Relato diarístico de un joven conde sevillano, liberal y amigo de la juerga, que cuenta al detalle las correrías de Lord Byron durante las tres noches que pasó en la capital andaluza. Una crónica apócrifa ubicada en el verano de 1809, en plena Guerra de la Independencia española, con una Sevilla bulliciosa y agitada, ejerciendo de sede del gobierno insurgente.
19 de julio de 1809, Iglesia de la Anunciación, Sevilla.
La capilla de la Universidad no ofrecía esta mañana el silencio acostumbrado. Don Evaristo ha tenido que llamar al orden a varios licenciados que lo han venido a despedir, aunque ha procedido sin su aspereza habitual. Sabiendo que se marcha a la Iglesia Mayor de La Isla, el viejo quería librarnos en su último día de ese carácter colérico que le enciende el rostro y los globos oculares hasta entrar en combustión. En su sermón de hoy se ha superado. Villanueva, sentado a mi diestra, ha contado cuarenta y ocho veces “Nación”, treinta y nueve “Rey” y sólo veinte “Dios”. Mantecón y yo le debemos dos escudos de oro cada uno, ha ganado la apuesta. Maldito notario sacacuartos. El político se impondrá al clérigo —aseguraba a la entrada. Llevaba razón.
La Junta Central ha intercedido para el traslado. Dicen que los de Jovellanos le mandan a Cádiz para organizar la resistencia. No es el único que hace las maletas en estos días. Mi padre ha desalojado la finca de Sierra Morena, sólo quedan allí los guardeses. Tuve que ir anteayer a recoger mis diarios de mozo, conservo esos cuadernos con gran cariño y no me gustaría que cayeran en manos de los gabachos. Vaya rebote que se pilló don Antonio cuando me oyó pedir los cuadernos. “¿Es eso lo único que te preocupa, hijo? ¿Papelitos de adolescente? Tu bisabuelo reprimió a piratas e indios en La Española a base de látigo y arcabuz. Si viera a un descendiente suyo enredar con plumas, tinteros y cartapacios…”. No concluyó la reprimenda, se marchó murmurando algo como “sólo nos faltaba un poeta en la familia, no están los tiempos para poesía”.
—Ha publicado un libro de poemas del que habla toda Inglaterra —dijo Mantecón, a mi izquierda, sin girar la cabeza.
—¿Quién? —pregunté aturdido por las soflamas patrioteras de don Evaristo y mirando de reojo las anotaciones de Villanueva, que se había quitado sus lentes de empollón inundado de lágrimas de risa floja.
—Demonios, el inglés que va a venir —contestó mi amigo mientras se ponía en pie, al igual que toda la capilla, e hizo un gesto indicando a mi espalda—. Lo está avisando El Jerezano, ¿no oyes?
Pues no oía. El Jerezano era hijo de un comerciante de vinos. Ostenta uvas y reales para hartarse, pero nació medio mudo y desde entonces apenas ha mejorado. Ni siquiera tartajoso, lo que emite son sonidos guturales ahogados y raros que únicamente entiende mi querido amigo Juan de Olalla y Mantecón, futuro conde de Torremontero. Imposible concentrarse en la misa de don Evaristo con esos balbuceos ininteligibles a mi espalda. Y sin olvidar al hijo del notario marcando cruces en un billete, al son de las muletillas del cura. Vaya guasa.
—Un familiar suyo me ha pedido que busque a alguien para mostrarle Sevilla —dijo El Jerezano, según Mantecón.
Pensé en los sacos y sacos de reales a acumular para que a tu vástago incapaz de enhebrar dos palabras comprensibles lo apoden así y no El Mudo o El Tartaja. Vil metal en manos de un pidocchio rifatto.
—¿Crees que somos cicerones? —me volví con tono despectivo.
—No, no, no —se disculpó vocalizando como si hubiera sido criado por el Claustro de la Universidad de Salamanca y no entre los viñedos de un paleto enriquecido.
Al cabo de unos segundos, volvió a intentarlo, nervioso, atropellado:
—Su pariente escocés de Jerez me ha solicitado, a través de un hombre de su confianza, que le enseñemos la Sevilla auténtica y lírica, la Sevilla que luce con faroles y candiles, la Sevilla traviesa pero elegante de la alta sociedad…
—Que nos llevemos de putas al inglés —interrumpí, para abreviar.
—No, no, no —otra vez el mudo, timorato.
—Sí, sí, sí —corrigió Mantecón, mientras se persignaba como toda la capilla.
Aposentamos el trasero en el banco.
—El visitante es un dandy —arrancó de nuevo El Jerezano, barbotando en mi nuca, aunque yo prestaba atención a las explicaciones de mi amigo—. Es un aristócrata, un joven Lord. El cónsul inglés ya está informado de su inminente llegada, él le facilitará el alojamiento y le orientará sobre dónde ir por el día; querrá ver monumentos. Nosotros entramos en escena al atardecer, que es cuando el Lord saldrá para divertirse.
—El señor Hookham Frere ha aprobado la misión —remachó Mantecón tras unos segundos, por su cuenta.
De la guasa habíamos pasado al desvarío.
—¿El embajador inglés sabe todo esto? —subí el tono de voz y no me percaté hasta que algunos licenciados de los bancos delanteros giraron sus molleras—. ¡Entonces lo sabe la Junta Central! ¿Y has dicho “misión”? ¿Se supone que tenemos una misión?
Esta última pregunta fue formulada como un susurro punzante y recriminatorio. Hasta Villanueva recompuso el gesto y recuperó sus lentes.
—Hombre, se refieren a que no le pase nada —se justificó Mantecón—. Ya sabes, que no tenga ningún accidente. Las esquinas de Sevilla están repletas de granujas, maleantes y estafadores. Eso a pleno sol; por la noche, mejor no te cuento.
—Qué pereza, Juan —resoplé.
—Tiene veintiún años, Luis, igual que nosotros. Es un poeta en ciernes que viene a buscar materia para sus versos.
Salimos de la Iglesia. Nuestros coches de caballos esperaban en la puerta.
Mantecón me agarró del brazo justo cuando me disponía a subir al carruaje.
—¿Te animas o qué? —me interrogó con su mejor sonrisa.
—¿Cómo se llama el fulano? —contesté, dándome por vencido.
—Lord Byron.
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