- Ay, Rafa
- Carta a un antiguo novio al que creo que quise mucho aunque no recuerdo nada.
- Carta de amor que si lo es no lo parece, y al fondo una pared verde
- Desamor fulminante
- Donde mueren los salmones
- Reproches
- Solosí para un pirata
- Borrador de la primera carta de A. para Helena
- Carta de amor a un soldado que fue a la guerra
- Carta de amor desde el infierno
- Las cartas de amor que escribían una monja y un señor, y otras más
Carta de amor que si lo es no lo parece, y al fondo una pared verde
LunaBruna — Mié, 03/10/2007 - 19:49
Waldemar, está claro que la evolución del simio hacia lo racional y la consecuente irrupción de lo humano en el mundo de las especies iba a dar al traste con la cosa esa tan natural –en su acepción equivalente a irracional- de vivir para traspasar genes y traspasar genes para perdurar cuando ya estés muerto. Es ese un tonto círculo vicioso, una suerte de sinsentido, al que la razón no atiende. Curiosamente a la razón humana le funciona mejor la magia, por eso se inventó la vida eterna y también el cielo, para no estar tanto tiempo muertos. Y por eso también, para no estar tanto tiempo muertos, hicieron los humanos más largo el tiempo de vivir. Y mientras los seres irracionales procreaban hasta el día antes de morirse -aunque les importaba un ardite el placer del sexo-, los hombres y las mujeres, esperando encontrar un mejor sentido a su existencia, decidieron vivir más tiempo que sus gametos y dar el salto que les condujo de ser padres a ser abuelos –léase también tíos, vecinos, amigos, maestros, policías y kiosqueros-, y por ahí llegó la perdida del paraíso, que no es la edad de la inocencia, como algunos piensan, sino la de la lozanía y el andar descalzo. Por eso un síntoma claro de la pérdida del paraíso es el uso del vestido y el calzado convertidos en un signo distintivo, inherente e inseparable de nuestra desheredada especie. Envidio el paso descalzo de mis gatas, pero si miro mis pies no veo pezuñas y lo mío son piernas más que patas y en mí prima la razón sobre el instinto. Entonces me pongo los zapatos y salgo a trabajar. Porca miseria. No quiero consolarte porque no creo que encuentre, si lo intento, las palabras para hacerlo. Tampoco yo me siento feliz ni estoy a gusto en mi piel, pero me gusta la vida, aunque sea mirándola en la piel de otros y me seduce e intriga ese extraño proceso involutivo ¿o evolutivo? que me conduce a seguir en el empeño de hacer, de pensar, de decir, de organizar, de obrar, de reír o de llorar aún sin ver claro el sentido de todo esto y de nada de todo lo demás. Por todo lo dicho creo que deberías castrar al Lolo y evitarle todo lo que va a sufrir hasta que se lo zampen sus impulsos gonádicos, pues si no lo atropella un coche cuando cruce despendolado la calle persiguiendo a una gatita en celo, lo despedazará un gatazo viejo y sabio mucho más experto que él en asuntos de ligues y folleteos. Los gatos no necesitan sexo, no piensan en ello ni sienten especial placer. El cielo que sueñan habla del calorcillo de un sitio cómodo donde duermen muchas horas y les despiertan aromas de pescado y vísceras de ratón o la caricia de una mano amiga rascándoles la panza y la base de las orejas y del mentón. Y yastá. Son gatos y van desnudos porque para ellos la genitalidad es irrelevante. Tengo una mañana -una semana, un mes, un año- floja y rara. El día está feo, nublado y muy húmedo, además hace demasiado calor. Preferiría estar controlando un poco las obras de mi casa. Creo que las modificaciones que hago, aparte de solventar algunos estragos derivados de los 200 años de antigüedad del edificio, van a corregir muy bien el desaprovechamiento del espacio, que era mucho. Estoy terminando ya, espero que hoy quede listo a falta de algunos detalles y de una mano de pintura más en una habitación que empecé a pintar de verde pero no me gustó como quedaba. Vivir en uno de los barrios más antiguos de una ciudad de por sí muy antigua, es glamuroso, pero aporta poca luz; los colores oscuros no quedan bien en mis paredes. Y nada más Waldemar, porque esto, aunque no lo parezca, ha sido una carta de amor.
- Versión para impresión
- 1285 lecturas

Waldeocéano
Xenon — Mié, 03/10/2007 - 22:16Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte.
Vicente Huidobro, Altazor
Me desconcierta tu facilidad
para transitar de la autoconciencia humana a los testículos de un gato,
que es todos los gatos –pasados y futuros, como los puntos cardinales de Huidobro.
Todo ídolo se hunde en su crepúsculo.
Los turistas se arremolinaban esa tarde en la playa de Kuta,
ansiosos por ver lo que quienes viven del lado del Océano Pacífico, pueden contemplar todos los días:
la puesta de sol en el mar.
Con los océanos ocurre algo similar a los puntos cardinales:
son cinco,
pero son tres,
que es uno.
De hecho el Océano Índico comienza (¿hay que señalar que en forma arbitraria?)
en la mitad que da al este del Cabo de Buena Esperanza,
y a uno le venden “el encuentro de los océanos”entre el Pacífico y el Índico,
junto con la curvatura del globo terráqueo,
cosas ambas que, doy fe, yo vi desde una atalaya construida al efecto,
eso en un año tan lejano que es de los que empezaban con 19.
No vi gatos en Bali.
Sí, todo tipo de gecos, monos, murciélagos (frugívoros y de los otros), tortugas,
polícromas aves canoras, arañas…También había personas ataviadas con
esa especie de mantel a cuadros que, a modo de falda, usan los hombres en Indonesia.
Solamente una vez me topé con un Barong,
que en su forma más tradicional es un león, ergo
sí vi gatos en Bali.
Waldemar es un nombre germano que significa “el que manda”.
Me pregunto si ese amante tuyo al que le escribes tan estrafalaria misiva,
te da órdenes que tú acatas sin rechistar, en una suerte de BDSM,
por el que el consentimiento eleva el espíritu y, de paso, aleja a la policía.
Ya nos contarás…
No sé
LunaBruna — Jue, 04/10/2007 - 11:44Debo aclarar que las cartas que pongo aquí no las escribo yo y nada tienen que ver conmigo ni con mis filias o con mis fobias. Me limito a ponerlas en esta sección de ‘cartas de amor y desamor y otras destemplanzas varias’ según me son remitidas por sus autores; ellos sabrán a quién se las escriben y cuál es el ánimo que les mueve a hacerlo. Ésta que comentas me llegó el pasado lunes con el título exacto con que la he puesto en el pueblito, deduciendo de su contenido que su autor o autora escribió más de sus destemplanzas que de la relación amorosa o desamorosa que pueda unirle al tal Waldemar. Afinando un poco te confieso que yo pensé que la verdadera pasión la había provocado el gato Lolo. No sé.
Enviar un comentario nuevo