Rousseau. Confesiones

Uno de los sacerdotes me cobró gran cariño, y se me acercaba placentero, me hablaba en su jerga, era servicial conmigo, en la mesa me daba a veces parte de su porción y, sobre todo, me besaba muy a menudo con un calor que me era muy molesto. Por mucho que me repugnase aquella cara de pan de especia adornada con un chirlo enorme y aquella mirada encendida, que más parecía de furor que de ternura, soportaba sus caricias, diciéndome: este pobre hombre siente por mí una amistad muy viva y haría mal en rechazalre. Graudalmente iba creciendo la viveza de sus demostraciones, y a veces me veía con unas conversaiones tan extrañas que pensé que perdía la cabeza. Una noche quiso venir a dormir en mi cama, a lo que yo me opuse diciéndole que era muy pequeña; entonces se empeñó en que había de ir yo a la suya, pero rehusé también, porque aquel miserable era tan sucio y olía tan fuertemente a tabaco mascado, que me levantaba el estómago.

Al día siguiente estábamos los dos sentados muy de mañana en la sala de juntas, empezó a renovar sus caricias, pero con movimientos tan violentos que me resultaba espantoso. En fin, quiso pasar gradualmente a las más extravagantes confianzas y forzar mi mano a hacer lo mismo. Yo me desprendí bruscamente, lazando un grito y, dando un paso hacia atrás y sin revelar ni indignación ni coraje, pues no tenía la menor idea de lo que se trataba, di a entender con tanta energía mi sorpresa y mi disgusto, que me dejó en paz, pero mientras daba fin a sus movimientos, vi dispararse hacia la chimenea y caer en tierra no sé qué de glutinoy blancuzco que me dio náuseas. Me lancé al balcón, más agitado, y turbado, y horrorizado aún que no lo había estado en toda mi vida y a punto de caer enfermo.

No podía comprender qué tenía aquel infeliz; me lo figuré víctima de un ataque de epilepsia o de cualquier otro frenesí aún más terrible, y, en efecto, para una persona que esté en su acuerdo no creo que haya espectáculo más asqueroso que ese obsceno y sucio entretenimiento y ese rostro inflamado por la más brutal concupiscencia. Nunca he visto otro hombre en semejante estado; mas si estamos así con las mujeres, es preciso que tengan los ojos cegados o estén muy fascinadas para que no les causemos horror.

El deseo de contar a todo el mundo lo que había pasado me apremiaba. Nuestra vieja intendenta me dijo que me callase, pero yo vi que mi relato la había trastornado mucho y le oía murmurar entre dientes: ¡brutta bestia! Como yo no comprendía por qué había de callarme, seguí divulgando el hecho a pesar de la prohibición, e hice tantos aspavientos que a la mañana siguiente uno de los administradores vino a darme una reprimenda bastante viva, acusándome de comprometer el honor de una casa santa y meter mucho ruido por poco daño.

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