La memoria del subsuelo

Llamo a este libro “La memoria del subsuelo” porque plásticamente me resulta una imagen agradable, una especie último reducto. Un espacio frío y despoblado que, al estilo de una cripta carente de memoria y sin difunto, guarde una ausencia confusa de recuerdos inexistentes.

Pretendo reunir aquí algunos textos que he ido escribiendo y andan desparramados en algún lugar aún accesible. Haré uso de los nichos del subsuelo para retenerlos durante un tiempo, antes de que los rescate la historia o fluyan definitivamente hacia los sumideros del olvido.

Todo cuanto aquí se narra que pudiera ser real, lo es. O casi.

Crónicas de la morgue

Después de tanto tiempo he regresado a Valdeperrillos. He vuelto a recorrer las viejas calles y a trastear en los desvanes del que fuera mi hogar en la buhardilla del caserón de la morgue.

Allí, amontonadas en polvorientas alacenas, encontré carcomidos por las polillas los viejos diarios en los que en aquellos días de devenir turbulento acopiaba crónicas, eventos e impresiones. El paso del tiempo, la humedad, el silencio y el abandono han ido difuminando párrafos y páginas enteras, dejando buena parte de ellas ilegibles. A todo ello se une el propio cansancio de mis ojos. En ellos está también buena parte del silencio del papel.

***

1 La muerta blanca

21 de Marzo de 1932

Ignoro la razón por la que una hermosa mañana de ensueño y desvarío me retrotrae a tiempos ya muy pretéritos en los que aún era joven.

**Sucedió en aquellos días en que, recién acabada mi carrera de derecho y a punto de finalizar la de medicina, estaba yo trabajando en la morgue de Valdeperrillos. Aquel día de mediados de primavera amaneció brumoso y vago. Era muy temprano y el mundo entero parecía intensamente blanco cuando llegué a la playa, en ese exacto momento mágico en que el cielo parece emerger del mar. Mi jefe, Pedro Valdés, el que más tarde sería insigne profesor emérito de tantas cátedras e inestimable colaborador de la policía forense, me esperaba inquieto, sin duda incómodo, junto al juez y los dos guardias que le acompañaban. En medio de ese mirar sin ver, a punto estuve de tropezar con el cadáver.

Los sentidos se extravían en el vacío y en aquel escenario irreal, casi onírico, se negaban a percibir. Nada en el aire se movía sino nosotros, ningún rumor en la orilla del mar. Ningún aroma especial en el ambiente. Puro sosiego, quietud y muerte. Nunca había visto hasta entonces, ni he visto después, un muerto con la coloración tan uniforme yaciendo en un espacio tan monótonamente suave. Parecía emerger del suelo, modelada en la misma arena de la playa en que yacía, lamida con desgana por la espuma de la mar.

Ya en el depósito, Pedro, armado de escalpelo y mascarilla, comenzó a separar las capas de piel tersa y cérea del cadáver. Bajo la primera piel, agua. Bajo la segunda, miedo. Bajo la tercera, nada. Hielo escarchado en el pelo. Tras los músculos ausencia. En las vísceras vacío y un blanquísimo agujero entre las níveas entrañas.

En días sucesivos tuvieron lugar largas deliberaciones entre juez, párroco y forense, intentando averiguar qué especie de humanidad latió un día en un cadáver tan frío, en difunta tan vacía y tan inmensamente blanca.

No nos planteábamos, en aquellos tiempos de pecados nuevos y aún sin estrenar, sino enterrar a los muertos fuera o dentro de las lindes de la tierra santa. Desconocíamos las técnicas maravillosamente asépticas y pulcras de la incineración de cadáveres, que nos hubieran permitido devolver sus polvos al mar que nos la trajo. Y como pasado el tiempo permanecía tersa, pétrea, fría, inalterada e inalterable; la vestimos con túnica plisada y canesú de lorcitas y la llevamos al extremo del malecón. Allí levantamos un monumento al ser o no ser. Que ésta es la cuestión.

2 Ruido

 

27 de Abril de 1932

**Estoy pensando seriamente en la conveniencia de dejar mis prácticas en el Instituto Anatómico Forense y aceptar la plaza de profesor adjunto en la escuela de Arqueología e Historia de Roma. No me agradan las largas horas muertas de la morgue. En su demérito la frialdad de las cámaras, a su favor el calor de las evocaciones. Sí, porque los muertos que llegan a nuestras dependencias no siempre son nublados palimpsestos sin historia, algunos llegan cargados de ensimismamientos que irrumpen nada más cepillarles las uñas.

Anoche nos llamó con urgencia la benemérita para levantar el cadáver de don Claudio Uribe, el maestro. ¡Dense prisa, por dios, esto es insoportable!, dijeron. Acudimos con premura a la Avenida de la Alameda nº 32, acuciados por la necesidad de acabar con el infernal sonido que emanada de las entrañas el difunto y que, según la nota que encontraron junto al cadáver, sólo cesaría cuando estuviera bajo tierra.

"Hay sonidos que no se engendran en la necesidad de existir, sino en la exigencia de joderle a uno la paciencia. Callaré cuando me entierren.

Claudio Uribe."

Don Claudio Uribe, el maestro, nunca se cansó de denunciar al monstruo. Cada día durante lustros se tomó tiempo para explicar a sus alumnos que, de todos los problemas que tuvieron su origen en la creación, el ruido fue el primero que hizo su aparición y el que de forma más generalizada y constante se instaló entre nosotros. Fluyó arrítmico pero sin pausas, inarticulado y confuso, pertinaz y cambiante. Llegó a estar tan presente que nos perdimos en su ignorancia.

Don Claudio insistía en explicar el mundo en función de miríadas de larvas aéreas, acuáticas y subterráneas, cavando con meticulosa persistencia diminutos canalillos invisibles destinados a la transmisión del sonido, con la única finalidad de abundar en la locura.

Cada tarde y puntualmente, apenas la alharaca del patio de la escuela terminaba y el último niño golpeando un balón se alejaba por la alameda dejando tras de sí ruido de cristales rotos; se acercaba al cuartelillo a denunciar ante la Guardia civil los fenómenos del día. Apremiaba al cabo para que tomara nota, -¡escriba, escriba!- y pausadamente denunciaba al trueno, al aullido de la bestia, al golpeteo de las olas y al fragor de los volcanes. Condenaba los sonidos naturales y disculpaba al hombre, nómada errático de una creación desafortunada. Nunca reprochó al niño por romper el cristal con el balón, nunca censuró al cristal por existir ni a la pelota por botar. Pero abominaba gentilmente de Dios, que instauró el ruido.

3 Lucrecia de los pantanos

Junio de 1932

En el bosque que crece en los marjales, unos muchachos que andaban buscando setas alucinógenas encontraron el cuerpo aterido de Lucrecia la sanadora, que llevaba doce días desaparecida. No estaba sola, un hombre desconocido yacía abrazado a ella y no hubo forma de separarlos. Tuvieron que cargarlos a lomos de una mula, amarrados uno a otro, y así me los dejaron ahí, tan abrazados, en la mesa de autopsias.

Y, aunque no parecían vivos, me dio por pensar que tampoco estaban muertos.

***

Cuando el martes le vio le reconoció enseguida. Distinto de los demás, pero igual que todos ellos. Aquella vez era escritor y usaba manguitos de contable mientras con lápiz finísimo se entretenía en la mesa seis de la cantina de la pensión diseccionando cerebros de complejos gusarapos y liberando ferocidades ligeras que se perdían en el aire. Todo ello ante un humeante plato de lentejas y un vaso de vino fuerte, mientras esperaba paciente a que llegara el tren que habría de devolverle a un mundo real que existe en los mapas y en el que el tiempo transcurre medido y ajustado, más allá de Valdeperrillos.

Ella tenía las piernas muy largas y a grandes zancadas cruzaba las calles con un cesto lleno de mercaderías que ponía a la venta en el claustro pequeño de la abadía. Era hechicera, decían, o curandera, o adivina. Se acercó a él ciñéndose a la ligereza del aire con esa media sonrisa que congelaba el tiempo y detenía el vuelo de las neuronas y ese contoneo suave que hechizaba a los mejores. Le habló en susurros y le mostró su cesta de mercancías: pócimas, emplastos, hilos de colores, dedales, bengalas, libros de recetas, pañuelos de gala con sus iniciales, sombreros de niña, mitones y guantes, hojas de afeitar, un abecedario, varios ratoncitos blancos, algunos manojos de espárragos trigueros... y bastantes cosas más que ahora mismo no recuerdo. Su sonrisa era redonda y los ojos tan grandes que él olvidó por un momento el minucioso despiece de gusarapos y no oyó a lo lejos el pitido del tren que se acercaba. La siguió hasta el pantano en el que ella cosechaba hierbas medicinales, aderezaba brebajes y desaparecía a veces por semanas, regresando después, tan enérgica y vital, con su cesta llena de potingues nuevos.

Y allí les encontraron. Ella envolviéndole en su abrazo y él prendido a ella, casi entero todavía, pero con la expresión perdida y embadurnado con barbotina de arcilla finísima que le vestía la piel dibujándole el contorno y señalando sus huecos, sus compacidades y sus anchuras.

***

Esta mañana mi jefe, Pedro Valdés, tomó la esponja para enjuagarle la cara un momento antes de que con voz ronca y gesto de estupor me llamara para que viera. Apenas quedaba nada bajo la costra de barro. Apenas un resto traslúcido de humanidad devorada que se disipó al poco rato. Ni piel, ni huesos, ni carne, ni venas, ni polvo, ni nada. El hombre era solo vacío cubierto de arcilla. Si llegó a existir, no quedaba nada.

Lucrecia ha ido despertando despacio y recobrando la luz y el calor, la flexibilidad de todo el cuerpo, su radiante sonrisa de rotunda belleza y ese aroma en la piel a corteza de encina y a frutillas del bosque. Lleva años y años, tal vez miles, cultivando los pantanos y preparando cocimientos. Y cantando canciones de arcanos misterios en las que habla de hombres enfermos de eternidad que se duermen un día para hacerse pálpito entre las costillas de la noche.

Esos pocos hombres que llegan a saber que nunca nada fue un sueño.
 

4 Manuel de la mano intrusa

? de Mayo de 1932  

Muchos serán los mares y costas que en el mundo haya. Muchas recónditas calas, muchos puertos pequeñitos de pueblos adormilados lamidos por olas blancas. Y muchos Valdeperrillos cabeceando siestas largas. Pero muertos como los nuestros no los hay en muchas playas.

 También hoy, como el día aquel en que llegó la muerta blanca, empezaba a despuntar el alba cuando me han sacado con urgencia de la cama para acudir a la playa en la que yacía, oscuro y encogido, el pobre Manuel de la mano intrusa. Murió de mala suerte, pobre Manuel. 

Reposaba de medio lado y contraído, como quien se duerme al raso y va cogiendo frío y se muere sin darse cuenta, así, como despistado. Y tal hubiéramos informado en el dictamen forense sin buscar más qués ni cómos, si esa mano derecha suya, tan intrusa que parecía ajena, no hubiera estado oprimiéndole el gaznate hasta estrangularle mientras la izquierda, que también parecía enajenada y hecha un lío, lejos de defenderle actuaba en connivencia con la otra. Bien sé que en cualquier otra parte del mundo sería increíble que alguien sin ser suicida, muriera estrangulado por sí mismo. Pero en Valdeperrillos ocurren cosas así de extrañas y aún es menos probable vivir convencido de cohabitar con una mano propia y otra ajena, ambas en el mismo cuerpo, y eso, el pobre Manuel es buen ejemplo, también ocurre en nuestro pueblo. 

Años había pasado el desdichado Manuel conviviendo con su mal sin darle nombre ni cuartel su dolencia. Y hubiera continuado controlando la entropía de la mala mano y lidiando contra ella su lucha diaria  sin llegar a rendirse a la mala suerte y a la imposibilidad de abrocharse la camisa de ciento un botoncitos, si no hubiera llegado hasta nosotros, por razón de estudiar ciertas larvas e insectos sepulcrales que son endémicos en Valdeperrillos, el entomólogo forense André Boudin, apodado El-que-todo-lo-sabe. 

Al pobre Manuel se le abrió el mundo y se le llenó el ánimo de esperanza nada más conocer de labios de Don André la existencia del síndrome llamado “de la mano ajena” y encontrar de esta suerte el nombre propio de su enfermedad. Y eso que se hizo un lío con la sintomatología, porque su único problema era no lograr abrocharse la camisa, mientras que lo que con bastante gravedad nos contara André, que-todo-lo-sabe, era un proceso mucho más complejo. Nos explicó que el arrebato consistía en que la mano izquierda se sentía autónoma respecto del resto del cuerpo y actuaba a su aire, a veces con indiferencia y otras, las más, en franco antagonismo con la actitud de las demás partes de la anatomía, muy especialmente con la mano derecha. 

En Valdeperrillos, francamente, nos queda lejos ese mundo de manos enajenadas y otras exquisiteces que son, dicen, frecuentes y cotidianas en otros sitios sin mar. Así que, ante nuestro gesto de evidente escepticismo y para ilustrar el caso, nos explicó el entomólogo la historia de uno que tal síndrome padecía y que por tal causa, mientras se lavaba los dientes sujetando el cepillo con la mano derecha, untaba con la izquierda esos mismos dientes utilizando para ello la gamuza de dar betún a los zapatos. Así mismo, y ahí es donde la cosa descarriló, abrochaba con la derecha la camisa y al instante destrababa con la izquierda los botones uno a uno. 

Sabiendo esto no le cupieron dudas al pobre Manuel del nombre de su dolencia e incluso imaginó la manera de solventarla, pues –visto que no era suya- se agarró a la salvadora idea de cambiar de mano y gritó a los cuatro vientos su decisión inaplazable de amputarse la extremidad y redimir de esta manera de la locura no ya a su propia maldita mano sino a su cuerpo entero, con el afán último de poder por fin atar todos los botones de la camisa de once varas que llevaba años resistiéndose a ser abotonada. 

Nosotros éramos gente normal, saludable y ordenada, de costumbres usuales y rutinarias. Tan absurdo resultaba imaginar los delirantes vericuetos por los que Manuel deambulaba que no los imaginamos ni le tomamos en serio ni se nos ocurrió que en verdad pudieran rebotársele las manos y acudir la una en auxilio de la otra al punto de cortarle el camino al flujo de su férrea voluntad escangallando el menudo cuello del pobre Manuel.

Y así, como que ni lo imaginábamos, no vimos llegar lo que estaba viniendo y se nos murió de verdad el pobre allí, en la arena de la playa, estrangulado de sí mismo y con la boca llena de botones, quedando así certificado sin atisbo de duda que la mano, una al menos, no era suya.

5 “Todo mi amor” o “Que En Paz Descanse”

 
30 de Septiembre de 1932;

Breve semblanza del difunto

Llegó a Valdeperrillos siendo el principal actor de la anodina compañía de teatro ambulante que cada año venía al pueblo a deleitarnos con dos o tres reposiciones y un estreno. Aquel día, en mala hora, cayó la tramoya del teatro justo durante el monólogo de Segismundo y me lo trajeron al pobre malherido a la morgue, donde yo estaba de guardia. Quiso su mala suerte que no estuviera en el pueblo mi jefe, el eminente cirujano Pedro Valdés, así que tuve que intervenirle yo que era entonces, y también ahora, muy inhábil en cirugía de vivos, por lo que acabé amputándole una mano y buena parte de la otra, porque amputar era lo que yo sabía hacer mejor.

Así empezó nuestra amistad, pues el natural optimista de aquel individuo era capaz de sacar ventaja a cualquier drama y convirtió mi inexperiencia en provecho. Abandonó el oficio de actor mediocre y con los dos dedos que le quedaban tomó la pluma para convertirse en notario de la realidad de nuestro pueblo y en sobresaliente experto en literatura epistolar de índole amorosa y/o funeraria.

Aunque tan capaz fue de escribir los bandos del señor alcalde como las actas y consejas del juez de paz, su punto fuerte estuvo sin duda en la composición de escritos profundamente emotivos que componía por encargo y que abundaban en los dos sentimientos esenciales, a saber, el amor –o desamor- y la muerte. Contienen nuestros archivos los borradores de hermosísimas cartas de amantes a sus amados y amadas y también otras de animadversión y rencor que componía para aquellos que las prescribían desde la inquina. Especialmente expresivos fueron los vigorosos epitafios que escribió con mucha médula y contenido, capaces de soslayar la inconsistencia de un presente finito y hostil y catapultar al difunto hacia un glorioso futuro ultramundano.

Mi buen amigo murió ayer a manos de su avanzada edad, cuando ya el pulso le temblaba y había perdido la voz y ninguna mano ajena podía transcribir las ideas ni escribir las palabras que bullían en lo más recóndito de su alma de poeta. Q.E.P.D.

Cierro esta semblanza con las palabras que él mismo compuso cuando dio sepultura a la parte de su anatomía que perdió el día aquel en que nos conocimos. Dice así:

***

"Fui cuentacuentos, comediante, actor y poeta, hablador de gesto altivo, con mímica acrisolada, como conviene a un esteta. Blandía mis manos al aire cuando recitaba gestas, como si más que narrar enarbolara banderas. Mas quiso la providencia que en una aciaga jornada cayera la tramoya del teatro -con lámparas, cable y cuerdas- sobre las manos amigas que tanto juego me dieran. Allí perdí la derecha y de la izquierda algunos dedos. Guardé en cajita de plata tan preciadas pertenencias y, como además de actor soy enterrador y poeta y escribo para difuntos epitafios enjundiosos a instancias de parentela, (previo pago, por supuesto), dediqué en esta ocasión unas depuradas líneas a pérdida tan severa.

  •  “Aquí yace un puño entero, un gesto perdido, un silencio yermo, una simetría de cadencias muertas. No se calla más con sólo dos dedos ni se habla mejor sin un puño y medio” (Lo digo, repito, me lío, lo cambio, lo entierro) “No se calla más con un puño y medio, ni se habla mejor usando dos dedos”.

 "Así quedó, poco más o menos, el epitafio de las partes mías que en tal avatar murieron. Grabado está en la losa de una tumba semivacía que será la mía cuando esté del todo muerto. Y como a las partes que han ido quedado vivas conviene darles consuelo, también para ellas escribo y les canto tonadillitas para que se sientan nuevas y fuertes y poderosas. ¡Que no son poco dos dedos!

  •  “¡Hay dolor de par de dedos que aquí estáis sobrevividos! En vosotros pienso. A vosotros escribo, dedos disparejos y aterrorizados, fantasmas del tiempo, que vais recogiendo antiguas destrezas para hacerlas nuevas. Bailad, deleitaos. Dejad de vagar bordados de encaje y formando pareja, como dos gendarmes por colinas huecas, excavando en vano y caracoleando en los tirabuzones de los cementerios. No encontrareis nada, ni siquiera un muerto”.

     Cuchilla y formón, escoplo y martillo, brazo de gitano, yunque de platero. ¡Qué mano implacable mi mano sin dedos!"

(Cae el telón)

***

Hoy ya está allí, todo entero.

El movimiento capturado

En una caja de hojalata, que sirvió algún día para contener galletas, siguen, aún sin ordenar, un buen puñado de amarillentos papeles en sorprendente buen estado.

Mientras encontramos el lugar idóneo para archivarlos los iré dejando aquí.

El haragán

No, no somos muchos, los que solivivimos en este mundo nevero. El cocodrilo, el haragán, tú y yo. Quizá haya, además, un único habitante desconocido en cada una de las colinas: nueve son las que puedo abarcar con la vista desde aquí hasta el horizonte. Quizás existan, pero no sé si nos ven, yo misma no llegué a saber de ti hasta que distinguí el destello de la luz del sol en tus espejos y te enfoqué en la distancia. Desde entonces te observo. A veces te veo saltar y reír lanzando los brazos al aire como aspas de molino, como si en tu montaña florecieran primaveras.

Ahora veo también tres ángeles de hielo con alas y llantos que avanzan por la llanura escarchada. Uno de ellos es mujer, aunque luce luenga barba. También tú les has visto y gesticulas y te agitas llamándoles, como si les conocieras, como si hubieras preparado para ellos una opípara cena.

Vuelvo la mirada a poniente, hacia la ensenada del Tronco Caído, donde duerme el haragán. Seis mil ciento diecisiete años hace ya que duerme. Indolente y ocioso yace en el único lugar del mundo helado en que la vida despierta, alienta y persevera. Donde hubo carne hay hoy esponjas; líquenes y musgos cubren su esqueleto mineral. Para verle habría que arrancar los corales que le crecen en las orejas y la sarta de caracoles de nácar que se trenzan en sus cabellos. Habría que buscar bajo las nécoras aquellos ojos dorados que al llegar marzo reían e inundaban la tierra de sol, en los años en que creó el mundo, cuando aún estaba despierto y no soñaba universos de hielo.

Cada tarde un cocodrilo se acerca sigiloso y le lame las plantas de los pies. Así viene siendo desde siempre. Fueron tantos los días de tantos años de tantos siglos, en que innumerables generaciones de un solo cocodrilo lamieron esas plantas, que quedó grabada en la memoria colectiva de la especie la necesidad de seguir haciéndolo. Hoy ya no saben por qué ni para qué lo hacen, pero son ellos los que mantienen, en esa hora en que la luz se hace imprecisa, la única parte del haragán que por milenios permanece limpia; aquella que se cubre de piel suave, la misma que lo vistió cuando era joven y retozaba alumbrado de albaricoque.

La mariposa órfica

 

Yo soy la mariposa órfica, la que gustaría de vivir tañendo el arpa en la torre de las ánimas, pero habita en el tomo dieciséis de la Encyclopaedia Britannica, justo entre jerga y jergón, y cuya misión consiste en inventariar paisajes, clasificar atmósferas, cuantificar certezas, catalogar sucesos y enumerar desazones. Mi instinto preferiría arrasar con todo y empequeñecer el tiempo devorando el espacio, pero debo, al contrario, agrandar el abismo y cumplir el cometido de contaros cuanto sé y cuanto he averiguado. Porque me ha creado un dios menor y desajustado.

Y más se ampliará la brecha en el tiempo cuando lo invierta en nimiedades como explicaros la torre en que habito. En realidad no sé con certeza si es torre o pozo, ni siquiera puedo asegurar que su ubicación en el espacio se desarrolle a lo largo de una coordenada vertical o si, por el contrario, se extiende en horizontal. En tal caso no es torre ni pozo y deberíamos llamarla túnel. Pero, como tampoco esto es importante y la duda me asaltó anoche por primera vez, os la presentaré como torre, que es lo que siempre supuse que era. Tal como la he visto en viejos grabados dibuja hacia el exterior una planta octogonal muy pulida y salpicada por estrechas aspilleras, aunque en el interior es cilíndrica y sus muros están recorridos por anaqueles repletos de libros. Ni un solo palmo de piedra he llegado a ver de manera continuada desde que aquí habito, es decir, desde siempre pues nunca habité en otro lugar. Su eje central está vertebrado por una larguísima y empinada escalera de caracol. Actualmente me acuartelo en el peldaño novecientos ochenta y cuatro, a media altura de la torre. Y sigo ascendiendo sin dejar de leer uno solo de los libros. ¿O no asciendo?

Esta es mi segunda nueva gran duda. No solo no sé con seguridad si es torre o túnel, sino que también ignoro si subo o bajo. ¿Avanzo del principio al fin o por el contrario viajo desde la cúpula a los cimientos?. Siempre pensé que subía porque una vez me salté las reglas y corrí hasta el último escalón, al que llegué sin aliento. Allí pude leer parte del título en el lomo del último libro: “El haragán… ” pero sucedió que resbalé y caí rodando como una bolita, clin, clin, clin, todos los escalones que había avanzado y me detuve exactamente entre el último libro leído y el próximo por leer. Puedo aseguraros que leo deprisa y no siempre presto atención a lo que leo ni retengo siquiera una ínfima parte de lo leído, pues es mucho y soy insecto efímero. Apenas tengo tiempo y debo llegar arriba.

Ahora, desde el peldaño novecientos ochenta y cuatro de esta escalera, puedo afirmar con meridiana certeza y claridad que no más de doscientas almas humanas habitáis este mundo en toda su extensión, en todo cuanto vemos y en cuanto queda más allá de la línea del horizonte, en cuanto pisamos y en cuanto se ubica en las antípodas. No sucede así con otras especies de bestias. Todas las moscas son una sola mosca, todas las hormigas una sola hormiga. Tres individuos forman la familia completa de los leones y siete son las gacelas de la tierra entera. Once los cocodrilos. ochenta y seis las esponjas marinas (¡qué barbaridad!). El tiempo, tan breve, no me alcanza para inventariar aquí la relación completa de seres reales y aún imaginarios a cuyo conocimiento he tenido acceso en esta larguísima noche de actividad febril. Además no es importante. Un mundo ajeno a mi se abre tras las troneras. He oído el fragor de batallas y el sonido de la música, pero desconozco la fragancia de las flores y nunca he catado vinos míticos ni he conocido el sabor de exquisitos alimentos. Es un mundo que me modifica, detenerme en él me molesta y palidezco. Un vaho blanquecino emana de mis poros cuando por un rato lo pienso. Entonces grito. Afortunadamente es un mundo frágil y se rompe cuando grito.

Leyenda de unos que anduvieron buscando el mar

"Si non e vero, è ben trovato"

Hay a las afueras de Valdeperrillos el edificio en ruinas de un viejo almacén de grano con riachuelo y molino, conocido como la Abadía. No se llama así porque alguna vez estuviera consagrado a tal efecto, sino porque así le plugo a una vieja excéntrica que llegó al pueblo en los días de su fundación y se instaló en aquel local al que llamó abadía, arrogándose a sí misma la dignidad de abadesa.

Son varios los cuadernos abaciales que, escritos por esta monja profana, han llegado en buen estado hasta nosotros. En ellos se tratan temas referentes a los orígenes del pueblo, a las formas de vida y costumbres de una población dedicada sustancialmente a la agricultura y la piratería y, sobre todo, a las gentes que aquí iban llegando. 

Solamente los más ancianos del pueblo creen haber conocido en su infancia a algunas de las gentes que se nombra en los cuadernos de la abadesa, aunque lo afirman titubeando al decirlo, como si tampoco tuvieran muy claro haberles conocido o de simplemente haber oído hablar de ellos. Es muy posible que nunca existieran y sean sólo fruto de la fantasía de la doña, pero por si acaso yo voy registrando en las crónicas lo que ella escribió en los cuadernos, pues sea o no cierto, ahí está y así ha sido encontrado.
 

1. Memoria de un sillón verde

A mi, que nací hija del discernimiento y de la sensata prudencia, crecí en el astillado mundo de los juicios atinados y me formé en las mejores escuelas de sensatez y discreción, por lo que fui haciéndome sabia en cordura y en buena parte de todos los desvaríos que de ella proceden, la necesidad me hizo abadesa.

Antes de serlo contraje varios matrimonios. Llegué a tener once maridos que morían nada más empezar a acostumbrarse a mí. Yo no lograba acostumbrarme a ellos. Todo iba bien hasta que querían ocupar una plaza estable en mi sofá verde, ese sofá asombroso y un poco perverso en el que solía dormirme irremisiblemente apenas echarme en él. Nunca pude soportar que alguien quisiera hacerse un hueco en mi cotidianeidad y en mi sofá. La idea de que alguien corriente y con costumbres usuales pudiera convertirlo en un sofá vulgar en el que sentarse, charlar, jugar a cartas, bordar tapetes o leer un libro, me perturbaba. Eso se hace en los sillones de cada día, pero en mi sofá no. Así que cuando por undécima vez aquel hombre, que no era igual pero era el mismo que los otros diez, se repantigó en el lado izquierdo de mi vida, cogió el periódico y me dijo amablemente, casi con ternura, “siéntate a mi lado”, decidí abandonar el mundo e irme al convento.

Fue trabajoso arrastrarlo hasta el patio de los naranjos y cavar allí un largo y profundo agujero en el que enterrarlo para siempre. Afortunadamente yo era todavía fuerte y el ejercicio físico me había ayudado a mantenerme en forma. Empujé el sofá hasta que cayó al fondo del hoyo y amontoné de nuevo la tierra. Pronto crecería sobre él la hierba -y florecería un limonero- y si algún día en siglos venideros alguien lo desenterraba, seguramente ya no lo considerarían un objeto utilitario.

Todo eso lo hice de noche y en solitario silencio, para que nadie lo viera y no dar pábulo a las rectilíneas zorribrujas que andaban por ahí diciendo que estaba loca. El resto de los muebles se los vendí a un trapero y aunque pensé seriamente en no llevarme nada que hubiera pertenecido a mi vida anterior y llegar desnuda al convento – o adonde quiera que fuese-, acabé envolviéndome en un viejo mantel bordado a máquina, bastante grande y muy feo, que me lié a la cabeza para, de esta guisa, salir al mundo y hacerme al camino con la idea de encontrar un convento a mi gusto, lejos de los páramos, junto al mar.

Sillón verde

2. Memoria de Nomomiso

Me adentré en la noche. Iba tan contenta envuelta en el horrendo mantelito de flores y saboreando mi recién estrenada decisión de no volver a casarme nunca más, que hasta los jazmines parecían sucumbir a mi paso soltando un olor tan dulce y perfumado que al rato empezó a parecerme apestoso. Le di un puntapié a una piedrecilla que anduvo rodando a mi lado buena parte del trayecto, hasta que, llegando ya la madrugada, se detuvo al borde del camino porque, dijo, en horas de luz prefería permanecer inmóvil. Sentí envidia de la piedrecilla pues también yo comenzaba a estar cansada, me escocía el roce de los pliegues de mi improvisada túnica y me dolían rabiosamente los pies.

Acababa de romper el alba cuando escuche a mis espaldas el paso cansino de una mula. No fue fácil encaramarse a la grupa del jamelgo porque el mantel me quedaba demasiado ajustado y aquella criatura que lo cabalgaba, aunque atendió huraño y sin palabras a mi demanda de auxilio, no realizó el menor ademán de ayudarme. Aún así me agarré firmemente a su cintura y apoyando la mejilla en la áspera camisa de arpillera que lo cubría, me dejé acunar por el suave  vaivén de la cabalgadura y naufragué en un sueñecito reparador. Y mientras, por un elemental proceso de ósmosis sin palabras, fui infundiéndome de la historia pasada presente y futura de Nomomiso, el hombre que me asistía.

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Nomomiso era huraño y esquivo. Había nacido en la casucha aneja a la pocilga de una gran hacienda y aprendió casi antes que a andar a beber a chorro el agua fresca del botijo, a montar a pelo la vieja mula tuerta tan arisca e imprevisible como él, a ordeñar las vacas, desollar los conejos, desplumar gallinas y subir a los árboles para robar huevos de los nidos dejando siempre al menos uno, para que la madre no llegara a abandonar su hogar y continuara la puesta. Y sobre todo, pues ese este su cometido real en la hacienda, había aprendido a pastorear cerdos y ha entenderse con ellos rezongando en su mismo idioma. Conducía la piara de un lado a otro de la finca con la ayuda de un cayado y una honda, lanzando a las bestias cantazos o improperios si tardaban en obedecer las órdenes de sus extraños gruñidos. No le gustaba la gente, prefería estar solo y comer sin prisa mojando en el vino la rebanada de pan duro de varios días con un trozo de queso seco y picante que le daban para desayunar. Sólo apreciaba al viejo Antonio, el pastor ya medio ciego al que ayudaba a controlar el rebaño de cabras y ovejas. De él estaba aprendiendo cómo educar a un buen perro y un sinfín de maravillosas historias medio mágicas, referidas a cosas que sucedían allende los mares, que el anciano, con un par de oídos infantiles y atentos que por fin le atendían con devoción, no paraba de contar.

NOMOMISO hubiera podido ser absolutamente feliz si cada año al llegar el verano, puntuales como la langosta, no hubiera venido a romper su mundo aquella bandada de niños y adultos urbanos e inútiles, con nombres cursis y absurdos que hablaban una jerga extraña y reían de cualquier cosa, que sentían asco ante la idea de ver parir a una oveja pero se embobaban maravillados acariciando y malcriando a las crías  recién nacidas. Gentes absurdas que con la misma viveza gritaban despavoridos por una pulga que por un tornado.
  
(Son los señores, los patrones, los amos. Tantos lazos y encajes descomponiendo su entorno, tanta fiesta y jarana, lo desencajaban. Cuando se hizo mayor mil lamentos antiguos se agolparon en su sangre. Quiso huir, ser bandolero en las montañas o soldado en las guerras de ultramar).

Sí, lo ha decidido. Se irá en silencio tomando prestada la mula tuerta. No habla con nadie y muy temprano al amanecer, antes de que cante el gallo, con las sandalias en la mano sale de la barraca, silencioso como la misma sombra de la noche. Desata al perro negro, viejo ya, que medio dormita y medio vigila bajo la higuera y al que se sabe incapaz de abandonar y toma el sendero de la acequia dónde, oculto tras el carrizal, le aguarda su jamelgo. Es una bestia vieja, cansada y aburrida con el aparejo gastado y las riendas tan resecas que hieren las manos. No tiene silla, así que monta directamente sobre la ajada manta trapera que le está irritando la entrepierna. Nada le importa, se siente feliz.

No sabe a que distancia se encuentra la ciudad. Cabalgará dos días, tal vez tres, y dormirá al raso, comerá los restos de pan duro con algo de queso e higos secos que sisó anoche de la despensa de la alquería y algún puñado de almendras o nueces que rapiñará aquí o allá. Le basta, no necesita mucho más, nunca ha comido mucho más que eso. Ha oído contar que la  Villa no está demasiado lejos, y cuando se presente en el acuartelamiento del puerto ante el sargento de levas, sin duda le acogerán con entusiasmo y podrá comer un buen tazón de potaje caliente.

Nomomiso cabalga hacia poniente. Cada cruce de caminos le desconcierta, no sabe hacia dónde ir, no sabe dónde está el mar. A su derecha, lejos, están los cerros, frente a él desnudo como una mano, demasiado despejado y demasiado peligroso, el llano. Va un poco asustado. A esta hora debería estar ordeñando las vacas o limpiando las pocilgas. El mayoral estará buscándole furioso. Si se adentra en el llano y el granjero ha denunciado el robo de la mula le verán de lejos y los civiles con sus caballos frescos y bien comidos, le cazarán fácilmente. Tampoco el perro es suyo, ni siquiera los harapos que viste lo son. Por fin toma el sendero que se pierde en el bosquecillo y trepa hacia las montañas. Desde la altura, supone, podrá ver el mar y decidir mejor que dirección tomar.

Estimado lector, si es que existes, disculpa que no me esfuerce en seguir contando los detalles de esta historia. Te habrás percatado ya de que Nomomiso no es más que un rústico y zafio patán sin interés ni futuro alguno. Contar la historia de lo que en adelante va a ser su vida no merece un desgaste excesivo. Un breve resumen, apenas media cuartilla, bastará para narrar cuanto queda:

Perdido en la sierra nunca encontrará el mar. Se ocultará en pequeños valles y aldeas. Cometerá múltiples e insignificantes delitos para combatir el hambre, el frío y la soledad. Siempre temeroso y acosado por lugareños y guardamontes acabará huyendo a las montañas y viviendo entre las rocas una vida pétrea, como su propia naturaleza. Bandolero de poca monta asaltará de cuando en vez a un honrado y gordinflón comerciante, a la esposa del notario o al sacristán de la parroquia y en algún momento tendrá la osadía de detener una diligencia y conseguir así cuatro reales que le permitan bajar hasta la villa y, abrigado en la opacidad y el silencio de la noche, beberse algún vinillo y acercarse al lupanar. De haber tenido tiempo hubiera podido encontrar algo de paz junto a esa muchacha también tosca y ordinaria que casi ha llegado a estimarle; pero no advertirá hasta que sea demasiado tarde que su madriguera ha sido descubierta y que todos sus movimientos están vigilados. Un día al amanecer la ronda le dará el alto y cuando intente huir le reventarán mil centellas en el pecho y acabará de morir, actividad que inició el mismo día en que llegó al mundo.

Ya la media cuartilla está escrita y os aseguro que éste era el relato probable, el cuento triste de miseria, abandono y desamor cuyos detalles he obviado desarrollar con más o menos acierto. Porque en ese amanecer de principios de otoño en que la muerte aguardaba a NOMOMISO con la segura paciencia de quien tiene a su disposición la eternidad entera, algo se cruzó en su camino y cambió el curso de la historia. Y ese algo, envuelta en un mantel sari y con los pies y la vida agostados, era yo, que dormida a la grupa de su mula y firmemente agarrada a la cintura de NOMOMISO me bebía su historia mientras dormía.

Y fuimos juntos a buscar el mar.
 

3 Memoria de Elmer Legamillo

Una mañana muy temprano le subieron al tren con una maleta pequeña en la mano y un beso de Ofelia en la frente. Viajaba a la capital, a vivir con su tío. Hasta aquel día había sido un niño raro, no tenía amigos en el colegio y los otros chicos nunca le invitaban a participar en sus enredos. Sabía que no les gustaba, pero iba a juntarse con ellos en el patio del recreo y se sentaba en un rinconcito, abrazándose las rodillas y sonriendo cuando contaban cosas graciosas, incluso se atrevía a reír cuando ellos lo hacían aunque, como le daba vergüenza y un poco de miedo hacerse notar, su carcajada era casi muda, sin volumen. Por eso le llamaban el Muecas.

Con todo Elmer era feliz en el colegio. Le gustaba su profesora de música, que era muy dulce y tan flaca y bajita que parecía una alumna más, aunque calzaba botas de tacón alto y se reforzaba la autoestima con grandes hombreras para parecer mayor y contundente. Él pasaba por su calle cada mañana camino de la escuela y allí, escondido en un zaguán, esperaba hasta que la veía doblar la esquina. Después la seguía porque le gustaba mucho su manera de caminar, deslizándose como si navegara, y ver cómo el viento le iba despeinando la melena hasta llegar al colegio toda enredada. Por eso, porque le gustaba su profesora, llegaba temprano cada día y no alborotaba ni dejaba de hacer nunca los deberes y cantaba en el coro –sin dejarse oír, aunque tenía una voz preciosa-.

Elmer Legamillo tenía doce años y un montón de caries aquel verano en que murió su madre. De su padre sólo sabía que era marinero y navegaba por los siete mares en un enorme barco de vapor. Lo imaginaba con dientes grandes y blanquísimos, como las sábanas que cada semana su madre ponía a secar en el balcón. Ella murió cuando quiso. Antes de morir le llamó y le dijo: “Elmer, hijo, acuérdate siempre de que esto es un acto volitivo”. No preguntó ni buscó en un diccionario el significado de la palabra. En su mente sigue teniendo consistencia viscosa y color azafranado, como una congoja espesa.

Aquella noche Elmer durmió en casa de Ofelia, la vecina guapa que olía a carbón de encina y boniatos asados y le contaba cosas sobre su papá. Le explicaba que era alto y rubio como la cerveza y llevaba en el pecho tatuado un gran corazón. Lo decía salmodiando, entrecerrando los ojos y alargando las sílabas como si cantara, y él comprendía, no sin cierta nostalgia, que a su padre nunca se le debieron corroer los dientes y que todo el mundo, hasta Dios, le quería. Por eso el sueño de Elmer fue apacible aquella noche en que murió su madre y durmió muy abrazado a Ofelia, soñando vehemencias, boniatos asados y espuma de mar.
 

4 Memoria de Matías

Aquella primera mañana de invierno Matías despertó consternado al descubrir que había olvidado el cuento que durante horas de mal dormir fraguó su mente en vela con la idea de escribirlo en cuanto apuntara el día. Había tardado mucho en dormirse, tanto que la noche se pobló de imágenes y sensaciones, de dichos y hechos, de hombres y mujeres. Para todos ellos dibujó un paisaje y punto a punto hilvanó una historia. Y así hasta que amaneció y con el alba llegó el sueño. Fue breve, apenas se había adormilado cuando sonó el despertador y descubrió, anonadado, que no quedaba de una noche tan fecunda nada más que cansancio y dolor de cabeza.

Matías arrastró los pies, enfundados en zapatillas forradas de borreguillo, camino de la cocina. Su pijama de franela era demasiado grande o él demasiado chico, o las dos cosas, o ninguna. Hacía frío y acomodó las manos abrazando tiernamente la taza de humeante café, llamando a la sangre para que regresara a sus dedos ateridos. Se habían ido. Se habían ido la sangre, los sueños y los hijos de la noche. Cansado y soñoliento como estaba no podría explicarle a nadie que puso agua a hervir en la olla a presión para escuchar el silbo del vapor al escapar por la válvula. No podría nadie entender que a aquellas horas del amanecer añorara un silbidito que sonara como un larguísimo suspiro.

Hacía más y más frío, chispeaba helada y tenue la luz del alba. Era obvio que un invierno nuevo y primordial, húmedo y sin fantasmas, había empezado a asaltar la casa. Volvió a la alcoba para escudriñar en el ropero y rescatar su batín viejo, el de lana, el más arrebujado. Pensó que el perro estaría echado en el umbral de la puerta de la salita, medio dormido y sucio, dejando guedejas de pelos deslucidos en todos los rincones. Sería uno de esos perros rojizos, viejo y asmático, cansado y pulgoso, con grandes orejas caídas despidiendo efluvios rancios. Bostezó con alivio al recordar que no tenía perro. No hubiera sido un animal con suerte ni él el amo de un perro afortunado. A pesar de todo sentía una gran tristeza. Al pasar junto al balcón recordó de pronto que anoche olvidó guarecer al canario, lo dejó en la galería, encarando el viento del norte y a merced del relente. El pobre estaría muerto de frío, retieso, colgadito de la traviesa de la jaula como un murciélago cabeza abajo. Pero no, suspiró relajado, tampoco tenía canario.

En la antesala del dormitorio, sentado en el balancín y meciéndose imperceptiblemente estaba el niño. Cubierto con tantas capas de ropa enorme y la gorra gris enfundada hasta las cejas, parecía un paquete extraviado. Había un asomo de duda y temor en su mirada de cristal finísimo, casi traslúcida y ligeramente azulada, como su piel. Ese color inefable de los gestos que empiezan a dejar de existir. ¡Se veía tan abandonado y molesto! Matías se sobresaltó. Por un instante perdió el ritmo de su paso y también el de la respiración, sintió una repentina oleada de calor y de vergüenza. ¡El niño! ¡También había olvidado al niño!

Se acercó y lo tomó en brazos, le acarició, le estrechó contra su pecho y lo acunó llenándole de besos y babas hasta que de nuevo su piel pareció sonrosada y sus mejillas llenas como las de un querubín barroco. Luego, en cuanto el niño se quedó dormido, lloró mansamente su descuido. Y con las lágrimas se fueron el frío y los largos suspiros de artificio, el baile de los fantasmas y la melancolía de las cosas que nunca existieron. Y en voz bajita, muy suave, apenas un murmullo, susurró al oído del niño dormido: Aquí, con tanta aridez y olvido, se nos va a apolillar la vida, niño.

Después salieron ambos a buscar el mar.
 

5 Memorias de aquel príncipe Boyardo

Se levantó de súbito empapado en sudor. Aquel sueño, su caprichosa fantasía, habíase adueñado de nuevo de su espíritu. El Mar, como pudiera imaginarlo un príncipe Boyardo, alejado en sus oscuras montañas, se había introducido en el territorio exíguo pero intenso de sus anhelos.

 

¿Cómo era aquel Mar que nunca vieron sus ojos? Como los verdes trigales agitados por el viento en los valles de Pnoeari, como aquella inmensa lengua de agua que, en su niñez, tuvo la oportunidad de ver, más al sur de Galatz. “Es el Danubio, hijo” –le dijo su madre- “Nunca verás algo tan grande y poderoso”. Aquella lengua de agua, tenía a lo lejos otra orilla, había que cerrar mucho los ojos, pero sí, al otro lado los capiteles de una catedral, lejanos molinos de viento, en fin, el mismo aire y el mismo trabajo que en esta orilla donde vivíamos la paz y prosperidad para los príncipes Boyardos.

 

Pero el Mar existía. Lo conocía por los relatos de los mercaderes, cuyas mercancías desdeñosamente regateaba, pero a la vez fascinado por los más pequeños detalles de sus viajes. Yo, de Palestina, cruce el Mar Egeo en un galeón turco. Y yo, señor, vine de las indias orientales atravesando el Indo y más tarde el mar negro. Sobreviví a una tormenta horrorosa y criaturas que nunca os pudierais imaginar nos atacaron, señor. Señor, yo tuve que atravesar el Mediterráneo en goleta, el barco tenía una verga mayor de al menos cuarenta pies. No sabéis, señor, el miedo que tuvimos todos cuando llego una calma chicha de cuarenta días. No se avistaba tierra dondequiera que fijáramos la vista, ni tierra ni barcos amigos. El agua escaseo y algunos se volvieron locos al beber agua de mar. -¿Cómo es eso? ¿El agua no es pura y dulce como en el Moldava? –Señor, el agua del mar escuece en la boca, parece que haya sido escupida por un judío. Y si uno bebe mucha cantidad, se retuerce sobre sus tripas y más tarde empieza a insultar a todo el que ve, incluso parece ver fantasmas donde no los hay. Cuando uno ha bebido mucha agua de mar lo mejor es terminar con él cuanto antes, ahorcándole o tirándole a los tiburones. Menudo festín se llevan los muy malvados, la sangre los vuelve locos… ¿este collar de coral? El mar lo moldeó así, mirad que pliegues, señor, por sólo seis soberanos será suyo –Dejadlo aparte- dijo sin mirarlo.

 

Aquellos artificios del mar que aparentaba no llamarle la atención, constituían su más preciado tesoro. A solas, en su amplia habitación de la fortaleza, se le iban las horas mirando, inspeccionando aquellos objetos arrebatados al más avaro de los espíritus, el Mar. Conchas que al oído recreaban ecos fantasmales, estrellas de mar y mandíbulas gigantescas de tiburón, incluso tenía, como su objeto predilecto, un diente mayúsculo de cachalote de casi un brazo de alto. A pesar de aquellos cuerpos arrancados de la lengua del Mar, su imagen del Mar cambiaba en un mismo día desde por la mañana, cuando lo imaginaba redondo y dorado en el infinito como un segundo cielo, hasta las noches desveladas, en las que jugando con un artificio de espejos enfrentados quisiera el príncipe calcular la infinita distancia que concebía del Mar, el Mar se miraba a si mismo y así hasta la eternidad.

 

Uno de aquellos mercaderes, moreno y rudo, cuyo torso estaba lleno de arañazos de latigazos le habló al príncipe de Valdeperrillos:

–Yo allí nací señor, esta en la ribera del levante, hay marineros que traen pesca todos los días y se compra y vende en la lonja. Mi casa está cerca de la orilla del mar, en el camino de una vieja abadía que contiene muchos secretos de los que nadie habla. Hay una brisa que alegra la vida y unas gentes nobles y fecundas...

- ¿Cómo os llamáis marinero? me interesa vuestra historia..

- Byron, señor.

- Maese Byron, quiero que lo dispongas todo para viajar hasta Valdeperrillos. Este lugar me oprime y ya llegó el tiempo de la cosecha, mi granero está lleno y mis asuntos resueltos. Llévame al Mar cuanto antes.

 

(Continuará)

 

el principe Boyardo

6 Memoria de aquella que llegó volando

...O,  "La ballena corcovada"

Estaba yo hace poco tan contenta tomando el sol en una de las playas de Valdeperrillos, con las neuronas recocidas del puro calor que hacía, cuando en las toallas vecinas escuché gran algazara y una tipa con aspecto enloquecido nos contó una historia rara.

Dijo provenir de Córcega y explicó que, allá en su isla, se metió en el agua para ahogarse, y con esa idea caminó hasta que le llegó el agua al cuello. Más, hete aquí que en ese punto las aguas se apartaron a su paso y avanzó ella caminando por el fondo marino y ni gota de agua capaz de ahogarla le salió al paso. Dijo también que vio a los peces asomando sus húmedos hocicos entre los muros del agua mientras la aplaudían y jaleaban. Pero ella siguió avanzando triste y amurriada, pues supuestamente estaba allí para ahogarse y no para triunfar entre caracolas, hipocampos y estrellas del mar marino.

Y ocurrió, dijo, que cuando ya estaba pensando en volverse atrás, harta de andar entre corales y pulpos, se cerraron las aguas y el mar entero se le vino encima. Más ella, lejos de ahogarse como quería, empezó a flotar y tuvo que nadar horas y horas sin lograr hundirse, por lo que en corsa lengua se dijo:

“Es bien clar que ye sui atrapé pur l’aigua de la mer sans remisión et que non havre de conseguir de bien mourir si non es de cansamiento”. Entonces nadó y nadó y nadó hasta llegar al Cuerno de Oro y allí vio que se acercaba una manada de dofines y con ellos habló en dofinés y dijo:

“Mes amis los dofins, arréenme singular coleto avec aleta dorsal e ahóndenme en abisales simas, pour plaer”. Más sucedió que los dofines pasaron a su lado y, en mirándola, sonrieron con sonrisa de dofin y siguieron su camino. Y ahí que sigue ella nadando que nadarás y llega al Delta del Nilo y en viendo que se acercaban a su ola un grupo de Piramidones vestidos con piel de papiro, habló en piramidonés –que se parece mucho al egipcio de los faraones- y díjoles:

“O qetu_olet af untar e^fen del fondo del mar lo ven”. Más los Piramidones, que iban por momento crecidos, salieron del agua y quedaron adormecidos a la luz del sol entre las dunas. Y la mujer esa siguió nadando, cansada ya, pero aún llena de vida y energía.

Cambió entonces de rumbo y díjose: “Yo me vuelvo a casa”.

Pero en estas que se acercó (nadando, claro) al norte de África, allí donde espléndida floreciera en tiempos la ciudad de Cartago, y sintió que se acercaban por la izquierda naves remadas por galeotes a punto de naufragar y en idioma galeotés dijo: “Quieran vocés, señeros señores de la nobleza pirata, descargar a los mis lomos sus cien cañones por banda y que por el peso de los mismos me cubra el mar y acábese mi viaje, pues cansada vengo”. Más, en el momento de decirlo, zozobraron barcos y navegantes, de tal suerte que se ahogaron y nunca más se supo de ellos.

(No fue tal la suerte de la vecina de toalla que, ¡ay!, siguió nadando.)

Y así, en esa tesitura, avistó en lontananza las mismas Columnas de Hércules y vio al padre de los Atlantes portando el mundo a sus espaldas.
Y más allá, la mar océana.
Y en ella, atroz manada de ballenas corcovadas cuyas extrañas narices les crecen en la testuz y lanzan por ellas pavorosas crines de agua.

-Esta es la mía-, se dijo. Y, haciendo grandes aspavientos de desdén, en idioma de ballena -que se llama ballenato y se pronuncia en prosa versificada-, se dirigió a ellas con estas palabras:

“Señoras de lo profundo, cuya gran fealdad me espanta -pues no surcaron los mares bestias más destartaladas-, quisiera la mala suerte que ni en tierra ni en el agua pudierais hallar reposo tras oír estás palabras. ¡Mal se secara el océano y perdierais la joroba!, ¡mal os crecieran los brazos y piernas amuñonadas! ¡mal se os quedases los pieses llenos de callos y llagas...

Y aquí acabó el peregrinar azaroso de mi fantasiosa vecina de toalla, pues en ese instante preciso recibió de la reina de las ballenas tamaño coletazo con la aleta caudal, que emprendió el vuelo y vino a caer en medio mismo de la playa en la que me hallaba.

Y esta es su historia y así queda registrada.

Philis, un cuento colectivo

De todos los horizontes del amplio mundo salen caminos que convergen en Valdeperrillos. Al principio llegaba la gente a un pueblo sin nada. Eran gente muy especial y vigorosa, giróvagos y vagabundos que al llegar a este sitio con mar se quedaban a pasar el invierno, porque no iban a llegar muy lejos si seguían andando. En el ágora montaban sus carpas, encendían fuegos y charlaban. Sobre todo charlaban.

Esta cronista no entiende cómo pudo quedar prendida en la atmósfera la conversación siguiente, ni entiende su arcano significado, ni sabe si es una o dos o varias o mil. Pero así fue y así se compendia y transcribe.

Hoy te vi

(Extracto de un cuento colectivo, compuesto y contado entre todos los que habitaban el ágora en abril de 2004)

-Te vi al atardecer, brillabas en la penumbra, detrás de la cómoda y no podía dejar de mirarte, tu belleza me absorbía. Como una monedita de cobre reluciente, me agaché para susurrarte un secreto al oído y te reíste. Tu sonrisa me llenaba, me daba vida.

No sabía yo que era una risa, al principio creí que sonaba el timbre de una bicicleta bajo la ventana, pero no, eras tú, reluciente también la sonrisa.

Te toqué los dientes y sonó un sol, luego un la, luego un mi, y luego un mi y un la. ¡Qué loca la melodía!

Le pregunté el nombre y contestó: Philis.

- Me llamo Philis, dijiste en voz bien alta, hasta la abuela, que ya sabes que está sordita, se volvió al oírte.

- ¿Y de dónde procede alguien tan bello?

- ¿Philis? -preguntó la abuela- ¿quién dijo Philis?

- Abuelita, fue un hada bajo la mesa.

- ¿Hada? No existen las hadas, niña.

-¡ Jolines con el hada! creo que la conozco.

(Eso, lo de que la conoce, lo ha dicho Tia Elvirita. La abuela es la que dice que las hadas no existen, sólo en los cuentos. La abuela no se cree nada, claro, a ella si la sacan de escuchar el viento de los girasoles no atiende a razones. La tía Elvirita estaba muy mayor... En ocasiones dice que escuchaba voces.)

- ¡Por dios, Elvirita!! ¿Cómo puedes vaciarle el seso a la niña diciéndole que conoces a un hada?-

(La abuela fue marquesa cuando era joven y conserva todavía el índice altivo.)

- Conozco hadas y conozco duendes, hermana Gracita –(Esa es la abuelita, la Gracita)- y te recuerdo que me casé con el dueño de un caballo rojo.

- No le metas nada en el cerebro de la niña - (dijo doña Sebastiana, que es la abuela paterna, claro. La materna es Doña Gracita, ¡sorditas las dos, ambas tan sobrias!)

La niña respondió: -¿pero abuela, no oyes las risas?

-Philips, repitió el hada, esta vez aún más alto.

- Te has quedado sin la merienda, Marta.

(Ellas nunca creyeron que Elvirita se casara con el Duende del caballo rojo.

Eran sorditas... pero Elvirita lograba escuchar el nombre de Philip. Se casó, eso sí, con un sinvergüenza de cabello rojizo al que nunca debió guardar carisma, pero Elvirita era imprudente en su juventud.?

-¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡PHILIS!!!!!!!!!!!!!! -Dijo está vez en voz bastante alta el hada

- ¿Lo habéis escuchado?

¡Sí!!! -dijo Elvirita. Sí, niña marta, lo escuché.

- NOOOOOOOOO, -dijeron las abuelas.

(La abuela Gracita sí lo oyó, de hecho fue esa palabra la que le hizo recuperar el oído perdido y la oreja de siempre.)

Martita oyó en la sala de arriba el gong del reloj al dar las doce.

- Philips, -siguió gritando el hada.

- ¡Los duendes del reloj! -gritó Philis- ¿Les oís a ellos?

Suenan las campanas del reloj: benettón, benettón, benettón. (La niña era pija).

(Nadie contesta a la pequeña Philis de bronce reluciente y bruñido. El hada está impaciente y empieza a pensar seriamente en perderse entre las rendijas de los azulejos, iba a hacerlo cuando se encontró un botón rojo. La niña se alertó de que el hada quería escapar. Tendrá miedo, pensó.)

¿Adónde vas Philip? -Gritó la niña.

(Philis, alborotada, ha empezado a volar. Entonces aparece un duende con dos cáscaras de coco que hacen tocotó, tocotó, y Elvirita palpita y Gracita grita. Sus alitas se mueven deprisa y el aire sacudido emite un murmullo, como un zumbidito de abeja maya.)

-Esta niña vivirá siempre un cuento de hadas, -dice el hada madrina.

-Gracita: ¡que se calle el abejorro!

-Elvirita: ¡mi caballero, mi duende, mi caballo rojo, mis cocos!

Cantan las campanas, tililan las lilas.

-Tocotó, tocotó, tocotó, tocotó

-Tio Matías: Señoras se callen, coño!!!!

-Toco toc tocot.

-Dan las doce, tengo miedo.

Salta un rayo, brinca una chispa, canta la campana, se duermen las lilas.

De pronto se oye un golpe seco y áspero

Silencio

Más silencio

El mundo se vuelve loco

Shshshhsshs

Justo al sonar la última campanada entró el forense.

Carros y carrozas de silencio.

Sonó un Philips clarísimo, sobre todo la última “p”.

Tía Elvirita yace en el borde del sofá; desmayada, pálida, desmadejada.

La niña se esconde entre las cortinas largas del salón.

Philis deja de volar y se posa suavemente en su mejilla.

Abrazada a un coco, mirando, sabiendo, guardándose al duende en el rabillo del ojo, suspira Elvirita.

- Elvira...

- Elvira...

- Despierta, Elvira...

- Despierta...

Comienza la tormenta. Elvira abre los ojos y no ve a nadie, va corriendo a esconderse entre las cortinas de terciopelo violetas. Solo siente el suave roce de Philis en su mejilla. (Aunque Gracita sabe que es Philips quien la acaricia. Lo sabe porque ha recuperado el oído milagrosamente, un oído que ahora le acerca unos pasos ahogados.)

Y se oye cantar entre los barrotes de ventanal gótico...

Philip, no me dejes sola. Le suplicó Marta.

- No tengas miedo, le contestó Philip, estaré contigo aunque no me veas, yo soy alto y rojo como un indio Sioux...

(-¿Eres tú?)

... y tengo un caballo que es todo valor,...

... y me casaría,...

(-¿Eres tu al que tanto he esperado?)

... con la Elvira mía.

(Era un cura, venía a bautizar al duende:

-desde ahora te llamarás Felipe, dice el cura antes de irse como ha venido.)

...Si ella me quisiera como la amo yo.

(-¿Es el cura es el que está cantando?

No, no es el cura... el que canta es Felipe, Felipe Gómez, -dice PhiliPs)

Elvira se asoma a la ventana de un gran cuadro de girasoles que adorna la chimenea...

Se oyen en el cuadro unas risas cantarinas...

... suenan como el agua de la fuentecilla de la fonte frida

... como aquel pajarillo que me cantaba al albor.

Y de repente exclama Sebastiana: ¿Qué son esas risas cantarinas que llegan a mis oídos con mucha ternura?

-El philis, -dice Encarnita.

-¡Encarna! ¡Tú por aquí!

(Era el duendecillo en una esquina partiéndose de risa de la sordera de Elvirita, hizo chis y Elvirita recuperó el oído)

- ¿cuándo has llegado?

- Esta mañana.

- Elvirita, Elvirita, dijo el duende, ¿no ves que me llamo Felipe?

- ¡¡Carambita!!...

- ¡¡Carambipe!!

- Todo rima, dice encarna...

... todo rima con caramba,

carambite con Felipe,

carambita con Elvirita...

-A ver, ¿con qué rima Philis? -dijo Felipe.

-¿Con arcoiris?

... y con Philis carambiris.

Sabed pues, damas curiosas,

que entre todas esas cosas

yo me quedo con Felipe

y con su tos y con su gripe,

porque es mozo el caballero

y es tanto lo que le quiero

que voy a comer perdices.

amén.

El ágora, abril de 2004

Naufragios

Al principio, antes de construir los malecones que cambiaron el curso de las corrientes, las olas dejaban en nuestra playa muchos y muy variados objetos que cuidadosamente recogíamos y clasificábamos. Fui yo quien tuvo la suerte de encontrar la primera de la larga serie de botellas que irían llegando, y por eso fue a mí a quien se me encomendó reconstruir las historias que había en ellas.

A medida que llegan voy reparando las notas y rescatando de la humedad las palabras; después las ordeno y archivo, y registro las historias en los anuarios del subsuelo. 

Aunque la mayoría son historias inacabadas -algunas tampoco tienen principio- resultan muy coherentes y creíbles y sin duda podrían estar sucediendo en cualquier momento y lugar en el que hubiera de por medio un naufragio. Además, puesto que siguen llegando botellas -aunque ya sin tanto orden ni a playas tan accesibles como antes-, me anima la idea de que quizá alguna de las historias que navegan en ellas llegue a quedar zanjada para nuestro conocimiento. 

O no, quién sabe, pues no veo muy claro que no sea todo parte de una sola y misma historia.

A Pepe, que me estarará buscando

1er día.

Hace una semana, Pepe, después de nuestra última y memorable discusión, embarqué en este malhadado viaje. Voy al grano, anoche fuimos atrapados por un tifón y un golpe de mar mandó el barco al garete, que en jerga náutica se dice “a pique”. Me hallo, pues, naufragada en algún lugar de atlántico ubicado entre ambos trópicos, aunque no sé con seguridad en qué hemisferio. Probaría lo del efecto de Coriolis si tuviera un desagüe, pero la verdad, Pepe, estoy mareadísima.

5º día

Desde este naufragio, Pepe querido, ya nada de lo referente a la hipoteca del piso, el colegio de los niños, las letras de la nevera, el comedero de las gallinas o la necesidad de cambiar los neumáticos del coche, me importa un carajo, te soy bien franca. Recuerdo que antes, desde la paz templada de nuestro hogar con aire acondicionado, prefería decir “me importa un rábano”, o “se me da un ardite”, o “no vale un maravedí”, pero ahora, con la sed y la fatiga en este frágil bote salvavidas, advierto que la expresión: “me importa un carajo” mientras me sobrevuelan graznando las gaviotas, es adecuada: cruje y resuena como el entorno. Tampoco me importa nada, por cierto, el negocio de huevo líquido liofilizado que con tanta ilusión y éxito hemos estado lanzando los dos. Hace un sol matador en esta balsa de caucho sin remos en la que me hallo a la deriva, naufragada en adversa singladura, perdida en medio de la inexorable mar océana.

Por cierto que no es menos mala esta experiencia tan extraña de hoy que aquella otra, que ya te he comentado alguna vez, en la que me vi -como el Conde Alarcos- vencida de mi misma, sin caballo y en galeras, encarnando a una vaca cósmica que, presa de piratas, buscaba enloquecida el amor de un alcornoque. (Si no llegué a contarte aquel suceso y te interesa conocerlo, recuérdamelo cuando salga de este marasmo y te lo explico con todos los detalles que la historia requiere, pues ahora, con la puntita de lápiz que me queda y en reverso del ticket del aparcamiento, poco más de lo que escribo puedo poner).

Desde luego, Pepe, es un agobio eso de no saber cómo despertarás mañana. Cuando la vida transcurre tan desordenada y confundida que no paran de mezclarse capítulos ajenos con los propios, puede suceder lo que hoy ocurre. Resulta que te vas a dormir en una fría noche de Enero, ama de casa cargada de deudas e ilusiones, propietaria de una próspera empresa de huevo liofilizado con mil gallinas ponedoras; y despiertas un mediodía de Abril en pleno océano, a la deriva en una gabarra efímera, bajo un sol abrasador.

Carne soy de naufragio, Pepito.

Te diré, para acabar, que el cielo está hermoso y el horizonte despejado. En la noche de esta parte ignota del mundo brillan a miles las estrellas, tantas que se diría que la oscuridad es toga de nazareno llena de agujerillos y más allá de ella luce un sol inmenso, menos amarillo e inflamado que éste de aquí, que es de fuego y no deja de abrasar.

Pepe, espero que me estés buscando y no tardes en encontrarme. ¡No veas las ganas que tengo de volver a interesarme por nuestras gallinas! Te quiero mucho, ya lo sabes.

6º Día

Ah! por cierto, Pepemío, se me olvidaba decirte que no tengo sed cuando me duermo y duermo mucho, quédate tranquilo.

A Pepe... -2-

7º Día

Ayer hubo más tormenta de lo habitual. Afortunadamente, porque estaba pensando que no sabré qué contarte cuando al fin nos encontremos de nuevo. Cualquiera pensaría de antemano que cuando al fin te hallas definitivamente naufragada ya no pasa nada, pero no es así, al contrario, suceden cosas muy inhabituales en tiempos de naufragio. Te diré sin más preámbulos, que las corrientes marinas en esta zona del mundo, no sé si será así en todas, son extraordinarias. El mar cambia de color y se emborrona según se altera la dirección en que camina el agua. Eso cuando camina, claro, que a veces corre tanto que parece como si estuviera la faz del mar en guerra con las honduras y subieran y bajaran en estampía las milicias del agua desde las simas abismales hasta la superficie, o de norte a sur, o todos contra todos, tropezando y arremolinándose. Y luego firman el armisticio y ya nada ni nadie se mueve –ni siquiera, a ritmo de suspiro- sino que todo permanece inmutable y en silencio absoluto. Entonces la superficie del agua tiene un color blanquecido y parece que hubiera charcos de aceite en calma total. Es enloquecedor, Pepe, así que enloquezco.

9º Día, a media mañana
Hoy estoy perfectamente, Pepitomío, recuperada cabalmente del desvarío del pasado lunes. Todos los días son lunes en esta zozobra inmensa. Al despertar esta mañana estaba el mundo en calma chicha y a lo lejos he visto un punto negro que por momentos se agrandaba. ¡Qué derroche de gozo el mío convencida como estaba que no tardaría en ver una columna de humo blanco brotando de la chimenea del paquebote que venía dirigiéndose hacia mí!

(Me gusta la palabra paquebote, Pepe, cada vez que me la digo le pongo guiones y pronuncio: pa-que-bo-te y me imagino una pelotita de caucho que va por la ahí como si estuviera viva, saltando y tan contenta).

O, a falta de paquebote y dadas las circunstancias, imaginaba al menos un barco capaz de botar sobre las olas y de hacerle un quite a la corriente adversa, trayéndote hasta mi para rescatarme de la deriva. Pero no. La mancha se acercaba y no traía con ella humo, ni pa-que-bo-te, ni ruido de hélices, ni olor de hierros oxidados por el salitre de la mar. No traía, sino, una barquichuela de madera con un único náufrago tan desmantelado como yo. ¡Cómo se ha alegrado al verme, el infeliz! Y yo también, que he creído que eras tú.

Bogaba hacia mí con un empeño de galeote y no estaríamos a más de un par de docenas de metros el uno del otro cuando de pronto se han despertado las aguas con una tal convulsión que su barquita ha saltado cielo arriba y la gabarra mía se ha venido mar abajo y me ha caído luego encima. Tan cerca estaba que al alcance de la mano le he tenido, incluso he llegado a rozarle. He visto su cara, sus ojos, su sonrisa de alegría y su expresión estupefacta cuando el mar nos ha llevado otra vez, a cada uno por un lado. Lloraba el pobre. Me ha dado pena.

9º Día, mientras anochece.

Ahí está mi nuevo vecino, impreciso y oscilante, a media distancia. Nos llevó la mar, como te dije, dando tumbos sobre las olas sin llegar demasiado lejos. Tanto que no llego a distinguirle las facciones pero puedo oír su voz cuando el viento lo permite y reconozco sus ademanes e intuyo sus cambios de humor. Cuando cierro los ojos y dejo columpiarse los sentidos y menos atenta estoy a lo que veo y oigo, a lo que palpo y huelo, más advierto que una corriente vigorosísima de entendimiento se establece entre nosotros. Y si agita la mano su gesto me llega sugerente, lleno de sensaciones y significados. Entonces todo en mí es ternura y se me funde el alma y me brota por los ojos llena de añoranza y aflicción. Sé que no eres tú, Pepitomío, pero en la distancia me haya dado en soñar que así es, e imaginarte.  

(Además, aunque eso no viene al caso y tal vez requiera ulteriores explicaciones, también comprendo con claridad que la tierra es redonda.)

****

A Pepe... -3-

En un tiempo indefinido

Cansada de esta soledad ardiente y ansiando finiquitarla, decidí anoche morir remando y usar como remos estos largos brazos y piernas con los que la naturaleza tuvo a bien dotarme. Amanecí pues braceando y pateando por encima de la escueta amura de mi embarcación, ora de cara y ora de cruz, porque sea cual fuere la postura que prefiera en un momento dado, al siguiente me siento molida y llena de cansancio; razón por lo que la voy variando continuamente.

****

Inesperadamente hemos tocado tierra tras meses y meses, creo que seis o siete, de bracear afanosamente en este insoportable mar de tedio. Hace unos días al atardecer avistamos la silueta de una isla y de pronto, algo antes de lo acostumbrado, cayó la noche y con ella un viento intemperado que levantó grandes olas y nos lanzó a una playa pedregosa que me ha dejado en el cuerpo más de una refregadura y algún morado. Yo caí primero, el balsero se me vino encima después, como suele ser.

Tengo que reconocer, Pepe, que tras meses y meses de divisarnos a media distancia sin llegar a entender nunca lo que nos escuchábamos decir, sin imaginar siquiera el olor de la piel del otro ni compartir sensación táctil alguna, me sentía azorada por tener al náufrago tan a mano, aunque estaba más flaco que un lápiz de esos que tienen un pincelito en el extremo.

Deliraba. ¡Qué cosas me contó el pobre! Explicó que había sobrellevado la estrechez de aquel naufragio porque tenía la plétora llena de reductos de pequeñas memorias cargadas de energía y como él había nacido entre tritones tenía facilidad para esquivar mandíbulas de tiburón o barbas de ballena o tentáculos de fiero calamar. Entiende que tuve que consolarle, pepemío, pues comprendí que estaba con la razón perdida y mareado por la inexorable inmovilidad de la tierra firme.

También a mi me mareó, y mucho, la interrupción del desequilibrio. Al rato de llegar estaba tan incómoda y desmayada que me recogí a descansar bajo las palmas de unos árboles enormes cuyas raíces se hundían en el mar. Y no sé el tiempo que llevaría durmiendo -si un día, si dos o si más- cuando una horda de salvajes mal vestidos o mal desnudos, no puedo asegurar si lo uno o si lo otro, se vinieron sobre nosotros y nos atraparon inmisericordes y allí mismo, sin atender a mis gritos ni a los suyos, empezaron a devorarse a mi recién materializado compañero. Y mira, Pepiño, cuanta no será su mala fortuna que habiendo podido el pobre sobrevivir con ventaja a la furia del océano y las bestias marinas, le está costando encajar con los Suatjes -que así se llama este pueblo de indocumentados protomegalíticos con los que ahora comparto mi azarosa existencia- y que le llevan comido ya al pobre una pierna y medio brazo.

Yo, sin embargo, estoy bien. Contando así con los dedos, calculo que es hoy el día nonagésimo tercero desde el de mi naufragio.

A Pepe... -4-

Tercera semana en tierra firme.

De sorpresa en sorpresa voy, Pepemío, con la gente ésta y con las cosas de esta tierra.

Te cuento que más allá de la playa y de la franja de broza y maleza que conforma la primera línea de vegetación de la ínsula, se extiende hasta el pie de las colinas un llano de tierra cultivable sembrado de árboles henchidos de frutos y matas de vegetales semejantes a los típicamente huertanos -aunque aquí solo comemos semillas y sufro más por hambre ahora que cuando pescaba minúsculas formas de vida marina con un calcetín en el fatigoso océano de mi extravío-. Aunque poco sé de la vida agraria, de lo que veo me atrevo a aventurar que eso que parecen zanahorias son zanahorias, y esa especie de tomates son tomates y así mismo juraría, Pepemío, que esa variedad análoga a berenjenas y calabacines, son berenjenas y calabacines. Y hay también cantidad abundante de palmeras datileras y un río terroso y de poco caudal en cuyas riberas crecen adelfas y carrizos.  Y ocurre, además, que el tiempo de mi zozobra me ha dotado del don de lenguas, tan es así que si presto oído atento casi entiendo la jerigonza que hablan estas ferocidades medio humanas de apetito caníbal y pantagruélico. Y no solo esto, sino que me da por ver que aquella mujer rotunda que arranca con las manos las malas hierbas del terreno, es una huertana típica. Te aseguro que todo cuanto veo y huelo en este paisaje me resulta familiar y yo diría, si hubiera a quien decirlo y no fuera que naufragué en el Atlántico sur, que no ando muy lejos de Elche o de Murcia o Cartagena.

Pero no des tal extremo por certificado hasta que llevemos a analizar las simientes que voy echándome a la faltriquera –no sin previa sonrisa falaz e interesada a las fieras, pues parecen éstos muy celosos de todo lo que su tierra contiene, sea bueno o malo, y muy sensibles también al halago, y veo que se complacen satisfechos ante mis gesto de maravilla y, en cambio, cada vez que frunzo el ceño o tuerzo el morro se enojan y echan mano a los navajones mirando con avidez al pobre náufrago. He de decir, sin embargo, que en varias semanas no han vuelto a espetarle bocado alguno y creo que prefieren las semillas y las hierbas que recolectan en sus sembradíos que seguir zampándose al infeliz-. Yo le cuento al pobre que como entiendo el galimatías que hablan los susodichos, barrunto que no hallaron agrado en el dulzor de sus carnes. Así a mi náufrago se le serena el ánimo mientras le cicatrizan los muñones.

Se apaga el día y son muy dadas a la fiesta las gentes de estas tribus. Cuando anochece cantan y bailan con muy buen tono y ritmo apreciable y beben vinos fuertes a la par que se dicen requiebros de amor.

Yo no dejo de pensar en ti, Pepitomío, te lo juro. PatoSi me abrazo al náufrago -por tal de parecer ocupada en los mismos menesteres que nuestros captores y no llamar su atención ni sugerir desastres a sus mentes aviesas- pienso en ti y me digo que si estamos avizor, podremos escabullirnos entre suspiro y suspiro y hacernos de nuevo a la mar aprovechando alguno de esos muchos momentos en que están tan dedicados a los asuntos de la pasión.

Tal vez huyamos mañana.

A Pepe... -5-

Estoy lenta en el pensar y el entender, Pepequerido. Debo achacar la pereza de mi entendimiento al tórrido batir del sol y a su efecto en el uso normal de la razón. O, lo que es incluso más probable, al efecto que ha producido en mi ánimo la semejanza de esta tierra con las aledañas a la que dejé atrás al embarcarme, pues es tanto el parecido, que durante unos días llegué a creer que estaba llegando a casa. Hoy, sin embargo, he estudiado nuestra posición en la cúpula celeste y puedo afirmar que estamos en las antípodas. Ello implica, como la palabra misma indica, que lejos de estar a punto de encontrarnos cara a cada, estamos sujetos el uno al otro por los pies, a un mundo entero de distancia.

Pero es éste tan parecido al nuestro, Pepemío, que me da por pensar que sea cierta, o casi cierta, aquella fantasía que dice que todo cuanto nace en la tierra está agarrado a ella por un cepellón enorme que la cruza toda entera, de tal manera que a todo naranjo de aquí le crece en la punta de las raíces otro naranjo idéntico en las antípodas y allí todo paisaje es réplica del que le queda al otro lado. Y como los paisajes condicionan y casi forjan a la gente que los habita, también las gentes de aquí se dan un aire fiel a los de allá, aunque en algunos aspectos diferimos sustancialmente, cual es uno de ellos ese de tener afición a devorar carne humana.

Hoy estoy triste, Pepitoquerido, porque ayer, entre huertos y palmeras, pensé  que estaba llegando a ti, que algún extraño milagro había dirigido las mareas de mi naufragio hacia las costas mismas de las que salí, y hoy, viendo la magnitud de mi error, he entrado en crisis de llanto, aunque lloro a escondidas y previo esconder a mi náufrago mutilado bajo palmas de cocotero, pues a los salvajes de esta tierra todo lo que no sea risa, jolgorio y carnosa tibieza, les enerva y hace irrumpir en ellos sus instintos más convulsos, y yo sigo temiendo que nos coman.

Dos caminos tengo para volver a casa y a cual más arriesgado y difícil. Uno de ellos me llevaría a cruzar las entrañas de la tierra siguiendo esos canalillos de vida que la traspasan para duplicarse al otro lado y, por ellos, atravesar el nife, remontar sial y sima y emerger a la corteza tras una peña aledaña a nuestro corral de gallinas. El  otro me enfrenta de nuevo al gran océano y a las fieras hordas del salvaje mar.

Salvaje la tierra y sus gentes, salvaje el mar, salvaje la situación que enfrento. Solamente tú, Pepemío, en el mundo entero -replicado en este náufrago que cada vez más parece tu sosias demediado-  encarnas la finura y el agrado y no eres bárbaro y montaraz, ni feroz ni despiadado.

Epistolario ultramundano

Proemio a modo de aclaración.

Hace pocos meses tuvo lugar en nuestro foro de alagora un sorprendente cruce de correspondencia entre desconocidos que parecían provenir de los mismísimos intersticios del ultramundo. Seguimos con interés durante unos días aquel intercambio entre aventureros prodigiosos y hoy, - Herodoto haciéndose eco de la voz de uno de los protagonistas, Bujumbura; y yo misma tomando la voz de la otra, Maramanta-, traemos a estas costas de Valdeperrillos lo que llegamos a conocer de aquella historia fascinante e inacabada.

Fuentes bibliográficas: http://boards4.melodysoft.com/app?ID=alagora&msg=5204

1.- Buscando el lugar

Ya sé que las trivialidades y ligerezas deben de tener su lugar en algún sitio, ya sé que podría contar cosas así en algún otro foro donde me leyera gente que lee tonterías livianas y las disfruta, pero creo que no hay sitios así y si los hay no los encuentro.

Si jugué al poker en un elegante casino de la Habana con Robert Redford y perdí y bailé un bolero con él y le seduje para luego unirme a la revolución y hacerme amante del camarada Vargas Montero, cetrino, alto, elegante y tentador, ¿a quién y dónde lo cuento? ¿Lo saben ustedes?

Fdo: Maramanta

3/02/2006

2.- Por curiosidad

¿Se refiere usted al que ahora es director de la Empresa Provincial Industriales Locales no Alimentarias, el señor Renán Vargas Montero?

 

Fdo: Bujumbura

4/02/2006

3.-Camarada Lizardo

¡Que atento al contestarme! Muchas gracias.

Pues no, no conozco al Vargas Montero que usted nombra.

El camarada al que yo me refiero tuvo por nombre propio Lizardo y había nacido en algún villorrio de la parroquia de Arequipa, en el Perú, terminando sus días, olvidado en ominoso silencio, en los manglares del delta del Orinoco. En aquellas ciénagas de Dios le pasó al pobre de todo y envejeció rodeado de muchos males. Sufrió de anginas de pecho, enfermedades en los ojos, parásitos piojosos y agusanados, aftas, escoceduras, bronquitis con y sin asma, sordera grave y aguda, disenterías, diarreas, lepras varias, ictericias... y muchas enfermedades más de cuyos nombres no quiero acordarme.

Sí, sé que mi estilo es cervantino.

Fdo: Maramanta

6/02/2006

4.-El inefable Renan Vargas Montero

Verá, es que conozco personalmente a Renán Vargas Montero y no es alguien cuya compañía sea recomendable, sobre todo para una señora. El individuo en cuestión sedujo a mi exmujer aprovechando que en aquella época estaba yo en la cárcel acusado injustamente por haber extorsionado a un compañero de trabajo de costumbres poco recomendables. Llegó incluso a tener una hija con ella. Yo no me enteré de nada de esto hasta el día en que cumplí la condena y, al llegar a mi casa, vi una nota de mi mujer en la que me lo explicaba todo y me decía que ya no me amaba y que se iba a Puerto Ayacucho, en el amazonas, donde El señor Vargas Montero estaba al parecer en una misión para el gobierno de Cuba. Años más tarde me enteré que Vargas Montero había rechazado a mi ex mujer y, abandonadas ella y su hija en el amazonas, fueron apresadas por una tribu caraíbe, donde murieron al poco tiempo en unas circunstancias muy desagradables que prefiero no relatar.

 

Me alegro pues de que todo haya sido una mera coincidencia de apellidos. Espero también que se encuentre bien de salud y no le haya contraído el señor Lizardo ninguna de esas terribles enfermedades que menciona, ni tampoco ninguna de las que no menciona.

 

Atentamente suyo,

 

Bujumbura.

6/02/2006

5.- En la Indonensia

Lamento lo de su señora esposa y la hija de ésta que no lo fue suya. El Vargas montero de usted parece mucho menos deseable que el mío.

Respondiendo a su pregunta, decirle que tanto en la actualidad como en los últimos días de mi pasado reciente me hallo abatida por accidente fortuito y reposo enajenada del mundo y suspendida en hamaca entre palmeras de la paradisíaca isla de Kepulauan Tanimbar, sorbiendo zumos de piña y otras frutitas exóticas mientras los nativos en la orilla hacen sonar caracolas y se agitan moviendo en el aire afiladas cimitarras y ristras de flores carnívoras de pérfidas coloraciones.

Reciba sincero afecto de

Maramanta

7/02/2006

6.-Sin duda es usted muy viajera

Supongo que comprenderá ahora por qué cuando leí los apellidos 'Vargas Montero' recordé aquellos acontecimientos de mi pasado y creí conveniente advertirla. Yo quería mucho a mi mujer y fue todo muy penoso para mí, y cuando oí su relato me volvió todo a la memoria. Espero que se recupere pronto de su accidente y, si le parece bien, me gustaría que se pusiera en contacto conmigo cuando vuelva usted a América. Por cuestiones de trabajo viajo mucho por la zona (salvo Bolivia) y probablemente me sería fácil tener un encuentro con usted para recordar viejas historias. Además me encantaría conseguir una de esas plantas carnívoras de Kepulauan Tanimbar. No se preocupe por ellas, se las llama carnívoras, pero por lo general solo comen insectos y, en el peor de los casos, algún animalillo pequeño. Tenga sin embargo cuidado con las cimitarras. Sin duda los nativos serán muy hábiles en su manejo, pero siempre pueden tener alguna distracción. Espero recibir pronto buenas noticias suyas. Atentamente, Bujumbura 7/02/2006

7.- Hecha añicos le espera

Pues sí, viajar me gusta y más que me gustaría si consiguiera controlar la tendencia de mi naturaleza a los desembarcos forzados en lugares no siempre de lujo tan sicalíptico como el que ahora me alberga. Aquí llegué cayendo desde un globo aerostático deshinchado en el que navegaba proveniente de la isla de Borneo quedando quebrada en varias partes. Otro día le cuento a usted el quid de este suceso.

Nada que ver estas costas índicas con la correosa ferocidad de aquella selva en la que quedó difunto, luchando contra ciclópeos mosquitos del tamaño de un puño, mi fascinante camarada Vargas Montero, (que no es el suyo, pero me pregunto, hombre, ¿cómo se le ocurrió jugar a los desfalquitos desde la cárcel mientras su señora esposa procreaba hijos ajenos?). Lo cierto es que regresar al pantanoso escenario de aquellas denodadas batallas o a sus aledaños no será posible hasta que se me arregle todo entero el fenotipo accidentado, que no será pronto porque aquí se vive bastante mejor que en las malditas marismas orinoqueñas.

Podemos vernos en un café si le parece, fije usted lugar, día y hora.

Esperándole impaciente,

Maramanta       

7/02/2006

8.-Creo que podría ser este sábado

 

Perdoneme por no haber respondido antes, he estado un par de días liado con unos asuntos en la frontera entre colombia y brasil y al final he tenido que ir por la jungla, lo que me ha traido penosos recuerdos. Por suerte la empresa que estaba llevando acabo parece que va a llegar a buen puerto y, con un poco de suerte, creo que dispondré de 4 días libres a partir del próximo sábado. He comprobaso que Kepulauan Tanimbar no dispone de aeropuerto, y como ir en globo sería poco práctico, voy a ver si consigo que un amigo de confianza me preste su helicóptero por unos dias. Usted que viaja mucho ¿sabe cual es la autonomía de vuelo de tales aparatos?

No conozco nada indonesia, pues aunque tambien yo viajo mucho, mis correrías nunca me han llevado más lejos que América, así que me tendrá usted que decir como llegar a algún lugar en concreto ¿Tiene Kepulauan Tanimbar algún lugar característico que sea bonito, tengan buen café, y disponga de helipuerto?

Impaciente por recibir su respuesta, un afectuoso saludo

Bujumbura

8/02/2006

9.- A lomos de tiburón

Alicaída estaba yo, especulando que no debía ser usted amante del café y considerando la posibilidad de proponerle una cita que diera pie a la ingesta de brebajes más impensables, cuando, ¡qué simpática idea la suya!, he caído de la hamaca presa del espasmo que desencadenó la sin par idea del helipuerto. Usted es verdaderamente gracioso. Los indígenas soplacaracolas quedaron estupefactos y estupefactos siguen ante el estallido de risa que leer ese dislate me produjo. Cuando les expliqué el qué de la cosa también ellos soltaron trapo holgadamente.

¡Helipuerto dice! Aclararle solamente que caí del globo aerostático y di en estropearme -aunque estoy francamente recuperada- en la pluviselva más salvaje, impenetrable y condensada del planeta. Sobrevolarla es posible, aterrizar en ella, definitivamente: no.

Sin embargo no vivimos ajenos a la modernidad en este micromundo vecino del recién descubierto jardín del edén, nuestra tecnología es avanzada y somos el último pueblo del mundo que gobierna y cabalga tiburones. Enviaré a la vecina isla de Pulau Buru una cuadriga oceánica conducida por cuatro de estos nobles brutos epipelágicos que le recogerá para traerle hasta Kepulauan Tanimbar.

Oiga, ya que viene para acá tenga a bien traer consigo una cantidad no desdeñable de pilas AAA.

Emocionada queda siempre suya.

Maramanta

9/02/2006

10.- Afectada

¡Oh catástrofe, mi buen amigo Bujumbura! Lamento por la presente verme obligada a suspender nuestro encuentro y aplazarlo sine die.

Desgraciadamente nuestro intercambio tan formativo y enriquecedor de misivas ha sido interceptado y confiscado por el camarada Enésimo Almazán, insigne capitán de la guerrilla tolteca, al que había yo jurado y prometido en seis idiomas –tres de ellos inventados- que el entrañable camarada Vargas Montero y yo misma seguíamos guerrilleando y abanderando su causa en los manglares del Orinoco mientras él inexcusablemente pagaba la escuela de los hijos que no tuvimos. Ha montado en cólera pues se siente estúpidamente estafado. Le pediría a usted, si ha lugar, que me preste a la hijita de su difunta y a alguna otra criatura si la hubiere en su vecindad y puede ser, pues está el hombre empeñado en que o tengo los hijitos cuya escolarización pagó o me demanda por estafa en tercer grado y última instancia.

Aprovechando que entra la brisa y que los soplacaracolas han recosido e hinchado -mal que bien- el estropiciado globo en que llegué, huyo rauda hacia los polos. No sé aún a cual de sendos. En cuanto llegue a uno u otro contactaré con usted. Lástima de las pilas AAA.

Irremediablemente afecta a usted le saludo. Maramanta

11.-¡Dios mio!

 

He de reconocer que me estaba angustiando ante la idea de cabalgar un tiburón, ¡pero es una desgracia lo suyo!, parece tener serios problemas y, mucho me temo, no va a poder escapar de ellos en globo.

Su idea no me parece muy buena, la hija de mi exmujer murió con dos años y le iba a ser dificil justificar que ha estado escolarizada todo este tiempo, además los abogados del señór Enésimo Almazán podrían descubrir probablemente su partida de defunción. Creo de todos modos que puedo ayudarla. La única idea que se me ocurre es Crear identidades falsas para sus hijos, es algo que me sería relativamente facil conseguir en Colombia, Venezuela o Brasil. ¿Le había dicho a Enésimo Almazán algo acerca de la residencia de sus hijas? Necesitaría saber de cuantas personas hablamos, sexo, nombre, pais de nacimiento y pais de residencia, así como cualesquiera otros datos que Enésimo Almazán pudiera conocer. De todos modos tampoco es esto una solución completa, pues una cosa es falsificar identidades y otra cosa mucho más dificil es falsificar personas. Respecto a esto último no se me ocurre nada que pueda hacer, y si el señor Almazán desconfía de usted tal vez quiera conocer a sus hijos para asegurarse. Piense en todo lo que le acabo de decir, para ver si a usted se le ocurre el modo de cerrar la solución al problema.

Por otro lado, no me parece buena idea la huida en globo a cualquiera de los polos. En primer lugar porque eso no la va a proteger de los abogados del señor Almazán, y en segundo lugar porque hace mucho frio. Si no son abogados lo que teme, sino alguna especie de amenaza física, creo que yo mismo podría proporcionarsela en Colombia. Espero pronta respuesta suya, antentamente,

Bujumbura

9/02/2006

12.- Energías alternativas

Tiene usted razón, huir en globo no es huir. Luego le cuento los detalles de la filiación de los supuestos hijitos que nunca tuve, pero sin prisas pues deberé inventarme para usted toda la coyuntura que tengo pendiente de invento, por mi gran pereza, desde hace trece años en que, harta de miserias aderezadas con fiebres y diarreas en la selva tropical de las américas, le vendí la moto al sanguinario Almazán de los boliches con la idea de sacarle una pensioncilla y largarme a los polos. Y hasta ayer la jugada fue exitosa, pero el señor Enésimo Almazán no tiene abogados sino machetes, no tiene razones sino fierezas y es más peligroso que este globo protervo que como siempre se quedó sin aire en el momento más esperado y preciso. Nunca, y hoy tampoco, se ha marcado este globo el detalle de regalarme una sorpresa.

Y aquí estoy pues, de nuevo en tierra en medio de un gélido paisaje cercano a uno de los dos polos y urgida por la necesidad de fijar las coordenadas de este atolón helado en un pliego de cartas astrales correspondientes a esta parte del mundo. Cuento para hacerlo con escuadra y cartabón -espero que sirvan- y una asignación importante de barbarie intelectual, que en la mayoría de los casos es un buen bagaje para desenvolverse en condiciones de tan extremo desahucio. Se me está escarchando la nariz y apenas me quedan media docena de pilas AAA. O consigo hacer un puente entre la batería del portátil y el molinillo de café que siempre viaja conmigo o nuestro tiempo se acaba, mi buen amigo Bujumbura.

Esperando encontrarle pronto avanza en la niebla,

Maramanta.       

10/02/2006

La noche de la inglesa

 1 de agosto. También este año es miércoles. Los cinco estaremos allí, juntos cenaremos en la playa y volveremos a recordar cada detalle preciso, cada segundo y cada movimiento de aquella tarde fatídica en que perdimos la fe para siempre. Cada 1 de Agosto, mientras dura la cena en la playa, bajan las temperaturas y hace frío. Cada año en este día se congela la noche y las estrellas dejan de centellear.

 También aquella tarde, como hoy, quemaba el aire. Más allá de la calita alentaba el mar tenebroso y en la orilla de arena blanca dormitábamos nosotras con un sol de cobre, enorme y sediento, pegado a los ojos y a la piel.

Modorrita de una tarde de verano en que se oía crepitar la vida entre los pinos y en la arena. El agua estaba verdísima y mi hermano Félix y los chicos del souvenir - dos recios mellizos y un pequeñajo regordete que parecía una peonza-, disfrazaban con risas y juegos de pelota su intención de ligar con las inglesas.

¡Ay, las inglesas! ¡Mala suerte que no la viéramos irse a la chica inglesa! No nos fijábamos en ella. No vimos que se la llevaba la resaca, que arrastraba la marea su colchoneta transparente, mar adentro. Y ella también sin enterarse; estaría dormida. No la vimos alejarse a tiempo de avisarla y detenerla. Ni siquiera lo advirtieron Félix y los Recios Gemelos, que solían bucear para mirarle la tripa desde debajo del agua. Pero es que justo aquel día, en aquella hora, no se bañaban. Estaban jugando a palas cerca de nosotras, rociándonos de arena y fastidiándonos la siesta.

Y ahí se iba la inglesa. Se iba sutilmente empujada por la brisa, a la deriva, sin que nadie se diera cuenta.

Fue el pequeño Peonza quien dio la voz de alarma. Parecía un vocero de circo mientras gritaba: "¡Peligro, peligro, que se va la inglesa! ¡A las playas de Argel va a llegar si alguien no lo remedia!". Me despertó con sus gritos y viendo que la inglesa, a bordo de su frágil colchoneta, había salido ya de la cala, me sentí paralizada y sin saber qué hacer. Fijo que ésta no vuelve, pensé, la resaca es fuerte y no podrá volver. Se perdió la inglesa.

Magrit era lúcida y rápida. Además, gustaba demasiado a los gemelos como para no tenerla en cuenta. Así que, cuando tuvo la idea de birlarle un par de velomares al playero, los chicos recios del souvenir la secundaron de inmediato. Y ahí que nos fuimos pedaleando como locos a rescatar a la inglesa. Félix, el Gordo Peonza y yo tripulando un velomar; Magrit, con los Mellizos rotundos, en el otro; y unos y otros perseguidos por las maldiciones diabólicas del playero: ¡Mal se os caigan los dientes, perros de la mar! ¡Malditos seáis, gamberros! ¡Mal os perdáis para siempre en el piélago, ladrones! -era un poeta el playero-.

Nadie que no la conozca sabe del poder de la resaca. Diez veces más deprisa iba la colchoneta deslizándose sobre el agua que las enloquecidas piernas de seis esforzados chavales pedaleando como galeotes sus patines de mar. Tres horizontes debieron interponerse entre la tierra y nosotros antes de que cambiara el viento, parara la marea y alcanzáramos, horas después, a la atormentada inglesa. Estaba despierta ya y nos había visto. Desde lejos agitaba los brazos y esperaba nuestra llegada. Llegamos hasta ella alborozados, aullando vítores y eurekas. Se iba poniendo el sol.

Cayó al agua la inglesa cuando pasaba de la colchoneta al velomar. Estaría cansada o debía de pesarle más el culo que la cara, porque no volvió a salir espontáneamente a flote. Se lanzó Magrit a ayudarla, siempre era ella la primera en reaccionar. Pero algo fue mal, porque tampoco salió del agua. Uno de los recios gemelos se fue tras ellas, volvió al rato arrastrando a la inglesa por los pelos. Tosieron ambos mientras subían al velomar, respirando a duras penas. Se estaba haciendo de noche.

Allá se fue el otro gemelo. Iba gritando, ¡Magrit, Magrit! Gritando se tiró al agua y a mí me pareció -mientras llorábamos y esperábamos- que allá, bajo el agua, seguía gritando y llamándola ¡Magrit, Magrit! Había oscurecido ya.

El aire abrasado contra el acantilado, me parece el mismo hoy. La misma ensenada, el mismo puerto y el mismo agujero en las entrañas del mar.

 

Poema en prosa para una vaca

 

Los cien mil ojos de la noche te miraban, Vaca, bañada en luna. El sol del día, disimulando y envuelto en bruma, te perseguía y colgaba en tus cuernos luz de planetas y lucerillos.

Y la noche entera te repudiaba, vaca, por ser hermosa, por ser tan linda, tan primorosa, por los novillos que te seguían y te voceaban, por los mugidos del toro bravo que te adoraba. La noche entera, Vaca, la negra noche, por ser vaquilla te desdeñaba.

LunaBruna, diciembre de 2004

Poema en prosa para una vaca. Dos

Yo te miro, Vaca, y me lamento por ser árbol nada más.

Y me pierdo en el sueño de ser tábano merodeando en tu cruz aventurera, o ser una mosca fiera sacudida por tu cola bailarina. O ser hormiga, o ser pulga saltimbanqui dormitando en tu frente vivaracha.

¡Ay! ¡Quién fuera el buen Pulgarcito devorado en tus entrañas! ¡Quien nadara, renacuajo de las  aguas cristalinas de este regato del prado en el que calmas tu sed!

    ¡Quién pudiera ser tú misma, vaca, quién pudiera ser tu alma!

Poema en prosa para una vaca. Tres

Te quiero, vaca, porque tu piel encuentra los rayos del sol entre las rendijas de mis sombras y porque en tu mirada estúpida palpita la vida plena de una vaca tonta.

Te quiero, vaca, por tu sonrisa hierática y campanuda, por la convulsión nerviosa de tus orejas, por tu conjetura intercostal y tu testuz caprichosa, te quiero por tus cuatro plegarias rumiantes y por tu falta de fe, por tu ignorancia del futuro y desmemoria del pasado.

Te quiero, vaca, porque eres mi vaca, porque no eres tordo ni paloma, ni mujer, ni niño, ni peonza, ni muchacho hermoso de cintura hermosa.

Te quiero, vaca, porque eres mi vaca y yo soy tu alcornoque. Paces a mi sol, duermes a mi sombra y cada amanecer la hierba se humilla al son de tu
pezuña, reverbera el aire y el viento te silba: ¡ahí viene la vaca con sus contoneos desde los corrales! Y apareces tú.

¡Qué vaca tan grande, qué vaca preciosa!

Poema en prosa para una vaca. Cuatro

Te has puesto a mugir a gritos que te vas de vacaciones. Vaca, me muero de envidia de verte capaz de gozar con nada, de imaginar mañanas ¡y de vivirlos, caramba! ¡Yo que ni siquiera solté jamás una carcajada! Eres, vaca, una criatura obtusa e insensata. Inventaron para ti y para tu excentricidad una bonita palabra: tolón, tolón, vaca-vaca, loca-loca, atolondrada.

Rompes la monotonía de los días tan iguales con ocurrencias extrañas. Alcornoque, estás muy serio. Y tú, vaca, atolondrada (se me llena la boca al pronunciar la palabra). Y me dices: es que estoy enamorada de lo mejor de la vida. ¿Y qué es ello? te pregunto; me respondes: tu alegría.

He tenido que sonreír desde las ramas más altas para que no lo vieras, vaca. Los alcornoques tenemos, retorcidas y veladas, sonrisas como sarmientos impropias para una vaca.

Poema en prosa para una vaca. Cinco

A la sombra de un alcornoque la vaca mía, cuando me mira, la veo sonreír. Es la vaca más primorosa de todo el prado, la más dilecta, la más feliz.

(Cuando te vas me marchito, vaca, y comprendo que no hay rincón en el mundo en el que tú no quepas; ninguno es tan grande que te haya perdido ni tan menudo que no pueda hallarte. No hay prado, ni guarida de fieras, ni instante infinito, ni universo inmenso, ni fragante atmósfera que no retenga memoria de la cadencia de tus pasos, del aroma de tu aliento y del eco rozagante de tu voz. Donde miro te intuyo, Vaca, y por desentrañarte escarbaría enlo recóndito, escalaría lo impenetrable e indagaría en lo subrepticio. Yo, que solo soy un alcornoque.

Los alcornoques no amamos, Vaca, pero tenemos todo el tiempo del mundo y la paz del infinito para imaginar historias de amor. Podría explicarte primorosamente cómo te abrazaría y volcaría caricias en cada uno de tus poros y besos en cada rincón de ti, en cada llanura, en cada recodo. Podría narrarte cómo sería el deambular de mis vástagos leñosos errando en tu piel vacuna, en tu dorso exacto, en el tambor firme de tu vientre pleno. Podrías adivinar, si me atreviera a contártelo, cada nudo de mi cuerpo estremecido, cada ansia y cada arrebato. Y te reirías, y yo también, despertando sin nostalgia del sueño en que inventé el más acendrado simulacro de un auto de amor).

Poema en prosa para una vaca. Seis

Vivíamos, Vaca, al otro lado del espejo, allí donde pacen, engendran y se divierten las vacas cósmicas. Allí donde Argos de los cien ojos guarda y cuida a la dulce Io y campea Hathor, con la luna entre los cuernos y el vientre henchido de estrellas. Ambas, ella y tú, resplandecéis entre los juncos iluminando la noche. Kamadhen, la florida, dormita en el establo de tu corazón y Audhumla se contonea calzada con tus pezuñas, haciendo germinar dioses de entre las piedras salinas. Y Aditi, vaca nutricia, madre del sol, la hermosa, se mira en ti y se complace.

Y tú eres ellas.

Y yo, corazón de corteza y picador aficionado, me atreví, Vaca, a devanar madejas de amor prohibido. Como un Zeus adolescente, soñé en dormir a tu grupa. Yo, que solo era un alcornoque.

De la niebla emergió una goleta, Vaca. Cien bárbaros despeinados de sanguinaria mirada llegaron hasta la playa y con teas encendidas y grandísima alharaca subieron a nuestro prado.

¡Idos divinas, marchaos, corred hacia vuestras cuadras!

A ti no te vieron, hermosa, ni tampoco a ellas: todo el amor del mundo os protegía.

Y hoy soy mascarón de proa del navío solitario de aquel capitán pirata. En el fragor de la batalla te busco, Vaca, y acaricio el recuerdo del lugar exacto en que quedó tu última mirada.

LunaBruna, diciembre de 2004

Un cuento en navidad. La guerra de los lobos

Este cuento se contó por primera vez en la navidad de 2006, mientras disponíamos las figuritas del belén. Un lobo fiero enseñaba sus colmillos a nuestro pequeño rebaño. Pensando en él se inició esta historia de lobos.

Especial reconocimiento al gran Heródoto, en cuyo libro VII y muy especialmente en la batalla del paso de las Termópilas, se inspira el tramo final de este relato.- ;)

La guerra de los lobos

Parte primera.

Aunque era de noche, la luz de la luna llena bastó para alumbrar a Ángela el camino entre los riscos. Bajó corriendo la ladera hasta llegar sin resuello al valle y anunciar a los ovejeros que el monte estaba lleno de lobos. Dejaron todos de cantar, enmudecidos de espanto. Durante unos minutos solo se escuchó el crepitar del fuego vivo que ardía en centro del campamento; aquel silencio acentuó el aroma de los trozos de carne y los boniatos que se asaban entre las brasas. En seguida llegó hasta ellos el aullido aún lejano de las fieras que se iban congregando al otro lado del riachuelo. Empezó a olerse también, y con intensidad, el efluvio del miedo.

El Rey de los lobos se llamaba Heridas; era un viejo patialbo, mal encarado y lleno de cicatrices al que los jóvenes más inquietos de la manada habían intentado someter en varias ocasiones. De la última escaramuza conservaba el dolor de la dentellada que uno de sus hijos le había propinado algunos años atrás, cuando le desafió con la intención de derrocarle. No lo consiguió y tanto aquel macho joven como la camada que le secundaba fueron expulsados del clan. Emigraron hacia el este y en tierras lejanas establecieron sus tribus y fundaron sus reinos.

En aquellos días había sabido Heridas que los vástagos de aquellos reyezuelos y sus hordas de fieras extranjeras habían regresado para arrebatarle el trono. Estaba enfurecido.

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Parte segunda.

(La guerra final de los lobos se desarrolló en los alrededores de Belén en los mismos días en que José buscaba posada para él y su esposa María, que estaba en trance de dar a luz. Nada tiene que ver una historia con la otra, excepto que también a José y a María tuvo que helarles la sangre el aullido atroz de las manadas que se reunían tan cerca de su refugio.)

Los pastores, más encogidos por el miedo que por el frío, escuchaban el anuncio y las noticias que Ángela les trajera. La jauría de lobos estaba aún a dos o tres días de allí; tenían los ovejeros el tiempo justo para reunir sus rebaños, emprender el camino y buscar un cobijo seguro. Un gran cometa brillaba en el firmamento, todos sabían que era el presagio de un inusitado acontecimiento y se inquietaban por cómo habría de involucrarles. Id más allá del valle de Refaim, dijo Ángela, en dirección a Hebrón. ¡A Belén, pastores! poned a salvo vuestros rebaños en Belén, allí, en las grutas, encontraréis calor, cobijo y heno suficiente para vosotros y vuestro ganado.

Mientras tanto había llegado a Judea desde el sur el gran lobo negro con sus mesnadas de morro fino y afilada dentadura. Del más lejano oriente venían en manada los corpulentos lobos Melcocheros, así llamados por el bruñido color de miel cocida que alumbraba su pelaje. Del frío norte, abandonando su feudo en la vertiente más lejana del mar Caspio, bajaba la manada Casparera, lobos blancos de ojos albos que merodearon hambrientos por los límites del mar de Cineret aguardando a sus hermanos.

Se escuchó por las colinas que bordean el valle del Jordán el eco de sus aullidos y el bramido de la guerra. Aquel año hacía frío en Palestina donde el viejo lobo gris, Rey entre reyes, se sabía rodeado y acosado. Las huestes enemigas, sus propios nietos, venían a imponer un nuevo reino y el viejo Heridas estaba dispuesto a destriparles y comerse sus entrañas antes de permitir que le derrocaran.

En aquellos días un comenta resplandeciente cruzaba el firmamento y una loba vieja y otra joven, ambas preñadas, temiendo la turbamulta de la manada abandonaron la compañía del grupo y tomaron su propio camino hacia las peñas de Verrón, a las afueras de Belén.

(También en aquellos días unos sabios que vivían más allá de la península de Arabia, en el confín del mundo conocido, veían en el cielo el mismo cometa que guiaba a lobos y pastores, e interpretando que un gran rey iba a nacer entre los hombres, decidían seguir su luz y encontrarlo y adorarle. Llegaron así a la ciudad de Herodes, rey de los judíos. Pero la historia de la guerra final entre los lobos nada tiene que ver con ésta.)

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Parte tercera

Las dos lobas se afanaron por los riscos durante varios días hasta llegar a las afueras de Belén, allí encontraron guarida y parieron a sus criaturas. La loba vieja parió una lobezna parda, menuda y muy vivaz; la loba joven alumbró un robusto cachorro patialbo, de hocico fino y lomo gris, brillante como el acero. Aunque a lo lejos se escuchaba los aullidos y el aire olía a sangre derramada, el entorno más cercano se mantenía tranquilo y les proporcionaba suficiente amparo. La gran estrella que surcaba el firmamento se detuvo por un tiempo en medio del cielo, en el mismo cenit, y durante muchas noches brilló sobre sus cabezas.

Cada día, sin embargo, resonaba más cercano el estrépito de la contienda. La llegada de los rebaños trashumantes puso a las dos lobas en guardia. Agazapadas en su madriguera escucharon a unos pastores contar atónitos que grandes jaurías de lobos grises habían dejado pasar los rebaños junto a ellos casi sin verlos y, lejos de abalanzarse sobre las ovejas, habían atacado la retaguardia de otras manadas de lobos emplazadas a pocos días de allí degollando en tal acción a muchos lobeznos y hembras preñadas o recién paridas. Dijeron también que los cuerpos rotos de decenas de criaturas yacían destripados en el monte.

Comprendieron las lobas que se habían salvado de una gran matanza infanticida.

Y es que el viejo Heridas había decidido socavar la moral del enemigo lacerándoles el corazón en la carne de sus propios hijos. Tomó sobre ellos venganza y con los más fuertes y vigorosos de sus lobos plateados atacó el campamento de las hembras gestantes y sus cachorros y en su ira desmedida dio buena cuenta de ellos. Algunas pocas madres supervivientes huyeron a las montañas llevando entre las fauces a sus pequeños. Cruzaron el arroyo y se adentraron en el desfiladero en cuyo extremo más lejano se abría el altiplano de Belén. Heridas no les concedió cuartel. Él mismo con dos docenas de los suyos llegó siguiéndoles hasta las afueras de la ciudad y completó allí su hecatombe: más de cien eran ya las madres y los lobeznos muertos cuando el Rey feroz llegó a las puertas mismas del cubil en que nuestras lobas criaban a sus pequeños.

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Parte cuarta.

Quien no ha escuchado el rugir de la jauría y no ha visto la agudeza de sus colmillos ni la profundidad de sus fauces, quien no se ha sobrecogido ante los desgarros y dentelladas con que la bestia conmueve el aire, no sabe lo que es el miedo. El Rey Heridas, ávido y sediento ante sus trémulas víctimas, estaba decidido a terminar el día sin dejar criatura viva de su especie y del clan de sus enemigos. Se agitaba en sus entrañas el sanguinario especialista en muerte que en su juventud había sido.

La vieja loba recién parida era astuta. Comprendió que ni ella, ni la otra loba, ni tampoco la vivaz cachorrilla podrían torcer la voluntad asesina del ejecutor. Un relámpago de clarividencia cruzó su semblante, sacó valor del miedo extremo y empujando con el hocico al joven lobato de lomo refulgente lo apostó ante el rey dijo: ¡Alto Heridas! ¿Acaso no ves, incauto, que el tiempo ha errado su camino y ha vagado en círculos en torno a tu vida? Mira a este pequeño, observa sus patas albas y el brillo plateado de su lomo, atiende su ceño fruncido, mira la agudeza de sus orejas y el estremecimiento de esos flancos que el rigor de la vida colmará de dentelladas y cicatrices. ¿No ves al genio en él? ¿Acaso no percibes la rabia y la grandeza que a ti te coronan? Mira a esa loba joven que lo ha parido, ¿no reconoces en ella la misma suavidad de la que te parió a ti y el aroma de la leche que te amamantó? Mátale y estarás muerto. Él es tu victoria, viejo Heridas, su vida es tu vida. En él envejecerás placidamente y serás grande por todos los días de tu vida.

El lucero de la noche