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Reproches
balsero1968 — Jue, 31/05/2007 - 12:57
Cara mia, un optimista es un pesimista bien informado.
En los años 70 y en un club de alterne y dados los precios del whisky en garitos del lado oscuro dos viejos y yo hablábamos de economía. Viejos es un eufemismo porque eran más jóvenes que yo ahora pero uno era mi padre y a uno, su padre, siempre le parece viejo por definición.
Nunca debí mencionar a Paul Samuelson, en boga por entonces, faro progre de la economía y merecido premio Nobel, ni, osadía de la juventud, manifestar mi admiración por las curvas de indiferencia ó la utilidad marginal. Mi padre se volvió hacia su compañero de correrías, Pepe Maraver, y dijo:
- Este chico mío es tonto. No conoce la curva de Laffer
- Sí - dijo Maraver
- Sí ¿qué? - contestó mi padre
- Es tonto y no conoce la curva de Laffer - respondió Pepe
Yo me indigné claro. Por supuesto que estaba al corriente de los hallazgos de Laffer, como aficionado al poker comprendía a la perfección el teorema del valor extremo, y era capaz de escribir sin vacilar que
.
Los dos viejos me miraron, luego se miraron
- Sí. Es tonto. No entiende nada el pobrecillo. - dijeron
Cara mía, la curva de Laffer sólo indica que si un gobierno establece unos impuestos del 100% sus ingresos serán nulos y si la tasa impositiva es del 0% sus ingresos también serán nulos. La madame del club estaba, como yo, perfectamente al corriente y dibujó esta gráfica en una servilleta
Mientras mi padre y su amigote alternaban con las chicas yo defendí ante la patrona mi posición con vigor.
- Sé a qué se refieren. Existe un punto óptimo para los impuestos pero no sabemos cuál es. Teóricamente puede estar en cualquier sitio de la curva y no necesariamente en la vecindad del 50%
- Tu padre y Pepe tienen razón
- ¿Sobre qué?
- Eres tonto
Como mi padre y su amigote siempre eran extremadamente generosos recibí una teórica gratis de la comandante del burdel.
- Se trata de filosofía - dijo - ante un problema siempre podrás aquilatar el coste de no hacer nada frente a imponer dictatorialmente tu santa voluntad. En algún punto de ese recorrido se encuentra la felicidad.
Hubo algunos problemas a la hora de pagar la cuenta. Yo argüí que estaba invitado. Así lo interpreté yo cuando Maraver le dijo a mi padre a la puerta del puticlú.
-Que entre el nene también. Algo aprenderá.
- Lo dudo - dijo mi padre
Para solventar la duda, y la disputa sobre si yo me pagaba ó no mi parte de los honorarios de las chicas, me sometieron a un examen
- ¿Qué has aprendido?
- Quan surts per fer el viatge cap a Ítaca, has de pregar que el camí sigui llarg, ple d’aventures, ple de.... ¿coneixences?
- Kavafis. Nos vale. Cóbranos lo del chaval
Y, cara mía, se las piraron. Esto es lo que he aprendido: echo de menos tus cartas de amor. Ya sé que no hablan de mí, tanto da. Borro los encabezados y presumo ante los amigos Son amigos, nadie les pide su opinión sino que sean asertivos.
Pero desde que tu frecuencia epistolar se redujo tengo que decidir entre no hacer nada ó imponer mi santa voluntad. Sin tus cartas de amor, aún dirigidas a otros, las expectativas de los extremos son, una vez más, y de acuerdo con Laffer, de cero ingresos en la cuenta de mis emociones. Tanto si caigo en olvidarte como si lloriqueo de autocompasión.
En algún punto del recorrido está la felicidad y mi propuesta, soy un hombre y no podía ser de otra manera, es recurrir al santo reproche. Si tus cartas continúan prometo
-
escribirte los más bellos reproches
Cara mía, en este tema nadie puede adiestrarme. Soy un alumno estupendo y, a fuer de escuchar pelmazos, la fulana mundana que antes mencioné
-
aprendió y me los enseñó todos
Mi cariño
b.
PS.
- ¿qué se le abrocha? dice Vd., ¡ooops!, perdón, ¡reprocha!
Hernández y Fernández refiriéndose a Néstor, criado de Haddock, en Tintín y Las Joyas de La Castafiore
Centenario de Georges Remy, Hergé
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