Este es el libro de la historia y representaciones de los seres fantásticos, imaginarios, míticos o monstruosos que fueron creados ex novo por el hombre como expresión de lo imaginado, sin que haya correspondencia entre ellos y ninguna criatura existente en la naturaleza, pues son fruto de la imaginación humana y de ella recibieron la forma, la vida y la identidad.
PORTENTOS, OSTENTOS, MONSTRUOS, PRODIGIOS Y MARAVILLAS
(portenta, ostenta, monstra, prodigia y mirabilia)

Cinco eran las palabras con las que se nombraban las cosas asombrosas: Portentos, ostentos, monstruos, prodigios y maravillas. Para titular este trabajo, tomo prestadas de Isidoro de Sevilla las cuatro primeras. Así se refiere él en el libro XI de Las Etimologías a los seres prodigiosos que habitan la periferia del mundo, la "Terra incógnita".
Explica Isidoro que "Se conocen con el nombre de portentos, ostentos, monstruos y prodigios, porque anuncian, manifiestan, muestran y predicen algo futuro". Portentos deriva de portendere, que significa anunciar de antemano; ostentos procede de ostendere, que significa manifestarse o manifestar algo que va a ocurrir; monstruos se origina en mostrare, porque designa a algo que se muestra (se manifiesta), y prodigios deriva de praedicere, que significa predecir. "Y éste es su significado propio, que se ha visto, no obstante, corrompido por el abuso que de estas palabras han hecho los escritores." (Isidoro de Sevilla, libro XI de Las Etimologías.)
La quinta palabra asombrosa, Maravilla, deriva del verbo mirari que en latín significa admirar, mirar con admiración, asombrarse. De su plural neutro, mirabili, deriva la palabra "mirabilia", generadora tanto de ‘maravilla' como de ‘admirable'. Con el término mirabilia los hombres de la Edad Media nombraron al conjunto de cosas admirables con las que cada día Dios, por medio de la naturaleza -que lo hace nacer todo, de ahí su nombre-, les sorprendía y asombraba. Para el hombre del Medioevo ‘lo maravilloso' no era una categoría mental cargada de interés alegórico; en el mundo de los ‘mirabilia' lo importante era el fenómeno, no a su significado, pues las maravillas eran realidades físicas, un universo de objetos con existencia real y material a los que se podía acceder y conocer, pero que no estaban al alcance de la mano.
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El imaginario tardomedieval y renacentista estuvo repleto de criaturas monstruosas que prosperaban en los espacios periféricos de la obra de arte. En la última etapa de la Edad Media su presencia era profusa y constante. Aunque casi siempre era el estamento eclesial el que encargaba los trabajos en los que se prodigaban estas extrañas criaturas, los artist
as que las elaboraban ponían en ellas los aspectos más mundanos, lúdicos e imaginativos de su arte. Debían, sin embargo, relegarlas a los espacios secundarios de la obra. De esta ubicación marginal procede la denominación genérica de ‘marginalias' con la que se les nombra habitualmente. Las encontramos en los márgenes de los manuscritos ilustrados; en los relieves arquitectónicos de los pórticos y columnas de las iglesias; en las vidrieras; en las sillerías de los coros; en las cornisas de los tejados, en las remotas tierras y océanos de los mapas, y, en general, en todos los espacios secundarios del arte en los que el ingenio y la imaginación hacían convivir razas humanas de extraña morfología con animales reales o fabulosos, criaturas híbridas, seres mitológicos y bestias de asombrosa naturaleza.
La representación de los monstruos y prodigios se sustentaba en una amplísima tradición oral y escrita que había cruzado toda la antigüedad y la alta edad Media sin perder ni un ápice de su vigor. Salieron de antiguas leyendas de los pueblos mesopotámicos, índicos, egipcios y hebreos y de sus respectivas mitologías y religiones; desde allí, se instalaron en el acervo cultural de occidente. Autores clásicos griegos y romanos indagaron en su naturaleza y los situaron en un espacio propio y les esbozaron un paisaje. La tradición cristiana los elevó al rango de
criaturas de Dios y les confirió un significado alegórico que permitiera extraer enseñanzas morales. La Baja Edad Media desarrolló en torno a ellos una abundante literatura de aventuras. Al fin, las crónicas y los relatos de viajeros los consagraron y el descubrimiento y exploración de nuevas tierras los condujo al fin del mundo; a medida que se ampliaban los límites de la tierra conocida, su hábitat natural se fue relegando a los siguientes espacios periféricos. Sucesivamente pasaron a ocupar América, Australia, la Antártida, el centro de la tierra o, modernamente, el espacio sideral. Porque la fantasía humana ha cambado poco y en cualquier mundo en el que el hombre imagine que puede poner el pie, pone también un monstruo.
A los monstruos marginales del arte y la literatura, a los prodigios y maravillas, a su mundo y a sus paisajes, estará dedicado este trabajo.


1.-Blemmias, cinocéfalos, pigmeos y esciápodes
Son muy variados los paradigmas de lo fantástico establecidos en la cultura europea medieval. Uno de ellos proviene de la cultura clásica, especialmente del mundo griego, y se concreta en dos grandes tradiciones: el ‘Physiologus', de la que derivará la tradición zoológico-simbólica de los bestiarios medievales, y una corriente de carácter enciclopedista que se alimenta en la literatura de viajes y en las descripciones geográficas y etnográficas de los escritores clásicos.
En esta segunda tradición se inscribe el tema de los pueblos monstruosos y razas extraordinarias -de nombres sofisticados-, que, a pesar de su monstruosa apariencia y salvajes costumbres, fueron considerados de naturaleza humana y, por serlo, despertaron especial interés e inquietud.

Blemmia, Sciápode y Arimaspo. Ilustración de "El libro de las maravillas" de Marco Polo, S.XV en la Biblioteca Nacional Francesa.
GENERALIDADES E HISTORIA COMÚN
Aunque los pueblos monstruosos habitaban en distintos lugares y eran de rasgos muy diferentes entre sí, casi siempre fueron presentados como un corpus monstruoso único. Ninguno de estos pueblos tomado individualmente tenía la fuerza expresiva necesaria para desarrollar una mitología propia, pero, tratados todos ellos en conjunto, llamaron poderosamente la atención. El interés que despertaron les permitió ocupar un lugar preeminente en el imaginario colectivo clásico y medieval.
Parte de su éxito se debió a la convicción, por parte de los autores que trataron el tema, de que se trataba de seres reales -la maravilla siempre es real, aunque es la realidad de "lo otro"- en un espacio también real, aunque en "otro" mundo. En virtud de esta radical alteridad, ocupaban zonas del mundo lejanas e ignotas. Habitaban el Polo norte; la lejana India; el extremo oriental de África o los ardientes desiertos meridionales del planeta.
Otra parte de su atractivo residía en su lejanía y marginalidad. Las razas de pueblos monstruosos estaban siempre al final del camino, pero el camino no tenía final, nunca se llegaba a ellos. Cuanto más se conocía del mundo, más periférica era la existencia de aquellos extraños seres humanos, más fuerte la atracción que ejercían y mayor el interés por explicarlos.
LOS REMOTOS ORÍGENES EN EL CONFÍN DE LA TIERRA
"Me has preguntado sobre las tierras incógnitas del mundo y sobre la credibilidad que debe concederse al gran número de monstruos que se dice que viven en las regiones desconocidas de la tierra, en los desiertos, en las islas de los océanos y en los escondrijos de las montañas más lejanas." (Prólogo del "Liber monstrorum" anónimo del siglo VIII)
Ctesias de Cnido, médico de Artajerjes que vivió en el siglo V a C., escribió una ‘Historia de la India' con la que abrió para occidente la puerta de acceso al lejano oriente y, especialmente, a la India. Él fue quien introdujo en la cultura griega la idea de una geografía oriental fantástica y con ella la historia de los pueblos monstruosos. Ctesias habló de los pigmeos que luchaban contra las grullas; de los esciápodos, que tenían una sola pierna y un enorme pie; de los cinocéfalos, cuyas cabezas eran de perro; de los acéfalos, que al no tener cabeza, tenían el rostro en el pecho y se les conocía también como Blemmias. Habló también de hombres de orejas enormes con las que podían envolver y abrigar todo el cuerpo; de gigantes; de hombres con cola y de muchos animales fabulosos que siglos más tarde harían fortuna en los bestiarios. De su obra sólo nos han llegado referencias y algunos fragmentos, pero aún así su influencia fue decisiva para cimentar la mentalidad mágica con la que el hombre occidental se enfrentaría en adelante al maravilloso mundo de oriente.
A Heródoto debemos la primera aproximación geográfica detallada de las zonas que serán el entorno natural de estos prodigios periféricos. Habla de tierras remotas muy pródigas y llenas de recursos. También él, en el siglo V a. C., comenta lo que ha escuchado narrar sobre criaturas fantásticas y ubica su hábitat en los extremos del mapa, pero no abunda en detalles ni da por cierta su existencia. Incluso se manifiesta abiertamente escéptico cuando lo que ha oído contar le parece desmedido. No duda, sin embargo, de cuanto se refiere a las riquezas que parecen abundar en las lindes de la ecúmene.
"Puede afirmarse que a las zonas más remotas de la tierra habitada les ha correspondido los recursos más preciosos" "La india (...) es
hacia oriente la zona más remota de las tierras habitadas (...) hay en ella una incalculable abundancia de oro (...) además en dicho país los árboles silvestres producen un fruto consistente en unos copos de lana (...) Los indios utilizan una ropa confeccionada con el fruto de estos árboles." (Heródoto, Historia, Libro III, 106). "Arabia es por el sur la más remota de las regiones habitadas y en ésta es en la única región del mundo en que se produce incienso, mirra, canela, cinamomo y lédano." (Heródoto, Historia, Libro III, 107). "Hacia el sudoeste, por otra parte, se extiende Etiopía, la más remota de las tierras habitadas, pues bien, dicho país produce oro en abundancia, enormes elefantes, toda clase de árboles silvestres, incluso el ébano, y, además, unos hombres de una talla, una apostura y una longevidad excepcionales." (Heródoto, Historia, Libro III, 114). "Asimismo, es indudable que en el norte de Europa es donde hay una mayor abundancia de oro (...) En cualquier caso parece ser que las zonas más remotas del mundo, que circundan el resto de la tierra y delimitan su extensión, poseen fundamentalmente los productos que a nosotros se nos antojan más preciosos y más raros." (Heródoto, Historia, Libro III, 116).
Las expediciones de Alejandro Magno contribuyeron a afianzar la leyenda. Megástenes, en el siglo III a Jc. fue embajador alejandrino en la corte del rey indio Chandragupta y compuso una obra llamada Indica, sobre aspectos geográficos e históricos del extremo oriental del mundo. Fue cuidadoso y fiable en sus descripciones geográficas, pero cuando se refiere a la etnografía de las zonas remotas, rebosa fantasía. Él sí se dejó llevar por la magia de la imaginación en lo referente a los pueblos monstruosos y, a la nómina iniciada por Ctesias, añadió hombres sin nariz, otros sin bocas, otros extremadamente peludos que caminaban reptando, pueblos con un solo ojo, con orejas de perro, con los pies al revés y otras maravillas más.
Hubo una corriente ilustrada entre los escritores antiguos, como Estrabón y Aulo Gelio, que rechazaron de plano la existencia de estas criaturas, hijas del exceso de fantasía; sin embargo, su existencia fue admitida por otros autores clásicos, como Plinio el Viejo o Solino, que recopilaron las leyendas y las trasmitieron al mundo medieval.

Diversos pueblos monstruosos habitantes de las Indias lejanas
"Así se encabeza el Libro VII, cap.II, de la Historia Natural de Cayo Plinio Segundo publicada por el licenciado Gerónimo de Huerta, médico y familiar del Santo Oficio de la Inquisición, traducción hecha a instancias de Felipe II. De izda. a dcha. Vemos: Lucha de los pigmeos con las grullas, el acéfalo con ojos nariz y boca en el pecho, el escita que a voluntad podía convertirse en lobo, el sciópodo que con su pie podía defenderse del Sol, hombre con inmensas orejas, hombres de cuatro ojos y con un solo ojo en la frente."
(Imagen y el texto al pie, están tomados del libro "Hacia una nueva imagen del mundo" de Gonzalo Menéndez Pidal.
Debemos a Plinio el Viejo (siglo I) la exitosa incorporación de las maravillas de oriente al imaginario cultural de occidente. En diferentes capítulos de los libros V al VII de su "NaturHistoria Natural", que fue durante siglos la principal fuente de información sobre la naturaleza y sus prodigios, describió el repertorio de razas monstruosas, frecuentemente denominadas "razas plinianas", que ya desde entonces poblaron una extensa franja de geografía imaginaria localizada en la periferia del mundo.
Cuenta Plinio que en el helado norte se encuentra -parte en Asia y parte en Europa- la fría e inhóspita región de Escitia. En aquella parte del mundo abundan los pueblos extraordinarios; algunos de ellos, monstruosos. De éstos, el más conocido es el de los arimaspos que, como los cíclopes, son monóculos, "caracterizados por tener un solo ojo en medio de la frente y que están continuamente en guerra por las minas con los grifos". Éstos, los grifos, son fieras aladas, que extraen oro de las entrañas de la tierra, siendo tan admirable su empeño en custodiarlo como el de los arimaspos en arrebatárselo.
1.-Arimaspos en una ilustración de "El llibro de Alexandre", arriba; y en los mapas de Hereford y de Ebstorf, abajo.
También viven en Escitia unos hombres salvajes con las plantas de los pies vueltas hacia detrás de las piernas,
que corren a extraordinaria velocidad y vagan de un lado a otro en compañía de fieras. Hay también mujeres con dos pupilas, a las que llaman bicias cuya mirada causa maleficio. Otros tienen las pupilas blancas y son canos desde la infancia. Y es muy maravilloso el pueblo de los andróginos (que también ubica en África) "con características de ambos sexos, que copulan entre sí tomando alternativamente una u otra naturaleza".
La India y la región de los etíopes son especialmente abundantes en prodigios. En la India nacen los seres más grandes. Allí muchos hombres superan los cinco codos de altura, no esputan y no les afecta ningún dolor de cabeza, dientes u ojos. También hay unos hombres con las plantas de los pies vueltas hacia atrás y con ocho dedos en cada pie. En las montañas vive una raza de hombres con cabeza de perro que emite ladridos en lugar de voz. Uno de los pueblos monstruosos más sorprendentes es el los monocolos, que son hombres "con una sola pierna y de extraordinaria agilidad para el salto; que también se llaman esciápodas, porque en los mayores calores permanecen tumbados boca arriba en el suelo protegiéndose con la sombra de los pies".
2.- El extremo meridional de la tierra y las razas monstruosas que la habitan según aparecen reflejados en los mapas anglo-normandos.
No lejos de ellos viven los trogloditas y un poco más allá, "hacia occidente, hay unos sin cabeza que tienen los ojos en los hombros". Con estas mismas características habla de otro pueblo que habita los desiertos africanos y que es conocido con el nombre de blemias. Hay pueblos muy salvajes que no tienen voz y sólo gritan y tienen el cuerpo cubierto de pelos, los ojos glaucos y dientes de perro. Y hay uno cuyas gentes, que se llaman esciratas, en lugar de nariz sólo tienen agujeros. Otro, los ástomos, carece
de boca y se alimenta de olores y si el olor es demasiado fuerte o apestoso, mueren. Más allá de todos ellos, por la parte más lejana de las montañas, están los pigmeos o trispítamos, que significa "tres palmos", y se llaman así porque no sobrepasan los tres palmos de altura. De ellos habló ya Homero y dijo que los atacan las grullas. También explicó Plinio que "en primavera, sentados a lomos de carneros y cabras, armados con flechas, descienden en tropel hasta el mar y destruyen los huevos y polluelos de esas aves; la expedición se lleva a cabo en tres meses; de otro modo no resistirían las siguientes bandadas; sus chozas se construyen de barro, plumas y cáscaras de huevo. Aristóteles cuenta que los pigmeos viven en cuevas, todo lo demás acerca de ellos, como el resto de los autores".
De los pueblos prodigiosos que habitan en la parte de los desiertos de África, entre Arabia y la Mauritania, habla Plinio en el capítulo 8 del libro V. Explica que allí viven Los atlantes, que "son una degeneración de las costumbres humanas". Entre ellos no existen los nombres propios, contemplan la salida y la puesta de sol como un gran inconveniente y no sueñan lo mismo que los demás mortales. No muy lejos se encuentran Los trogloditas que habitan en cuevas, comen carne de serpiente y usan un silbido y no la voz, "pues son incapaces de comunicarse con palabras". Por aquella parte están también Los garamantes, que "carecen de matrimonio, viven sin reglas fijas con las mujeres".
Los más interesantes de esta parte del mundo y los que más interés iconográfico despertaron, son los blemias, a los que les falta la cabeza, y tienen la boca y los ojos puestos en el pecho. También entre las razas africanas obtuvieron renombre Los sátiros "una especie de animales con aspecto humano que a veces caminan a cuatro patas y otras, erguidos, y son agilísimos" y los himantópodas, "que son una especie de cojos cuya manera de andar es reptando".
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Todas aquellas criaturas se abrieron camino desde la antigüedad hasta la Edad Media Con el beneplácito de la iglesia. Fueron especialmente San Agustín y San Isidoro de Sevilla quienes se encargaron de infundirles cierto aire de respetabilidad que los hiciera asimilables por la doctrina cristiana. San Agustín se interesó por su naturaleza y comentó que
"(...) De ellos habla también la historia profana; resulta que alguno tenía un solo ojo; otros tenían los pies al revés; otros eran de dos sexos y tenían el pecho derecho de hombre y el izquierdo de mujer y si se acoplaban podían concebir y engendrar alternativamente; otros no tenían boca y respiraban tan solo a través de la nariz; otros no medían más de un metro y por eso los griegos los llamaban pigmeos; en cierto lugar las mujeres podían concebir a la edad de cinco años y no vivían más de ocho. Cuentan también que existía un pueblo de hombres que tenían una sola pierna y no flexionaban la rodilla, aunque eran velocísimos: se llaman esciápodos, porque en verano, cuando se tumban en el suelo, se protegen con la sombra de su propio pie (...) " San Agustín (s.IV-V, La ciudad de Dios, XVI, 8)
Fue precisamente de la mano de San Agustín que fueron recibidos en el elenco de criaturas de Dios, pues concluyo que "...O lo que se ha escrito en torno a estos pueblos es falso o, si es cierto, no se trata de hombres o, si se trata de hombres, proceden de Adán".
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Isidoro de Sevilla les dedica un amplio apartado en el libro XI de sus Etimologías. De esta manera, de la mano de los padres de la iglesia, estas criaturas fantásticas dejaron de ser meras fantasías paganas y se consolidaron con todos los parabienes eclesiásticos en el imaginario medieval, convirtiendo la periferia del mundo en una suerte de horizonte onírico en el que libremente se desarrollaba la fantasía y se recreaba la imaginación sin ofender a Dios.
En el libro XI de "Las etimologías" de San Isidoro. Cap. 3. Sobre los seres prodigiosos, aparece una descripción mucho detallada y un catálogo de pueblos monstruosos bastante amplio:
"Del mismo modo que en cada pueblo aparecen algunos hombres monstruosos, así también dentro del conjunto del género humano existen algunos pueblos de seres monstruosos, (...) Los cynocéfalos deben su nombre a tener cabeza de perro; nacen en la India. También la India engendra cíclopes. (...) ostentan un ojo en medio de la frente. Se los designa también con el nombre de agriophagitai, porque sólo se alimentan con carne de fieras. Se cree que en Libia nacen los blemmyas, que presentan un tronco sin cabeza y que tienen en el pecho la boca y los ojos. Hay otros que, privados de cerviz, tienen los ojos en los hombros.
Se ha escrito que en las lejanas tierras de Oriente hay razas cuyos rostros son monstruosos: unas no tienen nariz, presentando la superficie de la cara totalmente plana y, sin rasgos; otras ostentan el labio inferior tan prominente que, cuando duermen, se cubren con él todo el rostro para preservarse de los ardores del sol; otras tienen la boca tan pequeña, que solamente pueden ingerir la comida sirviéndose del estrecho agujero de una caña de avena. Dicen que hay algunas que no poseen lengua y utilizan para comunicarse únicamente señas o gestos.
Cuentan que en la Escitia viven los panotios, con orejas tan grandes que les cubren todo el cuerpo. (...) En Etiopía viven los artabatitas, que caminan, como los animales, inclinados hacia el suelo; ninguno supera los cuarenta años.
Los sátiros son hombrecillos de nariz ganchuda, cuernos en la frente y patas semejantes a las de las cabras. (...) Hay quienes hablan de unos hombres que viven en los bosques, y que algunos llaman faunos higueros.
Dicen que en Etiopía existe el pueblo de los esciopodas, dotados de extraordinarias piernas y de velocidad extrema. Los griegos los denominan skiópodai porque durante el verano, tumbados de espaldas sobre la tierra, se dan sombra con la enorme magnitud de sus pies. En Libia habitan los antípodas, que tienen las plantas de los pies vueltas tras los talones y, en ellas ocho dedos. Los hipopodas viven en la Escitia, poseen figura humana y patas de caballo.
Se cuenta que en la India existe un pueblo a quien llaman makróbioi, que miden doce pies. También en aquel país vive otro pueblo cuya estatura es la de un codo, y a quienes los griegos -por medir un codo precisamente- llaman "pigmeos". De ellos hemos hablado ya. Habitan en las montañas de la India que lindan con el océano. Dicen igualmente que en la misma India existe una raza de mujeres que conciben a los cinco años, y cuya vida no pasa de los ocho."
Pigmeos defendiéndose de las grullas en el Atlas Catalán de Cresques

Después de que en 1480 se descubrieran en Roma el importante conjunto de pinturas de la Domus Aurea de Nerón, una nueva palabra vino a incorporarse al lenguaje del arte: grutesco o grotesco. El Tesoro de la lengua castellana o española, de Sebastián de Covarrubias, recogía en 1611 la siguiente definición:
Grutesco. Se dixo de gruta, y es cierto modo de pintura, remedando lo tosco de las grutas y los animalejos que se suelen criar en ellas, y savandíjas y aves nocturnas. (...) Este género de pintura se haze con unos compartimentos, listones y follajes, figuras de medio sierpes, medio hombres, syrenas, sphinges, minotauros, al modo de la pintura del famoso pintor Gerónimo Bosco.
Este tipo de decoración que entrelaza follaje, frutas y flores con animales imaginarios o reales e inventa formas fantásticas y caprichosas, fue habitual la pintura miniaturista de la Edad Media y dio lugar a un original repertorio de monstruos y criaturas deformes y burlescas cuya morfología al combinarse con los nuevos esquemas decorativos, conduciría a que el término ‘grotesco’ adquiriera un nuevo significado: el que designa lo ridículo y extravagante.
Como apunta Covarrubias, los monstruos grotescos que a final de la edad media generó la imaginación de los artistas, culminarían en la pintura de El Bosco, ya en el Renacimiento; sin embargo su origen, como veremos, es muy anterior. A ellos, a los que, siguiendo la terminología adoptada por Jurgis Baltrusaitis en su libro La Edad Media fantástica, llamaré ‘gryllas’ o ‘grillos’, va a estar dedicado este capítulo.
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La principal cuna de monstruos de nuestra cultura se encuentra en las fantasías y leyendas de la Antigüedad Clásica y de Oriente. Todos conocemos y podemos recordar una amplia gama de criaturas zooantropomorfas que casi nunca aparecen entre los primeros puestos del escalafón pero que, sin embargo, han estado presentes en el arte desde tiempos remotos. Estas criaturas de naturaleza mixta, en parte humanas y en parte animales: górgonas, arpías, sirenas, centauros, faunos, sátiros... son los antepasados directos de las grillas.
Genéricamente reciben el nombre de ‘grillos’, gryllas’ o ‘Grylloi’ ciertos pequeños monstruos pseudo-antropomorfos originados a partir de fantásticas combinaciones de partes humanas, animales e incluso vegetales. Los monstruos resultantes de esta mixtura son de pequeño tamaño y aspecto gracioso y ligero.

Como sucede con casi todos los componentes fantásticos del imaginario occidental, también esta vez encontramos a Plinio el Viejo (XXXV, 114) relacionado con estas extraordinarias criaturas. Él nos explica la razón de su nombre. Plinio narra cómo el pintor Antiphilos dibujó con aspecto ridículo a un hombre llamado Gryllus, apodado así por su aspecto porcino -pues grylloi o gryllos significa en griego ‘cerdo’-, y lo hizo tan hábilmente que en adelante se utilizó este término con el significado que damos hoy a la palabra caricatura. Es más probable sin embargo que el término derive de la palabra latina “grillos”, nombre del insecto que según la tradición romana personificaba el alma de los antepasados bajo la forma de “el grillo del hogar”, cuya función era protectora y benéfica. Esto explicaría el hecho de que fueran para los romanos algo tan cotidiano en su cultura como lo eran los dioses del hogar y estuvieran presentes entre sus objetos familiares en forma de amuletos. Plutarco explicó que por su fealdad, aquellas criaturas deformes y ridículas eran capaces de concitar la atención de los genios malignos y atraer hacia ellos el mal de ojo, disminuyendo así el efecto dañoso de las maldiciones.

Las gryllas más antiguas –sumerias, escitas, iraníes, cretenses, grecorromanas…- eran de dos tipos fundamentales: unas se producían por escamoteo de partes del cuerpo, las despojaban el tronco y la criatura resultante quedaba reducida a una cabeza con extremidades; las otras se generaban por acumulación de cabezas, entre las que una de ellas, al menos, era de naturaleza humana. Con el tiempo cada vez se fueron mixtificando más, entrelazando partes humanas, animales y vegetales de manera cada vez más caprichosa y estrafalaria. Es importante, sin embargo, advertir que en todos los casos este tipo de monstruos tiene que ser al menos parcialmente humano, esta es su principal diferencia formal con las criaturas que se describen en el fisiólogo antiguo o del bestiario medieval, que son meramente animales.
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LAS DRÔLERIES: EXTRAVAGANCIAS GOTICAS

A principio de la Edad Media, las grillas cayeron en desuso y no volverían a recuperar posiciones hasta bien entrado el siglo XIII, cuando la drôlerie gótica, heredera de la miniatura medieval y de las artes decorativas clásicas, empezó a animar las orlas de los códices miniados. A partir del siglo XIII y sobre todo en el XIV y XV, el catálogo de monstruos se distanció de la iconografía románica basada en el fisiólogo antiguo, el primer bestiario conocido. La imaginación del artista tardo medieval, impulsada por un mejor conocimiento de la Antigüedad y por la influencia de las culturas orientales y los arabescos islámicos, dispuso de una información más extensa, exótica y variada del mundo de la que hasta entonces había tenido, y aquello, naturalmente, se reflejó también en el aspecto de los monstruos periféricos. El estilo ornamental que floreció en los márgenes del manuscrito gótico fue más vivaz y animado que el que había caracterizado a la miniatura románica; es en estas orlas marginales donde, enredando en el follaje y formando escenas de intensa animación, vemos reaparecer a las grillas.

La palabra francesa drôlerie, se refiere a algo extravagante, pintoresco o grotesco que por su singularidad divierte y hace reír. La idea general sugerida por este término es la de algo ligero y placentero que divierte, entretiene y no debe tomarse en serio; así, las drôleries góticas, liberaron la decoración de los manuscritos de la severidad románica y manifestaron el lado más alegre, festivo y humorístico de los monstruos medievales.
Las grillas que aparecen en las La drôleries son criaturas mixtas entre humanas y animales que aparecen entrelazadas con el follaje no sólo en los códices miniados sino también en otros espacios periféricos de la obra de arte, representando con frecuencia escenas con mucha actividad y gran animación. Las encontramos esculpidas en detalles arquitectónicos como gárgolas, capiteles, ménsulas o canecillos de los tejados, en los grabados y repujados de objetos y en la talla de muebles, como las sillerías de los coros y los extremos de los bancos. Su intención básica es caricaturizar a ciertos tipos de personas o de ocupaciones, utilizando para hacerlo la ironía, la fantasía y el humor.


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RENACIMIENTO: EL INFIERNO DE EL BOSCO
Durante la Edad Media tardía lo grotesco funcionaba en los márgenes de la obra de arte como si fuera una risa o un murmullo que se dejara escuchar gratamente, sin dar ni quitar consistencia al discurso. Y así fue hasta que la escalada del monstruillo prodigioso y grotesco llegó a la cima de la mano de Hieronimus Bosch, el Bosco, que lo sacó de la marginalidad para convertir al comparsa en uno de los personajes centrales de la obra.

El Bosco desarrolló una iconografía fascinante en la Holanda del siglo XVI y llenó su obra de figuras de gran expresividad y viveza, aparte de la carga simbólica que contuvieran. Trabajó cada centímetro de la superficie de sus obras con tanto abigarramiento que es casi imposible llegar a conocer toda la ristra de magníficos monstruitos infernales que imaginó. No puedo, por su tamaño, escanear el libro en el que me entretengo en observar los detalles del tríptico del Juicio o de las Tentaciones de San Antonio y tampoco es fácil conseguir buenas imágenes en internet de detalles tan menudos, así que me he dedicado fotografiar mis propios libros, pero el andamio que he montado para hacerlo tampoco da mucho de sí. Encarecidamente aconsejo a quienes tengan tiempo y ganas de profundizar en la obra de este autor, o simplemente de disfrutar de algo bien hecho, que vean la maravilla que el Museo del Prado y Google Earth han realizado con el “Jardín de las Delicias” y no se pierdan la ocasión de verlo en todo detalle y alta definición.

De “El Jardín de las Delicias”


Del tríptico de “el Juicio final”
El Bosco fue el primer artista que trajo al primer plano de la obra de arte todos los temores y obsesiones que sobre el pecado, la culpa, el castigo y el infierno habían aterrorizado durante siglos al hombre del Medievo. El los verbalizó y les dio una forma tangible, pero a muchos de sus demonios, al mismo tiempo que los hacía aprehensibles, los formaba ridículos. Ciertamente no es el objetivo de este trabajo adentrarse en los recovecos de la mente del artista y analizar la intención que impulsó su obra ni abundar en el valor simbólico de su pintura o esclarecer los significados y mensajes que la obra recoge y transmite. Hacerlo así sería un trabajo ímprobo y el presente artículo sólo pretende constatar el valor formal, concreto y plástico de las criaturas monstruosas y maravillosas que El Bosco imaginó y plasmó. Y no de todas, solamente de aquellas que encajan en el título del trabajo: las que por su aspecto grotesco son sucesoras directas de las grillas antiguas y medievales.

Boceto de Las Tentaciones de San Antonio

Otros boceto de El Bosco
También Pieter Bruegel el Viejo, otro pintor flamenco del siglo XVI, pintó magistralmente el mundo infernal y sus criaturas. Lo hizo en los grabados de Los siete pecados capitales, en 1558, y las grillas que en ellos dibuja son más bulliciosas y divertidas que amenazantes. Lo hizo también en algunos de sus cuadros, como La caída de los ángeles rebeldes o Dulle Griet, pero en ellos el aspecto terrorífico predomina sobre el lúdico.

De la serie de Los pecados capitales, de Bruegel

De la Caída de los ángeles rebeles, de Bruegel. 1562
TERATOLOGÍA RENACENTISTA: La edad de oro de los prodigios
Este capítulo es extenso y lo he estructurado en tres partes bien diferenciadas. En la primera de ellas pretendo explicar los prodigios renacentistas viendo cómo la idea clásica de lo monstruoso, que había llegado plenamente vigente desde la antigüedad atravesado toda la Edad Media, evolucionaba en el Renacimiento y el Barroco.
La segunda parte es un romance que descubrí hace años en el sitio web de la facultad de antropología de la universidad de Granada. A mí me parece magnífico e ilustra muy bien la mentalidad prodigiosa de la época. Baste, para que vaya apeteciendo leerlo, su título: “Retrato de un monstruo, que se engendró en un cuerpo de un hombre, que se dize Hernando de la Haba, vezino del lugar de Fereyra, Marquesado del Cenete, de unos hechizos que le dieron. Parteole Francisca de León, comadre de parir, en veynte y uno de Junio, de 1606 por la parte tras ordinaria”.
La tercera parte está destinada a notas bio-bibliográficas y a ir registrando sitios de internet que me parezcan interesantes a medida que los vaya descubriendo. Hasta hace poco no era fácil encontrar buena documentación sobre el tema de los prodigios renacentistas y barrocos en Internet, pero últimamente están apareciendo cada vez más espacios dedicados a ello. En parte ha sido ver que somos bastantes los tipos raros a los que este tema interesa lo que me ha animado a desarrollar este capítulo.
1ª Parte: LA EDAD DE ORO DE LOS PRODIGIOS
1.- De lo que ocurrió cuando se supo que los animales míticos no estaban allí
Cuando Marco Polo descubrió y dio a conocer al mundo que “Los unicornios no son blancos y esbeltos sino que tienen el pelo de búfalo y las patas como ellos; el cuerno es negro y desagradable, la lengua espinosa y la cabeza parecida a un jabalí (…) y además no es verdad que se dejen atrapar por una doncella virgen", no sospechaba siquiera que estaba marcando un camino para la observación de la realidad por el que se iba a ir al traste el bestiario medieval, que se nutría en el animalario mítico. Y es que, después de aquella penosa desmitificación de una de las más tiernas leyendas conocidas, ya nada en el mundo se los monstruos volvería a ser lo mismo.
El cambio no fue inmediato.
Después de Marco Polo, muchos autores siguieron narrando y explicando con todo detalle las maravillas del oriente y de los seres excepcionales que lo habitaban. Los aventureros siguieron viajando, descubriendo y explorando hasta que llegaron al fin del mundo; pero, por largo que fuera el viaje y lejano el final del camino, nunca fueron hallados los esperados monstruos legendarios.
Fue más tarde, a lo largo del XVI, cuando los descubrimientos y exploración de las nuevas tierras y el impulso renacentista, indujeron cierto escepticismo respecto a las criaturas moralizantes del bestiario medieval, cuya realidad empezaba a parecer dudosa. No significa esto que desaparecieran los monstruos, al contrario: con el advenimiento de la modernidad llegó también la edad de oro de los prodigios y el imaginario artístico se llenó de criaturas tan raras como las de siempre, e incluso más, pero cuyas posibilidades de existir eran mucho más claras.
Para alimentar la imaginación, no faltaron en las nuevas tierras animales rarísimos y pueblos de hombres salvajes casi tan extraordinarios como los hasta entonces imaginados, pero, ahora sí, absolutamente reales y capaces de impulsar una nueva teratología conducida por la incipiente curiosidad científica y a la vez cargada de ingenuidad, imaginación, inventiva, creatividad e ingenio. También las ciencias médicas y biológicas aportaron nuevos objetos al fijar la mirada en seres portentosos que lo eran por la anormalidad de su fisonomía. Además, el mar, cada vez más extenso y navegado, siguió siendo una gran incógnita y por ende, cuna de monstruos: no en vano fuentes fiables aseguraban que sus aguas estaban pobladas por seres de naturaleza desconocida sobre los que no dejaba de especularse.
Monstruos dibujados por Ulisse Aldrobandi en el S.XVI; a cada una de estas imágenes acompaña una leyenda:
1.-En alguna isla del mar Caspio hay leones como el que se ve, tienen rostro humano pero son salvajes y feroces...
2.-En el último lugar de África, al final de la tierra, hay hombres que son del todo humanos excepto porque tienen el cuello de grulla y en el rostro, pico y barba de gallo...
3.-En el país del gran Tamerlán hay centauros de esta forma...
4.-En algún lugar de Tartaria se han encontrado monstruos como el que veis, tienen un cuello largo sobre el busto y en el extremo una cabeza de grifo, y en el pecho un rostro humano...
2.- De cómo los monstruos, para serlo, deben existir realmente
El monstruo de los nuevos tiempos, aunque diferente en su generación, es heredero de los que le precedieron y, como ellos, criaturas a respetar y tener en cuenta. Cabe recordar aquí que la idea que se tenía de lo monstruoso en la antigüedad y en la Edad Media no era en absoluto parecida a la actual. En tiempos antiguos y medievales, nada monstruoso se había originado fuera de la naturaleza. Esta idea era tan inconcebible como la posibilidad de que hubiera ‘creaciones’ paralelas a la Creación o ‘naturalezas’ paralelas a la Naturaleza.
Tampoco dependía la monstruosidad de cuestiones estéticas o del temor que las criaturas causaran, tan monstruoso era un ser horrible que causara miedo como otro que produjera asombro o maravilla. Fieles a la idea planteada por Aristóteles en la Generación de los Animales, se tenía por monstruoso aquello que acontecía en contra de lo normal en la naturaleza, pero nunca en contra o fuera de ella. Los teólogos medievales aceptaron este principio y, con la finalidad de afirmar la Creación divina, añadieron que lo extraordinario, monstruoso, anormal o prodigioso en la naturaleza, también formaba parte del plan divino y no era un accidente o una aberración.
Grabado de faunos en la obra de Conrad Lycosthenes, 1557
“Los que llamamos monstruos no lo son para Dios, que ve en la inmensidad de su obra la infinitud de las formas que en ella ha comprendido; y es de creer que esta criatura que nos asombra refleje y dependa de alguna otra figura del mismo género desconocida para el hombre. De su infinita sabiduría nada sale que no sea bueno y común y ordenado; más no vemos nosotros ni la armonía ni la relación. (…) Llamamos contra natura aquello que acontece contra la costumbre, más nada es sino según ella, sea como que sea.” (Michel de Montaigne; Ensayos completos, libro segundo, cap. XXX. Ed. Cátedra, col. Biblioteca Aurea)
En cuanto a la naturaleza final de los monstruos, el Renacimiento adaptó a la incipiente mentalidad científica el mismo principio que dominó en la antigüedad y la Edad Media. Las diferencias importantes entre el nuevo imaginario y el antiguo y medieval tienen más que ver con cómo se inventaron y generaron los nuevos monstruos que en las formas finales obtenidas.
Si en la tradición antigua, lo natural estaba constituido tanto por los seres reales y contrastables como por todo un universo de criaturas híbridas, animales fantásticos y razas humanas prodigiosas de cuya existencia real no se dudaba, aunque nadie nunca hubiera conseguido dar con ellas, desde finales del siglo XV la revolución ocasionada por la observación positiva de la naturaleza en los aspectos de ésta que involucraban a los monstruos, como en todos los ámbitos del conocimiento, fue espectacular. La curiosidad se vio estimulada no ya por las criaturas ilusorias, sino por otras reales y de existencia contrastada que fascinaban al hombre del siglo XVI y de las primeras décadas del XVII. Pero, aunque todo lo relacionado con la teratología le entusiasmaba, su mentalidad positiva exigía realidades. Prefirió descartar todos aquellos monstruos enraizados en el mito y se esforzó en documentar la existencia real de lo prodigioso y en explicarlo desde las nuevas disciplinas.
Grabado de Fortunio Liceti en "De monstruorum causis, natura et differentis". Edición de 1616.
Aquella inquietud dio extraños frutos, pues la mirada que escrutaba la naturaleza era la de un hombre que maravillado y desbordado por la diversidad de lo que veía, ponía en su afán por desentrañarlo tanta ciencia como imaginación. Resultó así que los nuevos mecanismos para generar monstruos dieron frutos tan sorprendentes y fantásticos como habían sido los de antaño.
3.- De las criaturas que acontecen fuera del curso de la naturaleza o contra ella
De la obra “Monstruos y prodigios” de Ambroise Paré, 1575
1.- Retrato de un monstruo asombroso con un cuerno, dos alas y una sola pata de ave de rapiña, un ojo en la articulación de la rodilla y participando de ambos sexos.
2.-Niño monstruoso que nació con dos cabezas, dos piernas y un solo brazo.
3.-Hombre sin brazos que sin embargo puede hacer con la cabeza o con los pies lo mismo que los otros hombres hacen con las manos
«Las causas de los monstruos son varias. La primera es la gloria de Dios. La segunda, su cólera. Tercera, la cantidad excesiva de semen. Cuarta, su cantidad insuficiente. Quinta, la imaginación. Sexta, la estrechez o reducido tamaño de la matriz. Séptima, el modo inadecuado de sentarse de la madre, que, al hallarse encinta, ha permanecido demasiado tiempo sentada con los muslos cruzados u oprimidos contra el vientre. Octava, por caída, o golpes asestados contra el vientre de la madre, hallándose ésta esperando un niño. Novena, debido a enfermedades hereditarias o accidentales. Décima, por podredumbre o corrupción del semen. Undécima, por confusión o mezcla de semen. Duodécima, debido a engaño de los malvados mendigos itinerantes. Y decimotercera, por los demonios o diablos.» (Ambroise Paré; “Monstruos y prodigios” edición de Siruela, col. Biblioteca sumergida, en 1987)
Así empieza la obra “Monstruos y prodigios” de Ambroise Paré, paradigma de la literatura renacentista sobre lo prodigioso. (Personalmente pienso que la más poderosa de las trece causas mencionadas, es la quinta. La imaginación, debidamente asociada con la curiosidad, la inquietud y el ansia de analizar y entender los fenómenos de la naturaleza, dio frutos muy juiciosos, pero también alumbró otros muy asombrosos y fantásticos).
Varios fueron los métodos de los que se valió la imaginación para generar monstruos. Una parte esencial de la teratología renacentista se forjó en la observación de procesos biológicos anormales, que quedaron registrados en una exhaustiva literatura médica elaborada con mucha curiosidad científica y no poca ingenuidad. Los monstruos de este tipo ya no pertenecerían a razas y pueblos de criaturas legendarias, sino que, aunque su aspecto fuera tan sorprendente como el de aquellos de antaño. Se trataba de portentos individuales: criaturas malformadas por haber sido concebidas con deformidades físicas o fruto de partos anómalos; otras con trasmutaciones producidas por hibridación -pues se aceptaba la posibilidad de fecundaciones entre especies diferentes-, y otras con características particulares que se suponían de carácter mágico o diabólico o de cualquier otro tipo que les confirieran una morfología distinta a la de sus progenitores.
De la ‘Monstrorum historia’ de Ulise Aldrovandi (1522-1605)
1.- Mujer con rostro de simio
2.- Monstruo tricéfalo y anfibio que vivió en el Nilo
Se escribieron una cantidad importante de crónicas de lo milagroso recopilando, clasificando y analizando todo lo que de extraordinario acontecía -o había acontecido a lo largo de la historia- en el campo de las ciencias naturales. Aunque todos los autores estaban fascinados por las curiosidades biológicas y las anomalías anatómicas su manera de enfocar lo prodigioso fue diversa.
Unos, como Conrad Lycosthenes (“Prodigiorum ac ostentorum chronicon, 1557) o Pierre Boaistuau (Histoires Prodigieuses , 1560), dedicaron al tema la atención del historiador y cronista registrando todos los prodigios conocidos desde la antigüedad hasta el momento en que publicaron sus crónicas.
Conrad Lycosthenes (“Prodigiorum ac ostentorum chronicon, 1557)
Ambroise Paré por su parte, realizó una amena recopilación de portentos en su libro “Monstruos y prodigios” publicada en 1575, una obra que fue escrita con voluntad científica y resultó ser, sobre todo, sugestivamente literaria.
“Los monstruos son cosas que parecen fuera del curso de la Naturaleza (y que en la mayoría de los casos constituyen signos de alguna desgracia que ha de ocurrir), como una criatura que nace con un solo brazo, otra que tenga dos cabezas y otros miembros al margen de lo ordinario. Prodigios son cosas que acontecen contra la naturaleza, como una mujer que dé a luz una serpiente o un perro, o cualquier otra cosa opuesta a la Naturaleza” (Ambroise Paré; “Monstruos y prodigios” edición de Siruela, col. Biblioteca sumergida, en 1987)
Otros lo hicieron desde la perspectiva de la ciencia médica y los estudios anatómicos, biológicos o zoológicos. Entre ellos las obras de Ulisses Aldrovandi, autor de “Monstrorum historiae, cum paralipomenis historiae omnium animalium”, una vasta obra publicada póstumamente, en 1642, que servirá de base para toda la literatura zoológica, botánica y médica ulterior; la de Conrad Gessner, cuya extensa obra “Historiae animalium” publicada en 1558, le llevó a merecer el honor de ser considerado el padre de la zoología moderna, o, ya en el siglo XVII, la de Fortunio Liceti, cuya obra "De monstruorum causis, natura et differentis" se imprimió en 1616.
Diversos monstruos y prodigios dibujados por Aldrovandi (arriba) y por Liceti (abajo)
Otros aún, como el mismo Alberto Durero, se asomaron a la teratología con la mirada del artista y realizaron muchos de los grabados que posteriormente formarían parte de las grandes cosmografías enciclopédicas características de aquella época.
La cerda monstruosa de Landser, Alberto Durero, 1496
Si el prodigio renacentista y barroco resultó tan seductor, no fue solo por la extraordinaria forma en que la naturaleza se manifestaba en ellos, sino también y sobre todo, por el significado final que se les atribuía. En la mentalidad de la época, todo lo portentoso tenía una razón de ser, los monstruos eran designios divinos y existían para mostrar o anunciar algo que debía ser interpretado y atendido. El monstruo cursaba contra la forma normal de mostrarse las cosas en la naturaleza, y, con la misma fuerza de su anomalía, anunciaba acontecimientos que ocurrirían fuera del normal acontecer de los sucesos en la historia. Mientras la ciencia y los naturalistas se esforzaban en desentrañar su misterio formal, menudeaban los adivinos y augures empeñados de leer en los fenómenos y descubrir los misterios -generalmente contratiempos y catástrofes- que auspiciaban.
4.- De algunos monstruos terrestres que al fin resultó que no lo eran
A medida que el mundo se ensanchaba en cada viaje de exploración y cada descubrimiento, el imaginario europeo se iba poblando de nuevas criaturas extrañas y maravillosas que, si bien podían producir espanto, resultaron ser plenamente naturales. Los tigres, las jirafas, los rinocerontes, los elefantes, la mayoría de los monstruos marinos u otros que habitaban en los espacios más recónditos e intrincados de la tierra, causaron verdadero estupor e impresión. Eran seres vivos nacidos de progenitores que a su vez eran iguales a ellos y que en nada cursaban a contracorriente de la naturaleza. Tenían existencia real y podían ser observaos directamente, y, por ende, sus cualidades podían ser constatadas, descritas y clasificadas cada vez con mayor coherencia y acierto.
Ambroise Paré (“Monstruos y prodigios”, 1553)
1.-“En la India interior, al otro lado del rio Ganges, a unos cinco grados más allá del Trópico de Cáncer, se encuentra la bestia llamada jirafa por los germanos occidentales (…) tiene el cuello de una toesa más o menos de largo, extraordinariamente largo, y también sus piernas son diferente, ya que las tiene más altas que ningún otro animal del mundo.”
2.-Elefante. “Nacen en Africa más allá de los desiertos, en Mauritania y también en Etiopía. Los más grandes son los que nacen en la India (…) De su nariz, que es muy larga y hueca como una gran trompeta, y casi toca el suelo, se sirven como si de manos se tratata (…) Son de naturaleza tan libre que no pueden soportar brida alguna (…) Viven doscientos años.
3.-El toro de la Florida. “Este animal es de los más feroces que se conocen, ya que jamás se deja domesticar (…) Sus cuernos son muy apreciados, debido a la propiedad que tienen contra el veneno.”
En general, nada más que su rareza había de monstruoso en ellas, pero fueron mal percibidas o mal descritas en su momento. Un insuficiente conocimiento de la naturaleza y una transmisión oral deformada, condujeron a incluir a algunos animales exóticos, que nada tenían de anormal, en el elenco de los monstruos. Muchos fueron incluidos en los catálogos de portentos pues, según solía aceptarse en las definiciones más básicas, eran criaturas extrañas que no cursaban según la manera más frecuente de mostrarse los seres en la naturaleza. Sin embargo el término “monstruo” nunca fue el más apropiado para nombrar a la mayoría de aquellas criaturas sorprendentes, pero plenamente conformes con la recta natura..
Un buen ejemplo de aquellos que causaron gran asombro cuando fueron descritos en Europa, fue el rinoceronte, cuyo capítulo propio puedes encontrar aquí.
Durante un tiempo siguieron describiéndose criaturas con más componente fantástico que real habitando los nuevos continentes y tierras exploradas, pero se avanzaba con firmeza hacia un naturalismo científico y con él, hacia la creciente especialización y autonomía de las diversas disciplinas de la naturaleza: la verdadera maravilla estaba en la zoología, la botánica, la química, la mineralogía etc. De esta manera, a lo largo de los siglos XVI y XVII, la mayoría de las criaturas reales que habían pertenecido al mundo de lo prodigioso salieron de él para convertirse en objeto de estudio de las ciencias biológicas.
5.- De cómo los monstruos marinos siguieron poblando el mar

Cuando ya los continentes estuvieron explorados y seguían sin aparecer los pueblos extraordinarios y las bestias míticas, parecía llegado el fin de los monstruos: la realidad los desmentía. La ciencia había tomado de la mano la clasificación y descripción de los prodigios y nadie quería afirmar seriamente nada de la naturaleza que no pudiera constatarse o estuviera ya probado. Pero lo cierto es que, a pesar del empeño en racionalizar la naturaleza, los monstruos nunca han dependido de lo que se sabe de la realidad, sino de lo que se supone de ella. Y, para seguir suponiendo, quedaba un vasto mundo aún desconocido: quedaba el mar enorme y tenebroso, capaz de mantener la fantasía, la magia y el misterio. En él proyectó el hombre sus temores más irracionales llenándolo de monstruos tan terroríficos como fascinantes y mucho más atroces que los que había imaginado caminando sobre la tierra.
La mejora de los navíos y los nuevos instrumentos científicos relacionados con las artes de la navegación, permitieron navegar por rutas cada vez más arriesgadas. Las largas travesías de inseguridad y miedo, lejos de facilitar el final de la imaginación mágica, la potenciaron. Mientras los monstruos de la tierra se iban racionalizando, la leyenda del mar fue en aumento y los terrores que lo habitaban atravesaron toda la modernidad llegando casi hasta nuestros días. Entre lo que lo que los navegantes imaginaron ver sobre el mar, lo que realmente vieron y lo que contaron que habían visto, se forjó una nueva mitología náutica tenebrosa y sublime de una diversidad iconográfica espectacular. A los clásicos caballos de mar que conducían el carro de Neptuno, a las nereidas, las sirenas, los tritones y otras criaturas acuáticas, se sumaron una ingente cantidad de bestias de muy variada morfología, gran tamaño y cualidades extraordinarias.
Portentos marinos en “Monstruos y prodigios” de Ambroise paré
El atlántico norte, habitualmente denominado “mar tenebroso” fue a principios del siglo XVI el más temible de los mares conocidos y navegados y, por tanto, el escenario natural en el que se ubicaron los monstruos marinos más pavorosos. Paradigma de todos ellos fue la ballena en todas sus formas. Su leyenda se remonta al mito bíblico de Leviatán, la feroz criatura en parte pez y en parte serpiente que en algún momento libraría batalla con el mismo Dios, pues simbolizaba las fuerzas del mal y contenía toda la esencia los monstruos marinos.
El cosmógrafo Sebastian Münster, el obispo sueco Olaus Magnus y el geógrafo y humanista Abraham Ortelius, autor del primer atlas mundial que bajo el título “thetrum orbis terrarum” fue publicado en 1570, reunieron en él una extensa e imaginativa cantidad de prodigios marinos.
Este tema está desarrollado con más extensión en el capítulo dedicado a las ballenas, que puedes encontrar aquí.
*****
2ª Parte: RETRATO DE UN MONSTRUO. ROMANCE
El romance que a continuación reproduzco lo tomé hace tiempo “Gazeta de antropología” de la Universidad de Granada. Afortunadamente sigue allí todavía, ( http://www.ugr.es/~pwlac/G08_08JoseAntonio_Gonzalez_Alcantud.html ) precedido de un interesante trabajo realizado por el profesor de antropología cultural José A. González Alcantud.
El título completo del romance es “Retrato de un monstruo, que se engendró en un cuerpo de un hombre, que se dize Hernando de la Haba, vezino del lugar de Fereyra, Marquesado del Cenete, de unos hechizos que le dieron. Parteole Francisca de León, comadre de parir, en veynte y uno de Junio, de 1606 por la parte tras ordinaria”. Se llamaba su autor Pedro Manchego, fue publicado en Barcelona en el año 1606 y se conserva en la Biblioteca General de la Universidad de Granada.
Romance
Oy si me prestas silencio
y auditorio a mis palabras
pienso declarar un caso
que es caso que al mundo espanta.
No quan vanos oradores
diré lisonjas, ni fábulas,
sino una verdad notable,
y por verdad aprovada.
Una cosa nunca vista
digna de ser memorada,
y de tener en memoria
por ser una cosa estraña.
Aunque es verdad que ay algunos
incrédulos que se jatan
de dezir, que son mentiras
estos sucesos que pasan.
Pero con todo pretendo
será de tanta eficacia
mi obra, que dará al mundo
crédito por ser tan clara.
No ha sucedido en las Indias,
ni en las islas de Canarias,
ni en la tierra del gran Cayre,
ni en Chipre Africa y Asia.
En el cercuyto heroyco,
que encierra la Isla Hispana
junto a una insigne ciudad,
que se intitula Granada.
En esta ciudad reside
un mercader que se llama
dentro del Alcayzería
Bartolomé de Mestança.
Este acude de ordinario
cada año a las Alpuxarras,
a cobrar algunas deudas
de muchas cosas fiadas.
A veynte y uno de Iunio
deste año que se halla,
por cuenta mil y seys cientos
y seys, según se declara.
Salió el dicho mercader
para hazer sus cobranças
y en el lugar que dire
este propio día estava.
Ocupado en sus negocios
con un Alguazil andava,
y un escrivano haziendo
execucion por casas.
Pasando por una calle
byen vozes temerarias,
que rompen los elementos
con grandes lastimas dadas.
Llegan preguntas ques esto,
y responde una muchacha,
mi padre es que esta pariendo
señores, que es lo que mandan.
Pues tu padre ha de parir
que es lo que dizes rapaza,
y por informarse bien
mas adelante se lança.
Vieron a un hombre sentado
en una silla, y sentada
una mujer a sus pies,
que en tal trance le ayudava.
Empuge señor le dize
la vieja muy angustiada,
no ahogue la criatura,
que el peligro es la tardança.
Estando atentos mirando
con un gemido se arranca,
de las entrañas del triste
esta figura endiablada.
Apenas huvo caydo
quando del barreño falta,
y a la comadre le asió
con las uñas en la cara.
Santo Dios dize la vieja
confusa y atribulada,
este sin duda es el diablo
bien lo muestra en su arrogancia.
Pusieron al monstruo fiero
en un librillo de agua
para conocer mejor
sus partes proporcionadas.
Y desque huvieron mirado
su figura y semejança,
certificaron ser esta
que ya mi pluma relata.
Pierna y pantorrilla de hombre,
y en el pie quatro uñas largas,
y el otro nadie puede
juzgarle, porque no es nada.
El medio cuerpo de ganso
de puerco espino la espalda,
de galápago la cola,
la natura entienda Bargas.
El pescueço de cavallo
y orejas la misma traça,
los ojos grandes de buey
hozico y lengua sacada.
De traça y suerte de un perro
quando de corage rabia,
si yerro en algo, otro puede
juzgarlo si en ello ay falta.
Después que hubieron mirado
la gente escandalizada,
deste espectáculo fiero,
se estava maravillada.
Unos dizen es demonio,
otros es cosa tan mala,
que a todos nos pone espanto
su figura endemoniada.
No vivió mas de hora y media
y en este tiempo graznava,
a modo de un lechoncillo
dando al agua coleadas.
Tomaron le juramento
y la comadre apremiada,
declaro, que le parió
por la parte extraordinaria.
Pidió testimonio desto
el mercader y retrata,
en un papel este monstruo
por dar dello fe en Granada.
Lo demás que sucedió
deste preñado, o preñada,
en el segundo Romance
lo verán sino se cansan.
****
Segundo romance
En el Reyno de Granada
en el famoso Obispado
de la Ciudad de Guadix
en el rico Marquesado,
Que le llaman de Cenete
del Duque del Infantazgo
sucedió lo que dire,
si atención prestan un rato.
En esta tierra que digo
ay un lugar ques llamado
Pites de Fereyra, allí
sucedió este caso extraño.
Vivió y vive en el lugar
que al presente he declarado,
un hombre apacible, afable
de trato senzillo y llano.
Estando en su juventud
tuvo amistad ciertos años
con una muger del pueblo
ciego del amor liviano.
Prometióle casamiento,
dándole palabra y mano,
y la muger en su casa
le dio entrada y passo franco.
En este tiempo prolixo
causo molestia este estado,
y el hombre mudo de gusto
porque el mal gusto es enfado.
Pago con la ingratitud
el que antes avia estado,
con mas firmeza que un rico,
preso del amor tyrano.
Al fin le cobro afición
a una muger de su barrio,
y el casamiento se hizo
con fervor y no despacio.
Vino a oydos del amiga,
y ella de zelos rabiando,
juro de tomar vengança
de su enemigo contrario.
Sintió la burlada dama
el averla ansí burlado,
el que primero avia sido
de su amor vivo retrato.
Pasaronse algunos días
y el hombre que aquí he nombrado,
de una enfermedad estuvo
de salud necesitado.
El amiga que lo supo
que estaba de salud falto,
procuro tomar vengança
de los enojos pasados.
A una vieja hechizera
le descubrió el pecho falso,
y la vieja le responde
solicita de sus cuydados.
No os aflijáis hija mía,
que prometo de vengaros,
porque un negocio de honra
no es bien que se pase en blanco.
No es razón que vuestro honor
ansí quede ultrajado,
y que aquel que mal pago os dio
es bien se le de mal pago.
Mirad que me quereys dar
y prometo de ayudaros,
que yo haré de manera
que viva siempre afrentado.
Si lo hazeys madre mía
prometo gratificaros,
vuestro trabajo, y are,
que no echeys el lance en vano.
Desde aquí os prometo dar
para una saya y un manto
y si os pareciere poco
no faltara mas que daros.
Viendo el cebo entre las uñas
a la promesa aplicado,
con grande liberaleza
la vieja acude al reclamo.
Diziendo: Pues eso basta,
mas falta lo necesario,
y esto vos lo aveys de hazer,
lo de mas quede a mi cargo.
Andad con Dios, y traedme
en breve aquese recado,
y prometo de hazer
un hecho que sea sonado.
El secreto es la importancia
pone a la boca un candado,
que si se viene a saber
hemos de pagar el pato.
Creedme señora dixo,
que aunque me hagan pedaços,
nadie lo sabrá de mi,
en eso perded cuydado.
Llegando el día siguiente
la vieja tocada a papos
fue a visitar al enfermo
con un pequeño regalo.
Como esta señor vezino?
el le respondió: Muy malo,
sabe Dios si lo he sentido,
en el alma me ha pesado.
Estuvo algunas horas
con el enfermo hablando,
con palabras amorosas
doradas con el engaño.
Dixo, Yo se un bevedizo
que otros muchos lo han tomado,
y se han sentido mejores
y es muy fácil de tomarlo.
Quedad con Dios que mañana
yo bolveré a visitaros,
y os traeré, que pretendo,
que sentireys gran descanso.
La vieja hizo un hechizo
y en un pequeño vaso,
el enfermo lo llevo
otro día con recato.
El dicho enfermo lo beve
como el que esta deseando
la salud, que no repara,
en lo que es dulce o amargo.
Pero al fin se levanto,
y aunque andava levantado
andava triste, afligido
sin color pálido y flaco.
Hinchósele la barriga,
andava lerdo y pesado,
unos le dizen que es trópico,
otros dizen, que del baço.
Dixo un día a su muger
vive Dios que estoy preñado,
porque en la barriga siento
que ma dan brincos y saltos.
Tentóle pues la muger
y dixo, por Dios hermano,
que teneys razón, no ay duda,
qual diablo os ha empreñado.
Aconsejóle que tome
tres días aguas de esparto,
porque mueva lo que tiene,
y el dixo, será acertado.
Tomólas y un cierto día
sintiéndose muy fatigado,
cubriósele el coraçon,
dieronle grandes desmayos.
Llamaron a la comadre,
y certifico ser parto,
sentóse y parió con el
lo que aquí esta retratado.
****
Tercer romance
El fin de toda esta historia
oyrán si prestan silencio
adelante en el discurso
deste Romance tercero.
Parió como tengo dicho
el hombre este monstruo fiero
de cuyo prodigioso caso
quedaron todos suspensos.
Hizieronle a este parido
torrijas con miel y huevos,
comiólos, pero después
le hizieron mal provecho.
La justicia del lugar
pone al parido hombre preso,
remetiéndolo a Granada,
como es razón de derecho.
Los señores de Granada
guardando justicia hizieron
las diligencias cumplidas,
que requiere tal exceso.
Tomáronle confesión
y respondió al pedimento,
que no sabe de que suerte
sucedió este desconcierto.
Es verdad que yo he parido,
y pues que parí pretendo,
que devía estar preñado:
pero de quien no lo entiendo.
No me pidan otra cosa
en aquesto me resuelvo,
no piense declarar mas
porque aunque quiera no puedo.
Apriétanle los cordeles
y dixo lo dicho es cierto,
aunque me maten señores
no he de dezir mas, ni menos.
Al fin fueron informados,
que tuvo el hombre en un tiempo
una amiga, y siendo así
embiaron por ella al pueblo.
Siendo venida el amiga
la pusieron a tormento,
y en su dicho declaro
el preñado por estenso.
Y a la vieja condeno
que fue autor deste enredo,
y sabiendo la verdad
van por la vieja al momento.
Siendo la vieja venida
confusa llena de miedo,
sin apremiarla declara
mucho mas que le pidieron.
Dixo, que hizo un hechizo
y se lo dio estando enfermo,
persuadida de su amiga
como atrás dixe primero.
Declaróles el hechizo
mas por ser tan suzio y feo,
lo dexo pasar en blanco,
que sabe Dios mi deseo.
Al hombre dieron por libre,
porque los señores vieron,
que no merece castigo
por ser innocente desto.
****
Quarto romance
El castigo que se dio
a las mugeres se advierta,
que en este quarto Romance,
lo sabrán si atención prestan.
Hecha pues la información
y la confesión ya hecha,
de los dichos delinquentes
retificados en ella.
El Sábado es diez y nueve
de Agosto, a las dos condenan
y ellas consienten y otorgan
sin apelar la sentencia.
A veynte y uno del dicho,
Lunes a las diez y media,
de la Inquisición sacaron
a la vieja hechizera.
Cavallera en un borrico,
con una coroça puesta,
con grande aplauso y trofeo
bien repatingada y tiesa.
Acompañada de muchos
a la Vivarambla llegan,
donde todos los mochachos
tuvieron alarde y fiesta.
Tanto pepino amarillo
tanto de berengenas,
de cortezas de melón
no se parece la vieja.
Qual se sacude en la cara,
qual le da en la cabeça,
paráronle las costillas
mas maduras que una breva.
Dize jurando la Cruz,
bellacos pues para esta,
que si me apeo que os haga
tener respeto y verguença.
Traviesan el Zacatín,
llegan a la plaça nueva,
van azia la puerta de Elvira
toda la calle derecha.
Llegaron al quemadero
adonde la vieja apea,
el verdugo y el arriero
a un palo que estava en tierra.
Ahógala en breve espacio,
y acercándole la leña
le pego y ardió
con una furia violenta.
Y así hizieron ceniza
a la vieja fraudulenta,
que quien haze mal que pague
que es muy justo que así sea.
A la amiga a otro día
danle un jubón para cuenta,
y con dozientos cruzados
de la ciudad la destierran.
Abrid los ojos señores
no os fieys de malas hembras
la que mejor cara os haze
os vende en buena almoneda.
Mirad que son gusanillos
del alma y de la conciencia,
que os van chupando la sangre
qual haze la sanguijuela.
Son víboras ponçoñosas
son falsas y lisongeras,
es basilisco en los ojos
la que mejor rostro os muestra.
Guardad no os hagan parir
como hizo esta alcagüeta
a este hombre, escarmentad
todos en cabeça agena.
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3ª Parte: ALGUNOS DATOS BIO-BIBLIOGRÁFICOS
Conrad Lycosthenes, 1518-1561, estudió filosofía en Heidelberg y fue profesor de gramática y dialéctica en Basilea. Escribió en latín una enorme e influyente antología de prodigios titulada "Prodigiorum ac ostentorum chronicon (...) ab exordio mundi usque ad haec nostra tempora”. Era, como su nombre indica, una crónica de todos los prodigios (presagios) y ostentos (signos) que habían sucedido desde el principio del mundo hasta los días en que Lycosthenes los recopiló. Se publicó por primera vez en Basilea, Suiza, en 1557. Es una obra rara y poco conocida hoy día, sin embargo fue un recurso muy valioso en su época pues recogía y explicaba cientos de prodigios, incluida la importante colección particular que Julio Obsequente recopiló en el siglo IV d.C. Más aún, Lycosthenes ilustró su libro con magníficas xilografías, y, como entonces nadie se entretenía en temas como los derechos de autor ni se creía en el plagio o en el copyright, sus dibujos fueron cumplidamente copiados y difundidos en la obra de otros autores.
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Ambroise Paré, 1510-1590. Cirujano autodidacta que a pesar de su falta de formación académica y de no hablar latín, logró ser miembro del Colegio de San Cosme, dignidad reservada a los más doctos cirujanos de Francia. Convertido en cirujano real, sirvió a cuatro reyes franceses: Enrique II, Francisco II, Carlos IX y Enrique III. Su obra principal es “Des Monstres et Prodiges”; publicó también varios tratados de cirugía y una obra titulada “Discours de la Licorne” dedicada a los animales con cuerno. Su obra, concretamente Des Monstres, es muy entretenida, y ha sido tan alabada como criticada. Se ha dicho de ella que su valor científico fue siempre dudoso, aún así, no carece de valor literario. También se han lanzado contra Paré acusaciones de plagio al hacer uso de imágenes de otros autores. Es una acusación ésta que podría hacerse extensiva a otros muchos autores del siglo XVI, pues no era nada infrecuente que las mismas láminas iluminaran distintas obras de varios autores. Por otra parte, el interés principal de los grabados era el de informar e ilustrar los textos, así que la acusación de plagio parece excesiva en este caso. Sí cabe aceptar que su obra, llena de curiosidad y fascinación, es una mirada imaginativa sobre lo insólito y que su intención de realizar una obra seria y científica se vio desbordada por su prodigiosa imaginación.
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Olaus Magnus 1490-1557, sacerdote católico que se trasladó a Roma durante la Reforma religiosa de Suecia. Aunque en 1544 fue designado obispo de Upsala en el exilio, nunca volvería a su Suecia natal. Su obra lo enmarca entre los más destacados geógrafos renacentistas. La “Carta Marina de Olaus Magnus” se publicó en Venecia en 1539 con el título "Carta marina et descriptio septentrionalium terrarum ac mirabilium rerum". Fue el primer mapa detallado del norte de Europa, incluía el área que se extiende desde el sur de Groenlandia hasta las costas rusas del Báltico, Islandia, las Islas del Norte, Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia. Es un mapa muy historiado y en él, junto a su otra gran obra, la “Historia de gentibus septentrionalibus” (1555), sigue la tradición de las cosmografías humanista y proporciona un brillante retablo de las tierras y gentes del norte en el umbral de una nueva era. Su obra fue frecuentemente reeditada y traducida a varios idiomas a lo largo del siglo XVII y durante mucho tiempo fue la principal fuente documental respecto a las gentes y pueblos de Escandinavia.
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Muchas de las imágenes que ilustran este tema las he sacado directamente de Internet. Otras las escaneé yo misma cuando era difícil encontrar buenas reproducciones en la red. Hoy día, sin embargo, hay páginas de muy buena calidad en la web, con más y mejores reproducciones que las que yo he escaneado. Sugiero a quienes interese todo lo relacionado con las cosmografías y las Ciencias de la Naturaleza en el Renacimiento y Barroco que no dejen de visitar algunas de ellas.
• Ulisse Aldrovandi: www.filosofia.unibo.it/aldrovandi/
• Fortunio Liceti: www.taringa.net/tags/Fortunio%20Liceti
• Conrad Lycosthenes: www.propheties.it/nostradamus/prodigiorum/prodigiorum1.html
• Ambroise Paré: www.bium.univ-paris5.fr/monstres/biblio/bib001709img.htm
http://archive.nlm.nih.gov/proj/ttp/paregallery.htm
• Conrad Gessner: http://archive.nlm.nih.gov/proj/ttp/Gesnergallery.htm
• Olaus Magnus http://bell.lib.umn.edu/map/OLAUS/TOUR/indext.html
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(También Blemmies, Blemmyes, Blemiis, Blemias, Blemies, Blembi, Bilemni, etc.)
Amigos, desde siempre ha habido hombres sin cabeza o con la cabeza mal ubicada.
En efecto, no es este un fenómeno reciente relacionado con las preferencias religiosas, sexuales o políticas, o con la capacidad intelectual de cada uno, o con el empeño laboral de cada cual, ni mucho menos. Los descabezados (o, por extensión, los hombres con cabeza descolocada) son como el cabello. A saber, hay acéfalos como hay calvos o pelirrojos. Y siempre los hubo, pero los de antes se manifestaban mejor, eran más rotundos.
Ya en las antiguas mitologías se hablaba de pueblos monstruosos y salvajes de extraordinario aspecto que habitaban la periferia del mundo. A pesar de su penoso aspecto, se les suponía seres humanos, aunque terroríficos. Ahí está la clave de su éxito, no en vano la fascinación por el terror es una de las características más conspicuas de la naturaleza humana.
Volviendo a los acéfalos, la cosa quedó más o menos así:
Ctesias de Cnido, un médico griego que en siglo V a.C. trabajó para el rey persa Artajerjes, explicó a sus compatriotas las maravillas que había visto en lejana India y, entre ellas, hablo de los extraños acéfalos, que, al no tener cabeza, tenían el rostro en el pecho y los ojos en los hombros y eran conocidos en su tierra por el nombre de Blemmias, (también Blemmies, Blemmyes, Blemiis, Blemias, Blemies, Blembi, Bilemni, etc.)
Debemos a Plinio el Viejo (siglo I) la exitosa incorporación de las maravillas de oriente al imaginario cultural de occidente. El viejo Plinio recoge la leyenda de los descabezados, la amplifica y la acerca más a nuestro barrio. Así dice: "Hacia occidente, hay unos (hombres) sin cabeza que tienen los ojos en los hombros". Con estas mismas características habla de otro pueblo que habita los desiertos africanos y que es conocido con el nombre de blemias. Nótese pues que él, que era muy leído y viajado, conocía bien a su propia especie y sabía que eso de no tener cabeza no era tan raro y extravagante como los antiguos habían supuesto.

Cuando los monstruos antiguos se abrieron paso desde la antigüedad a la Edad Media, tropezaron con la Iglesia. ¿Eran bestias o eran hombres? Se suscitó, ya podéis imaginarlo, una dura controversia que, sin embargo, se resolvió en un plis-plás. Lo arregló San Agustín: todas las razas monstruosas, hombres sin cabeza -o con la cabeza equivocada- incluidos, o bien no existían o, si existían, eran hijos de Adán y participaban de la naturaleza humana tanto como nosotros. Lo suscribió San Isidoro que, en el libro XI de sus Etimologías escribió: "Se cree que en Libia nacen los blemmyas, que presentan un tronco sin cabeza y que tienen en el pecho la boca y los ojos. Hay otros que, privados de cerviz, tienen los ojos en los hombros". Doctores tiene la iglesia.
Aquello dio carta de identidad a los descabezados que, desde entonces, viven entre nosotros manifestándose mejor o peor, pero, eso sí, tan alegremente.
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(NOTA: Esto es un somero resumen de un extenso trabajo que estoy poniendo en http://valdeperrillos.com/books/pasos-perdidos/-libro-monstruos/pueblos-... y que resumo aquí porque sé que tanta erudición mostrenca no interesa a nadie y además me canso de escribir cosas tan serias.)

Historia del más grande de cuantos monstruos se crían en el mar
Hubo un tiempo en el que a nadie parecía preocupar excesivamente que los hombres y bestias que poblaban el mundo tuvieran una existencia real o fueran seres imaginados. En el imaginario artístico creado por el hombre en torno a las criaturas asombrosas las encontramos de ambos tipos conviviendo con toda naturalidad. Y no siempre son más maravillosas aquellas a las que la imaginación dotó de forma, vida y consistencia, que aquellas otras cuya existencia real estaba probada y de las que se tenía noticia cierta.
Esta que viene a continuación es la historia mítica y verdadera de la maravillosa ballena, tal como fue conocida o imaginada en el transcurso del tiempo, tal como la explicaron los sabios y quedó reflejada en viejas leyendas, en delicadas miniaturas de códices medievales, en las primeras cosmografías de la edad moderna, en los grandes mapas y atlas renacentistas y barrocos, y en elaboradas definiciones de antiguas enciclopedias y diccionarios.
Lámina de la “Historia animalium” del naturalista suizo Konrad Gessner, editada en 4 volúmenes entre 1551 y 1558
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En la antigua mitología griega, Ceto personificó todos los peligros del mar. Su aspecto era monstruoso, a medio camino entre un dragón y un pez gigantesco. Su unión con su hermano Forcis fue fecunda, y de ambos descienden los grandes monstruos que poblaron el mar y el imaginario artístico occidental. De su nombre procede el término cetáceo, que desde la antigüedad viene designando a los grandes mamíferos acuáticos, de los cuales el mayor es la ballena.
Plinio El viejo, en el libro IX de su Historia Natural, explicó que los más grandes animales de la naturaleza “se encuentran en el mar Índico; entre ellos, ballenas de cuatro yugadas”. Estas medidas, traducidas a parámetros actuales, hablan de animales de más de 280 metros de largo. En el océano Gálico se encuentra otra especie de cetaceo, es el cachalote, “que se levanta a modo de inmensa columna y poniéndose más alto que las velas de las naves eructa una especie de diluvio”.
Sigue Plinio contando que otra bestia terrible del estilo de las ballenas y la más grande enemiga de ellas, es la Orca, “cuyo aspecto no podría representarse mejor por ninguna otra imagen que por la de una terrible mole de carne con dientes”. También explica que “las ballenas tienen unos orificios en la frente; por eso, cuando nadan a poca profundidad, expulsan chorros de agua a lo alto.”
Fragmento de la Carta Marina de Olaus Magnus, publicada en 1539, en la que aparecen una cantidad sorprendente de bestias marinas de todo tipo y abundancia de ballenas. En la parte inferior de este fragmento aparece dibujada la Orca.
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1539, ballenas de la Carta Marina de Olaus Magnus. Cuando un navío se encontraba acosado por las ballenas, echaba al agua barriles vacíos, pues eran animales a los que lo mismo les daba jugar a hundir barcos que a pelotear con cualquier objeto que flotara en el agua. De esta manera, si había suerte, mientras las horripilantes bestias jugaban, los navíos podían huir.
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Si observamos la imagen anterior veremos que un navío ha echado el ancla junto a una de las ballenas y los marineros han desembarcado y encendido un fuego en su lomo. El origen de esta representación iconográfica se encuentra en los Phisiologus antiguos y en los Bestiarios medievales. En este tipo de obras son dos las particularidades más llamativas que se atribuyen a las ballenas. La primera de ellas es la que se refiere al enorme pez-isla.
Ignacio Malaxecheverría, en su Bestiario Medieval, recoge la siguiente entrada procedente de El Bestiario de Philippe de Thaün, el más antiguo de los bestiarios franceses que debió componerse entre 1121 y 1152. La entrada dice así:
«Cetus es una bestia enorme que siempre vive en el mar; toma la arena del mar y la extiende sobre la espalda. Luego se yergue sobre el mar y queda inmóvil. El navegante la ve y cree que es una isla; allá va a atracar y a preparar su comida. La ballena nota el fuego, la nave y sus gentes, y se zambulle; si puede, los ahogará. »
1-Diversas miniaturas en códices medievales. Imagen superior: En la British Library, manuscrito Sloane, Folio 42v. Abajo a la izquierda, miniatura de manuscrito de Egerton, también en la British Library. Abajo a la derecha, Aspidochelone en un manuscrito de la Danish Royal Library
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Jorge L. Borges, en su ‘Libro de los seres imaginarios’, se refiere a la ballena en términos parecidos. Su descripción procede de un Bestiario anglosajón, probablemente de una de las traducciones del Fisiólogo Griego escrito entre los siglos III y V d.C. Según lo cita Borges, dice así:
«Hablaré también en este cantar de la poderosa ballena. Es peligrosa para todos los navegantes. A este nadador de las corrientes del océano le dan el nombre Fastitocalón. Su forma es la de una piedra rugosa y está como cubierta de arena; los marineros que lo ven lo toman por una isla. Amarran sus navíos de alta proa a la falsa tierra y desembarcan sin temor de peligro alguno. Acampan, encienden fuego y duermen, rendidos. El traidor se sumerge entonces en el océano; busca su hondura y deja que el navío y los hombres se ahoguen en la sala de la muerte. »
La primera imagen corresponde a una miniatura del códice Salisbury del siglo XIII, que se encuentra en la British Library. La segunda representa la isla pez de San Brandan en un manuscrito alemán del siglo XV. La tercera es un grabado del siglo XVI en el que se representa la misma leyenda.
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La más famosa ballena-isla de todas las conocidas, es la Isla de san Brandán o de San Borondón. Este personaje, que vivió entre los años 484 y 576, fue un abad irlandés del monasterio de Clonferten que un buen día se hizo a la mar con diecisiete de sus monjes buscando tierras en las que evangelizar. El suyo fue un viaje maravilloso que duró siete años y que le condujo de isla en isla viviendo en ellas prodigiosas aventuras. La más maravillosa de ellas fue la misa de Pascua que celebró sobre el lomo de una enorme ballena que dormitaba en el Océano, próxima a las Islas Afortunadas, las Canarias. Sobre el dorso de aquel monstruo había crecido la vegetación, por lo que la confundieron con una isla. Una vez terminó la santa misa, la ballena se sumergió de nuevo no sin que antes el santo y sus monjes tuvieran tiempo de ponerse a salvo y continuar su viaje.
En el mapa de Piri Reis, junto al dibujo de la ballena-isla y el navío del santo, aparece el siguiente texto:
«Se dice que en tiempos antiguos un sacerdote llamado San Brandán y su gente, viajando por los siete mares, llegaron a esta isla –que es un pez-, y pensando que era tierra firme se refugiaron y encendieron un fuego en ella. Cuando del pez comenzó a quemarse se sumergió en el mar y ellos huyeron despavoridos con los botes y se pusieron a salvo en su barco.»
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Una segunda característica habitualmente referida en los fisiólogos y bestiarios, es el extraordinario olor que despide su aliento. La misma descripción de la cita mencionada por Borges añade:
« También suele exhalar de su boca una dulce fragancia, que atrae a los otros peces del mar. Estos penetran en sus fauces, que se cierran y los devoran. Así el demonio nos arrastra al infierno.»
E Ignacio Malaxecheverría recoge en este sentido una entrada procedente de El Fisiólogo Griego (siglos. III-V d.C.):
« Hay un monstruo en el mar llamado aspidochelone (…) cuando tiene hambre, abre las mandíbulas de par en par, y de ellas sale un aroma dulcísimo. Y todos los pececillos se arremolinan en bandadas y en bancos en torno a la boca de la ballena, que los engulle; pero los peces grandes y adultos se mantienen alejados de ella.»
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Tan importante como la misma ballena eran los productos que se derivaban de ella y en cuyas cualidades físicas estaba el origen del aroma dulcísimo del que hablan los bestiarios. Una de ellas era el ámbar gris; la otra, el espermaceti. Muchos autores pensaban, como vemos en la ilustración de la Carta Marina de Olaus Magnus, que ambos productos eran en realidad uno solo. Otros distinguían claramente dos, siendo el primero una sustancia natural que ni es ámbar ni es gris y que se produce en el intestino de los cachalotes. Es de color blanco parduzco con tonalidades irisadas y cuando se seca al aire y está solidificado despide un olor dulce y muy agradable que se usa en perfumería para dar consistencia y durabilidad a los aromas. Fue una sustancia apreciadísima y a final de la Edad Media llegó a alcanzar el valor de su peso en oro.
El espermaceti, es un producto de color blanco, graso, de la consistencia de la cera y muy cotizado entre los perfumistas, drogueros y boticarios, que ni es esperma ni es de ballena. Se origina en un órgano que se encuentra en el cráneo de los cachalotes, pero en la antigüedad y en la Edad Media se suponía que aquella sustancia era esperma de ballena, de ahí su nombre. El Diccionario de Autoridades de la Academia de 1732 lo define como un “Liquór pingüe ó porcion del celebro de la balléna, que derramandose en el mar, se coagúla de suerte que se puede recoger; y el mejór y mas oportúno es el que se saca de los cráneos de las ballénas. Es voz usada de los Boticarios”.
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Otra modalidad de ballena con una importante carga simbólica y muy presente en el imaginario medieval , es la devoradora de hombres. El héroe devorado por el monstruo y devuelto posteriormente desde las tinieblas a la luz, es una parábola de iniciación común a muchísimas culturas. La ballena devuelve a sus víctimas y el devorado sale del vientre del monstruo más sabio de lo que entró, más completo, más adulto. Desde Jonás hasta Pinocho pasando por el mito medieval de Alejandro magno que bajó al fondo de los océanos metido en una campana de cristal y amparado por la ballena, en esta imagen se aúna una simbología variopinta que se alimenta en elementos bíblicos, fábulas orientales, mitos clásicos, viajes maravillosos y creencias medievales.
Grabado en madera y coloreado a mano que se publicó en la Cosmographia de Sebastian Munster en 1550. Estos monstruos son copia de los que pocos años antes dibujara Olaus Magnus en su Carta Marin, y con ligeras variaciones fueron habitualmente reproducidos en muchos atlas y mapas que se publicaron durante los dos siglos siguientes.
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Cuando el hombre en las puertas de la modernidad se aventuró por los océanos y los navegó buscando lo desconocido, no racionalizó demasiado la idea del monstruo, más bien al contrario. Algunos autores renacentistas substituyeron los asombrosos monstruos medievales de marcado carácter moralizante por otros más fabulosos aún que generaron también un imaginario riquísimo y extraordinario. No es fácil marcar una línea precisa que separe el bestiario propiamente medieval del renacentista. Entiendo que la principal característica del primero es su vocación simbólica y moralizante mientras que el segundo es fruto del afán por indagar en la naturaleza, mostrarla y dar a conocer sus sorprendentes criaturas, estuviera su existencia acreditada o no, procedieran de testimonios fidedignos o de referencias improbables.
Ballenas del mapa de Diego Gutierrez, de 1562, y del mapa de Islandia de Abraham Ortelius, de 1609
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La tradición enciclopedista volverá a las descripciones plinianas y aportará una iconografía propia, la de la ballena relacionada con enormes géiseres de agua que brotan de los orificios nasales situados en su lomo. Esta es la principal característica que señala San Isidoro de Sevilla en el libro XII de sus Etimologías, donde escribe:
«Las ballenas son bestias de enorme tamaño y su nombre proviene del agua que lanzan y escupen al aire; ninguna otra bestia del mar las lanza a tan gran altura; βάλλειν en griego significa lanzar».
Ballena del mapa de Edward Wright, de 1657, y grabado de Johann Christoph Wagner, de 1684
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Esta misma será la tendencia seguida en adelante en las cosmografías, los atlas y los diccionarios renacentistas y barrocos. Ferrer Lerín recoge en su Bestiario la entrada del diccionario de Sebastián de Covarrubias, el Tesoro de la lengua castellana o española, que se publicó por primera vez en 1611, y que reza así:
« BALLENA. El mayor pez de quantos cría el mar, el mesmo que los hebreos llaman leviatán. Dice la Vulgata que dragones se llaman los pezes grandes, y en particular la vallena. Esta tiene la boca casi en la frente, y por esta razón quando va nadando sobre el agua arroja en el ayre grandíssimos golpes de agua, con gran furia e ímpetu, y esto a causa de no tener agallas; su pellejo tiene pelo como el vitulo marino, y por esto no pone o desova huevos, como los demás pezes, sino animal ya perfecto. »
En 1726 el Diccionario de Autoridades de la Real Academia Española la define así:
«Pescado de monstruoso tamaño, el mayor que produce el mar. Plinio, lib.3 2.cap.I. dice que suele tener 600. pies de longitud, y 360. de latitud, y la experiencia muestra ser assi, por algunas que se cogen en nuestras costas de Cantabria y Asturias. Tiene la boca casi en la frente, y por esta razón, y por no tener agallas, quando va nadando sobre el agua, arroja en el aire grandísimos golpes de ella. Su cuero tiene pelo como el Vitulo, y lobo marino. Tiene unas barbas mui largas y fuertes. (…) Otros tienen conchas como las tortugas y galápagos, y algunas serpientes y dragones y ballenas y otras grandes bestias del mar. (…)»
Grabado de Ulisse Aldrovandi coloreado a mano en el cual se lee en la primera etiqueta ‘Ballena vera’ y en la tercera: ‘Cete per excellentiam’
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Los Cinocéfalos
La historia del hombre-perro, que tiene muy variadas derivaciones en el imaginario popular, pudo empezar a forjarse durante los grandes fríos del último período glacial, cuando en medio de una naturaleza hostil, hombres y lobos coincidían en el espacio y codiciaban las mismas presas. Parece que domesticar al lobo fue una empresa sencilla, seguramente a ambos convino utilizar los recursos del otro.
De su cooperación surgió una larga historia común de amistad y respeto llena de asociaciones culturales y de trasposiciones quasi cromosómicas entre ambas especies. La personalidad del perro se incorporó al acervo cultural de la humanidad y quedó reflejada en los mitos y en el arte desde tiempos muy remotos, ocupando generalmente un rol protector y benéfico dotado de una carga afectiva importante.
Llegaron de todas partes. El mito de los hombres con cabeza de perro es uno de los más extendidos, su ámbito comprende casi todo Oriente, Europa, África septentrional y las zonas entorno al báltico, al Cáucaso y las tierras comprendidas entre el Mar Caspio y el Mar de Aral. Desde su origen remoto en los mitos y religiones de la antigüedad pasando por las crónicas de historiadores y los relatos de viajeros, llegó al imaginario medieval y renacentista una variopinta raza de criaturas monstruosas que siendo plenamente humanas tenían cabeza de perro, por lo que recibieron el nombre de cinocéfalos.
Cinocéfalos del libro de las maravillas de Marco Polo
Quizás sea ésta la más humanizada de entre todas las razas portentosas y periféricas, pero no siempre en los aspectos más positivos. Las crónicas que conocemos aportan dos visiones distantes, casi opuestas, del cinocéfalo. Mientras unos hablan de la más humana de las razas monstruosas y lo presentan como un ser sociable y con cualidades innatas para el mercadeo, siendo el único de los pueblos monstruosos que comparte con nosotros el don de la palabra, otros explican a una criatura salvaje y brutal que se comunica con ladridos aterradores, lascivo y grosero, que se aparea como los perros y es capaz de escupir fuego por la boca.

Tímpano de Ste-Madeleine de Vezelay, S. XII; híbrido de Aldrovandi, S. XVI; pergamino del siglo XII
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Algunos ‘famosos’ con cabeza de perro 
No todos los seres con cuerpo humano y cabeza de perro fueron propiamente integrantes del pueblo de los cinocéfalos. Algunos han sido dioses, como Upuaut con cabeza de chacal, y Anubis, representado con cuerpo humano y cabeza de perro. También uno de los cuatro hijos de Horus, que acompañaban a las almas de los muertos al juicio, era cinocéfalo.

Según la tradición, San Cristóbal, mártir del siglo tercero muy popular en la Edad Media, habría sido un cinocéfalo, pero él sí era miembro de una de las tribus cinocéfalas asiáticas que habitaban las tierras de los escitas. Otros aseguran que era un hombre normal y corriente hijo de un rey cannaneo y el nombre de ste pueblo vendría su asimilación formal con el cinocéfalo.
Una leyenda común en el siglo XIII, daban por hecho que Atila, el rey de los hunos, era cinocéfalo. Con esta transformación biológica se ponían de manifiesto en la Edad Media los valores más negativos, irracionales y brutales de los pueblos que precedentes de Asia acosaban a Europa.
Algunas referencias y descripciones
Hesíodo (s. VIII a C.), en un fragmento de las Eeas, habla de las tierras de los Masagetas y de los orgullosos Hemikanes, mitad hombres y mitad perros. En otro fragmento de la misma obra escribe que "Nadie acusará a Hesiodo de ignorancia a pesar de que hable de los Hemicanes, los Macrocéfalos y los Pigmeos.
Tanto Ctesias de Cnido, en el siglo V a C., como Megástenes en el siglo III a C., escribieron sendas ‘Historia de la India’, y en ambas describen en parecidos términos a estos hombres con cabeza de perro que no tenían idioma y, aunque comprendían el idioma de la India, sólo se comunicaban con ladridos. Contaron que no tenían oficio, pero vendían a los indios el ámbar y purpura que extraían de las plantas a cambio de harina, telas y armas. Que vivían de la caza, eran hábiles con el arco y la jabalina, se alimentaban de carne cruda, cuidaban rebaños y bebían la leche de sus cabras, ovejas y burras. Habitaban en cuevas y se vestían con pieles curtidas. Su anatomía presentaba una cola bajo las nalgas como la de los perros; pero más larga y peluda. Era aquél un pueblo longevo cuyas gentes fácilmente alcanzaba los doscientos años, "de todos los hombres, eran los que más tiempo vivían" (Ctesias).
Cinocéfalos del Punjab, en la India. S.XVII
La obra de Plinio el Viejo abrió la puerta de la Edad Media a todas estas criaturas humanas portentosas. San Agustín, San Isidoro y otros autores hablan de los cinocéfalos y de otros pueblos monstruosos en términos que ya vimos en un capítulo anterior.
Jean de Mandeville en su ‘Libro de las maravillas’, en el s.XIV d C., habla de una tierra grande y hermosa llamada Nacamerán en la que “Sus habitantes, hombres y mujeres, tienen todos cabeza de perro y de ahí que se llamen cinocéfalos. Son gentes dotadas de razón e inteligencia salvo en una cosa: un buey es su dios y (…) llevan en la frente la imagen de un buey cincelado en oro y plata. Andan casi desnudos, su único traje es un pedazo de tela que va desde la cintura hasta las rodillas y les tapa el miembro secreto. Son altos, fuertes y valientes guerreros. Para luchar llevan colgado del cuello una adarga que les protege todo el cuerpo y en la mano, una lanza. Cuando derrotan a un enemigo en la batalla y lo apresan, al pronto se lo comen.” Mandeville pondera el sentido de la justicia y del orden de los cinocéfalos y su organización política en torno de un rey muy ecuánime que imparte justicia de acuerdo a sus leyes.
Al onagro, que no es monstruo ni prodigio.
Aunque la idea de este apartado es observar y dar a conocer algunos de los monstruos y prodigios que se han instalado en el imaginario colectivo occidental, sean animales, humanos, monstruos o híbridos, y no acaba de ser este el caso del Onagro, lo hemos incluido, pues no siempre estuvo claro que no hubiera en su naturaleza algún componente mágico que lo hiciera acreedor de un lugar entre las criaturas maravillosas de las que este trabajo se ocupa.
Ciertamente se reconoce en el Bestiario Medieval que los onagros son animales y no bestias feroces, pero, “movidos por un enorme coraje y exultantes a menudo de fuerza, arrancan las peñas de los montes. Se los describe en los desiertos de Persia, junto a prodigios increíbles, con cuerpos de buey y cuernos poderosos”.
Y es que el Onagro, asno silvestre y montaraz, según lo cita el diccionario académico de Autoridades de 1737, fue un animal estimado y muy considerado en la antigüedad.
(Nótese que Montaraz es palabra eufónica y cautivadora. A una siempre le apetece encontrar la ocasión de decirla o escribirla. Por eso, por montaraz, está dedicado al onagro, criatura que no es monstruo ni prodigio, este capítulo).
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Los hebreos miraron con simpatía al asno en general y al asno salvaje en particular. El Asno salvaje de la Biblia, el onagro asiático, es un animal fuerte y ágil de color rojizo que vive formando rebaños en las estepas palestinas. En la biblia se le menciona casi solamente en versículos poéticos y proféticos.
[Job 6:5 ¿Acaso rebuzna el asno montés junto a su hierba, o muge el buey junto a su forraje?];
[Job 11:12 El hombre vano se hará entendido, cuando un pollino de asno montés nazca hombre.];
[Sal 104.:10-11 Él hace brotar manantiales en los valles, corren entre los montes; dan de beber a todas las bestias del campo, los asnos monteses mitigan su sed];
[Is. 32:14 Porque el palacio ha sido abandonado, hecha un desierto la populosa ciudad. Colina y atalaya se han convertido en cuevas para siempre, un deleite para asnos monteses, un pasto para rebaños]
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Casi al mismo tiempo, en las leyendas mesopotámicas, la diosa Ishtar dedicaba al rey Uruk un voto precioso: “que tu asnillo, con carga, adelante a una mula”, y Gilgamesh, en el canto fúnebre que ofrecía a su amigo Enkidu rememoraba su carácter libre y salvaje recordando que su padre fue el onagro y la asnada lo crió con su leche . El onagro simbolizaba la Libertad y la Independencia, pues se afirmaba que nunca se ha dejado dominar por el hombre.
No es exacto, sin embargo, que el Onagro se mantuviera del todo salvaje e indomesticado, pues sabemos que los sumerios, allá por el 2500 a. C., lo usaban ya en sus incursiones militares. También Heródoto, en fechas más recientes, menciona los carros de guerra del ejército persa de Jerjes tirados por onagros. Sin embargo, la idea del onagro indómito subyace en la leyenda caldea según la cual eran criaturas de su especie las que conducían el carro en el que el sol cada amanecer regresaba a la tierra. Y esto era así porque, siendo el único animal imposible de domesticar garantizaba que nadie con malas artes pudiera seducirlos y obstaculizar el viaje del carro solar.
El Onagros de los griegos es el asinus africanus, más rápido, elegante y ligero que el asno doméstico. La tradición griega, que ridiculizó al asno común, asoció sin embargo al onagro con Apolo, un dios cuyo solo nombre es ya luminoso y simboliza la belleza. Cuenta Píndaro en su décima oda Pítica, que los hiperbóreos ofrecían al radiante Apolo magníficos sacrificios de asnos salvajes, y que el dios los aceptaba sabiendo cuán apreciados eran entre los humanos del lejano norte estos animales altivos y fogosos.
Plinio, en el capítulo 46 de su libro VIII, comenta que los machos salvajes mandaban en un rebaño de hembras y, fogosos como eran, temían a sus competidores en el amor. Por ello castraban a mordiscos a los potrillos machos nada más nacer. De este cruel comportamiento se hacen eco también el Physiologus antiguo, escrito en el siglo II d.C., y el Bestiario medieval. Así mismo sabemos de todas estas fuentes que es un animal que prefiere la noche al día -pues le gusta muchísimo dormir-, y el invierno al verano -pues las noches son más largas y puede dormir más horas-.
Otra característica del Onagro que tanto el Fisiólogo como el Bestiario destacan, es su increíble y escalofriante rebuzno y las ocasiones en que lo emiten a tan gran nivel que da miedo oírlos. Así, el día 25 de cada mes de Famenòth (marzo), tan pronto distinguen los salvajes asnos que es el día del equinoccio, rebuznan 12 veces, y así conocen el Rey y la corte que empieza la primavera. Ved lo el significado de todo ello tal como lo cuenta el bestiario:
“Cuando el diablo advierte que decrecen sus gentes, como lo hacen las horas de que consta la noche después del equinoccio de primavera, que tenemos en verano, empieza entonces a gritar, a lamentarse con fuerza, como lo hace el asno que rebuzna y brama”. (Philippe de Thaun, autor en el siglo XI de uno de los bestiarios más atención por parte de historiadores del arte, literatos y filólogos ha recibido).
Otra circunstancia en la que el rebuzno del onagro da la medida de su salvaje naturaleza es el momento en que, a causa del hambre, braman con tal fuerza que pueden llegar a reventar completamente. Esta característica del onagro que le conduce a la autodestrucción la explica el bestiario en semejanza a algunos hombres que
“cuando tienen un asunto en la corte o en otros lugares ( por intereses suyos o para demostrar sus derechos), gritan y hablan tanto, con tanta furia y tan iracundamente, que todos se apartan de ellos. (Y así, si algún buen derecho tienen, lo pierden por su hablar desquiciado), y quedan confundidos y rotos (…) pues todo hombre iracundo cuando quiere ayudarse a sí mismo, se desayuda.” (De los Bestiaris catalans editados por Severio Panuncio en el siglo XV, según los cita Ignacio Malaxecheverría)
Está claro pues que el salvaje, libre e indómito onagro recibió consideración y respeto en las antiguas culturas, aprecio que se fue perdiendo en Grecia y Roma y llegando a ser considerado una bestia brutal y diabólica en la Edad Media. Poco a poco irá adquiriendo, prestadas o transferidas al asno doméstico, las cualidades negativas de torpeza, obstinación, pereza y rijosidad con la que ha llegado al imaginario actual, en la que si uno es un burro es simplemente burro: ¡faltaría más!
Pero al asno doméstico voy a dedicar un próximo capítulo, así que de momento, dejo este aquí tal cual está.
Nota sobre las imágenes:
la representación del onagro en la iconografía artística, es muy escasa, no es fácil encontrar imágenes de este animal. He puesto en este trabajo algunas extraídas de los bestiarios medievales y otras más que no tienen nada que ver con el onagro, sino con la romería de caballos, asnos y demás solípedos que nos regala El Bosco en su panel central del Jardín de las delicias.
Algunos apuntes bibliográficos:
Historia natural VII-IX. Plinio el Viejo. Biblioteca clásica Gredos
El asno inverosímil. Cristóbal Serra. Col. Biblioteca Parva de Cristóbal Serra; Ediciones Cort.
El asno ilustrado. Manuel Lozano Pérez Ramajo. Imprenta Nacional (Madrid)
Bestiario Medieval. Ignacio Malaxecheverría. Selección de lecturas medievales; Ediciones Siruela.
El Bestiario de Cristo, Vol.I; L. Charboneau-Lassay; col. Sophia Perennis; Ediciones Olañeta.
Me alegraré si os ha gustado.
1.-Panotii del manuscrito Cotton MS Tiberius, Inglaterra, c.1025-1050
2.-Panotii del manuscrito Cotton MN Vitellius, Inglaterra, c.1000

Uno de los más sorprendentes e interesantes pueblos monstruosos del que hablaron los autores griegos, fue el de los orejones, conocidos comunmente como panacios, panotti, panotos, panotios (y más), nombre que significaba “todo orejas" y que recibieron por estar dotados de gigantescos pabellones auditivos en los que se envolvían para abrigarse y para dormir.
Probablemente nunca hubiéramos conocido bien a los panotii si Photius, patriarca de Constantinopla que vivió en el siglo IX d. C, no hubiera compendiado una importante colección de citas de autores clásicos cuyas obras originales están hoy extraviadas. El primer autor que según Photius cita a este sorprendente pueblo de hombres monstruosos, fue el aventurero Scylax de Caryande, que vivió en el siglo VI a.C. y que tropezó en la India con dos pueblo de orejones, los Otoliknoi, cuyas orejas eran grandes como abanicos, y los Enotokoitai que podían envolverse y dormir abrigados en sus enormes pabellones auditivos.
3.- Imagen dibujada junto a otras dieciseis razas monstruosas en el Folio 243 de la Biblia de Arnstein , manuscrito alemán realizado el año 1142
Photius cita también la descripción más precisa que hiciera Ctesias de Cnido en el Siglo V a.C. Ctesias se refirió a un pueblo de unas treinta mil almas al que llamó Pandae, que habitaba en las montañas de la India asegurando que sus mujeres parían una sola vez en la vida y los hijos nacían con el cabello blanco y se les iba oscureciendo con la edad, de manera que al llegar a la vejez tanto la barba como el cabello eran negros como el ébano. Aquellas gentes tenían ocho dedos en cada mano y en cada pie y sus orejas eran tan grandes que se podían cubrir con ellas la espalda y los brazos. Un dato a tener en cuenta es que la polidactilia que los autores griegos atribuyen a este pueblo no la recogieron después los autores latinos ni los medievales, que, por su parte, atribuyeron esta característica a otras razas portentosas, como los macrobii o los antípodas.
4.- Panotti de la Crónica de Nueremberg, amplia recopilación de la historia del mundo desde sus orígenes realizada por Hartman Schledel y publicada en Alemania, en el siglo XV. Esta importante obra contó con la colaboración de diversoss artistas e ilustradores de la época. Entre ellos Alberto Durero.

Aunque las referencias latinas a este pueblo son abundantes, poco se dice en ellas. Con gran variedad de nombres y distintas grafías, -phanesii, panotii, sannati, etc.- este pueblo aparece en la obra de Megasthenes, Estrabón, Plinio, Solino y Pomponio Mela. Plinio aseguró que vivían en una isla del extremo norte pero en general se les ubica en la zona continental de Escitia, una de las más salvajes regiones periféricas del norte del mundo en las que tan habituales eran las gentes extrañas, los monstruos y los prodigios. Muchos autores apenas los nombran o los describen someramente. Se cuenta que eran criaturas miedosas y esquivas; algunos, cuando se sentían acorralados, extendían la orejas como si fueran alas para impulsarse con ellas y huir a gran velocidad.
5.- Panotii en un relieve de la Basílica de Vezalay. Francia, S.XIII
Ya en la Antigüedad tardía hay que destacar que autores tan importantes como San Agustín, que es el legitimador de los pueblos monstruosos al reconocerlos como humanos e hijos de Dios, no habla de los panotios. Sí lo hacen sin embargo Isidoro de Sevilla y Rabanus Maurus, y ya en la plena y tardía Edad Media, son frecuentes las referencias en catálogos teratológicos medievales, en libros de viajes y maravillas de autores como Mandeville y Odorico de Pordenone y en los mapamundis y discarios de los siglos XIII y XIV.
Después del descubrimiento de América, se vino a suponer que las razas fabulosas de oriente habitaban realmente en el nuevo continente. Varias tribus americanas que recibieron este nombre y fueron mencionadas en las crónicas con harta frecuencia. Antonio Pigafetta, cronista de la expedición de Magallanes en su vuelta al mundo, cuenta que en su viaje llegaron a una isla supuestamente habitada por una raza de enanos de enormes orejas, aunque, como no pudo verlos, no quiso dar crédito a esta historia. El gobernador Diego Velasquez, ordenó a Cortés encontrar a la raza de los orejones; también Cabeza de Vaca asegura que uno de sus capitanes los encontró en una isla que llamó 'el paraíso de los orejones", y Richard Harcourd en 1613 mencionó una tribu de hombres de largas orejas que habitaban junto al rio Maroni, en la Guayana.
Con el paso del tiempo, a medida que los descubrimientos de nuevas tierras ampliaron las fronteras del mundo conocido, las razas monstruosas se fueron desplazando del centro hacia la periferia, pero siguieron sin aparecer y de esta manera, poco a poco, las leyendas se diluyeron o desaparecieron.
En el capítulo XVII de El Cándido de Voltaire aparece una curiosa e interesante alusión a los orejones. Voltaire los presentó integrando una tribu salvaje que habitaba en las selvas del alto Paraguay donde vivían martirizados por los misioneros jesuitas. Los integrantes de aquel pueblo, como buenos salvajes amazónicos, eran también caníbales, por eso, cuando confundieron al joven Cándido con uno de los odiados jesuitas, decidieron comérselo. Pero pronto comprobaron que no sólo no era jesuita sino que además estaba también huyendo de ellos, por lo que trabaron amistad y le festejaron. En esta anécdota Voltaire da rienda suelta a su anticlericalismo y mezcla irónicamente el mito de los orejones con el de los caníbales y el del buen salvaje.
Por último, apuntar que no es rara la presencia de orejones en las mitologías de otras culturas. También en el imaginario musulmán hay seres de grandes orejas, en Japón están los ‘choji’, en Melanesia los ‘dogal’; en la Persia del siglo X, el poeta Firdusi, o Firdawsi, habla en su ‘Libro del Rey’ de los pueblos de Gog y Magog y se refiere a ellos como hombres peludos con torso y orejas de elefante en las que se envuelven como si fueran mantas.
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Amigos, igual que desde siempre ha habido hombres con la cabeza inadecuada, los han habido -y sigue habiéndolos- capaces de sorprendernos por los pies. Este capítulo se refiere, más que a los pies que hoy nos sorprenden, a los hombres cuya podomorfología dejó huella en la historia.

Porque hasta que el aspecto físico de la estirpe humana quedó asentada en lo que ya sabemos, hubo que dar muchas vueltas y una de ellas pasó por los Esciápodas: los hombres que, allá en los confines del mundo, reposaban a la sombra de sus pies. Mito que pone de manifiesto una vez más que en el siglo XXI se hace difícil inventar “ex novo” un monstruo humano. Casi todo lo que seamos capaces de imaginar en cuanto a criaturas humanas de aspecto imposible, parece ya imaginado, pensado, descrito y representado.
El de los Esciápodas –Sciapodi, sciápodos, Skiòpodes, monoclos, unípodos, etc.- fue uno de los casos monstruosos más afamados y sorprendentes de la antigüedad. Era un pueblo de gentes de buen carácter que habitaban, como debe ser en el caso de las razas extraordinarias, en la periferia del mundo conocido.
Se caracterizaban por ser criaturas muy ágiles, rápidas y veloces en la carrera, todo ello a pesar de estar dotadas de una sola pierna de rodilla rígida y un único y enorme pie. Los griegos les dieron el nombre de sciápoda, que significa “a la sombra del pie” porque cuando el sol apretaba y el gran calor hacía la vida casi imposible, se tumbaban de espaldas en el suelo y utilizaban su único y formidable pie como sombrilla.
El primer autor que habló de ellos fue Skylax de Karyanda, en el siglo VI a. C. y los ubicó en la fabulosa India; allí donde casi todas las maravillas que en otros lugares del mundo eran sólo mito y fantasía, tenían existencia real. Más o menos en el mismo periodo Ecateo de Mileto hablaba de un pueblo casi idéntico que vivía en el extremo meridional de Egipto, otro de los lugares donde todo lo imaginable era posible.
Plinio el Viejo, habló de ellos en su “Historia Natural” y haciéndolo los popularizó e introdujo en el imaginario cultural europeo. Los llamó Monocolos, que significa “un solo pie”, y los describió como hombres “con una sola pierna y de extraordinaria agilidad para el salto, que también se llaman esciápodas, porque en los mayores calores permanecen tumbados boca arriba en el suelo protegiéndose con la sombra de los pies”. Su existencia fue aceptada sin grandes aspavientos en la Edad Media, incluso por los autores más sesudos. San Agustín los aceptó como hijos de Adán y San Isidoro los incluyó en el libro XI -Acerca del hombre y los seres prodigiosos- de sus Etimologías, compendio del saber antiguo y obra cumbre del enciclopedismo medieval, escribiendo que “…en Etiopía existe el pueblo de los esciopodas, dotados de extraordinarias piernas y de velocidad extrema. Los griegos los denominan skiópodai porque durante el verano, tumbados de espaldas sobre la tierra, se dan sombra con la enorme magnitud de sus pies.”

El espacio propio de de estas criaturas míticas y prodigiosas estuvo siempre en la periferia del mundo conocido y no es extraño encontrarlas representadas en los mapas medievales. Pero el mito de las razas humanas monstruosas se prolongó en el tiempo más allá de la Edad Media. Durante el Renacimiento, una época particularmente fascinada por lo prodigioso, las fronteras del mundo conocido se ampliaron tanto que estas criaturas míticas cambiaron de continente y se trasladaron a las nuevas e ignotas tierras de América y a las de un hipotético continente austral.
Así, entre los indígenas del Amazonas existe la leyenda de un duendecillo muy moreno y travieso llamado Sací que habita en la selva e indica a los viajeros el camino errado; lleva una gorrita roja, fuma en pipa y tiene una sola pierna y un solo pie -que también usa, como su pariente índico, a modo de parasol-.
Sací es un mito de síntesis y como tal, conserva rasgos de las distintas culturas en que se origina. Parte de él llega exportado desde el viejo mundo por los conquistadores portugueses y por los esclavos africanos, pero también encuentra parte de su idiosincrasia en la mitología propia de los pueblos amazónicos. En cualquier caso, es destacable lo cómoda que resultó la exportación de este mito, lo que da medida no sólo su arraigo y popularidad entre los europeos ‘modernos’ de los siglos XVI y XVII, sino también de la naturalidad sin aspavientos con la que ciertas ficciones son acogidas y se integraran en todas las culturas.
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La hibridación de hombres y animales es una de las más habituales formas de inventar un monstruo. El zoo-antropomorfismo simboliza generalmente estados superiores del ser, predominando el aspecto racional, cuando la naturaleza animal corresponde a la parte superior del cuerpo. Por el contrario, si el animal está asumido a la parte inferior del cuerpo, las implicaciones simbólicas asociadas a aspectos psicológicos o a actitudes irracionales, son mucho más fuertes. De la figura antropomorfa con cabeza de chivo hablaré en otro capítulo dedicado al diablo. En éste que presento ahora me centraré la forma contraria, la más habitual en el ámbito de las religiones griega y romana y cuyo máximo exponente es el sátiro.
Sátiros y ménades en la vendimia previa a las fiestas de Dionisios. Plato cerámico del siglo IV a.C.
A Sócrates, señores, yo intentaré elogiarlo de la siguiente manera: por medio de imágenes. Quizás él creerá que es para provocar la risa, pero la imagen tendrá por objeto la verdad, no la burla. Pues en mi opinión es lo más parecido a esos silenos existentes en los talleres de escultura, que fabrican los artesanos con siringas o flautas en la mano y que, cuando se abren en dos mitades, aparecen con estatuas de dioses en su interior. Y afirmo, además, que se parece al sátiro Marsias. Así, pues, que eres semejante a éstos, al menos en la forma, Sócrates, ni tú mismo podrás discutirlo, pero que también te pareces en lo demás, escúchalo a continuación. Eres un lujurioso. ¿O no? Si no estás de acuerdo, presentaré testigos. Pero, ¿que no eres flautista? Por supuesto, y mucho más extraordinario que Marsias. Éste, en efecto, encantaba a los hombres mediante instrumentos con el poder de su boca y aún hoy encanta al que interprete con la flauta sus melodías -pues las que interpretaba Olimpo digo que son de Marsias, su maestro-. (…) Mas tú te diferencias de él sólo en que sin instrumentos, con tus meras palabras, haces lo mismo.(Platón, Banquete, 215a)
Plutarco (46-120 d.C .) nos cuenta que durante el reinado del emperador Tiberio una nave pasó junto a la isla de Paxos y sus tripulantes pudieron escuchar unas voces que desde la costa clamaban: “si vais a Epiro, decid allá que el gran Pan ha muerto”. Cuando los marineros transmitieron la noticia, se escucharon por doquier gritos de dolor de animales, plantas y rocas. Se entendió entonces que al desaparecer el culto de los antiguos y sencillos dioses de la naturaleza, se iniciaba una nueva era (la del cristianismo, que enmudecería a los oráculos y derribaría a los ídolos).
Amigos, cualquiera que observe con atención el logo que encabeza la página de Valdeperrillos detectará situada a la derecha la figura de un agraciado Rinoceronte. Quizás piense que se trata de un rinoceronte africano o indio, pero no, el animal es genuinamente europeo, nos hallamos ante un prodigio de la imaginación y esta que viene a continuación es su historia.

Casi todo lo que desde la antigüedad hasta el renacimiento se supo del rinoceronte se basó en la breve descripción que sobre tan exótico animal hiciera Plinio el Viejo en su Historia natural. Decía así:
“En los juegos de Pompeyo Magno se vio al rinoceronte con un solo cuerno en la nariz, como se ha visto frecuentemente. Éste es el otro enemigo natural del elefante y se prepara para la pelea afilando su cuerno contra las rocas y ataca especialmente al vientre, pues sabe que es más vulnerable. Su longitud es similar (a la del elefante), sus patas mucho más cortas y tiene el color del boj.” (Plinio, Libro VIII-20)
Rinoceronte en el mosaico romano de la Villa del Casale, en Sicilia.
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En el siglo XIII Marco Polo anduvo por la India pero no habló en su libro del rinoceronte, sino del alegórico y romántico unicornio. Lo destacable es que su descripción es la más desmitificadora que jamás se hiciera del simbólico animal. “Los unicornios no son blancos y esbeltos sino que tienen el pelo de búfalo y las patas como ellos; el cuerno es negro y desagradable, la lengua espinosa, la cabeza parecida a un jabalí. No solo este animal es muy feo a la vista, sino que además no es verdad que se dejen atrapar por una doncella virgen". Parece claro que el unicornio del que habla el intrépido aventurero tuvo que ser un robusto rinoceronte, pero romper mitos no es tarea fácil y nadie le creyó, de hecho una de las ilustraciones de su libro muestra al unicornio tal como el mito lo había imaginado siempre.
Desde los tiempos de Pompeyo en la antigua Roma, no se habían vuelto a ver rinocerontes en Europa hasta que en el siglo XVI dos ejemplares llegaron a la península ibérica desde la India. El primero de ellos llegó a Portugal en 1513, como regalo para el rey Manuel I. En 1519 Durero lo conoció 'de oídas' y basándose en una descripción de dicho animal, al que no llegó a ver nunca, dibujó y grabó su famoso rinoceronte. Su grabado alcanzó gran difusión y fue ampliamente copiado y reproducido por los naturalistas del Renacimiento y Barroco.
Alberto Durero completó su grabado con seis líneas de texto escrito en alemán que decía así:
"En el año de 1513 después del nacimiento de Cristo, el 1 de mayo, fue traído desde la India a Lisboa para el poderoso rey Emanuel de Portugal un animal que llaman rhinocerus. Aquí está reproducido en su forma completa. Su color es como el de una tortuga moteada, y está muy protegidamente cubierto de gruesas escamas, y en tamaño es similar al elefante, pero más corto de piernas y mucho mejor preparado para la lucha. Tiene un cuerno agudo y fuerte encima de la nariz, que gusta de afilar allí donde hay rocas. Es un animal victorioso, enemigo mortal de los elefantes. El elefante le teme terriblemente porque cuando se le acerca, el animal lo enfrenta con la cabeza entre las patas anteriores, y desgarra desde abajo el vientre del elefante, y lo mata, pues no puede defenderse. El animal está tan bien acorazado que el elefante nada puede contra él. También se dice que el rhinocerus es un animal veloz, confiado e incluso alegre."
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Copia del rinoceronte de Durero realizada por David Kandel en 1550 para adjuntarla a la Cosmographía de Sebastian Munster.
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Copia coloreada del rinoceronte de Durero realizada por Ulisse Aldrovandi. Está claro que en el siglo XVI no sólo fascinaba el aspecto acorazado de un animal a quien ninguno de sus dibujantes había jamás visto, sino también su hipotética riqueza de colorido, cualidad que, por lo demás, era frecuente entre los animales y plantas de las tierras recién conocidas y exploradas.
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Fragmento del mapamundi de Petro Plancio, 1594
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El segundo ejemplar que llegó en el siglo XVI a Europa fue una hembra enviada a Madrid como regalo para Felipe II. Llegó acompañada de un elefante y cuenta la leyenda que el rey, a fin de que los madrileños pudieran disfrutar de la contemplación de ambos animales, hizo construir un gran corralón en la que hoy es la calle de Abada, palabra de origen portugués con la que se nombra al rinoceronte hembra.
La abada de Felipe II dibujada por Ulisse Aldrovandi, científico y naturalista italiano que vivió entre 1522 y 1605. Como vemos este ejemplar es menos impresionante y colorido que el de Durero y sus imitaciones, quizás porque la criatura era una hembra y en general en el reino animal los machos son más hermosos (o los artistas parecen creerlo así).
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Sobre la abada, extraigo del Bestiario de Ferrer Lerín la siguiente descripción: “Animal ferocíssimo, lo mismo que Rhinocerote. (…) En el reynado de Felipe II, año de 1581, vino una Abada á Madrid con un elefante que envió de regalo el Gobernador de Java. (…) Esta abada que truxeron a Madrid tenía aserrado el cuerno y estaba ciega, porque no hiciese daño, y curavan della con mucho recato por el peligro de los que la tenían a su cargo; de los cuales mató uno o dos. En los juegos que Gneo Pompeyo ordenó en Roma, pelea contra un elefante y le acomete en la barriga hiriéndole malamente hasta desangrarle del todo. Pero si el elefante rebate el golpe asiéndole con la trompa, le hace pedazos con los dientes. Los thalmudistas aseguran que en el arca había algunos gigantes que, como estuviesen estrechos en lugar tan reducido, mandaron al rinoceronte que saliera, el cual siguió el arca nadando.”
Sin duda era buen nadador el Rinoceronte. De ello tuvo gran fama, se decía que era capaz de cruzar a nado los grandes ríos asiáticos y remontarlos luchando contra la corriente. Pero esta cualidad no pudo salvar a un ejemplar, quizás el mismo que pintara Durero, de morir ahogado cuando, cerca ya de la costa, naufragó en medio de una tormenta el navío que lo trasladaba a Roma. Esto sucedió en el año 1516, el barco portugués La Nossa Senhora da Ajuda había viajado 14.000 millas desde la India con la misión de entregar un rinoceronte al Papa León X. Algunos aseguraron que de no haber estado el animal encadenado para proteger a la tripulación de sus embistes, hubiera conseguido llegar nadando a tierra a pesar de la tempestad.
Con el tiempo aquellas criaturas exóticas y acorazadas fueron cada vez mejor conocidas y retratadas con más realismo, aunque no dejaron de causar gran impresión y asombro. Está claro que quien pudiera hacerse con un rinoceronte era dueño de un tesoro. Así lo demuestra la historia de Clara, una de las más afamadas y reconocidas rinocerontes que recorrieron Europa. En el año 1741 llegó a Rotterdam procedente de la India y perfectamente domesticada. Desde allí y en los años siguientes visitó Alemania, Prusia, Austria, Suiza, Francia, Polonia, Dinamarca, Inglaterra, Italia y algún país más, siendo a su vez visitada por reyes y nobles de toda mundial procedencia. Clara murió en Londres en 1758, cuando contaba ya veinte años de edad.
Clara en Venecia
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Retrato de Clara realizado durante uno de sus viajes a París en 1749, por Jean-Baptiste Oudry.