Chapuzón en la alberca

Vie, 23/12/2011 - 19:04 -- Santo

27 de julio de 1809, Palacio de San Gil, Sevilla.

En los lindes de la Macarena, a unas calles del Españolazo, se ubica el Palacio de San Gil, un edificio nuevo y coqueto. Con una planta baja de gran altura y otra revestida de una preciosa balconada, la casa está ordenada en torno a dos patios porticados. Recuerdo bien el interior porque en primavera, la vez que estuvimos almorzando allí, Lady Holland insistió en enseñarnos cada habitación, ofrecimiento que mi madre doña Valentina aceptó encantada.

El patio noble despierta los sentidos. El suelo alicatado vadea radiantes naranjos y limoneros. Los azulejos muestran uvas granates, combinando tonos oscuros con plateados, y cepas que ascienden por las paredes. La cerámica se completa con colores ocres y dibujos de barricas, majuelos y olivos. En medio del patio, al estilo de las albercas romanas y árabes, se extiende una fuente-piscina de agua cristalina y chorros perennes a cada lado y el centro.

La noche cerrada no nos permitirá apreciar exquisiteces arquitectónicas o decorativas. Ni falta que hace. Todos vamos con una idea fija: refrescarnos en la alberca. El calor nos asfixia como si el sol siguiera en pleno apogeo, pero ya gobiernan los faroles y las sombras. Sevilla no duerme. No hay esquina sin un fantoche embozado, callejuela sin soldados haciendo la ronda, soportales sin prostitutas... Desde el carruaje, el runrún nocturno se va diluyendo lentamente.

Jesús nos ha preparado un brebaje a base de beleño y otras plantas. Cuenta que un jesuita le ha traído del Perú un arbusto de coca cuyas hojas producen efectos extraordinarios. El potingue sabe amargo; peor todavía resulta su olor. Lord Byron hace aspavientos y bebe varios tragos. El Jerezano remata el frasco. Villanueva nos observa con el gesto torcido, casi asqueado.

—Os chorrea el sudor y no dejáis de moveros —se quejó el notario.

—Copularé únicamente diez o doce veces y me retiraré a descansar —nos advirtió Byron.

—¿Alguien tiene un puro? —preguntó Mantecón—. ¡La boca me sabe a rayos!

Nadie escuchaba a nadie. Íbamos enardecidos, excitados, apiñados en el coche. Por un instante, creí que volcaríamos. Por fin nos detuvimos. Bajamos dando saltos, disparados. La verja de San Gil se eleva más de lo que recordaba. Para colmo, el forjado termina en punta de flecha. Villanueva nos llamó locos y echó a andar bordeando la casa en busca de una puerta por la que acceder.

Abrimos la jaula de las chicas. El cóctel de mandrágora, estramonio y belladona que habían ingerido les hizo salir embravecidas y desorientadas. El aroma a res había penetrado en las sabanillas desgalichadas que vestían a modo de túnica. Mientras Mantecón les explicaba el programa de festejos, me fijé en ellas: tenían las pupilas dilatadas y más de una no lograba ocultar sus pechos entre la tela blanca.

Byron pidió un candil y lo situó junto a una columna, en la parte de menor altura de la verja. Trepó con agilidad, maldijo su maltrecha pierna y todavía en el lado de afuera, extendió su brazo a las chicas. El silencio de aquel momento nos permitió escuchar nítidamente el sonido del agua. La oscuridad y el brebaje multiplicaban la musicalidad de los chorros de la fuente. La imagen de Byron encaramado en la verja disipó los titubeos de las ninfas. Brincaron todas con más destreza de la que habíamos imaginado. Alguna que otra sábana quedó enganchada en las puntas de flecha.

—¡Esperadme, putas! —gritó El Jerezano con asombrosa dicción.

Inició la escalada con tanta ansiedad como torpeza. Según le siseaba, me giré hacia Mantecón. Lo vi tambaleándose, junto al coche, creando su propia piscina mediante vómitos tremebundos. Me entró la risa floja.

—¡Venga, Juan! —le llamé, conteniendo la mofa—. ¿Saltamos o qué?

Hipando y carcajeándose, se recompuso. Señaló la verja con el dedo trémulo y volvió a retorcerse entre estornudos, bilis y una risotada ahogada. El Jerezano se mantenía en precario equilibrio, manoteando, pataleando, a punto de caer, peor todavía: rozando las afiladísimas puntas del enrejado. Por sus gemidos secos, seguramente ya se había herido en alguna parte.

En la penumbra, distinguí a Byron descamisado, perseguido por varias chicas. Otras ya habían encontrado la piscina, pues la cadencia serena de los chorros cambió por un brusco chapoteo. Dejamos al mudo pelear por su vida en lo alto de la verja y comenzamos nuestro particular ascenso justo por el mismo sitio que el inglés.

Mi corazón latía encabritado, el sudor hacía resbalar el forjado. Juan me echaba una mano y yo a él, aunque sería complicado decir si nos ayudábamos o nos estorbábamos. El paso al otro lado fue una antología de la impericia, la temeridad y el azar. Nada sentí de mi costalazo, pero sí contemplé riendo el de los saltimbanquis que me acompañaban. Al ponerme de pie, sentí un fuerte escozor encima de la rodilla: la sangre asomaba por un rasguño del pantalón.

Mantecón se incorporó renqueante. Su camisa blanca estaba hecha trizas, como si lo hubiera atacado una manada de tigres. El Jerezano sonreía con alivio, pero los rasponazos y marcas de su rostro indicaban que era él quien había salido peor parado. Ni se daba cuenta.

—¡Esperadme, putas! —repitió obsesivamente.

Nos despojamos de las ropas sudadas y deterioradas. Se accedía al patio noble desde el exterior atravesando una cancela. Estaba abierta de par en par. Por ahí se escapaban sonidos entrecortados de aire y agua: jadeos y chapuzones que se mezclaban con nuestra propia respiración. Mis pies desnudos notaron el baldosín. La euforia de El Jerezano le hizo resbalar y acabó de cabeza en la piscina, previo porrazo contra los azulejos.

Tres ninfas acorralaron a Lord Byron contra uno de los chorros. A pocos pasos, en un poyete quedó la única lámpara que nos libraba de la absoluta oscuridad. Una morena de larga cabellera me empujó contra la fuente. Antes de caer, tuve tiempo de agarrarle el brazo y llevármela conmigo.

El agua nos llegaba por la cintura. Junto al bordillo, nos besamos con ansia. Sus ojos rasgados apuntaron al cielo mientras devoraba sus pechos. Al entrar en ella, me hincó los dientes en el cuello y las uñas en la espalda. Ensartados ambos, nuestros resuellos colisionaban enroscándose en cada fugaz tregua y emergiendo como remolinos al impulso de las embestidas.

Nos fuimos al cabo de un rato. A pesar de la protección de la noche, podían descubrirnos en cualquier momento. El silencio dominó la retirada. Cuerpos fatigados y mentes aletargadas suplicando descanso con la mirada, casi agradeciendo el sedante zarandeo del coche. Byron se anudó la camisa, entrábamos en su calle. El cretino de Villanueva había desaparecido.

—Qué demonios voy a decirte —pensé en voz alta, frente a él—. No nos vamos a entender.

Bajé para despedirle. Yo era el único que aguantaba despierto.

—Tres días es muy poco tiempo —le dije, con tristeza—. Deberías quedarte más.

Ya en la puerta de la casa que lo había alojado, enumeró sus próximas paradas: Utrera, Jerez, Puerto de Santa María, Cádiz, Gibraltar, Malta, Turquía y Grecia.

—Ojalá tus viajes te traigan de nuevo a España.

Nos estrechamos la mano con fuerza. Tuve la impresión de que no lo volvería a ver. Pronunció unas palabras que no entendí pero que me sonaron de ánimo y aliento.

Subiendo al carruaje, me pareció ver a Josefa Beltrán en la ventana, espiándonos.

—¿Ya se ha ido Lord Byron? —preguntó Mantecón, sin abrir los ojos.

—¡Vámonos! —le ordené al cochero.

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