiendo en que lo primero es averiguar qué es la virtud y no dar con el modo en que llegan a poseerla los hombres.
Sócrates. -De este razonamiento, pues, Menón, parece que la virtud se da por un don divino a quien le llega. Pero lo cierto acerca de ello lo sabremos cuando, antes de buscar de qué modo la virtud se da a los hombres, intentemos primero buscar qué es la virtud en sí y por sí. Ahora es tiempo para mí de irme, y trata tú de convencer a tu huésped Ánito acerca de las cosas de que te has persuadido tú mismo, para que se calme; porque si logras persuadirlo, habrás hecho también un servicio a los atenienses.
La distinción entre conocimiento (o ciencia) y opinión está tratada con más detalle en la República, un diálogo posterior al Menón.
En el libro V de la República, Sócrates Hace las siguientes preguntas a Glaucón:
-Pues bien; el que cree que hay cosas bellas, pero no cree en la Belleza en sí ni es capaz de seguir al que conduce hacia su conocimiento, ¿te parece que vive soñando o despierto? Examina. ¿No consiste el soñar en que, ya sea mientras se duerme o bien cuado se ha despertado, se toma lo semejante a algo, no por semejante, sino como aquello a lo cual se asemeja?
- En efecto, yo diría que soñar es algo de esa índole.
- Veamos ahora el caso contrario: aquel que estima que hay algo Bello en sí, y es capaz de mirarlo tanto como las cosas que participan de él, sin confundirlo con las cosas que participan de él, ni a él por estas cosas participantes, ¿te parece que vive despierto o soñando?
- Despierto, con mucho.
- ¿No denominaremos correctamente al pensamiento de éste, en cuanto conoce. 'conocimiento', mientras al del otro, en cuanto opina, 'opinión'?
Tengo que mencionar, aunque sea por encima, el pasaje en el que "Sócrates" (el nombre bajo el que escribe Platón) responde a la pregunta '¿qué es el bien?'. Sócrates supone que sus interlocutores preferirán que no hable como si supiese de aquello que no sabe y se contentarán con una aproximación. Comienza una exposición magistral en la que juega con la vista, la luz, el sol, la inteligencia y la idea de bien, es el libro VI (desde 507b). Tenemos ojos, tenemos colores, pero aún necesitamos algo más, la luz. La luz aclara los ojos como si estuviera en ellos, pero es el sol quien la da. Lo mismo que es el sol para la vista es la Idea de bien para la inteligencia. Y esta es la definición platónica de la Idea de bien, la Idea que está en la cúspide de su sistema de Ideas. Sin esa Idea iluminando la inteligencia no hay conocimiento.
"¿No percibes que las opiniones sin ciencia (o conocimiento) son todas lamentables? En el mejor de los casos, ciegas. ¿O te parece que los ciegos que hacen correctamente su camino se diferencia en algo de los que tienen opiniones verdaderas sin inteligencia?"
Más arriba hemos distinguido ya dos mundos: el mundo del sol, el mundo sensible, y el mundo del bien, el mundo inteligible. Se llama sensible a aquello que es perceptible a través de uno o más de los cinco sentidos, inteligible es lo que puede ser entendido. No puede haber conocimiento de lo sensible porque lo sensible cambia constantemente, aceptamos que conocer es conocer la realidad, pero si podemos conocerla es porque se está quieta, la conocemos cuando la sujetamos. El mundo real no es el mundo sensible, dirá Platón, no es el mundo que tocamos, olemos..., ese mundo es de sombras y de apariencias; el mundo real es el mundo inteligible. La siguiente imagen contiene en esquema el modo de verlo de Platón.
"Lo opinable es a lo cognoscible como la copia es a aquello de lo que es copiado".
En el siguiente libro de la República, Platón vuelve a explicar lo mismo pero ahora con imágenes en vez de en esquema. Es el mito de la caverna. La poca luz de que disponen los prisioneros que habitan en ella solo les permite ver sombras o cuerpos iluminados artificialmente: solo pueden opinar, no hay conocimiento. El hombre que está arrodillado a la derecha, en el lado de la ciencia, el que puede mirar fuera de la caverna, es un matemático; el que le da la mano desde el otro lado un filósofo.
La Ética de Aristóteles comienza con esta afirmación: "Todo arte y toda investigación e, igualmente, toda acción y libre elección parecen tender a algún bien; por esto se ha manifestado, con razón, que el bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden". "Pero como hay muchas acciones, artes y ciencias, muchos son también los fines; en efecto, el fin de la medicina es la salud; el de la construcción naval, el navío; el de la estrategia, la victoria; el de la economía, la riqueza". Aristóteles señala que el bien supremo entre todos los que pueden realizarse es la felicidad, sea lo que sea la felicidad para cada uno.
Hay que tener en cuenta que una argumentación organizada sobre el fin de algo, sobre el para qué de algo, es una argumentación teleológica (en griego "telos" significa fin) y que la ética se ocupa de la práctica, de lo que hacemos y de cómo lo hacemos. Doy por sabido que a Santo Tomás se le conoce como al autor de una síntesis entre aristotelismo y cristianismo. Bien, una síntesis no es lo mismo que una coincidencia plena: ambas éticas tienen carácter teleólogico (toda la argumentación se construye sobre el fin del ser humano), ambas son éticas materiales, ambas sitúan a la felicidad como el fin supremo, pero mientras que la ética de Santo Tomás tiene un marcado carácter religioso, Aristóteles presenta la suya como una parte de la política. La búsqueda y el conocimiento de Dios que Sto. Tomás indica como el fin excelente del hombre es un interés más bien agustiniano y no aristotélico.
El texto elegido contiene los artículos 1 a 6 de la cuestión 94 del segundo tratado de la primera parte de la Suma Teológica de Santo Tomás, lo que es lo mismo, Suma teológica I-II, q. 94, a. 1-6. En total la Suma teológica contiene cuatro partes, aunque la última quedó incompleta, estructuradas invariablemente en cuestiones y artículos. Las cuestiones son siempre el planteamiento del problema que se irá desarrollando en los artículos. La cuestión 94 queda planteada así:
1. ¿Qué es la ley natural?
2. ¿Cuáles son sus preceptos?
3. Los actos de las virtudes, ¿son todos de ley natural?
4. La ley natural, ¿es la misma para todos los hombres?
5. ¿Es mudable?
6. ¿Puede ser abolida por la mente humana?
Se nota ya que cada uno de esos problemas dará lugar a cada uno de los seis artículos que contiene la cuestión. Los artículos se desarrollan, invariablemente, presentando primero las objeciones (o dificultades) y las posiciones a favor, aportando una solución y respondiendo a las objeciones. Lo que sigue es un resumen del texto, no añade nada, al contrario, simplifica y tiende a omitir las objeciones tomadas de textos religiosos, así que mucho mejor que seguir leyendo lo escrito por mí sería dirigirse a la fuente, puedes encontrar el texto original, en formato pdf, aquí .
Dice Aristóteles que "son tres las cosas que suceden en el alma, pasiones, facultades [potencias] y modos de ser [hábitos, cualidades]". "Entiendo por pasiones, apetencia, ira, miedo, coraje, envidia, alegría, amor, odio, deseo, celos, compasión y, en general, todo lo que va acompañado de placer o dolor. Por facultades, aquellas capacidades en virtud de las cuales se dice que estamos afectados por estas pasiones, por ejemplo, aquello por lo que somos capaces de airarnos, entristecernos o compadecernos; y por modos de ser, aquello en virtud d elo cual nos comportamos bien o mal respecto de las pasiones; por ejemplo, en cuanto a encolerizarnos, nos comportamos mal, si nuestra actitud es desmesurada o débil, y bien, si obramos moderadamente; y lo mismo con las demás". Santo Tomás retoma esta afirmación para señalar que, puesto que son tres las cosas que hay en el alma y la ley natural no puede ser una potencia ni una pasión, solo queda que sea un hábito. Esta es la primera dificultad. En contra, lo sostenido por San Agustín: "el hábito es una facultad de la que se usa cuando es necesario". Sin embargo la ley natural es una cualidad común a todos los hombres, pertenece a la naturaleza humana, puedan usarla o no, así que no es un hábito.
Tenemos que la ley natural es un hábito y no es un hábito. Santo Tomás resuelve la contradiccióndistinguiendo dos modos de entender el hábito: en sentido propio y por semejanza, denominando "hábito" al contenido de un hábito. En sentido propio, un hábito es aquello con que se hace algo: el hábito de la higiene se aplica al asearse. La ley natural no es un hábito en sentido propio, no se trata, siguiendo nuestro ejemplo, de la cualidad de ser limpio, sino del hecho de asearse; pero sí es un hábito por semejanza. Conclusión: la ley natural es el contenido de un hábito, es las cosas que se hacen por ese hábito.
Resalta el hecho de que si la ley natural tuviera muchos preceptos esto sería lo mismo que afirmar la existencia de muchas leyes naturales. Además, la naturaleza humana es única, pero tiene muchas partes, entre ellas algunas que se mueven por sendas no precisamente virtuosas. El problema es que o bien la ley natural tiene un solo precepto, con lo que atiende solo a la unidad de esa naturaleza humana, o bien tiene muchos, con lo que incluye "las inclinaciones de la parte concupiscible".
Santo Tomás se enfrenta a esta dificultad con una afirmación que conviene tener en cuenta: "los principios de la ley natural son en el orden práctico lo que los primeros principios de la demostración en el orden especulativo, pues unos y otros son evidentes por sí mismos". Ni Aristóteles ni Kant tendrían problemas con esta afirmación. Hay además un orden en los principios, una jerarquía, por eso, al igual que el concepto de 'ente' es lo primero que se capta en el orden especulativo, el concepto de bien es lo primero que se alcanza en el orden práctico. El primer principio de la razón práctica es el que se funda en la noción de bien y este es su primer precepto: "El bien ha de hacerse y buscarse; el mal ha de evitarse", todo aquello hacia lo que nos sentimos naturalmente inclinados es bueno. Pertenece a la ley natural todo aquello que ayuda a la conservación de la vida humana, igualmente, "se consideran de ley natural las cosas que la naturaleza ha enseñado a todos los animales, tales como la conjunción de los sexos, la educación de los hijos y otras cosas semejantes"; por fin, pertenecen a la ley natural todos los preceptos que se corresponden con la actividad racional del hombre, como evitar la ignorancia o respetar a los conciudadanos.
Conclusión: hay muchos preceptos de la ley natural, pero todos comparten una misma raíz.
Las dificultades son las siguientes: a) algunos actos de las virtudes se orientan hacia el bien particular, pero la ley natural se refiere al bien común; los pecados son lo contrario de la virtud, b)"si todos los actos de la virtud son de ley natural, se seguiría que todos los pecados son contra la naturaleza. Pero esto se atribuye especialmente a algunos pecados nada más"; c) la naturaleza es común a todos los hombres, pero no todos los hombres entienden lo mismo por virtud, de tal modo que lo que para uno puede ser virtuoso para otro puede ser pecaminoso. En vista de lo anterior cabe afirmar que no todos los actos de la virtud corresponden a la ley natural, sin embargo también se dice que todas las virtudes son naturales (San Juan Damasceno lo hizo).
La solución vuelve a consistir en la distinción entre el modo general de entender la virtud y el modo particular. En general todos los actos virtuosos caen bajo la ley natural, se deben a la inclinación natural a obrar conforme a la propia razón y esto es lo mismo que obrar virtuosamente; considerados en particular, uno a uno, notaremos que hay muchas acciones virtuosas que no caen bajo la ley natural, sino que se encaminan a la utilidad.
En contra cabe señalar que la ley natural no es obedecida por todos, que si no todos entienden lo mismo por 'justo' es porque no hay una ley natural igual para todos y que si no todos los hombres tienen las mismas inclinaciones es porque no hay una única ley natural para todos. A favor la afirmación de San Isidoro: "El derecho natural es común a todas las naciones".
En esta ocasión responde distinguiendo entre el orden especulativo y el orden práctico. En el orden especulativo, siempre, sin excepción, la verdad es la misma para todos, aunque no todos la conozcan, por ejemplo, para todos los ángulos de un triángulo son iguales a dos rectos; en el orden práctico, también la ley natural es la misma para todos, pero pueden darse excepciones en algunos preceptos particulares, ya sea por el contenido, ya sea porque "algunos tienen oscurecida la razón por una pasión, por una mala costumbre o por una torcida disposición natural".
Santo Tomás acepta que la ley natural cambie siempre que sea por adición, que se añadan nuevos preceptos, y acepta que se le puedan quitar preceptos secundarios, pero niega la posibilidad de cualquier cambio que pueda afectar a los principios fundamentales de esa ley.
De los argumentos que rescata Santo Tomás y que afirman que sí es posible, el más interesante es el tercero: debe poder desaparecer dado que los hombres han sido capaces de establecer leyes contrarias a la ley natural. Un ejemplo contemporáneo de este tipo es la ley del aborto, uno de todos los tiempos es la pena de muerte. La posición de Santo Tomás en este punto incide nuevamente en la distinción entre los primeros principios, de aplicación general y en todos los casos, y los preceptos secundarios que derivan de ellos y que afectan a casos particulares; de ninguna manera pueden ser borrados los principios fundamentales, pero sí podrían ser borrados preceptos secundarios, especialmente si ayudan a ello "costumbres depravadas o hábitos corrompidos".
El texto data de 1785, es cuatro años posterior a la publicación de la Crítica de la razón pura, la que es considerada la gran obra de Kant. El título del trabajo resulta chocante, sin embargo es perfecto. Usa la palabra 'metafísica' porque nota que la moral ha de ser fundada a priori; usa la palabra 'costumbres' porque lo que trata de fundar 'a priori' es precisamente las maneras y formas de vida (Sitten en el original alemán que significa maneras y formas de vida, costumbres. También traducido en castellano como moral o como ética, por el latín mores o el griego ethos, sinónimos de Sitten) . Por su parte, 'a priori' es lo contrario de empírico, de aquello que conocemos por experiencia, esto es, a Kant solo le sirve una fundamentación de la moral que no esté basada en experiencia alguna, que sea completamente a priori. En una obra posterior de título parecido, pero de contenido distinto, titulada "Metafísica de las constumbres", construida sobre la "Fundamentación de la metafísica de las costumbres", Kant afirma lo siguiente:
"Pero con las leyes morales el asunto es otro [que con la física o la química]. Sólo en la medida en que pueden considerarse como fundadas a priori y necesarias, valen como leyes; incluso los conceptos y juicios sobre nostros mismos y nuestro hacer y omitir, carecen de significado moral cuando contienen lo que solamente puede aprenderse de la experiencia, y si nos dejamos inducir a convertir en principio moral algo extraído de esta última fuente, corremos el peligro de caer en los errorres más groseros y perniciosos.
Si la doctrina de las costumbres no fuera sino una doctrina de la felicidad, sería disparatado buscar principios a priori para ella. Porque, aun cuando pueda parecer que la razón aun antes de la experiencia puede comprender por qué mdios podemos llegar al disfrute duradero de los verdaderos placeres de la vida, todo lo que ensaña a priori sobre esto es, sin embargo o bien tautológico, o bien admitido sin fundamento alguno. Sólo la experiencia puede enseñar lo que nos produce alegría. Los impulsos naturales a la alimentación, al sexo, al reposo, al movimiento, y los impulsos (por desarrollo de nuestras disposiciones naturales) al honor, a ampliar nuestro conocimiento, etc., son los únicos que pueden dar a conocer y a cada uno sólo según su modo peculiar, dónde tiene que poner aquellas alegrías; la misma experiencia puede enseñarle los medios para buscarlas. Todo aparente razonamiento a priori no es aquí, en el fondo, más que experiencia, elevada a generalidad por inducción; generalidad (secundum principia generalia, non universalia) que es además tan precaria que ha de permitirse a cada uno una infinidad de excepciones para adaptar la elección de su modo de vida a su peculiar inclinacón y a su predisposición hacia el placer, y para escarmentar, por último, sólo en cabeza propia o en la ajena".
Es interesante contrastar este texto con la ética de Aristóteles o la de Santo Tomás, especialmente el segundo párrafo.
La Fundamentación de la metafísica de las costumbres se divide en tres capítulos, hay una gran traducción disponible en cervantesvirtual.com. Elaboro estos textos con el ánimo de que sirvan de ayuda para superar el examen de selectividad de septiembre, Kant es un autor muy profundo -nadie duda de que es uno de los filósofos más importantes de toda la historia-, es sumamente complejo, se sabe que Reinhold se dedicó a traducirle ¡del alemán al alemán!, si bien este texto es una versión "light" de su ética; voy a limitarme a extraer las ideas decisivas del texto y a intentar exponerlas con un lenguaje llano, si algo no queda claro o deseas hacer alguna corrección o ampliación, por favor, no tengas reparos en insertar un comentario.
Las palabras clave de este capítulo son buena voluntad, deber, respeto a la ley. La buena voluntad es presentada como lo único que es pensable como completamente bueno, cualquier don que poseamos (riqueza, salud, poder), puede echarse a perder si no concurre una buena voluntad que "rectifique y acomode a un fin universal el influjo de esa felicidad y con él el principio todo de la acción", entiéndase que un "fin universal" es un propósito tal que pueda serlo de toda la especie humana, más adelante se insistirá en ello. El concepto del deber está contenido dentro del concepto de una voluntad buena. Kant distingue entre las acciones que se hacen por deber y las que son movidas por una intención egoísta aunque sean conformes al deber, uno actúa por deber no cuando persigue un propósito cualquiera con sus actos, por noble que fuera, sino cuando actúa conforme a un principio. Uno de los ejemplos que trae Kant es el caso de un infeliz que siguiera viviendo no por miedo a la muerte, sino porque ese es su deber por mucho que su deseo le impulse al suicidio. Hay algo más: solo las acciones que son el resultado del cumplimiento de un deber tienen contenido ético. No hay contenido ético en conservar la vida porque sí o por miedo a la muerte o en no robar por temor al castigo, lo ético es no robar porque no se debe robar en ningún caso. Entonces, si el valor moral de una acción hecha por deber se encuentra en la máxima que la mueve (antes, primero, causa, a priori, formal) y no en el propósito que la inspira (después, segundo, efecto, a posteriori, material), el deber como tal solo puede residir en la buena voluntad, que es lo que se afirmaba al principio. Con todo lo anterior Kant afirma que "el deber es la necesidad de una acción por respeto a la ley", pues "objeto del respeto, y por ende mandato, solo puede serlo aquello que se relacione con mi voluntad como simple fundamento y nunca como efecto".
"Pero, ¿cuál puede ser esa ley cuya representación, aun sin referirnos al efecto que se espera de ella, tiene que determinar la voluntad, para que ésta pueda llamarse buena en absoluto y sin restricción alguna? Como he sustraído la voluntad a todos los afanes que pudieran apartarla el cumplimiento de una ley, no queda nada más que la universal legalidad de las acciones en general -que debe ser el único principio de la voluntad-; es decir, yo no debo obrar nunca más que de modo que pueda querer que mi máxima deba convertirse en ley universal". El segundo subrayado de este párrafo es un primer acercamiento a un momento fundamental de la ética kantiana, es un primer esbozo de lo que se conoce como imperativo categórico y que se desarrollará más tarde. Vamos a ver ahora qué es esto de una máxima que deba convertirse en ley universal, Kant lo explica muy bien en este texto. Insistiendo en lo anterior, afirma que es muy distinto ser veraz por el deber de serlo que serlo por temor a las consecuencias, pero vamos a darle una vuelta más a esta idea, miremos si "una promesa mentirosa es conforme al deber":
"Me bastará preguntarme a mí mismo: ¿me daría yo por satisfecho si mi máxima -salir de apuros por medio de una promesa mentirosa- debiese valer como ley universal tanto para mí como para los demás? ¿Podría yo decirme a mí mismo: cada cual puede hacer una promesa falsa cuando se halla en un apuro del que no puede salir de otro modo? [mi máxima se convierte en ley universal] Y bien pronto me convenzo de que, si bien puedo querer la mentira, no puedo querer, empero, una ley universal de mentir; pues, según esta ley, no habría propiamente ninguna promesa, porque sería vano fingir a otros mi voluntad respecto de mis futruas acciones, pues no creerían ese mi fingimiento, o si, por precipitación lo hicieren, pagaríanme con la misma moneda; por tanto, mi máxima, tan pronto como se tornase ley universal, destruiríase a sí misma".
La distinción entre ética formal y ética material (o formalismo y materialismo) ayuda a entender este capítulo. El componente formal es característico de la doctrina ética kantiana. Una ética material es la que indica qué hacer en determinada situación para conseguir un fin que se ha fijado previamente, generalmente una vida feliz (no la felicidad puntual) y también es material aquella ética que obtiene sus preceptos de la experiencia; por contra, Kant exige que todos los conceptos morales sean siempre y sin excepción completamente a priori y, como decía al comienzo, considera desastroso cualquier precepto moral encaminado a un fin, por bueno que sea ese fin, o basado en la experiencia, por sabia que sea la experiencia. Este hecho es clave: en Kant la religión se funda en la ética y no la ética en la religión como es el caso, por ejemplo, de Santo Tomás. Espero que se note la importancia de este punto.
"Como para derivar las acciones de las leyes se exige razón, resulta que la voluntad no es otra cosa que razón práctica". Un ejemplo de razón teórica es la afirmación "no es posible que a y no a se den a la vez y en el mismo sentido", un ejemplo de razón práctica es el imperativo categórico kantiano que vamos a ver a continuación. Un imperativo es la fórmula que expresa un mandato de la razón, un mandato basado en un principio objetivo -aquel que obliga a todos por igual- y en tanto que obliga a la voluntad. Distinguimos dos tipos de imperativos, los que mandan hipotéticamente (si pretendes x entonces debes hacer z) y los que mandan categóricamente (debes hacer z); los imperativos hipotéticos ordenan una acción como medio para alguna otra cosa, los imperativos categóricos ordenan una acción que debe ser hecha por sí misma:
"Por último, hay un imperativo que, sin poner como condición ningún propósito a obtener por medio de cierta conducta, manda esa conducta inmediatamente. Tal imperativo es categórico. No se refiere a la materia de la acción y a lo que de ésta ha de suceder, sino a la forma y al principio de donde ella sucede, y lo esencialmente bueno de la acción consiste en el ánimo que a ella se lleva, sea el éxito el que fuere. Este imperativo puede llamarse el de la moralidad". En otros términos, el imperativo hipotético que es el que ordenaría las acciones que conducen a la felicidad, no es el propio de la moralidad, pues para librarnos de él nos bastaría con desistir del propósito por el que lo seguíamos, nos bastaría con cesar en el afán de ser felices para vernos libres de todo imperativo hipotético. Lo propio de la moralidad está en lo formal, nunca en lo material. La dificultad de esta idea aumenta cuando se tiene en cuenta que no podemos basarnos en la experiencia, ha de ser completamente a priori; en términos kantianos: el imperativo categórico tiene que ser una proposición sintético-práctica a priori. No queda más remedio que aprender a distinguir entre juicios analíticos y juicios sintéticos, la explicación la encontramos en la Crítica de la razón pura:
En la afirmación "todos los cuerpos son extensos" podemos distinguir un sujeto (cuerpos) y un predicado (son extensos). Si el predicado está contenido en el sujeto el tipo de juicio es analítico, si el predicado no está contenido en el sujeto tenemos un juicio sintético, como en la afirmación "todos los cuerpos son pesados". No podemos pensar en un cuerpo sin pensarlo a la vez como ocupando un espacio, como extenso, pero sí podemos pensar en él sin necesidad de considerar a la vez que es pesado, esto es un añadido al concepto cuerpo, algo que amplía lo que sabíamos de él. Los juicios analíticos son siempre a priori, tienen la pega de que no dicen nada que no supiéramos ya, los juicios sintéticos son a posteriori. A Kant le interesan especialmente los juicios sintéticos a priori, estos se encuentran en las matemáticas y en la física pero no en la filosofía en su uso teórico: Kant afirma que la metafísica (o uso teórico de la razón pura) no tiene ninguna posibiliad como ciencia, hay por tanto que poner el acento en el uso práctico de la razón, esto es, en la ética, volvamos entonces al problema anterior, ¿cómo formulamos un imperativo categórico de tal modo que consigamos una proposición sintético-práctica a priori?, ¿es posible?:
"Cuando pienso en general un imperativo hipotético, no sé de antemano lo que contendrá; no lo sé hasta que la condición no me es dada. Pero si pienso un imperativo categórico, ya sé al punto lo que contiene, pues como el imperativo, aparte de la ley, no contiene más que la necesidad de la máxima de conformarse con esa ley, y la ley, empero, no contiene ninguna condición a que esté limitada, no queda, pues, nada más que la universalidad de una ley en general, a la que ha de conformarse la máxima de la acción, y esa conformidad es lo único que el imperativo representa propiamente como necesario.
El imperativo categórico es, pues, único, y es como sigue: obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne en ley universal". Este es el primer principio de la razón práctica.
Todos los imperativos del deber se derivarán de esa fórmula, todas las leyes que obliguen a la voluntad deberán fundarse en el imperativo categórico.
Consideremos ahora la distinción entre fines y medios. Si los principios prácticos se refieren a fines válidos para todos los seres racionales entonces son formales y se fundan en imperativos categóricos, si responden a fines individuales son materiales y se fundan en imperativos hipotéticos. Resulta que existe algo que es siempre un fin en sí mismo, jamás un medio, algo que tiene un valor absoluto y que está en el fundamento de la ley práctica, ese algo no es otra cosa que un ser humano cualquiera. Esta es una afirmación fundamental que lamentablemente aún no ha sido aceptada por los poderosos: ningún ser humano puede jamás ser utilizado como un medio para lo que sea, todo ser humano es un fin en sí mismo, ojalá la idea se entendiera siempre así:
"Los seres cuya existencia no descansa en nuestra voluntad, sino en la naturaleza, tienen, empero, si son seres irracionales, un valor meramente relativo, como medios, y por eso se llaman cosas; en cambio, los seres racionales llámanse personas porque su naturaleza los distingue ya como fines en sí mismos, esto es, como algo que no puede ser usado meramente como medio, y, por tanto, limita en ese sentido todo capricho y es un objeto del respeto. [...] Si, pues, ha de haber un principio práctico supremo y un imperativo categórico con respecto a la voluntad humana, habrá de ser tal, que por la representación de lo que es fin para todos necesariamente, porque es fin en sí mismo, constituya un principio objetivo de la voluntad y, por tanto, pueda servir de ley práctica universal. El fundamento de este principio es: la naturaleza racional existe como fin en sí mismo". Y el imperativo práctico que se sigue de él dirá así: "obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio". Este es el segundo principio de la razón práctica.
Estamos tratando con seres racionales, con voluntad propia que bien puede desobedecer las leyes prácticas, y a los que debemos considerar siempre como fines y jamás como medios. Kant afirma que la única razón capaz de someter a la voluntad humana a una ley práctica es el hecho de que esa misma voluntad es a la vez legisladora, la autora de las leyes prácticas es justo la voluntad. De ahí extrae el tercer principio, la idea de la voluntad de todo ser racional como voluntad legisladora universal. "Llamaré a este principio autonomía de la voluntad, en oposición a cualquier otro que, por lo mismo, calificaré de heteronomía". La importancia de este principio es descomunal, comprenderlo y tender a él es lo que marcará la diferencia entre poseer una voluntad que se determina a sí misma, que se impone y cumple sus propias leyes de modo autónomo, o poseer una voluntad que está determinada por cualquier otra, comportarse entonces por normas que han sido dictadas por otros. Tener auto-nomía (-nomía en castellano significa 'conjunto de leyes o normas', nomos es norma, ley) o no tenerla. Si hay algo que un estudiante deba aprender, un concepto que valga la pena poseer, es justamente este, la distinción entre autonomía y heteronomía. Naturalmente hay que tener en cuenta que no se trata de una autonomía alocada, uno debe ser capaz de regirse por sus propias normas conforme a lo dictado por el imperativo categórico, esto es, esas normas propias deben convertirlo a uno, a la vez, en legislador universal. No valen las normas que se autodestruyen, porque esa autodestrucción se da en un sujeto, en una mente, justo en la que las elabora y en ninguna otra.
"La necesidad práctica de obrar según ese principio, es decir, el deber, no descansa en sentimientos, impulsos e inclinaciones, sino sólo en la relación de los seres racionales entre sí, en la cual la voluntad de un ser racional debe considerarse al mismo tiempo como legisladora, pues sino no podría pensarse como fin en sí mismo. La razón refiere, pues, toda máxima de la voluntad como universalmente legisladora a cualquier otra voluntad y también a cualquier acción para consigo misma, y esto no por virtud de ningún otro motivo práctico o en vista de algún provecho futuro, sino por la idea de la dignidad de un ser racional que no obedece a ninguna otra ley que aquella que él se da a sí mismo.
En el reino de los fines todo tiene o un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad. [...]
La autonomía es, pues, el fundamento de la dignidad de la naturaleza humana y de toda naturaleza racional".
Un dato previo que debe conocerse es la idea de que la ética solo valora las acciones que han sido ejecutadas libremente, si alguien actúa obligado por otro sus actos no pueden ser enjuiciados desde un punto de vista ético. Kant sostiene que la voluntad no puede ser voluntad propia si no es a la vez libre y que, por tanto, la libertad ha de atribuirse a todos los seres racionales. En este capítulo Kant formula la siguiente pregunta: ¿Por qué debo someterme a tal principio [el que indica lo que debo hacer] aun como ser racional en general, y conmigo todos lods demás seres dotados de razón?; de otro modo: ¿por qué la ley moral obliga? Toca distinguir entre el mundo sensible, el de los sentidos, y el mundo inteligible, el de la inteligencia. En el mundo sensible las cosas nos afectan, eso es lo que conocemos de ellas, son fenómenos; en el mundo inteligible suponemos -pues nunca podremos tener la certeza- que esas cosas que nos afectan son algo más que lo percibido por nosotros, tienen un ser en sí que se nos escapa pero que ha de estar en ellas. El caso es que el mundo de los fenómenos cambia según las distintas sensibilidades individuales que son afectadas por él, pero suponemos que el mundo de las cosas en sí permanece siempre idéntico. También cuando nos captamos a nosotros mismos, mediante algo que Kant denomina sensibilidad interna, nos captamos entonces como fenómenos; sin embargo notamos que poseemos razón, esa capacidad que se encarga, precisamente, de distinguir entre el mundo sensible y el mundo inteligible. Pertenecemos a un mundo sensible, pero también y a la vez formamos parte de ese otro mundo que entendemos aunque no captamos con nuestros sentidos: en tanto nos captamos como miembros del mundo sensible estamos sometidos a leyes naturales, al igual que cualquier otro objeto que forme parte de ese mundo, y no somos autónomos y sí estamos obligados por la ley moral; en tanto nos captamos como dotados de inteligencia nos son de aplicación no ya las leyes naturales sino otras fundadas en la razón, somos autónomos, legisladores y libres. ¿Por qué la ley moral obliga entonces? Solo obliga cuando nos consideramos como miembros del mundo sensible, en el mundo de la razón el imperativo categórico solo puede fundarse en la libertad, la exige, no hay sometimiento pues sino autoría.
Pretendo reunir en este libro todo tipo de datos sobre el alma; los más antiguos y los más recientes; entendida como mens (mente) o como anima (alma); vista desde el arte o la psiquiatría o la psicología o la filosofía o la biología o el arte.
En principio creo que bastará con rrganizar los textos en cuatro grandes grupos: edad antigüa, edad media, edad moderna y edad contemporánea, y, dentro de esos grupos, por orden cronológico.
Si tienes algo que aportar no dudes en insertar páginas, pero ten en cuenta que me reservo el derecho de eliminar o mover todas las colaboraciones que en mi opinión desvirtúen el proyecto.
Se ubica en este apartado todo lo ocurrido entre la caída del Imperio romano de occidente, siglo V, y la caída del Imperio romano de oriente a mediados del siglo XV.
Abarca desde mediados del siglo XV hasta la Revolución francesa, finales del siglo XVIII
ARISTO: ¿Pero no te parece que la suposición de la destrucción de la extensión, que entraña la del cuerpo, prueba que el cuerpo no consiste sino en la extensión?
FILARETO: Esto prueba solamente que la extensión entra en la esencia o la naturaleza del cuerpo, pero no que constituya toda su esencia. Un poco como en el caso de la magnitud, que entra en la esencia de la extensión, pero no basta para ella, dado que el número, el tiempo y el movimiento tienen también magnitud y, sin embargo, son diferentes de la extensión.
(...)
Insisto, por tanto, sobre lo que acabo de decir: que la extensión no es otra cosa que un abstracto, y que exige algo que sea extenso. Tiene necesidad de un sujeto, es algo relativo a ese sujeto, como la duración. Presupone incluso algo anterior en ese sujeto. Presupone alguna cualidad, algún atributo, alguna naturaleza de ese sujeto que se extienda, se expanda con el sujeto y se continúe.
(...)
De esta manera, la extensión, cuando es el atributo del espacio, es la difusión o la continuación de la situación o de la localidad, al igual que la extensión del cuerpo es la difusión de la antitipia [impenetrabilidad] o de la materialidad. Pues el lugar está tanto en el punto como en el espacio, y, en consecuencia, el lugar puede carecer de extensión o de difusión, pero la difusión en simple longitud produce una línea local dotada de extensión. Pasa lo mismo con la materia; esta se halla tanto en el punto como en el cuerpo, y su difusión en simple longitud produce una línea material. Las otras prolongaciones o difusiones en anchura y en profundidad forman la superficie y el sólido de los geómetras y, en una palabra, el espacio en el lugar y el cuerpo en la materia.
(...)
En fin, para ir más adelante, soy de la opinión de que no solamente la extensión, sino también el cuerpo mismo no podría ser concebido independientemente de otras cosas. Así, habría que decir o bien que los cuerpos no son substancias, o bien que el ser concebidas independientemente no conviene a todas las substancias, aun cuando ello convendría solamente a las substancias. Pues el cuerpo, al ser un todo, depende de otros cuerpos de los que está compuesto y que forman sus partes. Sólo las mónadas, es decir, las substancias simples o indivisibles, son verdaderamente independientes de toda cosa creada concreta.
Leibniz. Conversación de Filareto y Aristo.
Cabe aquí todo lo sucedido entre Homero y la caída del Imperio romano.
En la Ilíada se denomina psyche a lo que sobrevive tras la muerte del cuerpo. El castellano no posee una palabra exacta para volcar este concepto, lo traduce a veces como alma y a veces como mente. La discusión sobre cuál de esas dos palabras castellanas le hace más justicia al original griego es apasionante. Hay que decidir cada vez cuál se acerca más, sabiendo que ninguna llega. Necesitamos entonces ilustrar. Veamos cómo se entendía el concepto en los tiempos de Homero.
Aquiles mata a Héctor, el mejor de los troyanos, “el mortal de Ilio más querido para los dioses y para mí, pues no omitía ninguno de los dones que son gratos”, dice de él Zeus. Voy a recoger las últimas palabras que pronunció Héctor antes de morir:
“¡Te lo suplico por tu vida, tus rodillas y tus padres” No dejes a los perros devorarme junto a las naves de los aqueos; en lugar de eso, acepta bronce y oro en abundancia, regalos que te darán mi padre y mi augusta madre, y devuelve mi cuerpo a casa, para que al morir del fuego me hagan partícipe los troyanos y las esposas de los troyanos".
Mirándolo con torva faz, replicó Aquiles, de pies ligeros:
“No implores, perro, invocando mis rodillas y a mis padres. ¡Ojalá que a mí mismo el furor y el ánimo me indujeran a despedazarte y a comer cruda tu carne por tus fechorías! Tan cierto es eso como que no hay quien libre tu cabeza de los perros, ni aunque el rescate diez veces o veinte veces me lo traigan y lo pesen aquí y además prometan otro tanto, y ni siquiera aunque mandara pagar tu peso en oro Príamo Dardánida. Ni aun así tu augusta madre depositará en el lecho el cadáver de quien ella parió para llorarlo.
Los perros y las aves de rapiña se repartirán entero tu cuerpo”
Ya moribundo, le dijo Héctor, el de tremolante penacho:
“Bien te conozco con solo mirarte y ya contaba con no convencerte. De hierro es el corazón que tienes en las entrañas. Cuídate ahora de que no me convierta en motivo de la cólera de los dioses contra ti el día en que Paris y Febo Apolo te hagan perecer, a pesar de tu valor, en las puertas Esceas.”
Apenas hablar así, el cumplimiento de la muerte lo cubrió. El aliento vital voló de la boca y marchó a la morada del Hades, llorando su hado y abandonando la virilidad y la juventud. Ya estaba muerto cuando dijo Aquiles, de la casta de Zeus:
“¡Muere! Mi parca yo la acogeré gustoso cuando Zeus quiera traérmela y también los demás dioses inmortales”.
Ilíada, Canto XXII, 340-365. Traducción de Emilio Crespo Güemes, editorial Gredos.
Destaca la preocupación por lo que será de su cadáver que muestra Héctor, el que no carecía de ninguno de los dones que son gratos. Llama la atención su profecía: “Cuídate ahora de que no me convierta en motivo de la cólera de los dioses contra ti el día en que Paris y Febo Apolo te hagan perecer”.
En la Odisea Ulises se encuentra con Aquiles cuando visita el reino de los muertos. Después de beber sangre Aquiles ya puede hablar, entonces pronuncia estas palabras:
No pretendas, Ulises preclaro, buscarme consuelo de la muerte, que yo más querría ser siervo en el campo de cualquier labrador sin caudal y de corta despensa que reinar sobre todos los muertos que allí fenecieron.
La idea de una vida mejor tras la muerte no es original griega, procede del este. La encontramos en los órficos.
Heródoto es un autor griego del siglo V antes de Cristo. Aristeas vivió en el siglo VII, también antes de Cristo.
En un primer momento Aristeas, en cuerpo y alma, está a la vez en la herrería de Proconeso y en un camino de Cícico, dos islas en el mar de Mármara, en Turquía, entre el mar Egeo y el mar Negro. Reaparece en Italia 246 años más tarde -el mismísimo Aristeas, enfatiza Heródoto- y presenta forma humana. ¿En qué cuerpo?
Ya he dicho de dónde era natural Aristeas, el autor del poema en cuestión; pero ahora voy a referir la historia que sobre él oí contar en Proconeso y en Cícico. Según cuentan, Aristeas, que por su linaje no era inferior a ninguno de sus conciudadanos, entró en cierta ocasión en un batán de Proconeso cayendo muerto en el acto; el batanero, entonces, cerró su taller y se fue a dar la noticia a los parientes del difunto. Se había difundido ya por la ciudad la noticia de que Aristeas había muerto, cuando un natural de Cícico, que acababa de llegar a la ciudad de Artace, se puso a discutir con quienes la propagaban, alegando que se había topado con él de camino a Cícico y que incluso había mantenido una conversación con Aristeas. Y mientras ese sujeto, en medio de la discusión, repetía obstinadamente su relato, los parientes del difunto se presentaron en el batán con los objetos necesarios para levantar el cadáver. Pero, al abrirse la estancia, Aristeas no apareció ni muerto ni vivo. Sin embargo, al cabo de seis años, compareció nuevamente en Proconeso y compuso ese poema épico que hoy en día los griegos llaman Arimaspeas; y, concluida su composición, desapareció por segunda vez.
Eso es lo que cuentan las susodichas ciudades; pero, según pude descubrir personalmente, cotejando las tradiciones de Proconeso y Metapontio, también sé que, doscientos cuarenta años después de la segunda desaparición de Aristeas, a los metapontinos, en Italia, les ocurrió lo siguiente. Los metapontinos aseguran que en su país se apareció el mismísimo Aristeas, ordenándoles erigir un altar en honor de Apolo y levantar, al lado de dicho altar, una estatua con el nombre de Aristeas de Proconeso. En ese sentido, les indicó que ellos eran los únicos italiotas a cuyo país había llegado hasta la fecha Apolo y que él, que en aquel instante era Aristeas, le había acompañado, si bien, en el momento en que acompañaba al dios, era un cuervo. Y, tras haber pronunciado esas palabras, desapareció. Por su parte los metapontinos manifiestan que despacharon delegados a Delfos para preguntarle al dios lo que significaba la aparición de aquel hombre. Y la Pitia les aconsejó que siguieran las indicaciones de la aparición, aceptaron con fe el consejo y lo pusieron en práctica. Y hoy en día una estatua con el nombre de Aristeas se alza al lado mismo de la imagen de Apolo, alrededor de la cual se encuentran unos laureles (la imagen, por cierto, se halla erigida en el ágora). En fin, sobre Aristeas basta con lo dicho.
Traducido por Carlos Schrader, Editorial Gredos.
Aecio, I 3, 4. Anaxímenes de Mileto, hijo de Eurístrato, declaró que el principio de las cosas existentes es el aire, pues de éste nacen todas las cosas y en él se disuelven de nuevo. Y así como nuestra alma, que es aire, dice, nos mantiene unidos, de la misma manera el viento (o aliento) envuelve a todo el mundo.
Existen varias formas de interpretar este pasaje. Kirk, Raven y Schofield en “Los filósofos presocráticos”, Gredos, analizan algunas de ellas. Copio la tercera y la cuarta:
iii) “El alma, que es aliento, mantiene unido y controla al hombre; y, en consecuencia, lo que mantiene unido y controla al mundo debe ser también aliento o aire, porque el mundo es como un hombre o animal a escala ampliada”. iv) “El principio vital o fuerza motriz del hombre es tradicionalmente ‘pneuma’ o el alma-aliento; (‘pneuma’ se manifiesta en el mundo exterior bajo la forma de viento); luego el principio vital del mundo exterior es ‘pneuma’ (por tanto, el viento, el aliento o el aire es la vida y sustancia de todas las cosas)”. [...]
“Toda esta suposición es por necesidad muy conjeturable; continúa también siendo inseguro hasta qué punto Anaxímenes pretendió considerar al mundo como un ser vivo, como una especie de enorme organismo animal. Ya hemos advertido que, aunque adujo una explicación completamente racional del cambio, siguió fijo, en algunos aspectos, a la armazón de la estructura popular, no filosófica, del mundo y es posible, por tanto, que retuviera de la vieja actitud antropomórfica más de lo que a primer avista parece probable, si bien su idea de que el aire es el equivalente cósmico del alma-vida en el hombre trasciende esta actitud. Debe, en consecuencia, haber habido una razón importante para que eligiera al aire como la sustancia originaria. La mención del alma es en sí misma importante y, salvo la cita 89, es la primera manifestación de orden psicológico que se nos ha transmitido dentro del campo de los presocráticos, a pesar de que su real concepción de la estructura del alma como aliento pertenecía a una vieja tradición popular. Otra concepción del alma –i.e., la de que estaba compuesta de éter ígneo que llena también el cielo exterior- fue aceptada, a través de una tradición popular distinta, por Heráclito, quien habría de desarrollar también la suposición, probablemente implícita en Anaxímenes, de que el hombre y el mundo exterior están hechos del mismo material y se comportan de acuerdo con unos cánones semejantes” Pp. 233-238.
La cita 89 corresponde al tratado sobre el alma de Aristóteles: Parece que también Tales, a juzgar por lo que cuentan, supuso que el alma era algo cinético, si es que afirmó que la piedra (magnética) posee alma porque mueve el hierro.
Dice Heráclito:
Este cosmos, el mismo para todos, no lo ha creado ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que existió siempre, existe y existirá: un fuego siempre-vivo, eterno, que se está encendiendo según medida y extinguiéndose según medida. (fr. 30)
Cosmos es el mundo ordenado. Es un orden universal que se mantiene porque el fuego siempre-vivo se está encendiendo en algún lugar del mundo y se está extinguiendo en cualquier otro lugar, es importante: según medida. Guthrie subraya que la descripción está hecha en tiempo presente: está encendiéndose y extinguiéndose ahora. Es un presente eterno sometido a cambio eterno en el que cada elemento vive de la muerte de los otros:
Para las almas es muerte convertirse en agua, y para el agua es muerte hacerse tierra; de la tierra nace el agua y del agua el alma. (fr. 36)
Lo completo con el fragmento 50:
No escuchándome a mí, sino al Logos es prudente convenir en que todas las cosas son una.
El alma (psyche) es fuego, el cosmos es fuego. El alma-fuego está inmersa en el mundo-fuego del que se nutre al respirar. El agua no le va nada bien al alma:
Todas las cosas se cambian recíprocamente con el fuego y el fuego, a su vez, con todas las cosas, como las mercancías con el oro y el oro con las mercancías.
Para las almas es muerte convertirse en agua, y para el agua es muerte hacerse tierra; de la tierra nace el agua y del agua el alma.
Dice Aristóteles que "Heráclito afirma también que el principio es el alma (psyche) en la medida en que es la exhalación a partir de la cual se constituye todo lo demás; es además lo más incorpóreo y se encuentra en perpetuo fluir” (De Anima, 405a25) Incorporeo y en perpetuo fluir es también el entendimiento, Heráclito lo sitúa en el alma:
Un hombre cuando está ebrio es conducido por un niño imberbe y va dando tumbos, sin saber por dónde va con su alma húmeda”.
Aristóteles expuso su teoría sobre el alma en un tratado titulado “Acerca del alma”. Como Platón, Aristóteles no fechó ninguna de sus obras, no obstante, podemos hacer algunas afirmaciones: el tratado sobre el alma es posterior al tratado sobre las Categorías, y este último es sin duda posterior a la fundación del Liceo en el año 335 a.C. Aristóteles murió en el 322 a.C.
No hay ningún rasgo místico o de carácter religioso en el tratado sobre el alma de Aristóteles, el enfoque es exclusivamente naturalista: se trata de un tratado sobre los seres naturales dotados de vida. Este texto ha logrado llegar hasta nosotros con grandes dificultades, la mejor versión disponible en las librerías es una reconstrucción de editor basada en diversos códices que aún siguen estudiándose, probablemente costará siglos. No es descabellado afirmar que durante la Edad Media hubo un grandísimo interés por ocultarlo, por alterarlo.
El tratado comienza del modo en el que se entienden que deben comenzar todos los tratados –o estudios serios- versen sobre el tema que versen: lo primero es establecer qué es el alma, definirla. No tiene ningún sentido pronunciarse sobre su existencia o no, sobre el dualismo o no, si no se cuenta antes con un concepto claro, no cabe duda de que a lo largo de la historia ha habido más de un modo de entenderla ni de que no todos los tratamientos son igualmente despreciables.
Partiendo del supuesto de que el saber es una de las cosas más valiosas y dignas de estima y que ciertos saberes son superiores a otros bien por su rigor bien por ocuparse de objetos mejores y más admirables, por uno y otro motivo deberíamos con justicia colocar entre las primeras la investigación en torno al alma. Más aún, parece que el conocimiento de ésta contribuye notablemente al conjunto del saber y muy especialmente al que se refiere a la Naturaleza: el alma es, en efecto, como el principio de los animales. Por nuestra parte, intentamos contemplar y conocer su naturaleza y su entidad, así como cuantas propiedades la acompañan: de éstas las hay que parecer ser afecciones exclusivas del alma, mientras que otras parecen afectar además, y en virtud de ella, a los animales como tales. (Libro I, 1)
Debo aclarar que la palabra griega que está usando Aristóteles es ‘psique’, posteriormente traducida al latín algunas veces como mens (mente en castellano) y muchas más como ánima (alma en castellano). Aristóteles contaba con otras palabras que seguramente eran más cercanas al castellano ‘alma’, sin embargo usó ‘psique’. En fin, herencias de la tradición latina.
En tiempos de Aristóteles se distinguía entre cuerpo y alma. Aristóteles reinterpreta esta distinción usando su esquema: entidad o accidente, materia o forma, potencia o acto. Es imprescindible entender el sentido de estos términos para el autor antes de poder comprender su definición de alma. Supongo que es sabido que ya se han dedicado cientos de miles de página justamente a intentar fijar el sentido que Aristóteles dio a esos conceptos. Las definiciones que siguen pretende solamente arrojar un poco de luz.
Entidad (también esencia, substancia) / accidente. Son entidades aquellas realidades capaces de existencia autónoma, por oposición a los accidentes. En la frase “hombre negro”, ‘hombre’ es entidad, ‘negro’ es accidente. Nombramos la entidad cuando contestamos a la pregunta ¿qué es esto?
Se trata de saber si el alma es entidad o accidente.
Materia / forma. Aristóteles entiende la forma como aquello que hace que la materia deje de ser algo indeterminado: es la forma lo que convierte al cristal en vaso. Defiende que cualquiera que sea el valor de “esto” en la pregunta “¿qué es esto?” será siempre un compuesto de materia y forma (la teoría se conoce con el nombre de hilemorfismo).
Se trata ahora de averiguar si el alma es materia o forma. En el vaso del ejemplo anterior es accidental el cristal, la materia: podemos concebir sin dificultad un vaso de plástico o metal, pero somos incapaces de aceptar que algo que no posea forma de vaso sea un vaso. El caso es que aún podemos concebir vasos de muy diversas formas y que al final exigiremos a todo aquello que pretenda ser un vaso que cumpla la función de servirnos para beber. Hemos rematado la definición de vaso: es vaso todo aquello de tal o cual materia con esta o aquella forma, que sirve para beber. Es clave: lo último que hemos añadido a la definición de vaso es lo que realmente constituye su esencia, justo eso que no le podemos quitar, que no es accidental en él, a esto lo llamó Aristóteles la “forma específica”: el conjunto de funciones que le corresponden, el eîdos, el para qué. Hay muchos más ejemplos: piedras y ladrillos (materia), casa (forma), para vivir (forma específica, causa final).
Es el eîdos del alma lo que estamos buscando, su para qué, sus funciones.
Potencia / acto. Estas dos nociones se entienden muy bien con un ejemplo sencillo: la semilla en acto es árbol en potencia.
Aristóteles afirmó que el para qué del alma es la actualidad, el hacer que sea vivo en acto todo aquello que en potencia pueda serlo. En sus términos: “el alma es la entelequia* de un cuerpo natural que en potencia tiene la vida”.
No me resisto a reproducir una frase del tratado: En efecto, si el ojo fuera un animal, su alma sería la vista.
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* Lo tomo de la RAE: (Del lat. entelechĭa, y este del gr. ἐντελέχεια, realidad plena alcanzada por algo). 1. f. En la filosofía de Aristóteles, fin u objetivo de una actividad que la completa y la perfecciona.
El alma ha quedado definida como la entelequia primera de un cuerpo natural que en potencia tiene la vida. Del mismo modo que el para qué de una casa es el habitarla y el de un ojo el ver, el para qué del alma es conseguir que sea vivo en acto todo aquello que en potencia pueda serlo.
Se está definiendo el objeto estudiado, el alma en este caso, atendiendo a las funciones que cumple. Las funciones que Aristóteles distingue en el alma son estas: facultad vegetativa, sensitiva, desiderativa, discursiva y movimiento. Están organizadas en una jerarquía rígida, de tal modo que aquellos seres vivos que poseen funciones superiores han de poseer también necesariamente las inferiores: ningún ser vivo posee sensibilidad si carece de capacidad para nutrirse. Yo sé que lo anterior es evidente, pero lo que no nos resulta tan familiar, por desgracia, es el hecho de que lo anterior forme parte de la definición de la palabra “alma”. De ahí la necesidad de recuperarlo: el alma no tiene por qué ser precisamente lo que la tradición cristiana ha querido que sea. Uno no se traga la existencia de algo parecido al alma cristiana y hace bien, pero en ese no tragar se desprecia a la vez toda posible acepción del concepto alma, y se hace mal.
Es, por tanto, evidente que la definición de alma posee la misma unidad que la definición de figura, ya que ni en el caso de ésta existe figura alguna aparte del triángulo y cuantas a éste suceden, ni en el caso de aquélla existe alma alguna fuera de las antedichas. Es posible, pues, una definición de figura que se adapte a todas pero que no será propia de ninguna en particular. [...] y es que siempre en el término siguiente de la serie se encuentra potencialmente el antrerior, tanto en el caso de las figuras como en el caso de los seres animados, por ejemplo, el triágulo está contenido en el cuadrilátero y la facultad vegetativa está contenida en la sensitiva. Luego en relación con cada uno de los vivientes deberá investigarse cuál es el alma propia de cada uno de ellos, por ejemplo, cuál es la de la planta y cuál es la del hombre o la de la fiera. Y deberá además examinarse por qué razón se encuentran escalonadas del modo descrito. (Libro II, capítulo tercero, 414b20).
Lo siguiente es el estudio detallado de las distintas facultades del alma, puesto que, según lo entiende Aristóteles, la explicación de cada una de esas facultades es a la vez la mejor explicación posible acerca del alma. Incluyo aquí algunos detalles del estudio sobre la facultad vegetativa, continuaré con el estudio de la sensibilidad, la facultad intelectiva y la motriz.
I. Facultad vegetativa. Es la primera facultad del alma, se ocupa de la función nutritiva, la reproducción, el crecimiento. El estudio sobre la reproducción contiene un rasgo que suena muy interesante a los oídos modernos: la primacía de la especie sobre el individuo.
“Ahora bien, puesto que les resulta imposible participar de lo eterno y divino a través de una existencia ininterrumpida, ya que ningún ser sometido a corrupción puede permanecer siendo el mismo en su individualidad, cada uno participa en la medida en que le es posible, unos más y otros menos; y lo que pervive no es él mismo, sino otro individuo semejante a él, uno no en número, sino en especie”.
Hay sobre el crecimiento una curiosidad, un dato evidente que sin embargo no es común tener en cuenta:
“todos aquellos seres que se alimentan de manera continuada y que se mantienen viviendo indefinidamente hasta tanto son capaces de asimilar el alimento, no crecen, desde luego, hacia arriba sin crecer hacia abajo, sino que lo hacen en una y otra y todas las direcciones”.
Caramba, nuestro crecimiento es expansión. Pero con un matiz que ya nadie discutirá:
“Por cierto que Empédocles no atinó en la explicación de este proceso al afirmar que las plantas crecen hacia abajo al crecer las raíces porque tal es el lugar al que naturalmente se mueve la tierra y hacia arriba porque este es el lugar al que naturalmente se mueve el fuego. No interpreta acertadamente el “arriba” y el “abajo”, ya que el arriba y el abajo no son lo mismo ni para cada uno de los seres ni para el universo en su conjunto; antes al contrario, lo que es la cabeza para los animales eso son las raíces para las plantas, si es que hemos de considerar idénticos por sus funciones a órganos diversos”.
Aristóteles aborda el estudio del alma atendiendo a las funciones que cumple, a saber: vegetativa (a la que dediqué parte del texto anterior), sensitiva, intelectual y motriz. Todas estas funciones se organizan según un sistema jerárquico en el cual los seres que poseen facultades superiores han de poseer a la vez las inferiores, aquellos seres capaces de sensibilidad deben necesariamente ser capaces también de crecimiento, nutrición y reproducción.
El estudio sobre la sensibilidad se ocupa de la facultad sensitiva y de lo sensible, conocer qué es el alma exige este estudio. La sensibilidad aquí es la capacidad para captar sensaciones a través de los órganos de los sentidos. Se repasa la visión y lo visible, la audición y el sonido, el olfato y el olor, el gusto y el sabor y por fin el tacto.
Sobre la audición y el sonido y refiriéndose a un sonido muy especial, la voz, Aristóteles utiliza el término ‘psique’, traducido como ‘alma’, con un sentido que evita caer en las tentaciones de entenderlo al modo en que actualmente entendemos los términos alma y mente:
“El órgano de la respiración es, a su vez, la laringe, cuyo funcionamiento está al servicio de otra parte, a saber, el pulmón: precisamente en virtud de este órgano los animales terrestres poseen más calor que los demás. Ahora bien, es la zona que rodea al corazón la que de manera primordial necesita de la respiración. De ahí que sea imprescindible que el aire penetre al ser inspirado. En conclusión, la voz es el golpe del aire inspirado, por la acción del alma residente en estas partes del cuerpo, contra lo que se denomina tráquea”.
Sobre el olfato y como curiosidad elijo una idea un tanto chocante, Aristóteles establece una relación directa entre inteligencia y tacto:
“Parece existir, por otra parte, cierta analogía entre este sentido [el olfato] y el gusto, así como entre las distintas especies de sabores y de olores, si bien el gusto posee en nosotros mayor agudeza precisamente por tratarse de un cierto tipo de tacto, y ser éste el sentido más agudo que posee el hombre: pues si bien es inferior a muchos animales en los restantes sentidos, sin embargo es capaz de percibir por medio del tacto con mucha más precisión que el resto de los animales. Y de ahí que sea el más inteligente de los animales. Prueba de ello es que en el género humano los hay por naturaleza mejor y peor dotados en función de este órgano sensorial y no en función de ningún otro: los de carne dura son por naturaleza mal dotados intelectualmente mientras que los de carne blanda son bien dotados”.
Una vez estudiados los órganos de los sentidos y lo que es sensible para cada uno de ellos, Aristóteles presenta el sentido común. Es el sentido que marca la transición entre lo sensible y lo intelectual. Para que se produzca la sensación es preciso que existan en los objetos cualidades sensibles y además que haya un órgano capaz de captarlas, olores y narices han de darse a la vez, un ojo no sirve de nada si se trata de captar lo dulce. Existen, además de los sensibles propios de cada órgano (el color para el ojo, el sonido para el oído...), otras cualidades capaces de impresionar a más de un sentido, la figura es perceptible con la vista y el tacto, por ejemplo. Pero hay algo más: captamos cualidades distintas con sentidos distintos, naturalmente separados entre sí, pero las captamos como perteneciendo a un mismo objeto. El ejemplo de Aristóteles es que percibimos el color amarillo y el gusto amargo como cualidades de la hiel. Hay entonces un sentido común, un sentido que no capta el color amarillo ni el sabor amargo sino que lo captado por él es justamente la suma de esas dos cualidades, esto es, la hiel.
El sentido común hace algo más que captar cualidades sensibles, algo distinto a ser impresionado por ellas, las suma, las nombra. No se trata de diferenciar entre lo blanco y lo negro, sino de distinguir entre lo blanco y lo dulce, la facultad capaz de hacer esto ha de ser sensible, pero de algún modo debe formar parte del entendimiento.
Si digo de mí mismo que yo sé sólo por mi propio caso lo que significa la palabra 'dolor' — ¿no tengo que decir eso también de los demás? ¿Y cómo puedo generalizar ese único caso tan irresponsablemente?Bien, ¡uno cualquiera me dice que él sabe lo que es dolor sólo por su propio caso!— Supongamos que cada uno tuviera una caja y dentro hubiera algo que llamamos «escarabajo». Nadie puede mirar en la caja de otro; y cada uno dice que él sabe lo que es un escarabajo sólo por la vista de su escarabajo. — Aquí podría muy bien ser que cada uno tuviese una cosa distinta en su caja. Sí, se podría imaginar que una cosa así cambiase continuamente. — ¿Pero y si ahora la palabra «escarabajo» de estas personas tuviese un uso? — Entonces no sería el de la designación de una cosa. La cosa que hay en la caja no pertenece en absoluto al juego de lenguaje; ni siquiera como un algo: pues la caja podría incluso estar vacía. — No, se puede 'cortar por lo sano' por la cosa que hay en la caja; se neutraliza, sea lo que fuere.Es decir: si se construye la gramática de la expresión de la sensación según el modelo de Objeto y designación', entonces el objeto cae fuera de consideración por irrelevante.
Investigaciones Filosóficas. Ludwig Wittgenstein
Desde la Revolución francesa hasta nuestros días.
Ahora parece que disponemos de un hecho en el que detenernos. Es más primario que cualquier duda, más primario que cualquier pensamiento. Descansa en la base de todos los procesos mentales, está dado directamente, es un presupuesto que se cumple siempre en la conciencia. Es el hecho trivial y ordinario que designamos como la unidad de la conciencia.
(...)Si tengo un sentimiento o sensación en un determinado momento en el tiempo y otra persona tiene un sentimiento o sensación al mismo tiempo -por ejemplo, doy un apretón de manos a alguien y simultáneamente experienciamos ciertas sensaciones táctiles al encontrarse nuestras manos- hay en ese caso una coexistencia o adición de datos mentales. Estos datos, sin embargo, carecen de esa conectividad que no puede ser definida con más precisión, sino que sólo puede ser experimentada. Expresamos esta carencia mediante el juicio de que estos procesos físicos no pertenecen a la misma conciencia, y sí en cambio a dos distintas. Además, la continuidad de una conciencia no consiste meramente en una secuencia ininterrumpida de experiencias; por el contrario, las experiencias deben figurar unidas por un tipo bastante especial de conexión si han de contar como la experiencia de una y la misma conciencia. Para reparar en la verdad de este apunte sólo necesitamos imaginar las sensaciones que configuran una secuencia indivisa siendo distribuidas entre individuos distintos.
La peculiar situación que existe en general con respecto a la continuidad de la conciencia puede imaginarse mejor de la siguiente manera. Supongamos que una sensacción aislada se manifiesta durante un breve intervalo - omito deliberadamente decir "en la conciencia". Supongamos que se manifiesta y a continuación desaparece sin dejar rastro. Una nueva sensación surge acto seguido (la misma u otra distinta, pero sin que sea posible decidir de cuál de ellas se trata, si asumimos que ambas sensaciones están completamente aisladas), y después de esta sensación sigue otra, también a intervalos o inmediatamente, pero siempre de modo tal que cada nuevo elemento hace su aparición como si los precedentes no hubieran sucedido. Ahora nos preguntamos: ¿Tendría algún sentido decir de estos elementos, que poseen meramente una relación secuencial recíproca, que pertenecen a una y la misma conciencia? Obviamente no hay ninguna base o justificación para algo así, puesto que estos elementos no tienen nada en común entre ellos. En su lugar, diríamos que hay tantas conciencias como elementos distinguimos. Cuando quiera que un nuevo elemento apareciese, una nueva conciencia empezaría, la cual no tendría nada que ver con aquellas que la precedieron ni con las que la siguieron. Lo que faltaría sería precisamente el hecho que constituye la unidad de la conciencia.
(...)La conciencia no es a las ideas como el estómago a los alimentos que contiene y digiere. De hecho, son las ideas las que constituyen la conciencia. No necesitan ser percibidas antes por algún acto especial; su misma existencia como datos de la conciencia es idéntica con su ser percibido. Para ellas, "esse" es lo mismo que "percipi". Luego no hay ninguna necesidad de postular una capacidad específica de percibir los contenidos de la conciencia, y por lo tanto tampoco es necesaria una garantía especial para no ser engañados en relación a esa percepción. No hay nada en mi conciencia de lo que no esté al corriente; las dos expresiones dicen lo mismo en distintas palabras. Los datos de la conciencia no son percibidos como distintos; son distintos.
Schlick. Teoría general del conocimiento.
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Entonces, me pregunto: Si la conciencia no es las ideas mismas que procesa, ya que éstas necesitan un hilo conductor que las ligue, ni es por otro lado nada que las preceda, puesto que dichas ideas no existen como fenómenos captables por los sentidos o almacenables en la memoria, independientes de ellos, sino que operan como un "en sí" para nuestro entendimiento, ¿a qué llamamos, pues, conciencia? Ha de ser forzosamente algo inmaterial, simultáneo e inmanente a las ideas, pero distinto a ellas, canalizándolas bajo un determinado punto de vista único. Esto es, la capacidad innata y actualizándose de inteligirlas en un sujeto, salvo que queramos que haya varias ligazones independientes, en lugar de una sola. Schlick, quizá sin pretenderlo, ha dado un fundamento positivista -inductivo- a la Monadología.
Textos originales .
Leibniz sentó lo siguiente: "praedicatum inest subjecto". En otra parte cité ya a ese filósofo señalando que hay cosas a las que nombramos como si fueran substancias, cuando en realidad no son más que un agregado de fenómenos. Lo hacemos, dije, por mera economía lingüística, basándonos en relaciones que en sí no suponen nada de substancial. Pero desarrollémoslo un poco más.
Leibniz pone el ejemplo de dos diamantes separados por muchas millas, el diamante del Gran Mogol y el del Archiduque, creo recordar. Pues bien, no por el hecho de acercarlos hasta que se toquen, o de engastarlos incluso en una sola joya, se convertirán en substancia única. La proximidad, que es una consecuencia de la extensión, no hace que lo múltiple devenga uno, salvo para nuestras convenciones lingüísticas, que el filósofo debería despreciar. Así, no hay más substancia que aquella a la que pueden atribuirse congruentemente todos sus predicados pasados, presentes y futuros.
¿Se entiende ahora mi crítica a Spinoza? No es admisible que un mismo sujeto tenga predicados contradictorios, si es cierto, como se nos da a entender, que todos somos el mismo sujeto, es decir, modos de la misma substancia. A lo mejor hablo como asumiendo que todos están puestos en antecedentes y conocen los argumentos que yo conozco. En este sentido soy un vago y un mal vulgarizador. Tal vez un poco de mayéutica lo solucione. Sean P y R dos personajes ficticios:
P: Dime de qué forma algo puede ser uno y ser divisible.
R: Es sencillo. Yo soy uno y a la vez soy divisible, dado que estoy sujeto a leyes físicas que propician mi crecimiento y decrecimiento.
P: Cuando dices "yo soy divisible", ¿quieres decir que infinitos yoes pertenecientes a ti son divisibles, o que tú, yo único, eres divisible?
R: Evidentemente lo segundo. Yo soy una entidad indivisible, pero tengo un cuerpo divisible. Tan cierto es lo uno como lo otro, por más que sofistees.
P: Veamos quién de los dos utiliza peor las palabras. Primero has dicho solemnemente que eras divisible. ¿Te retractas?
R: No.
P: Pero ahora, matizando tu aserto, indicas que tienes algo divisible, sin ser tú mismo divisible, ya que esa tenencia es singularmente tuya y no de un número indefinido de túes.
R: Bien...
P: ¿Y no es el verbo tener el que ordinariamente expresa cualidades accesorias, esto es, no esenciales ni estables? Por ejemplo, cuando digo tengo hambre o tengo algo entre manos.
R: En efecto, pero... espera un momento.
P: Entonces, una de dos: o tienes algo divisible o eres algo divisible. ¿Con cuál te quedas?
R: Concedo que lo que quise decir es que tengo algo divisible, sin serlo yo mismo. Me refería al cuerpo.
P: Luego tú no eres tu cuerpo.
R: ¿Cómo aceptar esto?
P: Si rechazamos la contraria, a la fuerza habrá que transigir con la proposición precedente. ¿Acaso concibes que seas indivisible y estés formado por partes divisibles?
R: No.
P: ¿Dirás entonces que estás formado por partes indivisibles?
R: Eso es absurdo.
P: Tú mismo observas la contradicción. Confundes tu subjetividad, tu alma, tu mónada, con aquello con que vulgarmente la designas, que es tu persona, esto es, la unión metafísica de tu cuerpo y tu alma. Ésta es la entidad a la que metonímicamente, y por ahorrarnos vanas abstracciones, nos solemos referir como nuestro cuerpo (por lo general, señalándonos con los pulgares hacia el pecho o con un ademán parecido).
R: No lo habría dicho mejor. Pero, si no nos hemos extraviado, ¿por qué llegamos a una conclusión tan extraña y ajena al sentido común? Pues de tu razonamiento se sigue que mi cuerpo es mío como mías son mis sandalias, sin que guarden una relación intrínseca con mi ser. Pero yo no podría existir ni actuar sin cuerpo.
P: Tengo una solución para este misterio. Atinas en que tu cuerpo no es más tuyo que tus sanda