Alfred Jarry . El cerebro del agente de policía.
Como introducción a una historia sorprendente, adjunto una breve reseña del autor y de su gran descubrimiento: la 'Patafísica.
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Alfred Jarry, (1873-1907), novelista, dramaturgo y poeta, irrumpe en la literatura con una fuerza impetuosa, desinhibida y cargada de libertad. Fue un niño brillante, turbulento y provocador, afortunado descubridor de la extraordinaria ‘patafísica. A los quince años escribió “Ubu rey”, su primera obra, que ya desde su estreno fue tachada de anarquista y escandalosa por romper con todas las reglas clásicas del realismo en una sátira bufona, hilarante y cruel del poder tiránico. Cuidó poco su salud, abusó del alcohol y murió muy joven, siendo reconocido como piedra angular del teatro del absurdo de Ionesco y Beckett, y precursor del simbolismo surrealista. Su principal aportación al mundo del conocimiento es la ‘Patafísica.
Aunque la ‘Patafísica estrictamente no ha sido inventada ni tiene historia, sino que ha existido siempre, Alfred Jarry hace decir a Père Ubu (1893) que "La ‘patafísica es una ciencia que hemos inventado y cuya necesidad se sentía ". La definición más precisa la encontramos en la obra de 1898 titulada "Gestas y opiniones del Doctor Faustroll", formulada en los siguientes términos “La Patafísica es la ciencia de las soluciones imaginarias que atribuye simbólicamente a los lineamientos las propiedades de los objetos descritos por su virtualidad". También se refiere a ella como un epifenómeno, aclarando que “Un epifenómeno es lo que se sobreañade a un fenómeno. La ‘patafísica, pues, cuya etimología debe escribirse épi (metà tà phisikà) y la ortografía real 'patafísica, precedida de un apóstrofe, “es la ciencia de lo que se sobreañade a la metafísica, ya sea dentro o fuera de ésta, extendiéndose más allá de la metafísica tan lejos como ésta se extiende más allá de la física”.
Estas definiciónes han sido muy glosadas y lo siguen siendo. El mismo Gilles Deleuze habló de Jarry como de un poco conocido precursor de Heiddeger. Insignes adeptos a la ‘Patafísica han sido: Boris Vian, Eugène Ionesco, Max Ernst, Raymond Queneau, Jacques Prévert, Man Ray, Marcel Duchamp, Jean Dubuffet, Joan Miró, Marcel Duchamp, Italo Calvino y, sobre todo, Georges Perec.
El emblema de la ‘Patafísica es un ombligo enrollándose sobre sí mismo.
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“El Cerebro del Agente de Policía” de Alfred Jarry
Sin duda se recordará este reciente y lamentable asunto: al ser practicada la autopsia, se halló la caja craneana de un agente de policía vacía de todo rastro de cerebro y rellena, en cambio, de diarios viejos. La opinión pública se conmovió y asombró por lo que fue calificado de macabra mistificación. Estamos también dolorosamente conmovidos, pero de ninguna manera asombrados.
No vemos por qué se esperaba descubrir otra cosa que la que se ha descubierto efectivamente en el cráneo del agente de policía. La difusión de las noticias impresas es una de las glorias de este siglo de progreso; en todo caso, no queda duda de que esta mercadería es menos rara que la sustancia cerebral. ¿A quién de nosotros no le ha ocurrido infinitamente más a menudo tener en las manos un diario, viejo o del día, antes que una parcela, aunque fuera pequeña, de cerebro de agente de policía? Con mayor razón, sería ocioso exigir de esas oscuras y mal remuneradas víctimas del deber que, ante el primer requerimiento, puedan presentar un cerebro entero. Y, por otra parte, el hecho está allí: eran diarios.
El resultado de esta autopsia no dejará de provocar un saludable terror en el ánimo de los malhechores. De aquí en más, ¿cuál será el atracador o el bandido que vaya a arriesgarse a hacerse saltar la tapa de su propio cerebro por un adversario que, por su parte, se expone a un daño tan anodino como el que puede producir una aguja de ropavejero en un tacho de basuras? Quizás, a algunos demasiado escrupulosos pueda parecerles en cierta manera desleal recurrir a semejantes subterfugios para defender a la sociedad. Pero deberán reflexionar que tan noble función no conoce subterfugios.
Sería un deplorable abuso acusar a la Prefectura de Policía. No negamos a esta administración el derecho de munir de papel a sus agentes. Sabemos que nuestros padres marcharon contra el enemigo calzados con borceguíes también de papel y no ha de ser eso lo que nos impida clamar indomable y eternamente, si es necesario, por la Revancha. Pretendemos solamente examinar cuáles eran los diarios de que estaba confeccionado el cerebro del agente de policía.
Aquí se entristecen el moralista y hombre culto. ¡Ah!, eran La Gaudriole, el último número de Fin de Siécle y una cantidad de publicaciones algo más que frívolas algunas de ellas traídas de Bélgica de contrabando.
He ahí algo que aclara ciertos actos de la policía, hasta hoy inexplicables, especialmente los que causaron la muerte de héroe de este asunto. Nuestro hombre quiso, si recordamos bien, detener por exceso de velocidad al conductor de un coche que se hallaba estacionado, y el cochero, queriendo corregir su infracción, sólo atinó, lógicamente, a hacer retroceder su coche. De allí la peligrosa caída del agente, que se hallaba detrás. No obstante, recobró sus fuerzas, luego de unos días de reposo, pero, al ser intimado a recobrar al mismo tiempo su puesto de servicio, murió repentinamente.
La responsabilidad de tales hechos atañe indudablemente a la incuria de la administración policial, que en adelante controle mejor la composición de los lóbulos cerebrales de sus agentes, que la verifique, si es menester, por trepanación, previa a todo nombramiento definitivo; que la pericia médico-legal sólo encuentre en sus cráneos... No digamos una colección de La Revue Blanche y de Le Cri de Paris, lo cual sería prematuro en una primera reforma; tampoco nuestras obras completas: a ello se opone nuestra natural modestia, tanto más que esos agentes, encargados de velar por el reposo de los ciudadanos, constituirían más bien un peligro público con la cabeza así rellenada. He aquí algunas de las obras recomendables en nuestra opinión para el uso; 1) El Código Penal, 2) Un plano de las calles de París, con la nomenclatura de los distritos, el cual coronaría el conjunto y representaría agradablemente, con su división geográfica, un simulacro de circunvoluciones cerebrales: se lo consultaría sin peligro para su portador por medio de una lupa, fijada luego de la trepanación; 3) un reducido número de tomos del gran diccionario de Policía, si nos arriesgamos a prejuzgar por su nombre: La Rousse *; 4) y sobre todo, una rigurosa selección de opúsculos de los miembros más notorios de la Liga contra el abuso de tabaco.
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