Hume, De la dignidad o miseria de la naturaleza humana
Existen ciertas sectas que secretamente se forman en el mundo ilustrado –igual que las facciones en el político- y, aunque a veces no llegan a escindirse abiertamente, proporcionan un sesgo diferente a las formas de pensar de aquellos que han tomado parte por uno u otro bando. Las más notables de esta clase de sectas son las fundadas sobre los diferentes sentimientos con respecto a la “dignidad de la naturaleza humana”, el cual es un punto que parece haber dividido a los filósofos y a los poetas, igual que a los teólogos, desde el principio del mundo hasta hoy día. Unos elevan nuestra especie hasta los cielos y presentan al hombre como una especie de semidios humano, el cual tiene su origen en los cielos y conserva trazas evidentes de su linaje y procedencia. Otros insisten en los lados oscuros de la naturaleza humana y no pueden descubrir otra cosa que una vanidad en la que supera los otros animales, a los que tanto parece despreciar. Si un autor posee el talento de la retórica y la declamación, normalmente tomará parte por los primeros; si se inclina hacia la ironía y la sátira, se lanzará naturalmente hacia el otro extremo.
Estoy lejos de pensar que todos aquellos que han despreciado a nuestra especie hayan sido enemigos de la virtud y hayan expuesto las fragilidades de sus criaturas prójimas con alguna mala intención. Por el contrario, soy consciente de que un sentido de la moral refinado, especialmente cuando va unido a un temperamento impulsivo, puede proporcionar a un hombre disgusto ante el mundo y hacerle considerar el curso común de los asuntos humanos con demasiada indignación. Sin embargo, he de sostener la opinión de que los sentimientos de aquellos que se inclinan a pensar favorablemente de la humanidad son más beneficiosos para la virtud que los principios contrarios, que nos proporcionan una mísera opinión de nuestra naturaleza. Cuando un hombre está poseído por una alta noción de su rango y su papel en la creación, intentará naturalmente comportarse a la altura del mismo, y odiará realizar una acción baja o viciosa, que puede hacerle desmerecer de la imagen que se ha formado en su propia imaginación. De acuerdo con esto, descubrimos que todos nuestros elegantes moralistas al uso insisten en este lugar común; y pretenden representar el vicio como indigno del hombre, así como odioso en sí mismo.
Encontramos pocas disputas que no estén basadas en alguna ambigüedad de la expresión, y estoy convencido de que la disputa presente, referente a la dignidad o miseria de la naturaleza humana, no está más exenta de esto que de cualquier otra. Por consiguiente, puede merecer la pena considerar al mismo tiempo lo que es real y lo que es solamente verbal en esta controversia.
Hume, “De la dignidad o miseria de la naturaleza humana”
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