DE BANCOS Y CO2

Estoy encerrado en un despacho de un monstruo de cristal de 70 pisos. Cuatro personas observan todos mis gestos, por nimios que sean. Y cuchichean. No les entiendo. 

Tres muchachas y un joven. No suman 100 entre los cuatro, doblo la edad a cualquiera de ellos, tengo la misma edad que cualquiera dos de ellos juntos. Y estoy en sus manos.

Hace dos horas que he llegado al Banco. Solo quiero una cosa. Comprobar que tengo firma y poderes sobre la cuenta de capital que yo mismo ordené abrir desde España. Un trámite vulgar es verificado una y otra vez por los cuatro jóvenes. He firmado cosas que no entiendo y me han provisto de un curioso sello bancario (banking chop), un sello encerrado en un precioso estuche que semeja un lápiz de labios. Debo llevar siempre al Banco mi chop, o no podré realizar ninguna gestión. Pregunto por banca online. Sí señor. Disponemos de tal cosa. En mandarín. En inglés no habrá hasta junio, o más tarde.

Los cuatro jóvenes se pasan los papeles que firmo. Desaparece uno con algún papel y vuelve al cabo de unos minutos con nuevos cuchicheos. Eso genera nuevos papeles para firmar y otros paseos de él o ellas hacia remotos despachos del monstruo de vidrio y acero.

Termino. No puedo todavía traspasar el dinero de la cuenta del capital social a una cuenta corriente convencional. No dispongo de un misterioso documento llamado Informe de Verificación de Capital. Pregunto al abogado, sí, él me lo puede hacer. Son 1.200€. ¿Cuándo lo tendría?. No lo sabe. Confiaba yo en manejar mis primeros gastos con la tarjeta de crédito corporativa a nombre de la nueva empresa. Tengo la tarjeta pero no tiene fondos. Hasta que logre traspasar de la cuenta de equity a la cuenta corriente. Para ello necesito el Capital Verification Report. Quizá mañana.

Salgo a la calle. La actividad es frenética, el país se mueve como un Ferrari si comparo con mi patria.

No les preocupa el CO2. Un pollo picante y una cerveza muy baja en graduación me animan un poco. Estoy acojonado, on my own.

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