Sevillanías de Lord Byron

lordbyronRelato diarístico de un joven conde sevillano, liberal y amigo de la juerga, que cuenta al detalle las correrías de Lord Byron durante las tres noches que pasó en la capital andaluza. Una crónica apócrifa ubicada en el verano de 1809, en plena Guerra de la Independencia española, con una Sevilla bulliciosa y agitada, ejerciendo de sede del gobierno insurgente.

19 de julio de 1809, Iglesia de la Anunciación, Sevilla.

PortadaByronLa capilla de la Universidad no ofrecía esta mañana el silencio acostumbrado. Don Evaristo ha tenido que llamar al orden a varios licenciados que lo han venido a despedir, aunque ha procedido sin su aspereza habitual. Sabiendo que se marcha a la Iglesia Mayor de La Isla, el viejo quería librarnos en su último día de ese carácter colérico que le enciende el rostro y los globos oculares hasta entrar en combustión. En su sermón de hoy se ha superado. Villanueva, sentado a mi diestra, ha contado cuarenta y ocho veces “Nación”, treinta y nueve “Rey” y sólo veinte “Dios”. Mantecón y yo le debemos dos escudos de oro cada uno, ha ganado la apuesta. Maldito notario sacacuartos. El político se impondrá al clérigo —aseguraba a la entrada. Llevaba razón.

La Junta Central ha intercedido para el traslado. Dicen que los de Jovellanos le mandan a Cádiz para organizar la resistencia. No es el único que hace las maletas en estos días. Mi padre ha desalojado la finca de Sierra Morena, sólo quedan allí los guardeses. Tuve que ir anteayer a recoger mis diarios de mozo, conservo esos cuadernos con gran cariño y no me gustaría que cayeran en manos de los gabachos. Vaya rebote que se pilló don Antonio cuando me oyó pedir los cuadernos. “¿Es eso lo único que te preocupa, hijo? ¿Papelitos de adolescente? Tu bisabuelo reprimió a piratas e indios en La Española a base de látigo y arcabuz. Si viera a un descendiente suyo enredar con plumas, tinteros y cartapacios…”. No concluyó la reprimenda, se marchó murmurando algo como “sólo nos faltaba un poeta en la familia, no están los tiempos para poesía”.

—Ha publicado un libro de poemas del que habla toda Inglaterra —dijo Mantecón, a mi izquierda, sin girar la cabeza.
—¿Quién? —pregunté aturdido por las soflamas patrioteras de don Evaristo y mirando de reojo las anotaciones de Villanueva, que se había quitado sus lentes de empollón inundado de lágrimas de risa floja.
—Demonios, el inglés que va a venir —contestó mi amigo mientras se ponía en pie, al igual que toda la capilla, e hizo un gesto indicando a mi espalda—. Lo está avisando El Jerezano, ¿no oyes?

Pues no oía. El Jerezano era hijo de un comerciante de vinos. Ostenta uvas y reales para hartarse, pero nació medio mudo y desde entonces apenas ha mejorado. Ni siquiera tartajoso, lo que emite son sonidos guturales ahogados y raros que únicamente entiende mi querido amigo Juan de Olalla y Mantecón, futuro conde de Torremontero. Imposible concentrarse en la misa de don Evaristo con esos balbuceos ininteligibles a mi espalda. Y sin olvidar al hijo del notario marcando cruces en un billete, al son de las muletillas del cura. Vaya guasa.

—Un familiar suyo me ha pedido que busque a alguien para mostrarle Sevilla —dijo El Jerezano, según Mantecón.

Pensé en los sacos y sacos de reales a acumular para que a tu vástago incapaz de enhebrar dos palabras comprensibles lo apoden así y no El Mudo o El Tartaja. Vil metal en manos de un pidocchio rifatto.

—¿Crees que somos cicerones? —me volví con tono despectivo.
—No, no, no —se disculpó vocalizando como si hubiera sido criado por el Claustro de la Universidad de Salamanca y no entre los viñedos de un paleto enriquecido.

Al cabo de unos segundos, volvió a intentarlo, nervioso, atropellado:

—Su pariente escocés de Jerez me ha solicitado, a través de un hombre de su confianza, que le enseñemos la Sevilla auténtica y lírica, la Sevilla que luce con faroles y candiles, la Sevilla traviesa pero elegante de la alta sociedad…
—Que nos llevemos de putas al inglés —interrumpí, para abreviar.
—No, no, no —otra vez el mudo, timorato.
—Sí, sí, sí —corrigió Mantecón, mientras se persignaba como toda la capilla.

Aposentamos el trasero en el banco.

—El visitante es un dandy —arrancó de nuevo El Jerezano, barbotando en mi nuca, aunque yo prestaba atención a las explicaciones de mi amigo—. Es un aristócrata, un joven Lord. El cónsul inglés ya está informado de su inminente llegada, él le facilitará el alojamiento y le orientará sobre dónde ir por el día; querrá ver monumentos. Nosotros entramos en escena al atardecer, que es cuando el Lord saldrá para divertirse.
—El señor Hookham Frere ha aprobado la misión —remachó Mantecón tras unos segundos, por su cuenta.

De la guasa habíamos pasado al desvarío.

—¿El embajador inglés sabe todo esto? —subí el tono de voz y no me percaté hasta que algunos licenciados de los bancos delanteros giraron sus molleras—. ¡Entonces lo sabe la Junta Central! ¿Y has dicho “misión”? ¿Se supone que tenemos una misión?

Esta última pregunta fue formulada como un susurro punzante y recriminatorio. Hasta Villanueva recompuso el gesto y recuperó sus lentes.

—Hombre, se refieren a que no le pase nada —se justificó Mantecón—. Ya sabes, que no tenga ningún accidente. Las esquinas de Sevilla están repletas de granujas, maleantes y estafadores. Eso a pleno sol; por la noche, mejor no te cuento.
—Qué pereza, Juan —resoplé.
—Tiene veintiún años, Luis, igual que nosotros. Es un poeta en ciernes que viene a buscar materia para sus versos.

Salimos de la Iglesia. Nuestros coches de caballos esperaban en la puerta.

Mantecón me agarró del brazo justo cuando me disponía a subir al carruaje.

—¿Te animas o qué? —me interrogó con su mejor sonrisa.
—¿Cómo se llama el fulano? —contesté, dándome por vencido.
—Lord Byron.
 

* * * * *

Frentepartida, el escolta

22 de julio de 1809, Palacio de Liana, Barrio de Génova, Sevilla.

Hice buscar por la mañana a Francisco Carmona, antes El Rubio y ahora Frentepartida. Me dijeron que llevaba días recorriendo los mercados y almacenes de Sevilla, recogiendo provisiones. Mi paje tuvo que hacerle muchas promesas para conseguir traerle hasta aquí. Entró por una puerta lateral y lo llevamos a una pequeña cocina de la servidumbre. Si mi padre llegara a enterarse de que meto un bandolero en casa, me crujiría vivo.

Respiré hondo varias veces según atravesaba el patio. Me iba a entrevistar con un elemento peligroso. Sentí una andanada de biruje en el cuerpo, a pesar de que el día anunciaba una calorina insoportable.

—Tú eres Frentepartida —hablé al pasar a la cocina, y me fui directo a un cesto de tomates situado en la encimera.
—Y tú eres el hijo de don Antonio Verges, conde de Pellanera —replicó con descaro.

Enganché un cuchillo y me di la vuelta. Ni se inmutó. Estaba sentado en una banqueta, con un codo apoyado en la mesa, sujetándose desde el mentón su cara renegrida. Era un gitano extraño, con los ojos claros y el pelo rubio. Lucía una tremenda cicatriz que le cruzaba la frente, desde el entrecejo hasta el nacimiento del cabello.

Isabel, la cocinera, me acercó un plato y se marchó. Alcancé un tomate gordo, lo troceé, eché una pizca de sal y un chorro de aceite.

Lo dejé en medio de la mesa y me senté en una banqueta, al lado de Frentepartida.

—¿Dónde te hicieron eso? —le pregunté, señalando su horrorosa cicatriz con la punta del cuchillo.
—En Somosierra, los polacos.
—Qué desastre… —negué con la cabeza mientras pinchaba un trozo de tomate. Comí y continué mi improvisado interrogatorio—: ¿Ya no eres un militar? ¿Por qué vistes así, como un bandolero?
—Algunos preferimos seguir luchando desde el monte, no hay otra forma de ganar a los gabachos. ¿Me has llamado para tocarme los cojones o para algo más, señorito?

No sé los años que tendría el gitano, no aparentaba más de treinta. Llevaba meses organizando un grupo de contención en Despeñaperros. Más que a luchar, se dedicaban a robar a las tropas francesas, sus correos y mercancías. Dicen que acaudilla a unos doscientos guerrilleros. Temblando ha de estar Napoleón… Por Dios, no me extraña que la nobleza se esté trasladando a Cádiz.

—He oído que a finales de mes vuelves a Despeñaperros, con tu banda.
—Nada de banda, son patriotas. Eres medio italiano, así que es difícil que lo entiendas.
—Un mercader genovés llegó a Sevilla hace siglos y se casó con una rica almohade, ése es el origen de mi familia, que después financió conquistas de Ponce de León, participando a su lado y gracias a ello recibiendo de La Corona nuestro título nobiliario.

Lo solté de carrerilla y al terminar tiré el cuchillo junto al plato. Rematé preguntando:

—Cuéntame qué es ser patriota, anda.

Se metió en la boca los dos cachos más grandes de tomate y los masticó con la boca abierta, atravesándome con su mirada fulgurante. Pero Frentepartida no era hombre de largos discursos, así que guardó silencio... y proseguí:

—Te lo explicaré yo. Vosotros los patriotas sois los que vais a enfrentaros contra los gabachos en Sierra Morena para que no entren en Sevilla y quemen mi palacio.

Agarró con fuerza el cuchillo y lo clavó en la mesa. El mango quedó temblando y él se levantó para largarse.

—¡Te daré armas, pólvora, ropas y herramientas! —dije para detenerle.

Y se detuvo.

—La Junta Central no nos da armas —replicó, apoyado en la pared—. Dicen que son para el Ejército.
—Te las entregaré yo, no ellos.
—¿Qué hay que hacer?
—Poca cosa.
—Al grano, señorito.
—Viene un amigo forastero. Estará un par de noches, saldremos de jarana. Tú tienes que seguirnos, echarnos un ojo y protegernos si nos cruzamos con algún indeseable.
—¿Queréis un guardaespaldas?

Asentí.

Frentepartida se echó unas carcajadas.

—La Nación está en guerra y los jóvenes señoritos se van de verbena —afirmó recobrando su expresión grave y displicente.
—Ignoro el itinerario y magnitud de la “verbena” —me justifiqué, inocentemente—. Será más bien una excursión turística nocturna, por aquí y por allá. Puede que pasemos por lugares de baja estofa, que no suelo frecuentar, y nos han pedido que el inglés salga entero de Sevilla.
—¿Un inglés? —se interesó.
—Sí, e imagínate que en el mismísimo Cuartel General de la Insurrección le ocurriera algo a un aliado del pueblo español.

Se acercó a la mesa, desclavó el cuchillo y sorbió los trozos de tomate que restaban en el plato.

—De acuerdo —dijo, tragando. Y añadió—: Si me engañas con lo de las armas y la pólvora…, te rajo el cuello.
 

* * * * *

Relajación en la morería

24 de julio de 1809, Termas de Yusuf, Barrio del Adarvejo, Sevilla.

Hoy lunes hemos madrugado Mantecón y yo para salir a cabalgar. Al alba hacía ya un calor infame, así que hubo poco galope. Un paseo por la dehesa que nos sirvió para sudar como pollos. De regreso nos dirigimos a la morería. Apagamos la sed con unos claretes y repusimos fuerzas con unas rodajas de jamón ibérico.

Enfrente de la tasca teníamos las Termas de Yusuf, unos baños excelentes aunque de reputación problemática. Antes íbamos todas las semanas. La guerra lo cambia todo, especialmente las costumbres más satisfactorias. En estos días Sevilla se encuentra abarrotada, no cabe un alma. El trasiego de gente que entra y sale es formidable. La ciudad transpira una excitación chocante, un peldaño superior al de su estado colectivo natural, que a algunos nos deja perplejos.

Ayer, por el centro, Agustina de Aragón se paseaba luciendo sus medallas; los transeúntes se detenían para vitorearla y se arremolinaban para ver de cerca sus condecoraciones. Hay soldados marchando por las calles principales, dando vueltas sin ton ni son. La plebe parece estar encantada. Dos zagales le arrebataron el fusil a un cadete y gritaron al cielo “¡Ven aquí Pepe Botella si tienes cohones!”. Después rieron los tres y otros que pasaban por ahí y habían escuchado la bravata.

—Yusuf nos llama —declaró con aire solemne Mantecón, apurando el clarete—. ¡Vamos!
—A ver si está La Sota y nos apaña la primera noche —accedí, dejando unas monedas en el velador.

La marquesa de la Sota atesora una de las mayores fortunas de Sevilla. Más de ochenta años y una desconcertante salud de hierro para gestionar salones de juego, burdeles y hostales. En los últimos tiempos se ha alejado algo de los negocios y se ha metido en política. Justo antes de la irrupción francesa, Fernando VII, como Rey de las Españas, iba a retirarle el marquesado, por conducta obscena. El infortunio es que José Bonaparte, como Gran Maestre del Gran Oriente francés, la ha revocado por la misma razón el permiso de su Logia de Adopción, una Orden Masónica para mujeres que ella misma había impulsado por toda Andalucía.

En reacción, La Sota se ha integrado a codazos en la Junta Central, aportando ingentes cantidades de oro en la lucha contra el invasor. Eso sí, encabeza la minoritaria facción contra la legitimidad del Borbón para que éste no vuelva a sentarse en el trono. Mi padre me cuenta que la dejan estar en el Real Alcázar, escuchan sus discursos agónicos y hasta imparte órdenes que nadie cumple. No hay más mujeres en esos salones.

Donde sí hay féminas, y muy hermosas, es en la Termas de Yusuf. Un arco árabe pequeño y desconchado da paso a unas escaleras empinadísimas. Al bajar parece que estás descendiendo a los infiernos. Vistas en planta, deben asemejarse a un panal de abejas: un conglomerado de cuevas y locales que La Sota ha ido acondicionando con un ambiente morisco. Abajo no se nota el calor, ignoro gracias a qué estructura de ventilación, pero estoy seguro que de las diminutas fuentes y arroyuelos artificiales contribuyen a la sensación de frescor.

—Mañana llega el Lord —recordó Mantecón con voz entrecortada.

Estábamos tumbados boca abajo sobre sendos futones, recibiendo un masaje relajante. Entre la luz tenue y la postura, podía distinguir el perfil de la masajista de mi amigo. Una mulata de curvas cinceladas, sublimes.

—No entienden lo que decimos —me informó Mantecón, soltando una especie de jadeo.

—Ilustrísimos señores, claro que los entendemos —habló mi masajista, machacando mis cervicales con cierta belicosidad—. Somos de Venezuela.

En ese momento caí en la cuenta:

—¿El turista inglés conoce nuestro idioma?

Mantecón no dijo nada, pero pude percibir preocupación en su silencio.

—¿No tiene un pariente en Jerez? —volví a la carga.
—Luis… —pronunció mi nombre extendiendo los brazos sobre el futón—. Que sea lo que Dios quiera.
—¡Villanueva sabe! Estudió allí cuatro años —respiré aliviado. —Se viene con nosotros.
—Menuda cuadrilla… El Jerezano también se ha acoplado.
—Estás de guasa.
—Es el que paga la tournée.

Nos dimos la vuelta, para completar el relax.

Entonces la vimos, sujetándose con un bastón y el quicio de la portezuela.

—¡Condes míos! —prorrumpió La Sota, con esa energía moribunda que le caracterizaba.
—¿Por dónde entra la vieja? —murmuró Mantecón, mirándome de reojo—. Es del todo inviable que baje las escaleras del umbral.
—Ilustrísimos señores... —habló de nuevo la masajista de mi amigo—. La marquesa no es sorda.
—¿Qué queréis que os prepare para mañana, condes míos? —continuó ella, con un rictus que, entre la penumbra, yo diría que fue de entusiasmo.
—¡Una cena discreta y frugal, marquesa! —respondió Mantecón, bien alto para que la vieja pudiera escuchar.

La Sota rompió a reír y toser, en espasmos alternos igual de desagradables.

Mantecón eyaculó, la masajista le limpió delicadamente con un pañuelo de seda.

—Yo así no me concentro —protesté.
 

* * * * *

Aparición en Santa Cruz

25 de julio de 1809, del Palacio de Liana a la Calle de las Cruces, Sevilla.

Esta mañana, en casa, he sido testigo de una reunión de mi padre con el general Venegas, recién llegado del Cuartel General de Santa Elena para recibir instrucciones del Gobierno. A cargo del Ejército de La Mancha, intentará frenar el avance de los gabachos hacia el sur. No habrá más ocasiones para impedir su acceso a Despeñaperros. Mi padre, como prócer de la ciudad y miembro de la Junta Central, ha tratado de insuflarle ánimos y señalar la táctica más conveniente. Varias horas de interminable palabrería bélica en la que don Antonio le ha marcado con machacona insistencia dos directrices tan agudas como elementales: presentar en la batalla más hombres que el ejército francés y no confiarse en ningún momento aunque el triunfo parezca próximo.

Mientras captaba en silencio esa desbordante dosis de inteligencia militar, me acordé del poeta inglés cuya presencia aguardamos. Debe estar chiflado para escoger el paso por España en su viaje de fin de estudios. La idea me resultaba pintoresca y creo que, sin querer, mis labios han dibujado una ligera sonrisa. De inmediato he reintegrado mi mente al despacho de don Antonio, recomponiendo el semblante y esforzándome por asentir a obviedades revestidas de estrategia.

Por fin se marchó Venegas, entonces fue mi padre el que adoptó una expresión sumamente severa:

—¿Qué juicio te merece el general, hijo? —me preguntó, aflojándose el lazo y recostándose sobre el sillón.
—Creo que es un señor voluntarioso pero anticuado —dije, sin pensar.

Me dispuse a ser amonestado y sucedió todo lo contrario. Don Antonio coincidió con mi veredicto.

—El general Venegas combate por Fernando VII, no por la Nación —suspiró con un deje de amargura.
—¿Hay diferencia? —interpelé, con malicia.
—En efecto, hijo —aclaró, irguiéndose—. Y habremos de plasmarla, más pronto que tarde, en una ley fundamental en Cortes.

Nos miramos y callamos. Al cabo de un rato, decidí tentar de nuevo a la suerte:

—Padre, ¿acaso los franceses no combaten por Napoleón?
—En patria ajena —precisó, arrastrando el sillón hacia atrás y levantándose.

Salimos del despacho. Aproveché la palmada cariñosa de don Antonio en mi cabeza para soltar la ocurrencia:

—Es que entre luchar por el Emperador y hacerlo por el Borbón, no hay color.

La caricia se convirtió en guantazo.

Todavía me duraba el escozor en el cogote cuando entramos en el Barrio de Santa Cruz. Eran las nueve de la noche y el sol seguía acobardando el empedrado e iluminando las fachadas encaladas. Íbamos Mantecón, Villanueva, El Jerezano y yo, en una carroza marengo y plata con el escudo de armas de la casa de Torremontero. El hijo del notario resoplaba, renegaba, maldecía:

—Señores, esto es un secuestro —se revolvía Villanueva en su asiento—. Aunque vuestras mercedes no lo comprendan, mañana temprano me esperan obligaciones.
—Tu quehacer más trascendental es aquí y ahora —le advirtió Mantecón, ajustándole las lentes y pellizcándole los mofletes—. Tienes que traducirnos lo que vaya diciendo el forastero.

Lord Byron se había alojado en una de las casas de las hermanas Beltrán, en la Calle de las Cruces, en el número 19. Cerca se hallaba el consulado inglés. Según El Jerezano, el poeta había llegado a Sevilla en dos coches de cuatro caballos, acompañado de un amigo y sus servidores.

Detuvimos la carroza a un lado, a pocos metros del portón de las Beltrán, y abrimos los cristales correderas en busca de oxígeno. No corría ni una brizna de aire.

Vimos a dos jóvenes: un muchacho con indumentaria de criado y otro, algo más baqueteado, con pantuflas, camisón y gorro de dormir. Mantecón y yo agarramos a Villanueva y lo llevamos en volandas hasta los estrafalarios personajes. El que estaba a punto de meterse en la cama se llamaba John Cam Hobhouse; el criado se presentó como William Fletcher. Ambos destilaban una impostada e hilarante gravedad.

—Milord se está vistiendo —nos informó Fletcher.
—¿Dónde irán los señores? —se interesó Hobhouse.

Mantecón y yo nos ojeamos por encima de Villanueva. Volvimos la vista al frente para no troncharnos de risa.

—Iremos a cenar a casa de la marquesa de la Sota, a unas calles de aquí —acerté a decir.
—Byron ya ha cenado —alegó Hobhouse.
—De hecho, milord no suele cenar —añadió Fletcher.

El cuadro empezaba a resultar embarazoso. El tal Hobhouse le dijo algo al criado que sonó a recriminación, aunque Villanueva no lo tradujo.

Al cabo de unos segundos, emergió una silueta al fondo del patio.

El juramento de Mantecón se escuchó en toda la calle:

—¡La madre que lo parió!
   

* * * * *   

Incidente en la alameda

25 de julio de 1809, 21:00 a 22:00 hrs., llegando al Palacio de La Sota, Sevilla.

—¡La madre que lo parió! —repitió Mantecón, sin poder reprimir la carcajada.

Byron se presentó con una camisa flamenca color rosa chillón, repleta de bordados y oropeles. En la cabeza, un sombrero sevillano negro. Abrió los brazos deteniendo su renqueante caminar por un instante, como posando para ser retratado. Agitó un poco las mangas con volantes y exhibió un abanico estampado en su mano siniestra.

—¡Vámonos! —ordenó, con una voz timbrada que me sonó femenina—. Saltémonos las presentaciones o llegaremos tarde adonde quiera que vayamos.

Lo metimos en la carroza aprisa para que no nos viera nadie. Mantecón mandó al cochero que bajase de su puesto y corriese a buscar a Eugenio, el sastre, que tenía la camisería a la vuelta de la esquina. Byron se dejó hacer, expectante, risueño.

Obligamos al sastre a subir a la carroza, junto al cochero, y nos pusimos en marcha. Arrojamos la estridente camisa por una ventanilla. Fletcher y Hobhouse permanecieron plantados, absortos y mudos, mientras nos alejábamos.

Nada más doblar la calle, paramos.

—¿Qué urgencia ni qué niño muerto? —se quejaba Eugenio, tratando de atinar con la llave en la cerradura.
—Estos inconscientes han decidido dedicarse al rapto de personas decentes —aseguró Villanueva al entrar en el establecimiento.

La sastrería de Eugenio es la mejor de la ciudad. Los nobles y pudientes encargan aquí sus camisas y levitas. Hicimos subir a Byron a un pequeño entarimado para que el modisto se ocupara de él. Ahí subido y con el torso desnudo, el inglés se interesó por nuestros nombres y abolengos. Mantecón, repantigado en un sofá, le puso al día con la imprescindible y resignada mediación de Villanueva. Yo, echado sobre el apoyabrazos, lo observé atentamente.

Debía medir un metro setenta y cinco. Es posible que menos, pero esa plataforma, sumada a su propio porte, lo acrecentaba. Tenía el cabello castaño, ensortijado, como alborotado adrede. Era formidablemente guapo, con unos rasgos apolíneos rematados con un hoyuelo en la barbilla. Me llamó la atención su tez pálida; más tarde nos dijo que apenas comía. No obstante, su torso era el de un deportista.

Para no desentonar con la troupe, Eugenio le procuró una camisa blanca y un fajín negro. Sus pantalones ceñidos color aceituna decidimos no tocarlos, igual que el abanico.

Tomé el sombrero sevillano y se lo di a El Jerezano.

—¡Gracias! —creí entender que dijo, mientras lo sujetaba.

Lo giré y golpeé la copa por dentro.

—Que pagues —le aclaré.

Al salir de la sastrería me di cuenta: Byron era cojo del pie derecho.

Mantecón, que no se había percatado de la tara de nuestro invitado, sugirió ir caminando hasta el palacio de La Sota. El telón del ocaso había comenzado a caer y el cielo sevillano entreveraba tonos violáceos y azafranados que el inglés contempló fascinado. Como el calor se moderó y nos hallábamos próximos a nuestro destino, decidimos no entrar de nuevo en la sofocante carroza de mi amigo Juan.

La Calle del Calvario, que enfilamos en unos minutos, desemboca en una pequeña alameda. Sin previo aviso, se termina la calzada y empieza una charca rodeada de maleza. Después está la arboleda; detrás el palacio de la marquesa.

Entre los álamos, dos siluetas nos sorprendieron. Empuñaban sendos sables y saltaron sobre nosotros con aparatosos gruñidos. Me quedé paralizado, aunque no tardé en distinguir a Frentepartida, el bandolero. El que iba con él era un gigantón, barrigudo y malcarado.

—¿Dónde van estas damiselas? —preguntó El Rubio, que ocultaba su horrorosa cicatriz bajo un pañuelo escarlata.

Tomé aire y noté como mi corazón volvía a ponerse en marcha.

—Tranquilos, es Frentepartida —dije, enganchando del brazo a Mantecón—. Nos acompañará estas noches, por nuestra seguridad.

El bandolero asintió, riendo a carcajadas.

Entonces lo sentí aparecer a mi izquierda: Byron se abalanzó sobre el compinche, le propinó un sonoro puñetazo y le arrebató el sable.

La risotada se evaporó al instante.

Byron alzó el sable hasta el gaznate del gigantón, cuya nariz dejó escapar un hilillo de sangre. Fijé la atención en el espadón, seguramente robado a las tropas francesas. Noté algo en el brazo, no sé si un pellizco de Mantecón o la punzada letal que anunciaba la oclusión de mi corazón. Y reaccioné:

—¡Amigo! ¡Amigo! —grité—. ¡Es un amigo!
—Villanueva, por tu padre, traduce —dijo Mantecón, con una mezcla de frialdad y tedio de la que solo él era capaz, incluso en esas situaciones.

Byron y el compinche de Frentepartida, inmóviles como estatuas, cruzaban sus miradas sobre el filo del sable.

—En Inglaterra los amigos te la clavan por la espalda —afirmó Byron, bajando el arma despacio—. Ignoro cuáles son las costumbres españolas.

Dejó caer el sable a los pies de Frentepartida, que reanudó su risa socarrona.

—Id con cuidado —avisó el jefe bandolero.

El ogro afrentado, limpiándose la sangre con las mangas, se dirigió a Byron:

—¡Tú y yo ajustaremos cuentas!

Extendí el brazo sobre Villanueva, cortándole el paso:

—No traduzcas eso.

Al fondo, la servidumbre de La Sota se asomaba por ventanales y oquedades para encender los faroles del palacio.

* * * * *
 

Ojalá reviente esta noche

25 de julio de 1809, 22:00 a 23:30 hrs., cena en el Salón Cándido, Sevilla.

Erigida en el siglo XIII por orden de Fernando III de Castilla, la casa de La Sota es en realidad un castillo fortificado, con un primer nivel de muros gruesos y dos alturas superiores de arcos porticados, coronado con cuatro torres almenadas. Su estado precario intimida, por la más que obvia amenaza de derrumbe.

Aún turbados por lo acaecido en la alameda, superamos la entrada con absoluto mutismo. Conducidos al salón recibidor, nos topamos con la marquesa subida en una enorme escalera que sostenían apurados un par de criados. Colocaba en la pared una especie de tela, una lámina orlada. Se apreciaban letras en latín y el sello vaticano.

—¡Condes míos! —exclamó sin girarse.
—¿Cómo rayos ha subido ahí? —me preguntó Mantecón, atónito.
—¡He tardado cincuenta años! —se desgañitó La Sota—. ¡Por fin lo he conseguido!

Bajó entre el tembleque de la escalera, que los criados no acababan de dominar.

—Ahí lo tenéis —señaló la lámina, orgullosa—. ¡Mi excomunión! Cuatro papas han hecho falta. Nada es fácil para una mujer.

Tosió, se atragantó y expulsó una tremenda flema en una especie de palangana que uno de los criados le acercó hábilmente. La escalera, no obstante, se venció y a punto estuvo de descornarnos. Sin inmutarse, la vieja se acercó a Byron. El Lord hizo una reverencia y ella, cautivada, extendió su arrugada mano y le acarició la mejilla.

Un mayordomo interrumpió la escena desde la puerta del salón lateral:

—La cena está en la mesa —dijo, apremiante.

La Sota se aferró al brazo de Byron y nos invitó a ingresar:

—Es el Salón Cándido, lo bauticé así en honor a Voltaire —proclamó la vieja en inglés y, sin abandonar los tosidos, continuó—: El filósofo en persona, con la peluca puesta, me desfloró en Londres contando yo con doce años.

Descifré sus palabras porque contaba siempre la misma anécdota, probablemente falsa por más que pasara su juventud en tierras británicas.

—Yo tenía once cuando me desvirgó mi criada personal, en Nottingham —alegó Byron.

Sujetos entre sí, renqueantes pero fanfarrones los dos, daban la sensación de estar hechos el uno para el otro. Cofrades sin antifaz de una hermandad carnavalesca. Los únicos incapaces de diferenciar mascarada extravagante y hábitos comunes. El resto, un centenar de asistentes, había tomado asiento entorno a cuatro largas mesas dispuestas formando un gran cuadrado. Actrices, hidalgos, dramaturgos, jugadores, poetas, oficiales, abogados, comerciantes… hasta un gobernador de ultramar. La mayoría, liberales de gañote que han llegado al palacio a escondidas, y en sociedad niegan conocer a la marquesa. La ciudad entera chismorrea sobre estas fiestas intempestivas.

De las leyendas que corren, la que nos acusa de gula es rigurosamente cierta. Esta noche la pitanza ocultaba la suntuosa mantelería. Se aglomeraban bandejas de cochinillo, fuentes de cabrito, chuletas de cordero, frituras de pescado, platos de almejas, pucheros con cocido, cacerolas con arroz, tablas de quesos, jamón, rodajas de melón y sandía. En las copas, champán, oporto y burdeos.

Se sentó La Sota en un pomposo trono y nuestra cuadrilla a su izquierda. A su diestra, Azucena, a la que toda Sevilla apoda La Nieta. No está claro que sea su nieta, pero sí que se ha convertido en su secretaria de confianza y gerente de sus negocios. Es una joven hermosa de cabello moreno y largos tirabuzones. Poco más se sabe de ella.

—Me gusta ésa, la de mirada de antílope —me susurró Villanueva, refiriéndose a Azucena.

Alcancé mi servilleta y me cubrí la boca para contestarle:

—¿Qué? No se te ocurra probar el vino.
—Estoy trasladándote el interés de Byron —contestó él, removiéndose en su silla—. Ya sabes que no bebo alcoholes de ninguna clase.
—¿Ha dicho “mirada de antílope”? —le agarré de la pechera con discreción, y repetí—: Notario, ¿ha dicho justamente eso?
—Literalmente.
—Vamos a cenar.

Entonces La Sota se levantó ceremoniosa, todos callaron y yo solté la chuleta de cordero que había alcanzado. No recordaba sus discursos de acogida, obertura inalterable de unas veladas que ya después transcurrían sin protocolo alguno:

“La Nación ha sido invadida y el pueblo se ha comprometido en una guerra contra los ocupantes. Nosotros, hermanas y hermanos, nos hallamos inmersos en dos guerras: la que libra el pueblo, que sólo puede acabar con la expulsión de los invasores, y otra no menos cruenta pero de final mucho más incierto. Esa otra guerra es la del progreso contra la reacción. Nuestro bando, el de las luces, pelea en franca minoría. ¡Si alguien piensa desertar mañana, ojalá reviente esta noche!”

Esa proclama final se repetía siempre y el ojalá reviente… era entonado a voz en grito por todos los comensales.

Entre los aplausos, Villanueva musitó irónico:

—¿Informo al Lord?

No contesté. La cena dio comienzo, atropellada, casi compulsivamente. El runrún de las conversaciones se mezclaba con los sonidos propios del atracón. Creí ver a Byron dar una arcada, no estoy seguro si por el espectáculo que acontecía sobre la mesa o por el que, tal vez, se avecinaba bajo la misma: La Sota movía furtivamente su mano entre las pantorrillas del Lord, que bebía champán y probaba una pizca de melón.

Al cabo de unos minutos, Mantecón, El Jerezano y otros más se trasladaron a unas pequeñas mesas en un salón anexo. Algunos, entre ellos mi amigo Juan, llevaban consigo una fuente de comida y su copa rebosante. Iban a jugar a los naipes. Los cigarros puros, recién desenfundados, formaron pronto una densa niebla.

Byron también fumaba mientras intentaba zafarse de La Sota, cruzando las piernas en comprometidos escorzos o directamente echándole el humo la cara. Concluí mi tercera copa de burdeos y decidí apiadarme del inglés.

—Marquesa, una cena espléndida —dije, levantándome—. Creo que a nuestro amigo extranjero le encantará conocer el resto de vuestra casa.

Byron asintió, como si entendiera perfectamente mi español con acento sevillano, y se incorporó de un brinco. Nos agrupamos para pasear La Sota, La Nieta, Byron, Villanueva y yo. Dejamos atrás las mesas de juego, donde el dinero circulaba veloz, y nos adentramos en un pasillo en penumbra. Al final nos esperaba un mayordomo con un candil. La luz brotó desvelando una monumental escalera.

* * * * *

 

Interludio shakespeariano

26 de julio de 1809, medianoche en la biblioteca de La Sota, Sevilla.

Ascendimos por la torre norte hasta llegar a un laberinto de cámaras y antesalas repletas de libros. Igual que un preciado tesoro amontonado con secreta avidez, incontables volúmenes y tomos duermen apilados en alacenas, estanterías y anaqueles. Códices bíblicos conviviendo con obras prohibidas, cantigas medievales con trabajos cartográficos, arquitectura con gastronomía, cuadernos de matemáticas con dramas teatrales. Un caos acompañado de polvo y telarañas que a Byron pareció embrujar.

El novel poeta se adelantó para curiosear entre las estancias, rozando con sus manos las hileras de libros, mostrando asombro, entusiasmo, incredulidad, como un niño en una juguetería. Se le unió Villanueva y les perdimos de vista, aunque podíamos oírles recitar a Shakespeare. Entre el desbarajuste, unos sillones estilo francés dispuestos y despejados por el mayordomo nos esperaban junto a una mesita oriental. Una criada apareció sigilosamente dejándonos picotas y champán.

Nos sentamos las damas y yo.

—Interesante pimpollo este Byron —me dijo La Sota, haciendo bailar una picota en su boca desdentada—. ¿Podemos fiarnos de él?
—No tengo la menor idea, señora —contesté sin querer comprometerme—. Sólo está de paso, creo que viaja hacia Turquía con intención de descubrir Troya.

Azucena sonrió:

—¿Bromeas? —dudó, divertida.
—Hace un rato le he visto usar los puños y la espada sin temer por su vida —conté, gesticulando—. No me extrañaría que se creyese Aquiles.

Un trompazo contra el suelo de madera nos hizo volvernos. Algo rodaba hacia nosotros, era una calavera. Byron se apresuró a recogerla, mondándose. Villanueva se asomó entre dos estanterías, suplicando perdón. Los dos tomaron asiento.

—No adivinaríais de quién es esa cabeza —aseguró La Sota, a punto de atragantarse con el hueso de la picota.
—¿Yorick, el bufón? —se aventuró Byron, con el cráneo entre las manos.
—Se la compramos al inquisidor provincial, un avaro repugnante, que se la había confiscado a un fraile navarro —indicó Azucena—. Pagamos cincuenta mil reales.
—Entonces no puede tratarse de la testa de un bufón —dije, alarmado por la cifra.
—El Santo Oficio había decidido ir a por mí, pero ya andaban los franceses por el norte —explicó La Sota—. Como no les iba a dar tiempo a condenarme por bruja, ni el gobierno civil estaba dispuesto a prender más hogueras, llegamos a un acuerdo para que no me molestaran.
—La calavera —apunté, y ya no pude reprimir la curiosidad—: ¿Quién la usó en vida?

La marquesa se incorporó entre crujidos de sus huesos para repartir las copas llenas de champán. Fue Azucena la que se anticipó y completó la tarea.

—El que inspira las conquistas militares de Napoleón —dijo La Sota, recomponiendo su osamenta en el sillón.
—¡César Borgia! —exclamó Byron, esgrimiendo el cráneo en alto.
—Guapo y listo —sonrió la vieja, apuntando con su bastón—. Muchachos, no dejéis que se vaya.
—Yo sí que debería irme, mañana… —avisó Villanueva, mirándome.
—Te quedas —dije, interrumpiéndole.
—No hay modo de saber si la calavera es auténtica —suspiró Azucena—. Pero al menos ha servido para que no nos abran un proceso.
—Un soborno hecho con cabeza, muy bien —afirmé, y brindamos.

Byron finiquitó su copa de un trago y se dirigió familiarmente a La Sota:

—¿Conoce al Emperador?
—Sólo al lelo de su hermano, me ungió en Parma hace más de una década y me echó de la orden el año pasado en Madrid —aclaró la marquesa, tocándose su anillo masónico.

Byron ignoró el anillo. Creo que su modo de ser no encajaba bien con rituales y obediencias, por muy filosóficas y liberales que puedan resultar. El inglés volvió a la carga sin rodeos:

—He oído que lo llaman Pepe Botella —dijo, esforzándose en la dicción—. ¿Acaso preferís a vuestro rey?
—Pepe o Fernando, tanto da, con los dos estamos jorobados —se lamentó La Sota.
—No lo comprendo, marquesa —insistió Byron, sin soltar la calavera del príncipe—. El corso, al llegar a España, ha eliminado la Inquisición y frenado en seco el poder de la Iglesia, ha reformado el código civil, arreglado caminos, levantado obras públicas en ciudades...
—... y ha llevado a cabo matanzas en Madrid, Zaragoza, Uclés y muchos otros lugares —puntualicé, sin perder la calma—. No es posible ilustrar un país a sangre y fuego.

Byron se quedó pensativo.

—Todo pueblo que esté siendo invadido y masacrado ha de defenderse —aceptó el poeta, remachando—: ¡Y merece ser ayudado!
—Nosotros, joven Lord, somos enemigos para los franceses y conspiradores para el Borbón —sonrió la vieja.

Devoró unas picotas y continuó:

—Yo moriré pronto —se resignó, tomando el cráneo de Borgia—. Eso sí, ni los gabachos ni el felón me esquilmarán. Todos los negocios legales están ya en manos de Azucena, sólo podrán expropiarme dos tugurios infectos y un pocho olivar.

Se puso azul por un instante, hasta que logró gargajear dos güitos.

—Vosotros sois los que me preocupáis —siguió, recuperando su tez marchita—. ¡Los jóvenes!

Byron se levantó, agarró la botella de champán y habló:

—No tema por nosotros, ¡envídienos! —bebió hasta la última gota, sin descomponerse, y concluyó—: Los días de juventud son los días de nuestra gloria.

La Sota sonrió y aplaudió. Se levantó palmoteando, con ayuda de Azucena.

—Vete con ellos, preciosa —farfulló entre tosidos—. Este pimpollo tiene toda la razón. Id a divertiros por ahí.

* * * * *
 

La taberna de Rabanales

26 de julio de 1809, madrugada en el Barrio de San Roque, Sevilla.

Abajo en la salita de juego las cosas habían ido rematadamente mal para mi amigo Mantecón. Ya había tenido otros disgustos con las cartas, el de esta noche era mayúsculo. Al menos, El Jerezano se había retirado a tiempo, probablemente por esa conciencia burguesa de conocer el valor del dinero, los límites y demás coordenadas de la prudencia. Mantecón no; para él apostar es un acto compulsivo, alocado. A veces, cuando acaba la timba, no sabe si ha ganado o perdido.

Cuando me dijo que debíamos ir a la taberna de Rabanales, supe que había perdido. Y mucho. El mayor prestamista de Sevilla pasaba casi todo su tiempo en una tasca de su propiedad, al final del Barrio de San Roque. Frente a un convento, encajada entre dos casuchas, aquella taberna es una antología de todas las trifulcas y chanchullos imaginables. Allí no se acercan ni los soldados; de hecho, Rabanales cuenta con propio ejército: la peor ralea de matones. Extramuros, la ley es ese gordinflón con barba que debe rondar los cincuenta años y, dicen, es el español más ansioso por restablecer la monarquía borbónica.

—¿Por qué? —preguntó Byron, y dejó escapar un bostezo—: ¿Para poder dormir?
—Prestó casi toda su fortuna al rey don Carlos —expliqué, sin apartar la mirada de reproche a Mantecón—. Tiene la esperanza de que su hijo Fernando le devuelva el dinero, con intereses.
—Justo lo que yo decía —sonrió el inglés.
—En este país nadie duerme por la noche —murmuró Villanueva—. Para pegar ojo, inventamos la siesta.
—Realmente es tarde —reaccioné, y tomé la mano de Byron para darle un fuerte apretón—. Ha sido un placer, te llevaremos de vuelta a...
—¡Un momento! —se quejó Azucena—. Señores, ahora que me incorporo a su excursión, ¿me harán el feo de marcharse?
—¡Me quedo! —exclamó Byron, soltando mi mano—. Mañana probaré ese invento…la… s-i-e-s-t-a.
—Hemos de ir a un antro no apto para damas ni forasteros —insistí.
—A estas horas de la noche ninguno lo es —sentenció Azucena.

Nuestro carruaje estaba listo, se aproximó brioso el de La Nieta. No hubo manera. Nadie parecía dispuesto a marcharse a casa. Mi amigo Juan no podía, eso sin duda. Como heredero del conde de Torremontero, tenía crédito con Rabanales en todas las mesas de juego de Sevilla. Lo avalaba la mayor empresa de seguros marítimos del Puerto de Indias y varios miles de hectáreas en la Bahía de Cádiz. Pero, urgentemente, debía comparecer y formalizar la insensatez. Desde que encontraron muerto en el Guadalquivir a Jacinto, el ferretero, nadie jugaba a la ligera con el dinero de Rabanales.

—¿Quiénes han sido esta vez? —pregunté a Mantecón, ya subidos al coche.

El Jerezano, en medio, gruñó algo. Estábamos los tres, los demás iban con Azucena.

—Jugadores profesionales —contestó Juan, con sequedad.

Con los cascos de nuestros caballos, no me percaté de los suyos: miré por la ventanilla y ahí estaban Frentepartida y su enorme secuaz.

—Esos dos que entren con nosotros en la taberna —dije, preocupado.
—Como sigas reuniendo gente, no entraremos ni en la Catedral —añadió Mantecón, con malaje.

“Yo no he traído al inglés”, pensé. Me mordí la lengua, aunque no puede evitar el suspiro:

—Sólo una noche más y…
—Tres noches —precisó Mantecón.
—¿Qué?
—Byron está hospedado por tres noches en casa de las hermanas Beltrán —gesticuló mi amigo.
—¡Dijiste que serían dos noches! —me encendí.
—Nada de eso —negó él.

Resoplé, sentí náuseas y tuve que sacar la cabeza por la ventana. El burdeos, el champán, las chuletas de cordero… todo salió a chorros.

Afuera Frentepartida se carcajeaba inmisericorde, hasta casi caer del caballo. Adentro Mantecón no le iba a la zaga.

Recuperé la compostura.

—¿Estás mejor?
—Sí —refunfuñé.
—Luis… ¿qué más da cuántas noches se quede el inglés?

Estaba seguro de haber pactado dos con Frentepartida. Y eso no daba igual. Me quedé en silencio, envidiando la sangre fría de mi amigo, su carácter flemático e imperturbable. Nos iba a hacer falta.

Bajamos. Las estrellas, espolvoreadas entre la negrura del cielo, alumbraban el paraje yermo. Azucena se ajustó el vestido, primero en la cintura y después en los hombros. Agitó su larga melena hacia uno y otro lado recogiendo sus hermosos tirabuzones con una diadema y un pequeño tocado.

Byron, Villanueva, El Jerezano, Mantecón y yo la mirábamos embobados.

—¡Vamos! —exclamó ella, chascando los dedos.

Se nos unió nuestra escolta. El bandolero gigantón posó sus ojos sanguinolentos en Byron, que lo recibió con una sonrisa apurada. Según nos acercábamos a la taberna, nos iba envolviendo el sonido de cante flamenco, el rasgueo febril de guitarras y el manoteo acompasado que se escapaba por los ventanucos de la taberna. Frentepartida se puso a dar palmas mientras caminaba.

La puerta era una especie plancha metálica compuesta por láminas oxidadas. Parecía hecha para soportar cargas de artillería francesa y no para recibir parroquianos. Por consenso tácito, dejamos que la mole malcarada que nos acompañaba hiciera los honores. No sin esfuerzo, abrió. Una tremenda bocanada de calor y griterío nos sacudió el rostro antes de poder entrar.

El interior era más grande de lo que uno suponía. Aunque abarrotado hasta el último rincón, se adivinaba una básica distribución espacial: a un lado, una larga barra con forma de ele; al otro, hileras inconexas de humildes mesas y sillas. Al fondo, un vasto hueco horadado en la pared, rematado por un arco de medio punto, albergaba un tablao colmado de gitanos: tres hombres afanados en sus guitarras, dos más golpeando las cajas de madera que les servían de asiento y una docena de gitanas bailando y cantando flamenco.

Sólo las mesas más cercanas al tablao parecían atender al espectáculo. El resto conformaba un magma ensordecedor de voces en todas sus variantes: peleas, bromas, empujones, abrazos, carcajadas, rabietas… Nos empotramos en una esquina de la barra, a escasos pasos de la puerta. A cada poco, una jarra o una botella sobrevolaban la multitud hasta estrellarse por ahí. Algunos nos contemplaban con extrañeza, como si fuéramos elementos ajenos.

—Está allí —me indicó Mantecón, moviendo la cabeza.

Apenas pude escucharle. Pero le entendí.

Un biombo cochambroso le otorgaba cierta privacidad en lo que llamaba su despacho. Era una mesa, como las demás, y una silla algo más grande que el resto.

Un vejestorio con un parche en un ojo y un pistolón en la faja vino hacia nosotros, acercó su cara decrépita hasta las nuestras, despidiendo un olor inmundo, y habló fuerte:

—¡Venid, pipiolos!

Sin esperar respuesta, se volvió y fue esquivando mesas en dirección al despacho de Rabanales.

—Acompáñame —dijo Mantecón, apoderándose de mi brazo.
—¿Yo para qué? —me zafé—. No me fastidies, Juan.
—Vamos, gallina —volvió a apropiarse de mi brazo, y fuimos para allá.

* * * * *

Amortización de intereses

26 de julio de 1809, taberna de Rabanales, San Roque, Sevilla.

Se le conocía por una montonera de apodos, algunos con doble sentido: El Judío, aunque no era judío; El Bourbón, por el whiskey que se hace traer desde los Estados Unidos y, aprovechando el soniquete de la palabra, por su querencia al viejo rey don Carlos; El Tomador, por la cantidad de letras de cambio que circulan por Sevilla en las que aparece como beneficiario, y también por su gusto bujarrón hacia los mozos… No obstante, en su presencia la gente le nombraba don Heliodoro.

Mientras avanzábamos entre las mesas, la clientela nos animaba con pitorreo. Los gitanos habían dejado un momento las guitarras y se habían unido a las mujeres en un coro de palmas, entonando un cante jondo, un lamento lírico, que me provocó un escalofrío. Mantecón, agarrado a mí, notó la sacudida. De reojo, alzando la ceja, pareció advertirme con un “calma, no es a ti a quien van a matar”.

Tras el biombo surgió un tipo espigado que se despedía de Rabanales con una gran sonrisa. Me resultaba conocido. Mantecón me dijo después que era uno de los jugadores que lo había desplumado en casa de La Sota. Se cruzó con nosotros sin perder esa sonrisa lustrosa. El viejo del parche hizo aspavientos indicando que nos sentáramos.

Uno no podía apoyar los brazos en la mesa de Heliodoro Rabanales. No había sitio. Todo estaba ocupado por libros de contabilidad, saquetes de monedas, pequeños cofres, fajos de bonos valorados, un ábaco, plumas, tinteros y botellas de whiskey. Llevaba una camisa que en su día pudo ser blanca, pero que, desde luego, ahora era una mezcolanza vomitiva de rodales de sudor, tinta y comida. Unos tirantes marrones por encima de los hombros y abrochados al pantalón completaban la estampa.

—Buenas noches —dijo Rabanales, afanado en encender un formidable puro—. Don Luis Verges Calero, de la Casa Pellanera, y don Juan de Olalla y Mantecón, de la Casa Torremontero.

No abrimos la boca.

—¡Policarpo! —exclamó, buscando al tuerto—. Estos muchachos son de alta alcurnia, me los cuidas, ¿eh?

Diligente, el viejo hizo hueco en la mesa para plantar dos vasitos sucios. Hizo una reverencia, cogió una botella de whiskey y nos sirvió hasta rebosar.

Contuve una náusea.

—¿Cómo va la guerra? —me preguntó Rabanales, apuntándome con el puro—. ¿Ganamos o perdemos?

—Lo sabremos en los próximos meses —respondí, intentando aparentar firmeza—. Depende de lo que hagan nuestros efectivos en la provincia de Toledo.

—Ya, ya —frunció el ceño y se secó la frente con la manga de la camisa—. Pero, decidme, ¿qué están haciendo vuestras familias? ¿Siguen en Sevilla?

—Mis padres sólo están aquí por temporadas —reconoció Mantencón—. Ellos viven en Cádiz.

De nuevo me vi señalado por su puro, ya en combustión.

—Los míos están preparando el traslado —dije, perdiendo toda la entereza anterior en mi tono de voz—. En otoño nos marchamos a Cádiz.

Rabanales soltó un puñetazo en la mesa. No fue muy vigoroso, pero suficiente como para hacer bailar los vasos, las botellas, los tinteros, los cofres...

—¡Así no hay manera de ganar una guerra! —gritó, con más pose que fragor—. Enviamos a los bobos a primera fila, mientras los listos organizan la retirada. España se hunde, es el fin.

Adoptó un aire trágico, una mirada amarga. Los gitanos unieron a las palmas un taconeo seco e incesante.

—Son buenos estos gitanos —afirmó Rabanales, recuperando su teatral alegría—. Mirad, mirad, cómo se me ponen los pelos.

Se remangó la camisa y nos mostró los antebrazos.

—De punta me los ponen —insistió en enseñarnos.

Yo sólo veía mugre reseca. Decidí pegar un trago al whisky. En ese instante, me pareció la opción menos repugnante; mi estómago, ya vacío, tenía poco que perder.

—He comprado un local céntrico —dijo Rabanales, borrando su júbilo y cambiando la entonación, hasta casi susurrar—. Hace esquina, tiene ciento cincuenta metros cuadrados.

—¿Qué? —preguntó Mantecón, empachado por ese hombre incapaz de encarrilar la conversación.

—En La Isla —contestó, en voz queda—. Quiero poner una oficina de préstamos.

El quejido de las guitarras regresó para engalanar nuestras caras atónitas y fatigadas.

Rabanales se relajó sobre su silla, como si se hubiera quitado un peso de encima confesándonos su idea.

—Señor... —Mantecón se echó hacia delante, todo indicaba que para ir al grano de una vez.

—Ya, ya —le interrumpió Rabanales, apagando el puro.

Se masajeó las sienes, se mesó las cejas y retorció los dedos, los de una mano con los de otra, provocando unos chasquidos que podían competir con el taconeo y las palmas de los gitanos.

—Sé que has perdido —dijo, mirando fijamente a Mantecón—. Te has endeudado, no pasa nada, muchacho, soy tu fiador.

Mi amigo asintió con ese gesto compungido que uno suele poner en misa.

—Mirad, vosotros sois de la nobleza —continuó Rabanales—, y hablar de dinero sería faltaros al respeto.

Mantecón hizo una mueca, como de aprobación.

—Además, ¿para qué quiero el dinero? —se interrogó, tensando el elástico de sus tirantes—. Cualquier día de estos vendrán los gabachos y me lo quitarán todo. Es mejor que lo tengáis vosotros, ¿me haréis el favor de guardadlo hasta que acabe la guerra?

—¡Por supuesto! —confirmó Mantecón, categórico.

—No voy a pedirnos nada en prenda —prosiguió Rabanales—. Ni siquiera firmaremos un papelucho. Nada. Vuestro linaje me basta.

Guardamos silencio, sabíamos que no había acabado.

—Mejor todavía: os permitiré amortizar los intereses mañana mismo y en especie.

—¿Cómo dice? —pregunté, desconcertado.

—Quiero trajinarme uno de esos culos.

A pesar del griterío y la música, le escuchamos perfectamente.

—¿Qué? —interrogó Mantecón, incrédulo.

—El del zagal o el de la zagala que habéis traído, cualquiera de los dos me vale.

Mantecón se atascó en su estupefacción; yo sólo acerté a hacerme el lelo:

—Señor, hemos venido aquí con nuestros criados, sin más compañía.

Hizo un gesto indicando al tablao. Allí estaban Byron y Azucena bailando flamenco, ante el alborzo general y con los gitanos en semicírculo. El inglés se contoneaba y palmoteaba de una forma estrambótica; La Nieta se había desprendido del tocado y meneaba sus tirabuzones, sujetándose el vestido por abajo y taconeando como una auténtica cíngara.

—Mañana pienso bañarme, con jabón y todo —nos informó Rabanales, guiñando un ojo—. No me falléis, ¿eh?

* * * * *

Planeando la contraofensiva

26 de julio de 1809, amanecer en el palacete Torremontero, Barrio del Arenal, Sevilla.

“Mañana te enseñaremos el río”. Así me despedí de Lord Byron. Fue lo más ocurrente que me pasó por la cabeza. Villanueva, con la cara amoratada, no se molestó en traducir. El saldo de la noche era pavoroso. Teníamos que entretener y proteger a un miembro de la Cámara de los Lores, y, en su primer día en Sevilla, endosamos su trasero al prestamista sodomita de la ciudad.

—La bruja masónica está confabulada con El Judío —afirmó Mantecón, tirando al mármol unos grandes almohadones—. Esa maldita vieja...

Me desplomé extenuado sobre los cojines. Fijando los ojos entreabiertos en la lámpara barroca del techo, subrayé lo que ya suponíamos:

—Olvídate del culo de Azucena.
—Amigo mío, me niego a olvidarme de ese culo —aseguró Mantecón—. Pero, sé que no puedo dárselo a Rabanales.

Bebió otro sorbo de láudano y me acercó el cubilete.

Las hermosas posaderas de La Nieta no eran una opción. De modo que, en seguida lo comprendimos, no había dilema alguno: El Judío quería el rosáceo y varonil trasero del británico.

—A no ser que nos tiremos un farol —dijo Mantecón, sin mucho convencimiento.
Ano ser —contesté, con tonillo.
—A no ser... —repitió él sin darse cuenta, hasta que se percató de la gracia.

Reímos revolcándonos entre los almohadones.

Cuando juegas, hay dos requisitos para echarse un farol: mantenerlo hasta el final y asumir que puedes perder. No cumplíamos ninguno. Por más que sospecháramos que La Sota estuviera conchabada con Rabanales, definitivamente Azucena quedaba al margen.

—Es maricón —dijo de repente, manteniendo los brazos en alto—. Lord Byron es maricón.
—¿Tú crees?

Tardaba en responder, así que me lancé a por el chupito de láudano. Los preparaba Jesús, que estudiaba para boticario y ejercía de mayordomo del palacete Torremontero.

—Hay que pensar algo, Juan —dije, recostándome, concentrándome en la lámpara.

Las tenues llamas de sus velas hacían latir la penumbra, que nos mecía como en una cuna.

—Está pensado ya —contestó, rotundo—. Mañana llevamos a Byron al Club Baconiano, esa tertulia franchute que a veces visitas. ¿No son maricas la mayoría de los pedantes que la frecuentan?

—Son reuniones de escritores liberales —le interrumpí, enojado—. Hace semanas que no voy, desde que mi padre y demás consejeros de la Junta Central cerraron su gaceta literaria acusándoles de difundir ideas revolucionarias. Y no son maricas.

—¿No lo es el bachiller de San Telmo? —puntualizó él—. Sí, uno pelirrojo que se las da de periodista y filósofo, malagueño para más señas.

Asentí con un zumbido manso.

—Tiene planta y es apuesto —prosiguió Mantecón, lanzado—. Rabanales no lo ha visto en su puerca vida, podemos hacerlo pasar por el inglés. ¿Cómo se llama?

Me espabilé un instante.

—Tú estás como una chota —observé, con voz entrecortada—. Pero ahora que lo dices, se parece un poco a Byron. Su nombre es José Domínguez.
—¡Domínguez, eso es! —chascó los dedos—. Una vez le escuché una conversación en las Termas, ¡menudo bujarrón!
—¿Y qué te hace pensar que va a querer ser montado por un jinete tan encantador como Rabanales? —interrogué, con sorna.
—No, hombre, no —sonrió Mantecón, alargando los noes—. Primero le presentamos a Byron, que se encandilen el uno al otro, y luego negociamos: a ver, Domínguez, ¿tú deseas este manjar? ¿Sí? Pues espera, que antes tienes que cumplir con El Judío.

El plan era tan inverosímil, que mis carcajadas resonaron endebles, intermitentes.

—Si el malagueño no accede, le hacemos a Byron la misma propuesta —apostilló Mantecón, viendo mi escepticismo—. Jugaremos con dos barajas.
—Eso, tú sigue jugando a las cartas —le reproché.

Liquidamos el láudano con sendos tragos. Sentí que me abandonaban las fuerzas.

—Encárgate de que el Club Baconiano se reúna mañana después de cenar —indicó Mantecón, dejándose caer de nuevo sobre los almohadones—. Diles que vas a reabrir su panfleto, que podrán volver a publicar sus versos satíricos y sus soflamas laicas.
—Yo no abro ni cierro periódicos.
—Pues tu señor padre.
—Él no quería, pero tuvo que ceder —aclaré, mareado—. La Junta Central no puede permitir que se propaguen ideas políticas que procedan de Francia. Estamos en guerra contra los franceses, amigo mío.
—Algo he oído, sí —se burló, con la voz cada vez más trabada.

Nos callamos unos minutos. Jesús entró al salón con una escalerilla. Apagó las velas de la lámpara y abrió los cortinajes de par en par. Murmuró algo antes de salir, pero no lo escuché.

—¿Vendrán Villanueva y El Jerezano? —pregunté, intentando en vano incorporarme.
—Vendrán.
—Por cierto, ¿qué le pasó al notario?
—Tu bandolero, que lo arreó un codazo sin querer al soltar un puñetazo contra no sé quién.

Amanecía.

Volvió el silencio. El sueño terminó por invadirnos. Las palabras se hacían inaudibles. Noté en mi entrepierna una mano que me sobaba.

—Quita, Juan —dije, zafándome.
—Maricón —soltó él, sin aliento.

Sonó el canto del gallo, largo y nítido.

* * * * *

Café frío en Sierpe

26 de julio de 1809, en casa de Fontecha, Sierpe, Sevilla.

Entré en Liana como un espectro, para el almuerzo. Nadie reparó en mí. Todos estaban muy nerviosos, especialmente mi padre, por un soldado exhausto que acababa de llegar a Sevilla. Me asomé a la habitación de invitados donde lo atendían, se le veía deshidratado. Su caballo estaba medio muerto en el patio. Era un joven madrileño que hacía de correo. Se iba a liar en Talavera. Las tropas españolas y británicas, comandadas por el general Wellesley, se aprestaban para enfrentarse a los franceses. José Bonaparte se dirigía hacia allí.

Antes de encerrarme en mi cuarto, le pedí a Isabel que me trajera un gazpacho y un pescado. Ocupada en preparar paños de agua fría para el soldado, la cocinera me rogó paciencia. Viendo el panorama revuelto, acepté resignado el ayuno forzoso. Hice por sentarme frente al escritorio y poner al día este Diario, pero el dolor de cabeza y la debilidad me lo impidieron. Tras un suave toque en la puerta, apareció mi madre, doña Valentina, portando la bandeja con la comida. No dijo nada. Me dio un beso y se marchó. Devoré la pitanza, me tumbé en la cama y dormí un rato.

Justo cuando doña Valentina salía hacia la misa de las tres, yo montaba en mi carruaje con dirección al Club Baconiano. Las nubes cubrían el cielo, pero el calor pegajoso y enervante no daba tregua. En la Calle de la Sierpe, muy cerca de la Plaza de la Campana, se encuentra la casa de Patrocinio Fontecha. Este profesor de Derecho, discípulo de Olavide, es el creador del Club; su humilde salón, la sede y punto de reunión de los miembros.

Lo fundó hace unos cuatro años, para la lectura y discusión del Organum, la obra de Francis Bacon. Después se amplió con tertulias donde la literatura pasó a ser el tema principal; con la guerra, es la política la que ha adquirido mayor protagonismo. El lema del Club constituye una auténtica provocación: “Prohibida la Teología”. Por supuesto no figura en ningún cartel ni frontispicio.

Vetar la Teología es tanto como sublevarse contra la Universidad. El clero controla la enseñanza universitaria, no parece que esto vaya a cambiar. La cruda realidad es que la mayoría de los miembros del Club son estudiantes de ciencias eclesiásticas, es decir, Filosofía y Teología. ¡Qué remedio! Por fortuna, el dinamismo de las Academias y Reales Colegios presenta otro horizonte. En casa de Fontecha se puede debatir sobre cualquier asunto sin temor a ser acusado de antipatriota e impío.

El profesor, siempre hospitalario y amable, me recibió ofreciéndome un café con leche. Al fondo se escuchaba un llanto ahogado y rabioso de una mujer.

—Creo que no vengo en buen momento —dije, cohibido.
—Sí, sí, pasa, pasa —me invitó él, afectuoso—. Es la Sciomeri, nos han denegado otra vez el permiso para reabrir el Teatro.

Fontecha es también el representante legal de los Calderi, empresarios del Teatro Cómico. Un suicidio jurídico, puesto que el profesor figura en todas las listas negras dentro del Real Alcázar. La soprano Ana Sciomeri, esposa de Lázaro Calderi, era quien realmente llevaba las riendas. Hace años, en plena construcción del Teatro, mi padre les había prestado veinte mil reales. Un dinero que don Antonio, amante de la ópera, siempre ha considerado a fondo perdido.

Al ingresar en el salón, Ana se desahogaba a grito pelado:

—¡Estoy harta de este país de beatos! —exclamó con los ojos cubiertos de lágrimas—. ¡Los artistas no podemos trabajar, somos la escoria de la sociedad!

Cuatro jóvenes del Club la consolaban, uno de ellos José Domínguez, que me miró con aspereza. Ana en cambio se levantó de su silla nada más verme y me abrazó afligida.

Mientras sentía en mi pecho el dolor de esa mujer, maldecí en mi interior esta patria nuestra, rancia y sumisa a las directrices de las sotanas y los alzacuellos. Por un brevísimo instante, imploré a Dios que los franceses no hallaran oposición en Toledo y que el Gobierno de España cayera en manos de Bonaparte. Lamenté este pensamiento al momento, me arrepentí con todas mis fuerzas y una tristeza inmensa me recorrió el cuerpo abrasándolo como un relámpago. Ana, observando mis ojos fugazmente humedecidos, pasó sus manos por mis mejillas y se recompuso:

—Saldremos adelante —aseguró, firme.

Pero la escena era su sustento. Prohibidas las representaciones teatrales, no tenía forma de ganarse el pan.

—¡Que les zurzan! —profirió Domínguez—. Esta noche abres el Teatro, Ana.
—Ya quisiera yo —suspiró ella, recuperando su hermosa voz aguda.
—Conozco a unos oficiales británicos que llegaron a Sevilla hace algunas semanas, se aburren tremendamente —dijo él, acalorado—. Son muy taurinos, les conté los sainetes con toros de cartón, ¿recuerdas?

La Sciomeri asintió, confusa, intrigada. Yo miraba a Domínguez y me acordaba de Mantecón y Byron. Nuestro plan tomaba forma, más por la casualidad del destino que por nuestra pericia como conspiradores.

—La orden del Procurador Mayor es taxativa —advirtió Fontecha—. No se puede abrir el Teatro.
—Por supuesto que no lo abriremos —intervine, captando la idea—. Lo de esta noche será una función privada, sin publicidad y con invitaciones especiales.
—¡Exactamente! —remarcaron Domínguez y los otros tres
—Cada asistente deberá pagar 50 reales para cubrir los gastos de la representación y en beneficio de los Calderi —sentencié, tomando la mano de la Sciomeri.

Esa cantidad doblaba el precio de un palco para una función normal. Los oficiales británicos acudirán acompañados de suboficiales y, probablemente, con prostitutas. Domínguez y los otros miembros del Club pertenecían, la mayoría, a familias acomodadas. Todos podían pagar esa entrada y movilizar a algún que otro mecenas liberal de la ciudad. Contando con nuestro grupo, calculé que llegaríamos al centenar. Un público clandestino y benefactor, que en realidad abominaba de la tauromaquia, por considerarla una fiesta bárbara, pero que adoraba el teatro y las artes escénicas.

—Iré, iré —claudicó Fontecha—. Pero sólo para estar presente por si os detienen las fuerzas del orden.

Mojé los labios en el café, se había quedado frío. De nuevo se hizo el corrillo sobre la Sciomeri. Me retiré discretamente, mi misión allí había terminado. Las miserables circunstancias de una guerra facilitan la urdimbre de intrigas, por insensatas que resulten a priori.

—¡Don Luis! —la voz aflautada de Domínguez me detuvo, ya en la puerta de salida—. ¿Te marchas a la francesa?

Me giré sonriendo:

—Sí, esta noche nos veremos.
—Pensé que traías alguna noticia de la Junta sobre nuestro periódico —dijo, con tono desilusionado.
—No, lo siento —contesté, encogiéndome de hombros—. Yo sólo he venido a apoyar a doña Ana.
—Eres una buena persona —remató, gesticulando una despedida con la cabeza y regresando con los demás.

* * * * *
 

Sainete con albornoz malva

26 de julio de 1809, segunda noche de Byron, Sevilla.

Cuando hice llegar el recado a Mantecón, imaginé lo que tramaría respecto a la escenificación taurina. Pero una cosa es fantasear, hasta sospechar fundadamente, y otra verificar con la crudeza de los hechos que tu amigo es un inconsciente. Se presentó a recogerme acompañado de una especie de jaula rodante forrada con listones de madera y enganchada a su carroza plateada.

—¿Qué llevas ahí dentro?

La pregunta era estúpida. Los mugidos, berridos y golpetazos contra los tablones resultaban más que evidentes.

—Un toro de cartón es una bufonada de actores cochambrosos —alegó Mantecón, sin bajarse del carruaje.

—¡Nos van a atrapar! —se asomó Villanueva, con el rostro acardenalado de anoche—. ¡Acabaremos en prisión!

Distinguí también el lamento de El Jerezano, aunque como de costumbre no entendí ni papa. Decidí que era mejor subir y marcharnos antes de que apareciera don Antonio a curiosear y de los pescozones pasáramos a cuestiones mayores.

—Perfecto, Juan —le dije, con acidez, una vez el coche se puso en movimiento—. Circulamos por Sevilla con un novillo a cuestas, perfecto si queremos llamar la atención.

—No es para tanto —se defendió él.

—¿Y qué crees que hará la Sciomeri cuando vea el percal? —pregunté, irritado—. Para soltar un novillo de verdad en un escenario se necesita un acondicionamiento, una protección...

—Tranquilo, he hablado con su marido —aseguró, confiado—. Será una función estupenda.

El reloj de la Giralda daba las nueve, su antigua campana nos recordó que debíamos ir a buscar a Byron. El traqueteo del coche nos calmó a todos, incluido al novillo. No obstante, el calor seguía empapando las camisas y excitando el meneo de los abanicos. Miré al cielo por la ventanilla, se avecinaba una tormenta.

Nada habíamos sabido del lord durante el día. Era improbable que entre sus costumbres en Inglaterra estuviera este ajetreo nocturno, así que lo esperábamos demacrado, molido. Villanueva no tenía dudas:

—Lo más normal es que, por educación, salga un momento, nos explique que está indispuesto y nos dé con la puerta en las narices.

—Notario, tú ocúpate de lo que diga el inglés —decretó Mantecón—. De lo que haga ya nos encargamos nosotros.

Llegamos a la Calle de las Cruces, al domicilio de las hermanas Beltrán. Ahí se encontraban, junto a la puerta, plantados y tiesos, el amigo y el ayuda de cámara.

—Hobhouse y Fletcher —recordó Villanueva.

—A esos dos los ponía yo delante del novillo —masculló Mantecón, bajando del carruaje—. Lo que nos íbamos a reír...

Hobhouse lucía el mismo camisón de ayer. Había sustituido las pantuflas por unas chancletas y llevaba el gorrito en la mano. Fletcher, a su vera, nos observaba con una altivez que ningún criado sevillano se atrevería a permitirse. Me acerqué conteniendo su mirada y devolviéndosela con displicencia. Ya frente a él, me di cuenta de que no era más que un crío.

—¿Dónde cojones está tu amo?

Ni se inmutaron.

—Milord se está vistiendo —nos informó Fletcher.

—¿Dónde irán los señores? —se interesó Hobhouse.

Villanueva no había traducido nada. No hacía falta. Era la misma cantinela glacial, monocorde. Permanecimos impasibles unos frente a otros.

—A ver si van a ser autómatas —murmuró Mantecón—. Los sacan aquí y los dan cuerda para hacer tiempo.

Quise romper el silencio incómodo diciéndoles que íbamos al teatro, pero habida cuenta de que la función era secreta, me mordí la lengua.

—¡La madre que lo parió!

La exclamación de Mantecón nos hizo dirigir la vista hacia el fondo del patio, desde donde poco a poco tomaba forma la figura de Byron, acercándose con su andar asimétrico y elegante al mismo tiempo.

Se presentó con un fino albornoz malva, entreabierto. Debajo llevaba un traje de baño oscuro que le cubría del torso y terminaba en las pantorrillas. Las piernas quedaban al descubierto, rematando el cuadro con unos botines negros de aspecto militar.

—¡Señores, vamos al Guadalquivir! —dijo sonriendo, sacando un puro de un bolsillo del albornoz—. Espero que todos sepan nadar.

Mantecón y Villanueva lo agarraron por los brazos y se lo llevaron para el carruaje. El Jerezano se tronchaba.

—¿Qué le pasa a su amigo? —le pregunté a Hobhouse, llevándome el dedo índice a la sien—. ¿Está loco o se lo hace?

—Byron es un gran atleta —respondió él—. Hace unos días, en Lisboa, nadó hasta la Torre de Belén.

—A contra marea —precisó el criado.

Aunque con un deje arisco, las palabras de ambos brotaron despacio, moduladas. Los entendí. Según abandonaba mi estado petrificado, pude contemplarle subido al escalón de la carroza, con el albornoz quitado, agitándolo entre carcajadas, haciendo bailar el puro en su boca. En ese tris comprendí también a Lord Byron. Sencillamente, se movía por el escenario como un actor en el corral de comedias. El mundo entero para él era un teatro. Su risa socarrona tenía más de pose que de júbilo sincero. No había que fijarse demasiado: en el fondo de sus ojos se adivinaba un aire trágico.

—¡Qué gran idea lo del toro! —afirmó Byron, señalando al novillo—. Yo en Londres detrás mi carroza suelo llevar un oso enjaulado.

El cochero, que había salido escopetado al ver al poeta, ya volvía con Eugenio, el sastre. Un impaciente Mantecón los movilizó con prisa y los caballos iniciaron el trote.

Josefa Beltrán se asomó por una ventana.

—¿Todo bien, señor conde?

—Todo bien, señorita Beltrán.

* * * * *

Tropel británico en Triperas

26 de julio de 1809, Barrio de San Vicente, Sevilla.

Convencimos a Byron de que no teníamos la menor intención de nadar en el río, al menos estando sobrios. Una vez Eugenio le hubo vestido —levita corta color beige y pantalones a juego—, abandonamos la sastrería y pusimos rumbo a la Calle de San Acacio.

Nuestro joven poeta se mostró ilusionado con el programa de la noche. Le apasionaba el teatro, nos confesó. Sentí cierta lástima, porque lo que se cocía en el Cómico no iba a estar provisto de gran altura interpretativa. Sólo se trataba de un puñado de bienhechores que pretendía recaudar fondos para quienes, en estos tiempos de prohibiciones, no se les dejaba trabajar. Y luego estábamos nosotros, ociosos e imprudentes, metidos entre una madeja que se enmarañaba más rápidamente de lo que podíamos controlar.

Dicen que la Compañía de la familia Calderi en el Teatro Cómico comenzó con unas cuarenta personas. Actualmente, con todo parado y clausurado, apenas una docena, entre actores y tramoyistas, permanecen al lado del matrimonio de empresarios. Sabíamos dónde encontrar a Lázaro: en la Bodega de Triperas, casi enfrente del Teatro.

La Bodega de Triperas es una tasca diminuta en la que adobe y tapas de barrica se mezclan en las paredes formando un amasijo singular. Su bajo techo encalado contribuye a aumentar la sensación de angostura. Cuando el garito está abarrotado, la gente suele arracimarse en la calle, justo en el umbral, con la jarra o la copa en la mano.

Justamente de tal guisa hallamos a buena parte de la cuadrilla. Taponando la entrada de la Bodega, conté a José Domínguez departiendo con tres oficiales británicos pertrechados con sus casacas rojas repletas de bordados y sus pantalones blanquinosos; al profesor Fontecha y cinco de sus chicos del Club, entusiasmados con el ambiente; a Lázaro Calderi, muy galante con una cantatriz que no era su esposa; a dos británicos sin uniforme pero con estampa de alta graduación, del brazo de un par de prostitutas emperejiladas.

—Menuda función teatral clandestina —musité para mí según llegábamos.

Momentos antes habíamos bordeado la Cárcel Real. Me vino a la cabeza la imagen de ese tétrico edificio. Me persigné por instinto, sin darme cuenta.

—¡Don Luis! —me tendió la mano un sonriente Domínguez—. No pretenderá salvarse del fuego eterno con ese viejo truco.

No había captado la ocurrencia cuando, sin saber cómo, ya sujetaba una copa de clarete entre mis dedos. Mantecón y compañía se desplegaron como un batallón listo para el combate. Bebí. Desterré los temores que me atenazaban y eché un trago largo. Me aparté, aturdido por el barullo. Dejé que Byron y Domínguez se saludaran, con mi amigo Juan ejerciendo de alcahuete, y aproveché para fisgar adentro.

La Bodega era un hervidero. Había más uniformes británicos, también algún despistado del Club Baconiano, además de actores, cantatrices de otras compañías, volatineros, bailarinas, tramoyistas, escenógrafos, dramaturgos, músicos... Una parte sustantiva de la farándula de Sevilla, apretujada pero jovial. Conocía a la mayoría. Las penalidades de la guerra no les borraba su temperamento fiestero.Y por supuesto, entreveradas por el local, todas pasándolo fenomenal, putas y más putas. Me reí por no llorar.

Una morena con trenzas y un extraordinario escote me cambió la copa semivacía por otra rebosante.

—Ilustrísimo señor —me dijo, rozándome la mano en la permuta, y arrimó su boca carmesí para susurrar—: Tengo quince años, la única virgen de toda esta panda de fulanas. Soy para usted.

Byron se me acercó por detrás, arrullándome en el otro oído. Le miré, cara a cara, y sus ojos eran como el vórtice de un torbellino. Hizo una mueca, dando paso a Villanueva, que se me acercó entre timorato y descompuesto.

—¿Qué te ocurre? —le pregunté, y bebí sin esperar su respuesta.

—Debo trasladarte un mensaje del Lord —aseguró, incómodo, extraño en aquel berenjenal.

—Procede, notario.

Antes de que la morena se esfumara entre los parroquianos, tuve tiempo para admirar su trasero respingón que se meneaba bajo la falda. Percibí a Byron acompañándome en esa inspección espontánea y fugaz.

“Espero que esta noche no tengáis la desconsideración de permitir que me marche a la cama sin vaciar los testículos.”

Villanueva se había sonrojado al pronunciar el recado. Daba lo mismo: su tez no desentonaba para nada con la pigmentación que empezaba predominar. El clarete corría desbocado y sus efectos se manifestaban sin demasiados tapujos, especialmente entre el ala británica.

Byron no parecía disfrutar de la presencia de sus compatriotas. Los atendía con corrección, pero los despachaba ligero. Dominguez y Villanueva lo flanqueaban, y un carrusel de putas lo atosigaba en coqueteos exprés que él manejaba con admirable maestría.

La oscuridad de la noche se impuso al sofocante crepúsculo. Empezó a  chispear, una lluvia tan fina y exigua que sólo se apreciaba en la luz de los candiles. Alumbrando con un quinqué salió Ana Sciomeri del Teatro. Cruzó la calle para pedirnos que fuéramos pasando: el espectáculo estaba listo para dar comienzo.

Los más impacientes y menos bebidos se apresuraron a entrar. Un tercio de la concurrencia. El resto apenas se había percatado del aviso. Increíble cómo empinan el codo los militares y los actores. Los primeros, no obstante, se cuadraron cuando vieron llegar el carruaje del embajador.

El coche de Hookham Frere se detuvo suavemente. El embajador debe tener unos cuarenta años. Es culto, encantador y ama España, razones suficientes para que resulte sospechoso a ojos de la Junta Central. Curiosa alianza la de los españoles y los británicos: ninguno se fia del otro.

Pegado como una lapa a Frere bajó un mozo de rasgos campestres y hermosos pero de mirada asustadiza. Buscaba a alguien con desazón. Byron lo distinguió y frunció el ceño.

—Oh, Robert —se quejó el poeta—. ¿Qué hace aquí ese bruto desobediente?

Los oficiales se alinearon todo lo ordenadamente que el clarete pimplado les permitió.

Byron no pudo ocultar su enojo.

—Robert Rushton es mi paje —explicó, agazapado entre nosotros—. Está enamorado de mí sólo porque hemos sido amantes un tiempo. Le ordené no salir, ya me he hartado. En Gibraltar lo mandaré de vuelta a la granja de donde lo saqué.

—La servidumbre a veces confunde los sentimientos —le dije, sin pensar.

—Es agotador encamarse con machos —remató Byron—. No pienso volver a hacerlo en una larga temporada.

Con aire decidido, fue hacia el coche del embajador. Presentó sus respetos a Frere y hablaron unos segundos. Parece ser que Rushton había intentado seguirnos por su cuenta, extraviándose. Creo que Byron, mientras le agradecía el auxilio al embajador, le propinó un capón al paje.

Mantecón me agarró del brazo, olía a vino:

—Todo solucionado —aseguró, eufórico—. Domínguez va a cumplir con Rabanales. Me lo llevo después a San Roque.

—Juan...

—Todo solucionado —repitió, y cruzó la calle hacia el Teatro.

Me quedé inmóvil, observando al paje recibir un nuevo capón. Byron lo acababa de dejar claro: él no iba a cumplir con Domínguez. Pero eso a Mantecón le traía sin cuidado.

* * * * *

Desmadre entre bambalinas

26 de julio de 1809, Teatro Cómico, Sevilla.

Los esperaba pero no por ello dejaron de sorprenderme: Frentepartida y su secuaz me cortaron el paso todavía en la orilla de Triperas. El gigantón me enganchó del lazo para arriba, subiéndome el cuello de la camisa hasta dificultarme la respiración.

—Señorito, ¿dónde están las armas y la pólvora? —me preguntó Carmona, con esa repelente cicatriz estrechándose al compás de su entrecejo.

—Antes termina tu ronda —contesté, con las garras del ogro bajo mi garganta.

Su silencio furioso y la falta de aire en mis pulmones me hicieron reconsiderar la respuesta:

—La finca de mi padre en Sierra Morena —articulé, como pude—. Hay un barracón en el extremo sur, resguardado entre un castañal.

—¿Y qué? —se impacientó el rubio Carmona.

—Dentro tienes unos arcones con fusiles, carabinas, pistolas y munición.

—¿Quieres que asalte la finca? —preguntó con los ojos incendiados.

—Está vacía —dije, echando mano a las garras del ogro y tratando de aflojar—. Sólo quedan los guardeses. Son dos hermanos ya mayores, te ruego que respetes su vida. Déjalos maniatados, diremos que han sido los portugueses.

—Para allá voy —aseguró, desconfiado—. Espero que no me la estés jugando...

Crucé la calle tratando de ajustar mi corbata-pañuelo con el amplio cuello de la camisa, y estuve a punto de ser atropellado por el inconfundible carruaje de La Sota. Aplaqué los relinchos de los caballos mientras Azucena bajaba a interesarse por mí. Entre los dos ayudamos a la marquesa. Ambas iban vestidas de majas, con unos jubones preciosos y faldas a juego.

—Por sus atuendos y su manera de atropellar, lucen como auténticas españolas —dije, haciendo una reverencia.

—Es por los británicos que aguardan ahí dentro —afirmó La Sota, risueña—. Esta noche hemos dejado el espíritu francés en el tocador.

Seguramente la marquesa era la única auténtica aficionada a los toros de cuantos nos habíamos dado cita en el Cómico. En eso no fingía. En la taquilla estaba la Sciomeri con los paganini de la función, que eran el Club Baconiano (con el profesor Fontecha a la cabeza), El Jerezano, apoquinando por nosotros, y por último un misterioso personaje de impecable levita negra y pantalones ceñidos. Después supe que era un miembro del Foreign Office.

El soporte financiero británico resulta crucial para nuestra Nación. Sin sus libras esterlinas, la Junta Central no podría llevar a cabo sus funciones de Gobierno. Este año el apoyo pecuniario de nuestros aliados ha caído en picado. Los envíos son cada vez más escuálidos e infrecuentes. Por lo visto, una pizca de la última remesa costea el esparcimiento de los oficiales y sus acompañantes para este espectáculo.

Hookham Frere no está en el ajo, bastante tiene con intentar que los españoles se dejen ayudar por los ingleses. Una tarea ingrata y probablemente condenada al fracaso. Más o menos lo mismo que la representación que de un momento a otro iba a dar comienzo.

Clausurado por el Gobierno, el Teatro había quedado descuidado. La madera que lo recubre huele a polvo y falta de ventilación. Pero también hay rincones y esquinazos con grandes humedades. Aunque a última hora se ha adecentado un poco, el interior está sucio, al menos lo que puede atisbarse entre la penumbra. Los quinqués y las velas no proporcionan más que una tenue luz, amortiguada por el humo que se extiende del gallinero al escenario, pasando por los bancos de abajo y ascendiendo hasta los palcos.

Desde arriba, lo que se vislumbra es una niebla espesa que se agita con el tumulto del público. No, no creo que llegáramos al centenar de asistentes. Ni falta que hacía. El vino, que seguía circulando en botas, y los oficiales cada vez más bulliciosos, multiplicaban el efecto de esta velada ilegal.

La Sciomeri subió a las tablas, se plantó justo al borde en el centro y rogó un silencio que sólo obtuvo en parte. Una hilera de candilejas fueron iluminadas bajo el escenario, al tiempo que se apagaron algunos quinqués junto a las butacas y los bancos. Enjugándose las lágrimas, anunció una función de toros. La escenografía, con una gran bambalina representando un coso, lo anticipaba claramente. Dos toreadores y un rejoneador subido a un caballo de escayola con ruedines tomaron las tablas, mientras Ana se retiraba sin dejar de darnos las gracias.

Un actor equipado con una tremenda cornamenta y un largo rabo surgió tras la bambalina. Se arrastraba a cuatro patas, lento y escasamente amenazador. Se puso en pie, mugió, carraspeó e inició la narración de los pormenores del sainete. Dejé mi asiento y me disculpé de La Sota y Azucena. En el resto de palcos había movimientos similares, pero no sé dónde rayos se encontraba Mantecón. Una música trompetera y tamborilera comenzó a sonar desde bastidores, primero sutilmente, para cortejar el exordio del toro parlanchín, y después más animosa y cargante.

En los pasillos interiores el jaleo era mudo: correteos furtivos, risas y jadeos disimulados con siseos incesantes. La oscuridad tapaba eructos, pedos, empujones, blasfemias, súplicas y confidencias. Bajando unas escaleras, casi me mato al tropezar con una pareja fornicando junto a la barandilla. Toda esta marejada de ebriedad y puterío no figuraba en ningún plan. Acaso la represión no puede impedir que se abran rendijas por donde se desborda la efervescencia del pueblo.

Por fin hallé a Juan en un camerino. Estaba sentado sobre la mesa de maquillaje, con los pantalones bajados. Entre sus piernas una prostituta cabeceaba afanada haciéndole una felación.

—Amigo mío, ¿dónde andas? —me preguntó, con naturalidad.

—Pensé que estabas con el novillo —dije, desconcertado.

—En cuanto termine con esta res, voy por la otra —aseguró, resoplando.

La prostituta se irguió y me miró limpiándose la boca con el brazo. Era la morenaza quinceañera que me habló en la Bodega.

—¡Si ves a Domínguez, tráemelo, lo he perdido! —voceó Mantecón cuando ya me salía de allí.

Domínguez me esperaba al final del pasillo. Parecía satisfecho de su melopea.

—Estoy buscando a Jorge, llévame hasta él —imploró, tambaleante.

—¿Quién es Jorge?

—Vuestro adonis inglés, no disimules.

Abrí los brazos fingiendo ignorancia. Tuve que sujetarle, se desvanecía.

—¡Tu amigo Juan me lo ha prometido! —recordó entre sollozos, como un niño a punto del berrinche.

Se zafó de mis brazos, apoyó los suyos contra la pared e inclinó la cabeza para vomitar.

Descendí al piso bajo. Vaya panorama. Tres oficiales se revolcaban con cinco prostitutas entre una montaña de telas y tramoyas. Una de las fulanas, entrada en carnes, llevaba puesta la casaca británica desabrochada. Apretaba una bota derramando clarete por sus descomunales ubres, que amamantaban a los más sedientos.

¿Dónde estaba Byron? Me asomé por un balconcillo enrejado para ver cómo iba la función. La música, la humareda, el griterío. ¡Era tan difícil ver algo! Quizás por eso La Sota se había mudado a las primeras filas. Aplaudía la habilidad de un banderillero, sola, sonriendo, tosiendo.

Mareado, decidí retornar al palco. Me imaginé a Azucena aburriéndose soberanamente. Empapé de agua mi pañuelo en un caño y me refresqué la nuca y la cara, disponiéndome a peregrinar de nuevo por los entresijos del Cómico. Llegué al palco aturdido, acalorado y sin pañuelo. La butaca mullida de Azucena estaba vacía. Al fondo, embozada con la cortina, cabalgaba ella sobre un joven tendido boca arriba. Los bufidos de La Nieta me echaron para atrás, pero tuve tiempo de observar el rostro de Byron cubierto por la lujuria y las borlas del cortinaje.

* * * * *

Telón en el Cómico

26 de julio de 1809, medianoche en el Teatro, Sevilla.

Esta noche el gallinero es un espacio tranquilo. Nadie ocupa los asientos más baratos y alejados si tiene a su disposición, por el mismo precio, los más cercanos y costosos. Entre las excepciones a semejante modo de razonar, encontré a Rushton y Villanueva. Alelados, hastiados, silentes. Los dos estaban deseando largarse, escapar de un tumulto histérico que no comprendían.

Lord Byron los retenía allí, cada uno guardaba su porqué. El mismo Byron al que acababa de ver tumbado con Azucena montada a horcajadas sobre él. Rushton y Villanueva, presos en el gallinero; yo, exiliado de mi palco, me senté en medio de ambos. De inmediato me percaté del verdadero estado de cada uno: el notario, enojado y tirante; el paje, ebrio y aburrido. Nada tenían que decirse.

—Llévate a éste a San Roque y se lo endilgas a Rabanales.

No maduré la idea, simplemente me surgió y la dejé escapar. Me extrañé al escuchar mi propia voz, aunque traté de mostrar seguridad. Villanueva no contestó, sólo se quitó las lentes para limpiarlas de polvo y humo.

—Dile que se haga pasar por Byron —apreté la tuerca un poco más—. Que lo ha ordenado su amo.

Como si lo hubiéramos ensayado, posamos la mirada al unísono sobre Rushton. Nos sonrió con desgana. Tuve que amenazar al hijo del notario con contarle a su padre cómo había burlado el mandato de la Junta Suprema Central asistiendo a un espectáculo teatral prohibido. Al paje de Byron, en cambio, no hubo que esforzarse mucho en convencerle. Casi lo tomó como una orden rutinaria, una tarea que ya había desempeñado con anterioridad.

Se marcharon justo cuando entró el novillo. No llegaron a verle. Su aparición en el escenario fue sosegada al principio. Desde mi posición, diría que era canijo y hasta esmirriado. Su delgadez acentuaba los cuernos, que apuntaban al suelo sin brío. El primer grito lo dio el rejoneador, bajándose despavorido del caballo de escayola. Según se daba la talegada, atizó al novillo con el garrochón. Algún pincho debía llevar, porque a partir de entonces el animal pareció poseído por el demonio.

La música cesó. Al embajador y el enviado del Foreign Office, junto con algún otro uniformado de alto rango, los sacaron de allí a toda prisa. Entre los bancos, hubo quien se levantó tronchándose de risa y cayó de bruces por la borrachera; y hubo quien se tropezó de puro miedo sin que nadie lo rozara. La mayoría se meneó con la agilidad y la cautela que les permitía, mal que bien, la penumbra, el humo, el alboroto y, sobre todo, el vino pimplado.

El novillo comenzó a cabecear y bramar violentamente. Desorientado, se metió por los bastidores. De manera automática, los pasillos abandonaron ese mutismo nervioso de la bacanal camuflada entre las sombras. Los correteos tornaron en estampida; los jadeos, en alaridos. Un caos bobalicón que algunos británicos aplaudían enfervorizados. Pero aquello no formaba parte del espectáculo. Mantecón, embustero impenitente, no había comunicado nada a los Calderi. Ninguna barrera para confinar al torillo, nada. Sólo un mozo angustiado que lo perseguía esgrimiendo una vara.

Moviéndome entre la vorágine, me asomé por una pequeña embocadura lateral. El animal dirigía su viaje endiablado escaleras arriba. Antes de acceder a los negros pasillos, me giré hacia las butacas: algo no encajaba en ese cuadro borroso y enmarañado. La Sota se mantenía atenta al escenario, quieta, impasible. Un actor y un tramoyista que ayudaban a los que se habían desparramado por el suelo comentaban asombrados la valentía, el temple formidable, de la marquesa.

Volví a la embocadura. El lóbrego pasaje en el que me adentraba exigía toda mi atención. Tomé un candil tirado y logré encender una débil llama. Caminé despacio. Los gritos iban siendo más dispersos e intermitentes. A pesar de la luz que me orientaba, no le vi hasta que se me echó encima. Pensé que se trataba de una fulana extraviada. Pero, era Azucena.

—¡La marquesa! —sentí su aliento azorado en mi cara—. ¿Dónde está?

—Junto al escenario, segunda fila.

Ni me dejó terminar. Se esfumó igual que llegó.

Subí las escaleras rezando para que la agónica llama que me iluminaba aguantara un poco más. Ni rastro del novillo. Al fondo, en un esquinazo, divisé a dos necios arrodillados. Me pregunté si también rogaban a Dios. Imposible: eran Mantecón y un oficial británico. A saber cómo habrían conseguido entenderse, supongo que entre los jugadores existe un idioma universal que el resto de los mortales ignoramos.

—¡Mil libras! —gritaba uno, rígido.

—¡Mil libras! —gritaba el otro, abstraído.

Un farol colgaba de un alambre a sus espaldas. Su luz huidiza superaba en intensidad a la de mi candil, ya practicamente exangüe.

—Juan, por Dios, qué haces —dije, poniendo la mano en su hombro.

—Aléjate, Luis —advirtió él, sin mirarme—. Esto es una apuesta.

—Ya me parecía —contesté, sin moverme—. ¿Y en qué consiste?

—Gana el que aguante de rodillas cuando venga el novillo —explicó, y giró el cuello violentamente hacia el soldado para gritar como un loco—: ¡Mil libras, maldito inglés!

—¡Mil libras! —reaccionó el oficial, absorto, pendiente del otro extremo del pasillo.

Guardé silencio un instante. Los examiné intrigado, como un niño ante dos monigotes grotescos en una feria de verano.

—Tendréis que llamar al animal —les hice notar, con voz cansada—. ¿O esperáis que acuda por azar?

Ahinojados, a un palmo uno de otro, respiraban fuerte, con tensión e impaciencia. Yo proseguí:

—Haría falta que un enajenado como vosotros lo incitara hasta aquí.

Ni caso. Sudaban clarete por la frente.

—Ah, Juan —recordé de repente—. He mandado al tal Rushton a la taberna de El Judío, ya sabes para qué.

—¡Qué has hecho, estúpido! —se levantó enfurecido—. ¡Yo he mandado a Domínguez, como habíamos acordado! ¡Se lo ha llevado El Jerezano!

Las tablas del suelo empezaron a retumbar, de lejos hasta nosotros a toda velocidad. Byron delante y el novillo detrás enfilaron el pasillo disparados como balas. Animal y poeta, deslavazados y renqueantes pero salvajemente desbocados.

—Dominguez no estaba en condiciones, Juan —alegué, justo antes de que mis pupilas se dilataran por lo que se nos venía encima.

Byron, Mantecón y yo nos echamos contra la pared, abrazándola igual que a una madre salvadora. Al oficial británico se lo llevó por medio el torillo. El trompazo fue brutal.

Tuvimos que andar un buen trecho hasta donde su osamenta se había estampado. El desgraciado estaba vivo, al menos todavía hablaba:

—Mil libras —susurró.

—Vas a pagarlas tú —me señaló Juan, enojado—. Dios sabe que no pensaba moverme ni un ápice.

Creo que Byron, por lástima hacia su maltrecho compatriota y generosidad hacia nosotros, o viceversa, qué sé yo, se hizo cargo de la deuda.

El que se ocupó del novillo, por fin, fue el mozo que lo había perseguido incansable desde el inicio. Una vez amarrado, pensé que los gritos y las carreras concluirían. Pero no. Algo pasaba en las butacas. Las chicas lloraban amargamente.

La Sota había muerto.

* * * * *

Oración a Dios

27 de julio de 1809, Barrio de San Bernardo, Sevilla.

tagareteEl jueves ha amanecido nublado. Chispea. No paró de hacerlo en toda la noche. Y sigue. He pasado la mañana recorriendo iglesias. Entrevistarse con un cura es como practicar esgrima tras haber ingerido láudano: no sientes los toques de la espada hasta muy después de haber finalizado el combate. Tras el almuerzo, al bajar del carruaje junto al Tagarete, sentí en el alma todas esas moraduras clericales.

Ninguno quiso enterrar a La Sota. Ni siquiera don Evaristo, que partía mañana hacia Cádiz y ha adelantado a hoy su salida para escaquearse del sepelio. Cuando muere un enemigo declarado de la Iglesia, por poderoso que sea, el trato que reciben sus restos es el mismo que cualquier desecho arrojado al vertedero. No hay posibilidad de inhumar dignamente al fallecido.

Para la Junta Central los remolques cargados de oro y plata que la marquesa había depositado durante los últimos meses en el Real Alcázar no purificaban sus pecados. Por primera vez en mi vida, me enfrenté a mi padre.

—¡Que su espíritu arda donde corresponda! —le dije a don Antonio, sollozando con rabia—. ¡Sólo te pido que me permitas enterrar su cuerpo!

—Extramuros, en San Bernardo, esta tarde en el arroyo —cedió, dándome la espalda.

—Gracias, padre.

—Con discreción, sin pompas —sentenció.

Se apresuró a marcharse. Habían robado en la finca de Sierra Morena durante la noche.

—Parece que han sido los portugueses —apuntó Ismael, el secretario de mi padre—. Han entrado en el polvorín y se han llevado un par de viejos fusiles.

—¿Sólo eso? —pregunté, alarmado—. ¿Y qué ha pasado con los guardeses?

—Dejamos los arcones vacíos hace más de una semana, esas armas quedaron allí porque no valen nada, creo que ni funcionan —comentó, atusándose la barba—. Y a los hermanos…, pues los han majado a palos. Brechas y alguna extremidad rota, no sé más. El médico acompaña a don Antonio.

¿Se quedará Frentepartida en el monte o bajará para ajustarme las cuentas? Tal vez no haga falta, tal vez este olor pestilente que despide el arroyo Tagarete acabe conmigo. Una arcada me sacudió por dentro. Tomé un pañuelo y me cubrí la boca y la nariz como pude.

Mi padre no había sido magnánimo. Sencillamente nos había mandado al único lugar que podía hacerlo sin verse comprometido: al vertedero. Además de los desechos del matadero, aquí viene a parar buena parte de la inmundicia de la ciudad. Bello epicentro de infecciones y epidemias. Cada casucha, cada labriego, refleja la pobreza del barrio.

El calor asfixiante hace casi imperceptible la fina lluvia que nos cala poco a poco. La fetidez nauseabunda, el bochorno y el sirimiri destilan un aire cenagoso difícil de soportar. Somos unos treinta, contando los criados. El mayordomo de la marquesa se ha remangado la camisa y cava un hoyo al pie de la loma. La Sota está al lado, esperando en una caja decorada con adornos en espiral y taraceas. Azucena hace lo propio en su carruaje, un coche negro con incrustaciones doradas.

—¿Qué ha sido del poeta? —sondeé a Mantecón, plantado a mi vera—. ¿No vendrá?

—No lo hemos avisado, ¿para qué? —contestó, sin quitarse el pañuelo de la cara—. El inglés busca alegría en Sevilla, en esta cloaca no la va a encontrar.

Expulsé un escupitajo. Pensé que vomitaría.

—¿Vas a decirme qué ha pasado con el paje y el bachiller? —pregunté, carraspeando.

—Lo ignoro completamente, amigo mío —respondió, mirándome—. No me extrañaría que el arroyo los traiga flotando y tengamos que cavar más tumbas.

—Mientras no sean las nuestras —me persigné—. Rabanales es muy capaz…

—Tienes demasiado miedo.

—Y tú demasiado poco.

La Nieta salió de la carroza. Llevaba el pelo recogido en un moño alto, los ojos arrasados y una túnica violeta que caía hasta los tobillos. Parecía una especie de sacerdotisa griega. Se acercaron dos criadas y le cubrieron la cabeza por detrás con un velo oscuro.

—¿No podías haber pagado a un mendigo para que se hiciera pasar por cura? —murmuró Mantecón, observando atónito a Azucena—. Yo te habría buscado una sotana.

—Calla, hombre.

—Vaya espectáculo, por la puta vieja.

—Shhh…

—Como aparezcan los guardias, nos dan garrote vil a todos.

—Ahora eres tú el cagueta.

Unos cuantos ayudaron al mayordomo a introducir el ataúd en la fosa. Las paladas removían una arena húmeda aumentando la gama de olores putrefactos que nos arropaba. Unos chiquillos se acercaron a curiosear. Sus caras renegridas transmitían astucia y hambre.

La Sota daba por seguro que sus tierras iban a ser expropiadas, seguramente no se equivocaba. Por eso no podíamos enterrarle en su castillo. Azucena recibía una herencia blanqueada y respetable, convirtiéndose en la dama más deseada entre los mozos casaderos de Sevilla. Obviando, claro está, su esotérico modo de vida.

—¿Será virgen? —susurró Mantecón, apretándose el pañuelo contra la nariz.

Asentí con la cabeza. No era el momento de abordar el debate.

Las criadas transportaron una pequeña lápida hasta la tumba. Los mozos la ubicaron. En la piedra constaba su nombre entre dos ramas de acacia en relieve. Encima, sobresalía también el dibujo de un compás coronando una escuadra.

Azucena sacó un librito bajo su túnica y empezó a leer frente a la lápida:

Ya no es a los hombres a los que me dirijo, es a ti, Dios de todos los seres, de todos  los mundos y de todos los tiempos: si está permitido a unas débiles criaturas perdidas en la inmensidad e imperceptibles al resto del universo osar pedirte algo, a ti que lo has dado todo, a ti cuyos decretos son tan inmutables como eternos, dígnate mirar con piedad los errores inherentes a nuestra naturaleza; que esos errores no sean causantes de nuestras calamidades.

—Se le transparentan los pezones —cuchicheó Mantecón.

—Juan, por favor…

—¿Qué más da? Nos darán garrote vil de todas formas.

Tú no nos has dado un corazón para que nos odiemos y manos para que nos degollemos; haz que nos ayudemos mutuamente a soportar el fardo de una vida penosa y pasajera; que las pequeñas diferencias entre los vestidos que cubren nuestros débiles cuerpos, entre todos nuestros idiomas insuficientes, entre todas nuestras costumbres ridículas, entre todas nuestras leyes imperfectas, entre todas nuestras opiniones insensatas, entre todas nuestras condiciones tan desproporcionadas a nuestros ojos y tan semejantes ante ti; que todos esos pequeños matices que distinguen a los átomos llamados hombres no sean señales de odio y persecución…

—Me casaría con ella, es tan hermosa… —prosiguió con el runrún, valiéndose del pañuelo protector.

—Os doy mi bendición —contesté, hastiado.

…que los que encienden cirios en pleno día para celebrarte soporten a los que se contentan con la luz de tu sol; que aquellos que cubren su traje con una tela blanca para decir que hay que amarte no detesten a los que dicen la misma cosa bajo una capa de lana negra; que dé lo mismo adorarte en una jerga formada de una antigua lengua o en una jerga más moderna; que aquellos cuyas vestiduras están teñidas de rojo o violeta, que mandan en una pequeña parcela de un pequeño montón de barro de este mundo y que poseen algunos fragmentos redondeados de cierto metal, gocen sin orgullo de lo que llaman grandeza y riqueza y que los demás los miren sin envidia: porque Tú sabes que no hay en estas vanidades ni nada que envidiar ni nada de que enorgullecerse.

—Esta noche es la última del poeta inglés —volvió a musitar en mi oreja—. Hay que montar una orgía.

—Basta ya.

—¡No querrás que Lord Byron se vaya de Sevilla sin follar!

Su timbre de voz había traspasado el pañuelo con creces. Pero todos se hicieron los sordos y Azucena pudo concluir:

¡Ojalá todos los hombres se acuerden de que son hermanos! ¡Que odien la tiranía ejercida sobre sus almas como odian el latrocinio que arrebata a la fuerza el fruto del trabajo y de la industria pacífica! Si los azotes de la guerra son inevitables, no nos odiemos, no nos destrocemos unos a otros en el seno de la paz y empleemos el instante de nuestra existencia en bendecir por igual, en mil lenguas diversas, desde Siam a California, tu bondad que nos ha concedido ese instante.

Por un minuto sólo escuchamos el agua turbia del arroyo. Nos dispersamos en silencio.

Yo me acerqué a los chiquillos y les tiré unas monedas que atraparon al vuelo.

* * * * *

Las mellizas del barbero

27 de julio de 1809, Barrio de Triana, Sevilla.

Cerca del Puente de Barcas, al otro lado del río, se encuentra una de las mejores barberías de Sevilla. Por sus tarifas, sólo está al alcance de los pudientes. Ni siquiera tiene rótulo en la entrada. Es más bien un salón de belleza para caballeros, aunque también puedes sacarte una muela y otras cirugías menores. Miguel, el ex fraile que lo regenta ayudado por su esposa y sus cuatro hijas, trata a los clientes con inigualable esmero. Es pariente lejano de Mantecón, así que en esa casa se nos mima doble y gratis.

¿Qué estamos haciendo con nuestra vida, Juan?

Perdona, querido amigo, no te escucho.

Hallábamonos zambullidos en sendas bañeras de marmol blanco repletas de agua tibia y espuma, quitándonos el aroma putrefacto del Tagarete. Otra espuma, la de afeitar, nos cubría el rostro. Mantecón se extrajo un poco de sus orejas y me lo arrojó burlándose.

Te digo que las cosas van a cambiar en España —levanté la voz—. Que los gabachos, más pronto que tarde, volverán por donde vinieron. Que Cádiz será el centro de las reformas.

Ha pasado un año de lo de Bailén y los franchutes no se han marchado.

Marimar y Marifé, las hijas mayores de Miguel, unas lindas mellizas, aparecieron afilando sus navajas. Nos miramos como se miran dos barbilampiños a punto de ser rasurados.

Muy cierto. Pero esta Nación será distinta cuando Fernando recupere el trono —insistí—. Si no espabilamos, otras familias manejarán las reformas.

Somos jóvenes aún —Mantecón pedía calma con sus manos enjabonadas—. Estamos en edad de retozar, la política puede esperar.

¿Qué tramas para esta noche? —pregunté mientras la navaja me acariciaba el gaznate—. Te conozco.

Entonces lo soltó sin más preámbulos:

Saltaremos la verja del Palacio de San Gil.

Las mellizas dejaron escapar una suave sonrisa y continuaron su tarea. Mantecón hablaba de la residencia de verano de Lord Holland. Un edificio magnífico, propiedad del Gobierno español. El alquiler lo pagaba directamente la Corona británica, alimentando las famélicas arcas del Real Alcázar.

Lord Holland es buen amigo de mi padre —señalé mientras asimilaba la barbaridad—. Podemos ir a tomar té, nos abrirán la cancela sin necesidad de brincar.

No están —aseguró, rotundo—. El matrimonio Holland se ha largado a Lisboa, quizás a Londres. No soportan estos calores veraniegos.

Llegó el turno de las uñas. Manos y pies se aprestaron dóciles a pasar por la lima. Al fondo, se escuchaba a Miguel tarareando una melodía.

El ama de llaves ha caído enferma, guarda cama en las Cinco Llagas —prosiguió Mantecón, palpándose el fino bigote—. El Palacio está vacío.

¿Cómo sabes todo eso? —pregunté, toqueteándome el mío.

Me lo contó anoche el oficial británico encargado de la vigilancia de la mansión —respondió, sonriendo—. Juraría que él también figura hoy como huésped de algún hospital.

El desgraciado que se puso delante del novillo…

El mismo.

La visión de Marimar sentada en un taburete, con su hermoso busto apretujado contra el borde de la bañera, compensaba el hecho de que nunca me haya gustado que me manoseen los pies.

Juan, acabamos de enterrar a la marquesa —recordé, sintiendo cómo Marimar afianzaba la planta de mi pie contra sus pechos—. Estamos de luto.

Os acompañamos en el sentimiento —dijeron las mellizas a coro.

Ella hubiera querido estar en San Gil esta noche —aseguró Mantecón, con voz cómicamente temblorosa.

Su tono de comediante se mezclaba con el canturreo del barbero Miguel, procedente del salón contiguo. Marimar y Marifé alternaban su tarea con cuchicheos reposados, casi esponjosos. Juan se sumergía inerte, asomando nada más que su nariz aguileña y un racimo de burbujas por la boca.

Empero, yo era incapaz de relajarme. Los cabos sueltos que íbamos dejando atrás me oprimían el corazón. Rabanales, Frentepartida...

Cálmate, Luis —mi amigo estiró el brazo y me rozó el mío con la punta de los dedos—. ¿Qué te preocupa? ¿No serás capaz de disfrutar de tus años mozos? Godoy no alcanzó el poder en España hasta los veinticinco años, ¡qué prisa tienes tú!

Guardé silencio un instante.

¿Por qué vamos a saltar la verja de San Gil? —rompí un mutismo que seguía sin proporcionarme paz alguna.

Tiene la mejor piscina de Sevilla.

¿Más agua quieres? —dije, mostrando la piel arrugada de las manos.

Haremos una fiesta como las del mundo antiguo —prometió—: hombres borrachos, mujeres drogadas, togas blancas y naranjas flotando en la fuente.

Iba a contestarle, pero el tarareo del barbero se hizo presente en el salón.

¿Cómo estáis, muchachos? —su vozarrón no cuadraba con ese porte enjuto que exhibía.

¡Miguel! —exclamó Mantecón— ¡Qué hijas más hermosas tienes!

Primas tuyas, Juan —le reprendí.

Terceras, primas terceras —precisó Mantecón, dedo en alto.

El barbero hizo un arrumaco a sus mellizas, que habían finalizado el servicio.

Vaya greñas que lleváis —nos señaló Miguel—. ¿Y esos bigotes? ¿Y esas perillas?

Nos levantamos para secarnos.

Hijas, ¿es que no les habéis afeitado? —perserveró el barbero, disconforme—. Nadie lleva bigote y perilla hoy día.

Pronto se pondrán de moda —dijo Mantecón, acicalándose.

Vienen nuevos tiempos —remaché.

¡Eso es, Miguel, recórtate las patillas! —exclamó mi amigo, pitorreándose.

Iros al infierno —contestó él, sin perder la sonrisa.

Momentos después pensé que, en efecto, el infierno era nuestro inminente destino. A la salida, no pudimos llegar al coche. El gigantón malcarado, el secuaz de Frentepartida, nos esperaba en su caballo y sable en mano.

Echamos a correr sin mirar atrás. El galope del caballo retumbaba en el empedrado; su resuello hacía lo propio en nuestra nuca. Se aproximaba raudo y colérico, tanto que nuestra huida se evidenciaba más esteril a cada zancada. Ya junto al puente un disparo bronco nos frenó en seco. A nuestra espalda, el corcel se detuvo mansamente. El bandolero yacía en el suelo.

Nos acercamos a verle. Media cabeza le había estallado por el tiro. Un mejunje de sangre y sesos le cubría el rostro.

¡Pipiolos!

Un viejo con un parche en un ojo salió de un lateral. El pistolón que agarraba echaba humillo por el cañón.

Policarpo, el sicario de Rabanales —dije, congelado de miedo.

Don Heliodoro os quiere vivos —advirtió él, guardando su arma.

El viejo se desflemó sonoramente, vertió un denso esputo sobre el cadáver y recuperó el habla con energía:

¡Ayudadme a tirarlo al río!

Mantecón estaba blanco. Por la mirada que me dirigía deduje que yo había adquirido la misma tonalidad.

¡Vamos, pipiolos! —gritó el viejo.

Lo hicimos.

Regresamos al coche en silencio, echando el ojo a uno y otro lado.

* * * * *

¡Viva España y viva el Rey!

27 de julio de 1809,  Barrio de la Macarena, Sevilla.

¡Por fin el cielo despejado, libre de nubes amenazantes! La noche se cuela despacio, paladeando los colores anaranjados de la tarde estival. Desde Triana hemos ido a parar, sin pasar por casa, al Mesón Españolazo, la cantina más popular de la ciudad. El dueño, un vizcaíno retirado del ejército, lo tiene forrado de banderas, estandartes y mapas. Si no fuera por el clarete que nos sirve en generosas jarras, uno pensaría que ha entrado en un cuartel militar.

—Les he dicho que se lleven al sastre directamente, así van adelantando —comentó Mantecón, dejando escapar un escandaloso eructo.

El Jerezano y Villanueva van camino de las Cruces a recoger a Byron. Ni siquiera estamos seguros de que quiera salir en su última noche sevillana. ¿Qué sabemos nosotros de ese peculiar inglés? ¡Apenas nada! ¿Qué le preguntas a un extranjero al que te han encasquetado para llevarlo de fiesta? Sólo esperas que sea capaz de pasarlo bien, de compenetrarse con el entorno. No hay tiempo para trabar lazos de amistad. Como mucho, si la fortuna acompaña, conservaremos la huella de cierta camaradería entre iguales.

—¿Te quedarás con alguna? ¿Cuántas tienes? —interrogué, inclinando la banqueta y recostándome contra la pared.

—Son ocho, tal vez escoja una para la cocina —pensó Juan en voz alta—. Estoy harto de los guisos de Jesús.

—Ingrato —le acusé, apurando la jarra—. ¿Qué harías tú sin el boticario?

No respondió. Tras el susto en el puente, que nos había dejado el rostro lívido largo rato, una extraña sensación de reposo y desconcierto nos embotaba. Es la consecuencia de comprobar en una situación límite que cuentas con un ángel de la guarda. El nuestro se había manifestado, sin duda, por su condición de acreedor. Cosa distinta será si, más adelante, mi amigo el conde de Torremontero no consigue satisfacer la deuda adquirida por sus dislates con el juego.

La insensatez que ahora le mantenía pensativo era otra. Había acogido en su palacete a las masajistas de las Termas de Yusuf. Fue el primer garito precintado por la Junta Central esta mañana, una vez conocido el fallecimiento de la marquesa. Casi todas procedían de ultramar, la mayoría tenían intención de volver a su tierra y realmente ninguna poseía el dinero necesario para marchar. Esta noche serán nuestras ninfas.

—Las mantiene adormecidas y sedientas de sexo —dijo Mantecón, riendo.

—¿Cómo puede ser?

—Creo que con mandrágora y otras plantas de medianoche.

—Te buscarás un lío como alguna puta acabe envenenada.

—Según Jesús, hay dos que quieren regresar para unirse a no sé qué revolución.

—Será en Venezuela, mi padre me ha dicho que se están sublevando.

—Malditos indios, como si no tuviéramos bastantes problemas…

—¿Y qué hacemos en España, Juan, sino sublevarnos… contra los franceses?

—Amigo mío, tu comparación es repugnante, pero estoy borracho para retarte a un duelo.

Hicimos amago de beber, sin embargo las jarras vacías parecieron burlarse de nosotros. Reímos. Nos abrazamos fraternalmente, como dos amigos, como dos hermanos.

—La que salte la verja de San Gil, tendrá billete para la revolución —sentenció Mantecón, poniéndose en pie y alzando la mano—. ¡Vizcaíno, dos jarras!

—No te ha oído, está medio sordo —confirmé yo.

—Verás como ahora sí me escucha —avisó él—. ¡Viva España!

—¡Viva España y viva don Fernando! —gritó el vasco, girándose como un resorte.

—¡Dos jarras, capitán!

Me atusé la diminuta perilla.

—Ese no ama la Nación, sólo es adepto de una dinastía —murmuré, repentinamente malhumorado.

—Deja la política —replicó Mantecón—. ¡Mira quién está ahí!

“¿Qué ocurrirá si hay un conflicto dinástico? ¿Qué pasará entonces?”.

Mi pensamiento taciturno se desvaneció al dirigir la vista hacia la barra. José Domínguez bebía en solitario. Su pelo bermejo se le alborotaba hacia delante sin poder disimular un rostro demacrado y marchito.

—Gacetillero —le abordó mi amigo—. Venga esa crónica de anoche.

Nos apalancamos en la barra, a su lado.

—Estás hecho un asco —le dije, mirándole de arriba abajo.

—Olvidadme, haced como que no existo —regurgitó, incómodo.

—Te doy mi palabra —prometió Mantecón, con la mano en el pecho—. Pero antes dinos si Rabanales quedó complacido.

El mesonero sirvió las jarras inflado de orgullo patriotero. Canturreaba una especie de marcha militar que no se distinguía habida cuenta de la algarabía creciente.

—Complacido… —Domínguez, ausente, negó con la cabeza—. Sería mejor decir empachado, ahíto, extenuado. El inglés tampoco se cansaba, de hecho acabó pegándose a sí mismo con una correa mientras El Judío se revolcaba en un inmundo colchón de lana.

—Suficiente —declaré, sin ganas de escuchar más.

—Ese paleto inglés no era el adonis que me ofrecisteis —se quejó, sin abandonar su mirada ida.

—El otro sólo era un modelo —explicó Mantecón, en plan guasón—. El material entregado reúne las mismas características.

—¿Por qué todos, Juan, se empeñan en mancomunar conmigo los tratos que cierras? —pregunté, fingidamente molesto.

—¡Dejadme! —exclamó el malagueño, agarrando su jarra y buscando otro hueco entre los parroquianos.

Jesús, paciente mayordomo de Mantecón y denodado aspirante a boticario, entró en el mesón.

—¿Están preparados los señores? —se interesó, solemne.

—Rebosamos esperma y vino —contestó mi amigo, ajustándose el chaleco—. ¡Vámonos!

—Las chicas se quejan de que la jaula huele a toro —informó Jesús, modulando su tono de voz.

Crucé los brazos y descargué una intensa mirada de reproche.

—No ha habido tiempo para preparar otra cosa, Luis.

—Vámonos —dije, enojado.

—Follaremos con ninfas pero oleremos como si hubiésemos violado vacas —alegó Mantecón, marchando hacia la salida—. ¡Es genial!

—Bonita perilla —intervino el mayordomo.

—Gracias, Jesús.

* * * * *

Chapuzón en la alberca

27 de julio de 1809, Palacio de San Gil, Sevilla.

En los lindes de la Macarena, a unas calles del Españolazo, se ubica el Palacio de San Gil, un edificio nuevo y coqueto. Con una planta baja de gran altura y otra revestida de una preciosa balconada, la casa está ordenada en torno a dos patios porticados. Recuerdo bien el interior porque en primavera, la vez que estuvimos almorzando allí, Lady Holland insistió en enseñarnos cada habitación, ofrecimiento que mi madre doña Valentina aceptó encantada.

El patio noble despierta los sentidos. El suelo alicatado vadea radiantes naranjos y limoneros. Los azulejos muestran uvas granates, combinando tonos oscuros con plateados, y cepas que ascienden por las paredes. La cerámica se completa con colores ocres y dibujos de barricas, majuelos y olivos. En medio del patio, al estilo de las albercas romanas y árabes, se extiende una fuente-piscina de agua cristalina y chorros perennes a cada lado y el centro.

La noche cerrada no nos permitirá apreciar exquisiteces arquitectónicas o decorativas. Ni falta que hace. Todos vamos con una idea fija: refrescarnos en la alberca. El calor nos asfixia como si el sol siguiera en pleno apogeo, pero ya gobiernan los faroles y las sombras. Sevilla no duerme. No hay esquina sin un fantoche embozado, callejuela sin soldados haciendo la ronda, soportales sin prostitutas... Desde el carruaje, el runrún nocturno se va diluyendo lentamente.

Jesús nos ha preparado un brebaje a base de beleño y otras plantas. Cuenta que un jesuita le ha traído del Perú un arbusto de coca cuyas hojas producen efectos extraordinarios. El potingue sabe amargo; peor todavía resulta su olor. Lord Byron hace aspavientos y bebe varios tragos. El Jerezano remata el frasco. Villanueva nos observa con el gesto torcido, casi asqueado.

—Os chorrea el sudor y no dejáis de moveros —se quejó el notario.

—Copularé únicamente diez o doce veces y me retiraré a descansar —nos advirtió Byron.

—¿Alguien tiene un puro? —preguntó Mantecón—. ¡La boca me sabe a rayos!

Nadie escuchaba a nadie. Íbamos enardecidos, excitados, apiñados en el coche. Por un instante, creí que volcaríamos. Por fin nos detuvimos. Bajamos dando saltos, disparados. La verja de San Gil se eleva más de lo que recordaba. Para colmo, el forjado termina en punta de flecha. Villanueva nos llamó locos y echó a andar bordeando la casa en busca de una puerta por la que acceder.

Abrimos la jaula de las chicas. El cóctel de mandrágora, estramonio y belladona que habían ingerido les hizo salir embravecidas y desorientadas. El aroma a res había penetrado en las sabanillas desgalichadas que vestían a modo de túnica. Mientras Mantecón les explicaba el programa de festejos, me fijé en ellas: tenían las pupilas dilatadas y más de una no lograba ocultar sus pechos entre la tela blanca.

Byron pidió un candil y lo situó junto a una columna, en la parte de menor altura de la verja. Trepó con agilidad, maldijo su maltrecha pierna y todavía en el lado de afuera, extendió su brazo a las chicas. El silencio de aquel momento nos permitió escuchar nítidamente el sonido del agua. La oscuridad y el brebaje multiplicaban la musicalidad de los chorros de la fuente. La imagen de Byron encaramado en la verja disipó los titubeos de las ninfas. Brincaron todas con más destreza de la que habíamos imaginado. Alguna que otra sábana quedó enganchada en las puntas de flecha.

—¡Esperadme, putas! —gritó El Jerezano con asombrosa dicción.

Inició la escalada con tanta ansiedad como torpeza. Según le siseaba, me giré hacia Mantecón. Lo vi tambaleándose, junto al coche, creando su propia piscina mediante vómitos tremebundos. Me entró la risa floja.

—¡Venga, Juan! —le llamé, conteniendo la mofa—. ¿Saltamos o qué?

Hipando y carcajeándose, se recompuso. Señaló la verja con el dedo trémulo y volvió a retorcerse entre estornudos, bilis y una risotada ahogada. El Jerezano se mantenía en precario equilibrio, manoteando, pataleando, a punto de caer, peor todavía: rozando las afiladísimas puntas del enrejado. Por sus gemidos secos, seguramente ya se había herido en alguna parte.

En la penumbra, distinguí a Byron descamisado, perseguido por varias chicas. Otras ya habían encontrado la piscina, pues la cadencia serena de los chorros cambió por un brusco chapoteo. Dejamos al mudo pelear por su vida en lo alto de la verja y comenzamos nuestro particular ascenso justo por el mismo sitio que el inglés.

Mi corazón latía encabritado, el sudor hacía resbalar el forjado. Juan me echaba una mano y yo a él, aunque sería complicado decir si nos ayudábamos o nos estorbábamos. El paso al otro lado fue una antología de la impericia, la temeridad y el azar. Nada sentí de mi costalazo, pero sí contemplé riendo el de los saltimbanquis que me acompañaban. Al ponerme de pie, sentí un fuerte escozor encima de la rodilla: la sangre asomaba por un rasguño del pantalón.

Mantecón se incorporó renqueante. Su camisa blanca estaba hecha trizas, como si lo hubiera atacado una manada de tigres. El Jerezano sonreía con alivio, pero los rasponazos y marcas de su rostro indicaban que era él quien había salido peor parado. Ni se daba cuenta.

—¡Esperadme, putas! —repitió obsesivamente.

Nos despojamos de las ropas sudadas y deterioradas. Se accedía al patio noble desde el exterior atravesando una cancela. Estaba abierta de par en par. Por ahí se escapaban sonidos entrecortados de aire y agua: jadeos y chapuzones que se mezclaban con nuestra propia respiración. Mis pies desnudos notaron el baldosín. La euforia de El Jerezano le hizo resbalar y acabó de cabeza en la piscina, previo porrazo contra los azulejos.

Tres ninfas acorralaron a Lord Byron contra uno de los chorros. A pocos pasos, en un poyete quedó la única lámpara que nos libraba de la absoluta oscuridad. Una morena de larga cabellera me empujó contra la fuente. Antes de caer, tuve tiempo de agarrarle el brazo y llevármela conmigo.

El agua nos llegaba por la cintura. Junto al bordillo, nos besamos con ansia. Sus ojos rasgados apuntaron al cielo mientras devoraba sus pechos. Al entrar en ella, me hincó los dientes en el cuello y las uñas en la espalda. Ensartados ambos, nuestros resuellos colisionaban enroscándose en cada fugaz tregua y emergiendo como remolinos al impulso de las embestidas.

Nos fuimos al cabo de un rato. A pesar de la protección de la noche, podían descubrirnos en cualquier momento. El silencio dominó la retirada. Cuerpos fatigados y mentes aletargadas suplicando descanso con la mirada, casi agradeciendo el sedante zarandeo del coche. Byron se anudó la camisa, entrábamos en su calle. El cretino de Villanueva había desaparecido.

—Qué demonios voy a decirte —pensé en voz alta, frente a él—. No nos vamos a entender.

Bajé para despedirle. Yo era el único que aguantaba despierto.

—Tres días es muy poco tiempo —le dije, con tristeza—. Deberías quedarte más.

Ya en la puerta de la casa que lo había alojado, enumeró sus próximas paradas: Utrera, Jerez, Puerto de Santa María, Cádiz, Gibraltar, Malta, Turquía y Grecia.

—Ojalá tus viajes te traigan de nuevo a España.

Nos estrechamos la mano con fuerza. Tuve la impresión de que no lo volvería a ver. Pronunció unas palabras que no entendí pero que me sonaron de ánimo y aliento.

Subiendo al carruaje, me pareció ver a Josefa Beltrán en la ventana, espiándonos.

—¿Ya se ha ido Lord Byron? —preguntó Mantecón, sin abrir los ojos.

—¡Vámonos! —le ordené al cochero.

* * * * *

La Pepa

19 de marzo de 1812, oficina de la secretaría de Cortes, Cádiz.

LaPepa—¿Por qué me estás apuntando con esa pistola, Juan?

—Te digo, por las buenas, que has de quemar esos papeles que has traído.

—Son mis Diarios —levanté la carpeta—. ¡No puedes pedirme tal cosa!

—Ahora somos diputados de las Cortes —subrayó él—. Acabamos de jurar la Constitución.

Conozco la Constitución política de la Monarquía española. He colaborado en su redacción y no menciona nada de quemar escritos personales. Todo lo contrario, garantizamos la libertad de prensa. Querría tener a mano una copia del texto, para recordárselo a Mantecón, pero en este despacho anexo a la Iglesia de San Felipe Neri sólo hay media docena de biblias y otras tantas obras de teología pastoral.

Hoy hace un viento terrible en Cádiz. El cristal de la ventana se zarandea continuamente y da la sensación de que va a ceder de un momento a otro. Asusta el silbido del aire, todavía más cuando te amenazan con un arma, porque cada ráfaga parece provenir del cañón que te apunta.

Llaman a la puerta. Dos golpes que me paralizan el corazón. Con la mano temblando me busco en el pecho los disparos.

—Abre a ver quién es —ordena Mantecón, ocultando la pistola bajo el escritorio.

Se trata del cartero. Uniformado y portando una saca marrón, se presenta con toda clase de innecesarias reverencias.

—Traigo un paquete para don Juan de Olalla y Mantecón y don Luis Verges Calero.

—Somos nosotros —afirmé, intrigado.

Me dio lo que, sin duda, era un libro envuelto en un delicado papel. El viaje lo había deteriorado un poco, pero en el remitente había impreso un escudo de armas que rezaba Crede Byron.

EscudodeByron—Gracias —dije, susurrando.

Entonces el cartero perdió su compostura y se despidió gritando:

—¡Viva la Pepa! ¡Viva la Pepa!

Cerré la puerta y abrí el paquete. Era Childe Harold, el libro que conmocionaba Inglaterra y del que hablaba toda Europa.

—¿También quemamos esto? —pregunté a Mantecón, sujetando la obra mano en alto.

Mi amigo se sentó en la butaca del escritorio, apoyó la pistola en la mesa, sin soltarla y se quedó pensativo unos segundos.

—Dicen que por las noches celebra orgías en los cementerios en honor a Satán —aseguró, cariacontecido.

—Juan, sabía que te habías vuelto estúpido —sentencié, paseando por el despacho—, aunque no imaginaba cuánto.

—Me importa un bledo lo que haga ese poeta allá en su isla —repuso, y me señaló con el arma otra vez—. Pero no estoy dispuesto a que se nos relacione con él. Somos los diputados más jóvenes de las Cortes, van a observarnos con lupa.

Se escuchaban voces y cánticos afuera. La gente estaba exultante. Debíamos ir a la iglesia del Carmen, a rezar por la Pepa. Así lo habían decretado las autoridades eclesiásticas.

—Sé que no es por Byron, sino por Rabanales —alegué sin más rodeos.

Mantecón calló y bajó la mirada. Hacía sólo unos meses que le habíamos conseguido la licencia para su negocio bancario y ya se había convertido en uno de los prebostes de Andalucía. En su palco del Oratorio es el que más ha aplaudido al concluir la sesión de esta mañana. Viéndole con su chaqueta americana blanca, la fina corbata de seda y el sombrero de copa a juego, pocos se acuerdan ya de la desaliñada estampa que lucía en su taberna de Sevilla.

La puerta retumbó de nuevo, esta vez fueron tres los golpes que nos pusieron en alerta. Al otro lado esperaba Azucena, con gesto impaciente.

—¿Está mi esposo contigo? —me interrogó, y sin esperar respuesta, prosiguió—: Haced el favor de salir en seguida, la misa va a empezar.

Asentí. Cerré la puerta. Me giré. Mantecón volcó el aceite de una pequeña lámpara en un aguamanil y lo prendió fuego.

Se levantó apuntándome con la pistola.

—Era tu querida esposa, La Nieta.

—No le llames así.

—Te has vuelto un estúpido, amigo mío.

—Echa al fuego los papales, ¡vamos!

—¿Vas a dispararme?

—Con el viento y el jolgorio de afuera, nadie escuchará el tiro.

Suspiré hondamente, troceé los manuscritos y dejé que la llama del aguamanil los consumiera sin piedad.

Mantecón suavizó el rictus, guardó el arma y me acarició el cuello.

—Vamos al tedeum —dijo, sonriendo.

Por el camino, Mantecón se percató de que llevaba conmigo el libro de Byron, aferrándolo a mi pecho para que no saliera volando.

—¿Tienes copia de tus Diarios?

—¡Qué va!

El viento huracanado tronchó un robusto árbol delante de nuestras narices.

—¿Estaba cargada la pistola?

—¡Qué va!

 

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