Pienso, luego existo

La idea “pienso, luego existo” (je pense, donc je suis o cogito, ergo sum) aparece en la cuarta parte de un libro de Descartes titulado “Discurso del método. Para dirigir bien la razón y buscar la verdad en las ciencias”, publicado en 1637.

“Desde hace mucho tiempo había observado que, en lo que se refiere a las costumbres, es a veces necesario seguir opiniones que tenemos por muy inciertas como si fueran indudables, según se ha dicho anteriormente; pero, dado que en ese momento solo pensaba dedicarme a la investigación de la verdad, pensé que era preciso que hiciera lo contrario y rechazara como absolutamente falso todo aquello en lo que pudiera imaginar la menor duda, con el fin de comprobar si, hecho esto, no quedaba en mi creencia algo que fuera enteramente indudable. Así, puesto que nuestros sentidos nos engañan algunas veces, quise suponer que no había cosa alguna que fuera tal como nos la hacen imaginar. Y como existen hombres que se equivocan al razonar, incluso en las más sencillas cuestiones de geometría, y comenten paralogismos, juzgando que estaba expuesto a equivocarme como cualquier otro, rechacé como falsos todos los razonamientos que había tomado antes por demostraciones. Y, en fin, considerando que los mismos pensamientos que tenemos estando despiertos pueden venirnos también cuando dormimos, sin que en tal estado haya alguno que sea verdadero, decidí fingir que todas las cosas que hasta entonces habían entrado en mi espíritu no eran más verdaderas que las ilusiones de mis sueños. Pero, inmediatamente después, advertí que, mientras quería pensar de ese modo que todo es falso, era absolutamente necesario que yo, que lo pensaba, fuera alguna cosa. Y observando que esta verdad: pienso, luego soy, era tan firme y tan segura que todas las más extravagantes suposiciones de los escépticos no eran capaces de socavarla, juzgué que podía admitirla como el primer principio de la filosofía que buscaba”.


El procedimiento que sigue Descartes para acuñar el primer principio de su filosofía se conoce como duda metódica. Es una pelea contra el escepticismo que resolverá con la afirmación de que en efecto existe algo absolutamente indudable: la duda. Cabe dudar de tal o cual pensamiento, pero hay un pensamiento del que es imposible dudar, es imposible dudar de que estamos dudando. A partir de ahí Descartes reconstruye el mundo que antes había derribado.


En el momento en que Descartes publica su texto hay un libro que atrae más que ninguno el interés de los intelectuales: los Esbozos Pirrónicos de Sexto Empírico, el gran autor escéptico, traducido al latín en 1562 y causante de que los Ensayos de Montaigne fueran incluidos en el Índice de Libros Prohíbidos en 1674. Las ideas del Discurso del método fueron completadas por Descartes en las Meditaciones metafísicas, ambas obras pasaron a ocupar el lugar privilegiado que hasta entonces ocupaba los Esbozos Pirrónicos. Curiosamente consiguió que la Iglesia diera por ganada su batalla contra el ateísmo, que Sexto Empírico propiciaba, y lo hizo inaugurando la época del culto a la Razón, nada menos que al colocar en su base una idea que solo podía apasionar a los escépticos: la duda.