Heródoto, sobre las amazonas
Los saurómatas ocuparon la zona situada entre el mar Negro y el mar Caspio. Eran vecinos de los escitas (costa norte del mar Negro). Copio una historia de Heródoto sobre las amazonas (IV, 110-117):
“Sobre los saurómatas se cuenta la siguiente historia: en la época en que los griegos lucharon contra las amazonas (los escitas, por cierto, llaman a las amazonas Eórpata, nombre este que, en griego, significa “matadoras de hombres”, ya que eor quiere decir en escita “hombre”, y pata, “matar”), en esa época, repito, cuentan que los griegos, tras haberse alzado con la victoria en la batalla librada a orillas del Termodonte, se hicieron a la mar, llevándose consigo, en tres navíos, a todas las amazonas que habían podido hacer prisioneras; pero ellas, en alta mar, atacaron a los hombres y acabaron con ellos, arrojándolos por la borda. Sin embargo, las mujeres no entendían de barcos, ni sabían utilizar gobernalles, velamen ni remos, por lo que, después de haber acabado con los hombres, se dejaron llevar a merced del oleaje y del viento. Así arribaron a Cremnos, en el lago Mayátide (por cierto que Cremnos pertenece al territorio de los escitas libres). En ese lugar desembarcaron las amazonas de sus navíos y se encaminaron hacia una zona habitada. Se apoderaron entonces de la primera manada de caballos con que se toparon y, a lomos de los animales, se dedicaron a saquear las posesiones de los escitas.
Por su parte, los escitas no acertaban a explicarse lo que sucedía, pues no conocían la lengua, ni la vestimenta, ni la raza de sus agresores; todo lo contrario, se preguntaban con asombro de dónde podían proceder. Además, las tomaban por hombres que se hallaban en la flor de la vida; y de ahí que trabaran combate con ellas. A raíz del mismo, los escitas se apoderaron de los caídos y así reconocieron que eran mujeres. Ante ello, estudiaron el caso y decidieron no matarlas en lo sucesivo bajo ningún concepto, sino enviar a su campamento a sus soldados más mozos con los mismos efectivos con que, según sus cálculos, contaban las amazonas. Los jóvenes debían acampar cerca de ellas y hacer lo mismo que hicieran ellas; si los perseguían, no debían aceptar el combate, sino darse a la fuga; y cuando pusieran fin a la persecución, los mozos volverían a acampar en las proximidades. Los escitas tomaron esta determinación con el propósito de tener hijos con ellas.
Los jóvenes que fueron enviados se ajustaron a las órdenes recibidas. Por su parte, las amazonas, al percatarse de que no habían ido para causarles el menor daño, los dejaron tranquilos; pero cada día un campamento se acercaba más y más al otro. Y resulta que los jóvenes, al igual que las amazonas, no tenían consigo nada más que sus armas y sus caballos; es más, seguían el mismo tipo de vida que ellas, dedicándose a la caza y al pillaje.
Por cierto que, hacia el mediodía, las amazonas hacían lo siguiente: solían dispersarse individualmente o por parejas, alejándose bastante unas de otras para satisfacer sus necesidades. Y cuando los escitas se percataron de ello también hicieron otro tanto. Cierto día uno de ellos se abalanzó sobre una de las que se habían quedado solas y la amazona no lo rechazó, sino que le permitió gozar de ella. La mujer no podía hablar con él (ya que no se entendían entre sí), pero le indicó con la mano que al día siguiente acudiera al mismo lugar y que trajera con él a un camarada, dándole a entender que debían ser dos y que ella levaría a una compañera. El joven, al regresar al campamento, contó el caso a los demás; y, al día siguiente, dicho muchacho acudió al lugar acordado, en compañía de un camarada, y encontró a la amazona, que lo estaba esperando con una amiga. Entonces, el resto de los jóvenes, al tener noticia de lo ocurrido, conquistaron también todos ellos a las restantes amazonas.
Posteriormente, acabaron por unir los campamentos y por vivir juntos, teniendo cada cual por mujer a aquella con la que primero había mantenido relaciones. Los hombres no conseguían aprender la lengua de las mujeres, pero éstas sí que lograron comprender la de aquéllos. Y cuando pudieron entenderse entre sí, los hombres les dijeron a las amazonas lo siguiente: “Nosotros tenemos padres, y tenemos también propiedades. Así que no sigamos llevando por más tiempo este tipo de vida; al contrario, regresemos para residir entre nuestro pueblo. Desde luego, por esposas os tendremos a vosotras, y no a otras mujeres”. Pero, a estas palabras, las amazonas respondieron como sigue: “Nosotras no podríamos convivir con las mujeres de vuestro país, pues no tenemos las mismas costumbres que ellas. Nosotras manejamos los arcos, lanzamos venablos y montamos a caballo, y no hemos aprendido las labores propias del sexo femenino. En cambio, las mujeres de vuestro país no llevan a cabo ninguna de las actividades que hemos enumerado, sino que se consagran a las tareas de su sexo y permanecen en sus carros, sin salir a cazar ni a hacer ninguna otra cosa. Por lo tanto, no podríamos congeniar con ellas. Ahora bien, si queréis conservarnos como vuestras mujeres y mostraros verdaderamente justos, id a ver a vuestros padres y tomad la parte de sus bienes que os corresponda; luego regresad y vivamos por nuestra propia cuenta”.
Los jóvenes se dejaron convencer y así lo hicieron. Y cuando, después de haber recibido la parte correspondiente de sus bienes, regresaron al lado de las amazonas, las mujeres les dijeron lo siguiente: “Nos asalta un inquietante temor ante la perspectiva de tener que vivir en este lugar; primero, por haberos alejado de vuestros padres y, asimismo, porque en numerosas ocasiones hemos devastado vuestra tierra. Pero, en vista de que tenéis a bien conservarnos como vuestras esposas, secundadnos en lo que os vamos a proponer: salgamos si demora de esta tierra, crucemos el río Tanais y establezcámonos al otro lado”.
Los jóvenes se dejaron convencer también en esta ocasión; así que atravesaron el Tanais, avanzando hasta un punto situado a tres días de camino del Tanais en dirección este, y a tres del lago Mayátide en dirección norte. Y, al llegar a ese lugar en el que hoy en día están establecidos, fijaron su residencia. Desde entonces las mujeres de los saurómatas siguen fieles a su antiguo género de vida: a lomos de sus caballos suelen salir de caza, tanto con sus maridos como sin ellos; también van a la guerra y llevan el mismo atuendo que los hombres.
Los saurómatas hablan la lengua escita, aunque lo hacen con solecismos desde antiguo ya que las amazonas no llegaron a aprenderla correctamente. Por otra parte, entre ellos para contraer matrimonio rige la siguiente norma: ninguna doncella se casa antes de haber dado muerte a un enemigo; y algunas hasta llegan a morir de viejas sin haberse casado, por no haber podido cumplir la ley".
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Heródoto vivió aproximadamente entre el 484 y el 426 antes de Cristo.
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