3. Kant. Fundamentación de la metafísica de las costumbres

El texto data de 1785, es cuatro años posterior a la publicación de la Crítica de la razón pura, la que es considerada la gran obra de Kant. El título del trabajo resulta chocante, sin embargo es perfecto. Usa la palabra 'metafísica' porque nota que la moral ha de ser fundada a priori; usa la palabra 'costumbres' porque lo que trata de fundar 'a priori' es precisamente las maneras y formas de vida (Sitten en el original alemán que significa maneras y formas de vida, costumbres. También traducido en castellano como moral o como ética, por el latín mores o el griego ethos, sinónimos de Sitten) . Por su parte, 'a priori' es lo contrario de empírico, de aquello que conocemos por experiencia, esto es, a Kant solo le sirve una fundamentación de la moral que no esté basada en experiencia alguna, que sea completamente a priori. En una obra posterior de título parecido, pero de contenido distinto, titulada "Metafísica de las constumbres", construida sobre la "Fundamentación de la metafísica de las costumbres", Kant afirma lo siguiente:

"Pero con las leyes morales el asunto es otro [que con la física o la química]. Sólo en la medida en que pueden considerarse como fundadas a priori y necesarias, valen como leyes; incluso los conceptos y juicios sobre nostros mismos y nuestro hacer y omitir, carecen de significado moral cuando contienen lo que solamente puede aprenderse de la experiencia, y si nos dejamos inducir a convertir en principio moral algo extraído de esta última fuente, corremos el peligro de caer en los errorres más groseros y perniciosos.

Si la doctrina de las costumbres no fuera sino una doctrina de la felicidad, sería disparatado buscar principios a priori para ella. Porque, aun cuando pueda parecer que la razón aun antes de la experiencia puede comprender por qué mdios podemos llegar al disfrute duradero de los verdaderos placeres de la vida, todo lo que ensaña a priori sobre esto es, sin embargo o bien tautológico, o bien admitido sin fundamento alguno. Sólo la experiencia puede enseñar lo que nos produce alegría. Los impulsos naturales a la alimentación, al sexo, al reposo, al movimiento, y los impulsos (por desarrollo de nuestras disposiciones naturales) al honor, a ampliar nuestro conocimiento, etc., son los únicos que pueden dar a conocer y a cada uno sólo según su modo peculiar, dónde tiene que poner aquellas alegrías; la misma experiencia puede enseñarle los medios para buscarlas. Todo aparente razonamiento a priori no es aquí, en el fondo, más que experiencia, elevada a generalidad por inducción; generalidad (secundum principia generalia, non universalia) que es además tan precaria que ha de permitirse a cada uno una infinidad de excepciones para adaptar la elección de su modo de vida a su peculiar inclinacón y a su predisposición hacia el placer, y para escarmentar, por último, sólo en cabeza propia o en la ajena".

Es interesante contrastar este texto con la ética de Aristóteles o la de Santo Tomás, especialmente el segundo párrafo.

La Fundamentación de la metafísica de las costumbres se divide en tres capítulos, hay una gran traducción disponible en cervantesvirtual.com. Elaboro estos textos con el ánimo de que sirvan de ayuda para superar el examen de selectividad de septiembre, Kant es un autor muy profundo -nadie duda de que es uno de los filósofos más importantes de toda la historia-, es sumamente complejo, se sabe que Reinhold se dedicó a traducirle ¡del alemán al alemán!, si bien este texto es una versión "light" de su ética; voy a limitarme a extraer las ideas decisivas del texto y a intentar exponerlas con un lenguaje llano, si algo no queda claro o deseas hacer alguna corrección o ampliación, por favor, no tengas reparos en insertar un comentario.

  • Capítulo primero. Tránsito del conocimiento moral vulgar de la razón al conocimiento filosófico.

Las palabras clave de este capítulo son buena voluntad, deber, respeto a la ley. La buena voluntad es presentada como lo único que es pensable como completamente bueno, cualquier don que poseamos (riqueza, salud, poder), puede echarse a perder si no concurre una buena voluntad que "rectifique y acomode a un fin universal el influjo de esa felicidad y con él el principio todo de la acción", entiéndase que un "fin universal" es un propósito tal que pueda serlo de toda la especie humana, más adelante se insistirá en ello. El concepto del deber está contenido dentro del concepto de una voluntad buena. Kant distingue entre las acciones que se hacen por deber y las que son movidas por una intención egoísta aunque sean conformes al deber, uno actúa por deber no cuando persigue un propósito cualquiera con sus actos, por noble que fuera, sino cuando actúa conforme a un principio. Uno de los ejemplos que trae Kant es el caso de un infeliz que siguiera viviendo no por miedo a la muerte, sino porque ese es su deber por mucho que su deseo le impulse al suicidio. Hay algo más: solo las acciones que son el resultado del cumplimiento de un deber tienen contenido ético. No hay contenido ético en conservar la vida porque sí o por miedo a la muerte o en no robar por temor al castigo, lo ético es no robar porque no se debe robar en ningún caso. Entonces, si el valor moral de una acción hecha por deber se encuentra en la máxima que la mueve (antes, primero, causa, a priori, formal) y no en el propósito que la inspira (después, segundo, efecto, a posteriori, material), el deber como tal solo puede residir en la buena voluntad, que es lo que se afirmaba al principio. Con todo lo anterior Kant afirma que "el deber es la necesidad de una acción por respeto a la ley", pues "objeto del respeto, y por ende mandato, solo puede serlo aquello que se relacione con mi voluntad como simple fundamento y nunca como efecto".

"Pero, ¿cuál puede ser esa ley cuya representación, aun sin referirnos al efecto que se espera de ella, tiene que determinar la voluntad, para que ésta pueda llamarse buena en absoluto y sin restricción alguna? Como he sustraído la voluntad a todos los afanes que pudieran apartarla el cumplimiento de una ley, no queda nada más que la universal legalidad de las acciones en general -que debe ser el único principio de la voluntad-; es decir, yo no debo obrar nunca más que de modo que pueda querer que mi máxima deba convertirse en ley universal". El segundo subrayado de este párrafo es un primer acercamiento a un momento fundamental de la ética kantiana, es un primer esbozo de lo que se conoce como imperativo categórico y que se desarrollará más tarde. Vamos a ver ahora qué es esto de una máxima que deba convertirse en ley universal, Kant lo explica muy bien en este texto. Insistiendo en lo anterior, afirma que es muy distinto ser veraz por el deber de serlo que serlo por temor a las consecuencias, pero vamos a darle una vuelta más a esta idea, miremos si "una promesa mentirosa es conforme al deber":

"Me bastará preguntarme a mí mismo: ¿me daría yo por satisfecho si mi máxima -salir de apuros por medio de una promesa mentirosa- debiese valer como ley universal tanto para mí como para los demás? ¿Podría yo decirme a mí mismo: cada cual puede hacer una promesa falsa cuando se halla en un apuro del que no puede salir de otro modo? [mi máxima se convierte en ley universal] Y bien pronto me convenzo de que, si bien puedo querer la mentira, no puedo querer, empero, una ley universal de mentir; pues, según esta ley, no habría propiamente ninguna promesa, porque sería vano fingir a otros mi voluntad respecto de mis futruas acciones, pues no creerían ese mi fingimiento, o si, por precipitación lo hicieren, pagaríanme con la misma moneda; por tanto, mi máxima, tan pronto como se tornase ley universal, destruiríase a sí misma".

  • Capítulo segundo. Tránsito de la filosofía moral popular a la metafísica de las costumbres.


La distinción entre ética formal y ética material (o formalismo y materialismo) ayuda a entender este capítulo. El componente formal es característico de la doctrina ética kantiana. Una ética material es la que indica qué hacer en determinada situación para conseguir un fin que se ha fijado previamente, generalmente una vida feliz (no la felicidad puntual) y también es material aquella ética que obtiene sus preceptos de la experiencia; por contra, Kant exige que todos los conceptos morales sean siempre y sin excepción completamente a priori y, como decía al comienzo, considera desastroso cualquier precepto moral encaminado a un fin, por bueno que sea ese fin, o basado en la experiencia, por sabia que sea la experiencia. Este hecho es clave: en Kant la religión se funda en la ética y no la ética en la religión como es el caso, por ejemplo, de Santo Tomás. Espero que se note la importancia de este punto.

"Como para derivar las acciones de las leyes se exige razón, resulta que la voluntad no es otra cosa que razón práctica". Un ejemplo de razón teórica es la afirmación "no es posible que a y no a se den a la vez y en el mismo sentido", un ejemplo de razón práctica es el imperativo categórico kantiano que vamos a ver a continuación. Un imperativo es la fórmula que expresa un mandato de la razón, un mandato basado en un principio objetivo -aquel que obliga a todos por igual- y en tanto que obliga a la voluntad. Distinguimos dos tipos de imperativos, los que mandan hipotéticamente (si pretendes x entonces debes hacer z) y los que mandan categóricamente (debes hacer z); los imperativos hipotéticos ordenan una acción como medio para alguna otra cosa, los imperativos categóricos ordenan una acción que debe ser hecha por sí misma:

"Por último, hay un imperativo que, sin poner como condición ningún propósito a obtener por medio de cierta conducta, manda esa conducta inmediatamente. Tal imperativo es categórico. No se refiere a la materia de la acción y a lo que de ésta ha de suceder, sino a la forma y al principio de donde ella sucede, y lo esencialmente bueno de la acción consiste en el ánimo que a ella se lleva, sea el éxito el que fuere. Este imperativo puede llamarse el de la moralidad". En otros términos, el imperativo hipotético que es el que ordenaría las acciones que conducen a la felicidad, no es el propio de la moralidad, pues para librarnos de él nos bastaría con desistir del propósito por el que lo seguíamos, nos bastaría con cesar en el afán de ser felices para vernos libres de todo imperativo hipotético. Lo propio de la moralidad está en lo formal, nunca en lo material. La dificultad de esta idea aumenta cuando se tiene en cuenta que no podemos basarnos en la experiencia, ha de ser completamente a priori; en términos kantianos: el imperativo categórico tiene que ser una proposición sintético-práctica a priori. No queda más remedio que aprender a distinguir entre juicios analíticos y juicios sintéticos, la explicación la encontramos en la Crítica de la razón pura:

En la afirmación "todos los cuerpos son extensos" podemos distinguir un sujeto (cuerpos) y un predicado (son extensos). Si el predicado está contenido en el sujeto el tipo de juicio es analítico, si el predicado no está contenido en el sujeto tenemos un juicio sintético, como en la afirmación "todos los cuerpos son pesados". No podemos pensar en un cuerpo sin pensarlo a la vez como ocupando un espacio, como extenso, pero sí podemos pensar en él sin necesidad de considerar a la vez que es pesado, esto es un añadido al concepto cuerpo, algo que amplía lo que sabíamos de él. Los juicios analíticos son siempre a priori, tienen la pega de que no dicen nada que no supiéramos ya, los juicios sintéticos son a posteriori. A Kant le interesan especialmente los juicios sintéticos a priori, estos se encuentran en las matemáticas y en la física pero no en la filosofía en su uso teórico: Kant afirma que la metafísica (o uso teórico de la razón pura) no tiene ninguna posibiliad como ciencia, hay por tanto que poner el acento en el uso práctico de la razón, esto es, en la ética, volvamos entonces al problema anterior, ¿cómo formulamos un imperativo categórico de tal modo que consigamos una proposición sintético-práctica a priori?, ¿es posible?:

"Cuando pienso en general un imperativo hipotético, no sé de antemano lo que contendrá; no lo sé hasta que la condición no me es dada. Pero si pienso un imperativo categórico, ya sé al punto lo que contiene, pues como el imperativo, aparte de la ley, no contiene más que la necesidad de la máxima de conformarse con esa ley, y la ley, empero, no contiene ninguna condición a que esté limitada, no queda, pues, nada más que la universalidad de una ley en general, a la que ha de conformarse la máxima de la acción, y esa conformidad es lo único que el imperativo representa propiamente como necesario.

El imperativo categórico es, pues, único, y es como sigue: obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne en ley universal". Este es el primer principio de la razón práctica.

Todos los imperativos del deber se derivarán de esa fórmula, todas las leyes que obliguen a la voluntad deberán fundarse en el imperativo categórico.

Consideremos ahora la distinción entre fines y medios. Si los principios prácticos se refieren a fines válidos para todos los seres racionales entonces son formales y se fundan en imperativos categóricos, si responden a fines individuales son materiales y se fundan en imperativos hipotéticos. Resulta que existe algo que es siempre un fin en sí mismo, jamás un medio, algo que tiene un valor absoluto y que está en el fundamento de la ley práctica, ese algo no es otra cosa que un ser humano cualquiera. Esta es una afirmación fundamental que lamentablemente aún no ha sido aceptada por los poderosos: ningún ser humano puede jamás ser utilizado como un medio para lo que sea, todo ser humano es un fin en sí mismo, ojalá la idea se entendiera siempre así:

"Los seres cuya existencia no descansa en nuestra voluntad, sino en la naturaleza, tienen, empero, si son seres irracionales, un valor meramente relativo, como medios, y por eso se llaman cosas; en cambio, los seres racionales llámanse personas porque su naturaleza los distingue ya como fines en sí mismos, esto es, como algo que no puede ser usado meramente como medio, y, por tanto, limita en ese sentido todo capricho y es un objeto del respeto. [...] Si, pues, ha de haber un principio práctico supremo y un imperativo categórico con respecto a la voluntad humana, habrá de ser tal, que por la representación de lo que es fin para todos necesariamente, porque es fin en sí mismo, constituya un principio objetivo de la voluntad y, por tanto, pueda servir de ley práctica universal. El fundamento de este principio es: la naturaleza racional existe como fin en sí mismo". Y el imperativo práctico que se sigue de él dirá así: "obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio". Este es el segundo principio de la razón práctica.

Estamos tratando con seres racionales, con voluntad propia que bien puede desobedecer las leyes prácticas, y a los que debemos considerar siempre como fines y jamás como medios. Kant afirma que la única razón capaz de someter a la voluntad humana a una ley práctica es el hecho de que esa misma voluntad es a la vez legisladora, la autora de las leyes prácticas es justo la voluntad. De ahí extrae el tercer principio, la idea de la voluntad de todo ser racional como voluntad legisladora universal. "Llamaré a este principio autonomía de la voluntad, en oposición a cualquier otro que, por lo mismo, calificaré de heteronomía". La importancia de este principio es descomunal, comprenderlo y tender a él es lo que marcará la diferencia entre poseer una voluntad que se determina a sí misma, que se impone y cumple sus propias leyes de modo autónomo, o poseer una voluntad que está determinada por cualquier otra, comportarse entonces por normas que han sido dictadas por otros. Tener auto-nomía (-nomía en castellano significa 'conjunto de leyes o normas', nomos es norma, ley) o no tenerla. Si hay algo que un estudiante deba aprender, un concepto que valga la pena poseer, es justamente este, la distinción entre autonomía y heteronomía. Naturalmente hay que tener en cuenta que no se trata de una autonomía alocada, uno debe ser capaz de regirse por sus propias normas conforme a lo dictado por el imperativo categórico, esto es, esas normas propias deben convertirlo a uno, a la vez, en legislador universal. No valen las normas que se autodestruyen, porque esa autodestrucción se da en un sujeto, en una mente, justo en la que las elabora y en ninguna otra.

"La necesidad práctica de obrar según ese principio, es decir, el deber, no descansa en sentimientos, impulsos e inclinaciones, sino sólo en la relación de los seres racionales entre sí, en la cual la voluntad de un ser racional debe considerarse al mismo tiempo como legisladora, pues sino no podría pensarse como fin en sí mismo. La razón refiere, pues, toda máxima de la voluntad como universalmente legisladora a cualquier otra voluntad y también a cualquier acción para consigo misma, y esto no por virtud de ningún otro motivo práctico o en vista de algún provecho futuro, sino por la idea de la dignidad de un ser racional que no obedece a ninguna otra ley que aquella que él se da a sí mismo.

En el reino de los fines todo tiene o un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad. [...]

La autonomía es, pues, el fundamento de la dignidad de la naturaleza humana y de toda naturaleza racional".

  • Capítulo tercero. Último paso de la metafísica de las costumbres a la crítica de la razón pura práctica.

Un dato previo que debe conocerse es la idea de que la ética solo valora las acciones que han sido ejecutadas libremente, si alguien actúa obligado por otro sus actos no pueden ser enjuiciados desde un punto de vista ético. Kant sostiene que la voluntad no puede ser voluntad propia si no es a la vez libre y que, por tanto, la libertad ha de atribuirse a todos los seres racionales. En este capítulo Kant formula la siguiente pregunta: ¿Por qué debo someterme a tal principio [el que indica lo que debo hacer] aun como ser racional en general, y conmigo todos lods demás seres dotados de razón?; de otro modo: ¿por qué la ley moral obliga? Toca distinguir entre el mundo sensible, el de los sentidos, y el mundo inteligible, el de la inteligencia. En el mundo sensible las cosas nos afectan, eso es lo que conocemos de ellas, son fenómenos; en el mundo inteligible suponemos -pues nunca podremos tener la certeza- que esas cosas que nos afectan son algo más que lo percibido por nosotros, tienen un ser en sí que se nos escapa pero que ha de estar en ellas. El caso es que el mundo de los fenómenos cambia según las distintas sensibilidades individuales que son afectadas por él, pero suponemos que el mundo de las cosas en sí permanece siempre idéntico. También cuando nos captamos a nosotros mismos, mediante algo que Kant denomina sensibilidad interna, nos captamos entonces como fenómenos; sin embargo notamos que poseemos razón, esa capacidad que se encarga, precisamente, de distinguir entre el mundo sensible y el mundo inteligible. Pertenecemos a un mundo sensible, pero también y a la vez formamos parte de ese otro mundo que entendemos aunque no captamos con nuestros sentidos: en tanto nos captamos como miembros del mundo sensible estamos sometidos a leyes naturales, al igual que cualquier otro objeto que forme parte de ese mundo, y no somos autónomos y sí estamos obligados por la ley moral; en tanto nos captamos como dotados de inteligencia nos son de aplicación no ya las leyes naturales sino otras fundadas en la razón, somos autónomos, legisladores y libres. ¿Por qué la ley moral obliga entonces? Solo obliga cuando nos consideramos como miembros del mundo sensible, en el mundo de la razón el imperativo categórico solo puede fundarse en la libertad, la exige, no hay sometimiento pues sino autoría.

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