Aparición en Santa Cruz

Mié, 14/09/2011 - 23:22 -- Santo

25 de julio de 1809, del Palacio de Liana a la Calle de las Cruces, Sevilla.

Esta mañana, en casa, he sido testigo de una reunión de mi padre con el general Venegas, recién llegado del Cuartel General de Santa Elena para recibir instrucciones del Gobierno. A cargo del Ejército de La Mancha, intentará frenar el avance de los gabachos hacia el sur. No habrá más ocasiones para impedir su acceso a Despeñaperros. Mi padre, como prócer de la ciudad y miembro de la Junta Central, ha tratado de insuflarle ánimos y señalar la táctica más conveniente. Varias horas de interminable palabrería bélica en la que don Antonio le ha marcado con machacona insistencia dos directrices tan agudas como elementales: presentar en la batalla más hombres que el ejército francés y no confiarse en ningún momento aunque el triunfo parezca próximo.

Mientras captaba en silencio esa desbordante dosis de inteligencia militar, me acordé del poeta inglés cuya presencia aguardamos. Debe estar chiflado para escoger el paso por España en su viaje de fin de estudios. La idea me resultaba pintoresca y creo que, sin querer, mis labios han dibujado una ligera sonrisa. De inmediato he reintegrado mi mente al despacho de don Antonio, recomponiendo el semblante y esforzándome por asentir a obviedades revestidas de estrategia.

Por fin se marchó Venegas, entonces fue mi padre el que adoptó una expresión sumamente severa:

—¿Qué juicio te merece el general, hijo? —me preguntó, aflojándose el lazo y recostándose sobre el sillón.
—Creo que es un señor voluntarioso pero anticuado —dije, sin pensar.

Me dispuse a ser amonestado y sucedió todo lo contrario. Don Antonio coincidió con mi veredicto.

—El general Venegas combate por Fernando VII, no por la Nación —suspiró con un deje de amargura.
—¿Hay diferencia? —interpelé, con malicia.
—En efecto, hijo —aclaró, irguiéndose—. Y habremos de plasmarla, más pronto que tarde, en una ley fundamental en Cortes.

Nos miramos y callamos. Al cabo de un rato, decidí tentar de nuevo a la suerte:

—Padre, ¿acaso los franceses no combaten por Napoleón?
—En patria ajena —precisó, arrastrando el sillón hacia atrás y levantándose.

Salimos del despacho. Aproveché la palmada cariñosa de don Antonio en mi cabeza para soltar la ocurrencia:

—Es que entre luchar por el Emperador y hacerlo por el Borbón, no hay color.

La caricia se convirtió en guantazo.

Todavía me duraba el escozor en el cogote cuando entramos en el Barrio de Santa Cruz. Eran las nueve de la noche y el sol seguía acobardando el empedrado e iluminando las fachadas encaladas. Íbamos Mantecón, Villanueva, El Jerezano y yo, en una carroza marengo y plata con el escudo de armas de la casa de Torremontero. El hijo del notario resoplaba, renegaba, maldecía:

—Señores, esto es un secuestro —se revolvía Villanueva en su asiento—. Aunque vuestras mercedes no lo comprendan, mañana temprano me esperan obligaciones.
—Tu quehacer más trascendental es aquí y ahora —le advirtió Mantecón, ajustándole las lentes y pellizcándole los mofletes—. Tienes que traducirnos lo que vaya diciendo el forastero.

Lord Byron se había alojado en una de las casas de las hermanas Beltrán, en la Calle de las Cruces, en el número 19. Cerca se hallaba el consulado inglés. Según El Jerezano, el poeta había llegado a Sevilla en dos coches de cuatro caballos, acompañado de un amigo y sus servidores.

Detuvimos la carroza a un lado, a pocos metros del portón de las Beltrán, y abrimos los cristales correderas en busca de oxígeno. No corría ni una brizna de aire.

Vimos a dos jóvenes: un muchacho con indumentaria de criado y otro, algo más baqueteado, con pantuflas, camisón y gorro de dormir. Mantecón y yo agarramos a Villanueva y lo llevamos en volandas hasta los estrafalarios personajes. El que estaba a punto de meterse en la cama se llamaba John Cam Hobhouse; el criado se presentó como William Fletcher. Ambos destilaban una impostada e hilarante gravedad.

—Milord se está vistiendo —nos informó Fletcher.
—¿Dónde irán los señores? —se interesó Hobhouse.

Mantecón y yo nos ojeamos por encima de Villanueva. Volvimos la vista al frente para no troncharnos de risa.

—Iremos a cenar a casa de la marquesa de la Sota, a unas calles de aquí —acerté a decir.
—Byron ya ha cenado —alegó Hobhouse.
—De hecho, milord no suele cenar —añadió Fletcher.

El cuadro empezaba a resultar embarazoso. El tal Hobhouse le dijo algo al criado que sonó a recriminación, aunque Villanueva no lo tradujo.

Al cabo de unos segundos, emergió una silueta al fondo del patio.

El juramento de Mantecón se escuchó en toda la calle:

—¡La madre que lo parió!
   

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