Empezaré esta historia hablando de su surrealidad y la pereza que me hará cuando tenga que escribir el segundo capítulo.
Surcaba los mares de infinita espuma, ladeando la cabeza para que la brisa empujara su melena hacia atrás, provocando así un agradable ruido al ondear sus cabellos.
Iba rumbo a Valdeperrillos, un próspero pueblecito no muy conocido, que albergaba marinos desterrados de la mar y marineros despachados de sus barcos.
Derek iba sencillamente a visitar la abadía, no por temas religiosos ni para pedir alojamiento, sino porque Derek trabajaba como un “cartero de mar”, se encargaba de enviar cartas y pedidos. Era la tercera vez que le tocaba pisar suelo religioso y las dos veces anteriores no fueron demasiado bien. El marino no podía reprimir sus sentimientos no religiosos y acababa hartando al eclesiástico.
El problema era que aparte de hacerle una visita a la abadía tenia que ir a la taberna a contratar un marinero para que le acompañase por lo menos en su próximo viaje. Lo malo era que los marineros buscaban enrolarse en una embarcación de La Marina o en todo caso una cosa más auténtica como irse de corsarios, y los correos no eran viajes muy espectaculares en lo que a la mar se refiere. ¿Y no se extrañarán ustedes que un solo hombre pueda gobernar una nave algo más pequeña que una goleta? Pues en principio les diré que el viaje empezó con dos personas aunque el otro marinero, alegre y risueño, uno de sus primeros viajes, murió por una terrible enfermedad, Derek ayudó con lo que pudo, pero no pudo hacer nada dadas sus inexistentes dotes de medicina; esperaba que el enfermo durase hasta llegar a la población, duro fue el golpe cuando encontró a su acompañante en estado fallecido, y le tiró por la borda (no sin antes rezar por él cosa que casi nunca o nunca podrán volver a ver en el marino), atado a un peso, como era tradición. Lloró por perder la amistad entablada con su infeliz acompañante.
Acababa de divisar enarbolándose de entre cuatro casitas la torre de la abadía, sólida e impertérrita, desafiante a los temporales que la habían acechado, y que aún acecharían.
Ciñó las velas y entró en el pequeño puerto de la abadía. Aparcó su barco, replegó las velas y bajó al camarote, subió de nuevo, pero ahora con un paquete en sus manos, encaró el camino hacia la iglesia y tocó la puerta. Le abrió un monje alto y flaco.
-Agua, por favor, y he de hablar con el abad, traigo un paquete de Villalobos, es urgente-le dije.
El cura se giró y yo le seguí.
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