Se levantó de súbito empapado en sudor. Aquel sueño, su caprichosa fantasía, habíase adueñado de nuevo de su espíritu. El Mar, como pudiera imaginarlo un príncipe Boyardo, alejado en sus oscuras montañas, se había introducido en el territorio exíguo pero intenso de sus anhelos.
¿Cómo era aquel Mar que nunca vieron sus ojos? Como los verdes trigales agitados por el viento en los valles de Pnoeari, como aquella inmensa lengua de agua que, en su niñez, tuvo la oportunidad de ver, más al sur de Galatz. “Es el Danubio, hijo” –le dijo su madre- “Nunca verás algo tan grande y poderoso”. Aquella lengua de agua, tenía a lo lejos otra orilla, había que cerrar mucho los ojos, pero sí, al otro lado los capiteles de una catedral, lejanos molinos de viento, en fin, el mismo aire y el mismo trabajo que en esta orilla donde vivíamos la paz y prosperidad para los príncipes Boyardos.
Pero el Mar existía. Lo conocía por los relatos de los mercaderes, cuyas mercancías desdeñosamente regateaba, pero a la vez fascinado por los más pequeños detalles de sus viajes. Yo, de Palestina, cruce el Mar Egeo en un galeón turco. Y yo, señor, vine de las indias orientales atravesando el Indo y más tarde el mar negro. Sobreviví a una tormenta horrorosa y criaturas que nunca os pudierais imaginar nos atacaron, señor. Señor, yo tuve que atravesar el Mediterráneo en goleta, el barco tenía una verga mayor de al menos cuarenta pies. No sabéis, señor, el miedo que tuvimos todos cuando llego una calma chicha de cuarenta días. No se avistaba tierra dondequiera que fijáramos la vista, ni tierra ni barcos amigos. El agua escaseo y algunos se volvieron locos al beber agua de mar. -¿Cómo es eso? ¿El agua no es pura y dulce como en el Moldava? –Señor, el agua del mar escuece en la boca, parece que haya sido escupida por un judío. Y si uno bebe mucha cantidad, se retuerce sobre sus tripas y más tarde empieza a insultar a todo el que ve, incluso parece ver fantasmas donde no los hay. Cuando uno ha bebido mucha agua de mar lo mejor es terminar con él cuanto antes, ahorcándole o tirándole a los tiburones. Menudo festín se llevan los muy malvados, la sangre los vuelve locos… ¿este collar de coral? El mar lo moldeó así, mirad que pliegues, señor, por sólo seis soberanos será suyo –Dejadlo aparte- dijo sin mirarlo.
Aquellos artificios del mar que aparentaba no llamarle la atención, constituían su más preciado tesoro. A solas, en su amplia habitación de la fortaleza, se le iban las horas mirando, inspeccionando aquellos objetos arrebatados al más avaro de los espíritus, el Mar. Conchas que al oído recreaban ecos fantasmales, estrellas de mar y mandíbulas gigantescas de tiburón, incluso tenía, como su objeto predilecto, un diente mayúsculo de cachalote de casi un brazo de alto. A pesar de aquellos cuerpos arrancados de la lengua del Mar, su imagen del Mar cambiaba en un mismo día desde por la mañana, cuando lo imaginaba redondo y dorado en el infinito como un segundo cielo, hasta las noches desveladas, en las que jugando con un artificio de espejos enfrentados quisiera el príncipe calcular la infinita distancia que concebía del Mar, el Mar se miraba a si mismo y así hasta la eternidad.
Uno de aquellos mercaderes, moreno y rudo, cuyo torso estaba lleno de arañazos de latigazos le habló al príncipe de Valdeperrillos:
–Yo allí nací señor, esta en la ribera del levante, hay marineros que traen pesca todos los días y se compra y vende en la lonja. Mi casa está cerca de la orilla del mar, en el camino de una vieja abadía que contiene muchos secretos de los que nadie habla. Hay una brisa que alegra la vida y unas gentes nobles y fecundas...
- ¿Cómo os llamáis marinero? me interesa vuestra historia..
- Byron, señor.
- Maese Byron, quiero que lo dispongas todo para viajar hasta Valdeperrillos. Este lugar me oprime y ya llegó el tiempo de la cosecha, mi granero está lleno y mis asuntos resueltos. Llévame al Mar cuanto antes.
(Continuará)

