DE LAS MALDITAS SUBASTAS, EL CASO CHINO DE URDANGARÍN

Pasando la calle Macao, cerca del río Suzhou, se llega a la zona de Moganshan, el distrito de galerías de arte de Shanghai. Allí comenzaron mis problemas y los de Wei Ming, y también los de Fangfang aunque ella salió mejor librada. Ser consultores es ardua tarea, y aunque nuestros consejos resultaron óptimos para nuestro cliente una desafortunada cadena de coincidencias dio con nuestros huesos en la cárcel. Las autoridades chinas consideraron que ocho semanas en la prevención, una especie de pena de prisión que salda el asunto con un condena policial en la que no intervienen jueces o abogados, serían suficientes para nuestra redención. La de Wei Ming y la mía, porque Fangfang negó todos los hechos y afirmó haber sido engañada por un balsero occidental y un dudoso hongkonés, argumento que unido a una impecable caída de pestañas y a su más que pura ascendencia shanghainesa - quince generaciones - bastó a Fangfang para convencer a la policía de su inocencia. Escuchándola defenderse ante un gélido comisario mi amigo Wei Ming y yo volvimos a admirarla. Ambos convinimos en la perfección de su alegato y con la seguridad que proporciona la adoración confirmamos a la policía que ni conocíamos a Fangfang ni ella tenía relación con nuestras andanzas. Luego Fangfang envió a los calabozos libros y música pero esto solo lo supimos ayer, día de Navidad, al salir del edificio de Prevención donde hemos estado encerrados 56 días, porque ni libros ni música nos llegaron.  Para combatir el tedio revisamos nuestra estrategia tratando de encontrar el hoyo que nos hizo tropezar, concluyendo que la causa de nuestras desgracias es la evanescencia del Arte.

Hace 60 días se vendió un óleo sin valor alguno por US$1.000.000 en una de las galerías de la calle Moganshan. El ufano comprador - al que nadie forzó a pagar tan ridícula suma por una pintura vulgar - decidió colgar el cuadro en el comedor de su casa invitando a un grupo de amigos a cenar con el propósito de mostrar su adquisición. Cierto experto presente en la cena manifestó sin timidez sus dudas sobre el cuadro. Ahí comenzaron nuestros problemas, porque el experto - un americano estirado que realiza compras en Asia por cuenta de varios particulares e instituciones estadounidenses- afirmó sin titubeos:

´Este cuadro es una mierda´

´¿qué quieres decir? - interpeló el anfitrión un tanto nervioso, había pagado US$1.000.000 dos días antes.

´Lo que he dicho. Que es una mierda. No vale nada. Lo que valga el lienzo. Nada más´.

Tras varias copas de Moutai, un fuerte alcohol local, el ufano comprador del cuadro superó el ataque cardíaco que las noticias del seco americano le provocaron e inició una serie de pesquisas. Su investigación le llevó a dos sitios. Uno, a mi casa. El segundo al lugar donde uno constata que es estúpido y que le han timado, y en ese sitio la gente suele enfadarse. Cosa increíble es que el timado se enfada con otros y no consigo mismo. Mi fuerte defensa, ´Ud. es imbécil y yo no tengo la culpa de su imbecilidad´no impresionó al indignado comprador, tenía influencias, las utilizó, y Wei Ming y yo dimos presos por dos meses.

Todo comenzó cuando un pez gordo contrató nuestros servicios profesionales, Wei Ming, Fangfang y yo proporcionamos los servicios financieros profesionales más sofisticados. Quería el plutócrata sobornar a cierta persona y deseaba que el soborno estuviera a prueba de toda investigación. Si tal investigación se realizaba el resultado habría de ser concluyente, no existió soborno alguno. Proporcionamos el consejo al fulano, le presentamos una abultada minuta por el mismo, cobramos en metálico y todos felices.

La recomendación la sacamos de los bolsillos de nuestra larga experiencia. Usaríamos el truco de la subasta. Bastaba comprar una pintura cualquiera sin valor. Y regalársela al sobornado. Lo que el plutócrata deseara obtener del sobornado no era asunto nuestro, de Wei Ming, Fangfang o mío. Jamás metemos las narices en los asuntos de nuestros clientes.

Tras regalar el pez gordo un óleo de apenas un exiguo par de dólares al sobornado, algo por lo que el dador no sería acusado de soborno ni el receptor de tráfico de influencias, el paso siguiente era la muestra de nuestro inmensio genio. El receptor pediría a una galería de arte de la calle Moganshan que subastara el cuadro. Wei Ming, Fangfang, y yo acudimos a la subasta, los tres representando de manera subrepticia al pez gordo, como agentes compradores suyos. Competimos entre nosotros durante las pujas elevando el valor de la porquería pintada hasta US$1.000.000. Alcanzado ese precio - fue Wei Ming quien realizó la última puja adjudicándose en nombre de nuestro cliente la mamarrachada al óleo - se pagó allí mismo, con el dinero de nuestro cliente, al estupefacto y feliz dueño de la galería, que sé llevó una comisión de US$10.000 y reintegró al dueño del cuadro, el sobornado, US$990.000, legítimamente ganados por él.

Nadie podría acusar al sobornado de dejarse comprar. Alguien le regaló un cuadro infame que un chico de guardería podría haber emborronado. Decidió someterlo a subasta y estúpidos compradores pujaron por él pagando por el garabato una cantidad estúpida. Todo legal. Cualquiera que fuera su decisión en su ámbito de influencia nadie le podría acusar de traficar con la misma, ya que, al menos nominalmente, el solo recibió un regalo sin valor. Toda investigación sobre el dador de cuadro solo rendiría un resultado, la tacañería del dador y su mal gusto en lo relativo a la pintura y los regalos. Es más, toda investigación sobre el receptor del regalo - que habría adjudicado cierto proyecto importante de obra civil al dador-  solo concluiría la exquisita ecuanimidad de tal persona. Porque después de recibir esa mierda de regalo lo lógico es no adjudicarle nada a quien te regala una inmundicia.

Satisfecho el dador, satisfecho el receptor, Fangfang, Wei Ming y yo volvimos también satisfechos a nuestra rutina. Pero, ay!. Olvidamos llevarnos el cuadro de la galería.

El dueño de la galería de la calle Moganshan decidió que si se había vendido una vez por US$1.000.000 quizá pudiera venderse una segunda. Y así lo hizo. ¿Cómo íbamos a pensar que existe idiota en el mundo capaz de pagar esa exorbitante suma por un escupitajo de colores?.

Pues existe. Fue el idiota que luego organizó la cena en su casa con el cuadro bien a la vista. Una pregunta siguió a otra y de ahí nuestras ocho semanas en la cárcel.

Fangfang estaba ayer en la puerta de la prisión esperándonos. Lucía una sonrisa gigante. 

´¿A qué tanta alegría Fangfang?´- dije un tanto inquieto, la conozco bien

´Veros libres me alegra ¿eso es malo?´

´Fangfang, no digas tonterías ¿por qué la sonrisa?´- es Wei Ming, la conoce mejor que yo y se ha puesto en guardia.

´Qué suspicaces sois, es Navidad ¿no basta para estar alegres?´

´Fangfang!´- somos Wei y yo a la vez, no nos creemos una palabra de lo que pueda decir la mejor apostadora del delta del Yangtzé- ´¿es que lo has conseguido?'

La sonrisa de Fangfang se ensancha aún más

´Sí´- responde, y suelta una carcajada

Subimos al taxi, Fangfang se asegura de que el conductor no habla inglés y nos cuenta sus negociaciones con el estirado americano en el que tanto confían instituciones, museos, empresas, y particulares estadounidenses como marchante de sus compras.. Ahora él - se ha enamorado de Fangfang- forma parte de nuestra empresa de servicios profesionales y bajo su tasación y autenticación ya hemos colocado durante nuestras ocho semanas de prisión sendos garabatos de colores por US$280.000 y US$430.000. Es segura la venta de otros dos por un precio cercano al medio millón de dólares cada uno. El seco experto americano se ha venido arriba - asegura Fangfang - y parece encontrar cierta similitud entra las porquerías al óleo que compramos por apenas unos dólares y pinturas de la provincia de Yunnan fechadas en una dinastía del s XVI. Loco por Fangfang parece dispuesto a avalar cualquier necedad pintada que le presentemos y los potenciales compradores tienen una confianza ilimitada en su criterio y - mucho más importante - tienen dinero.

Creo que lo hemos hecho mejor que Urdangarín.

Lamento no haber podido felicitar las Navidades a mis convecinos.

Uds. me perdonarán, son tiempos convulsos y no había interné en la cárcel. Increíble.

balsero/shanghai

#1 -

Amigo Balsero!!

Tu ausencia me hacía barruntar una historia así, de cárcel y duchas frías con pastillas de jabón que se resbalan...

Un placer leerte de nuevo, ¡no te dejes atrapar otra vez!

 

#2 -

Igual que Santo, un placer leerte de nuevo. Lectura placentera la de tus aventuras y desventuras.

Puedo dedicarme a embadurnar algunos lienzos y enviártelos, tal vez los puedas incluir en tu nueva línea de negocios.devil

Se te extrañaba.

Abrazos

#3 -

Mis caros amigos, el chanchullo ensayado ya no funciona, hemos sido objeto de un artículo en el Global Times (aquí) que nos hace gozar de una incómoda y no solicitada popularidad, van a corregir vía decreto la carencia de la ley, que no obliga a las salas de subastas a certificar que un artículo es genuino, de ahí nuestro interés en el experto americano, parece tener un interés genuino en Fangfang. Todo sea por la plata, aquí no es pecado mortal hacerse rico. Wei y yo solo tenemos una preocupación: Fangfang. Esta magnífica mujer sabemos piensa que todo acuerdo en el que no se engañe a los propios socios es un fracaso completo. Es por eso que me reúno con Wei en unos minutos para pasar revista de munición y evaluar nuestra potencia de fuego y capacidad de respuesta armada; en una mesa de poker si no identificas a un incauto es que el incauto eres tú. Eso nos lleva a pensar a Wei y a mí que algo trama la bellísima shanghainesa, si ella no es la incauta en la trama......blush

b

#4 -

Deseo que balsero escriba más, aunque tenga que ser de la bellísima Fangfang esa.

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