25 de julio de 1809, 21:00 a 22:00 hrs., llegando al Palacio de La Sota, Sevilla.
—¡La madre que lo parió! —repitió Mantecón, sin poder reprimir la carcajada.
Byron se presentó con una camisa flamenca color rosa chillón, repleta de bordados y oropeles. En la cabeza, un sombrero sevillano negro. Abrió los brazos deteniendo su renqueante caminar por un instante, como posando para ser retratado. Agitó un poco las mangas con volantes y exhibió un abanico estampado en su mano siniestra.
—¡Vámonos! —ordenó, con una voz timbrada que me sonó femenina—. Saltémonos las presentaciones o llegaremos tarde adonde quiera que vayamos.
Lo metimos en la carroza aprisa para que no nos viera nadie. Mantecón mandó al cochero que bajase de su puesto y corriese a buscar a Eugenio, el sastre, que tenía la camisería a la vuelta de la esquina. Byron se dejó hacer, expectante, risueño.
Obligamos al sastre a subir a la carroza, junto al cochero, y nos pusimos en marcha. Arrojamos la estridente camisa por una ventanilla. Fletcher y Hobhouse permanecieron plantados, absortos y mudos, mientras nos alejábamos.
Nada más doblar la calle, paramos.
—¿Qué urgencia ni qué niño muerto? —se quejaba Eugenio, tratando de atinar con la llave en la cerradura.
—Estos inconscientes han decidido dedicarse al rapto de personas decentes —aseguró Villanueva al entrar en el establecimiento.
La sastrería de Eugenio es la mejor de la ciudad. Los nobles y pudientes encargan aquí sus camisas y levitas. Hicimos subir a Byron a un pequeño entarimado para que el modisto se ocupara de él. Ahí subido y con el torso desnudo, el inglés se interesó por nuestros nombres y abolengos. Mantecón, repantigado en un sofá, le puso al día con la imprescindible y resignada mediación de Villanueva. Yo, echado sobre el apoyabrazos, lo observé atentamente.
Debía medir un metro setenta y cinco. Es posible que menos, pero esa plataforma, sumada a su propio porte, lo acrecentaba. Tenía el cabello castaño, ensortijado, como alborotado adrede. Era formidablemente guapo, con unos rasgos apolíneos rematados con un hoyuelo en la barbilla. Me llamó la atención su tez pálida; más tarde nos dijo que apenas comía. No obstante, su torso era el de un deportista.
Para no desentonar con la troupe, Eugenio le procuró una camisa blanca y un fajín negro. Sus pantalones ceñidos color aceituna decidimos no tocarlos, igual que el abanico.
Tomé el sombrero sevillano y se lo di a El Jerezano.
—¡Gracias! —creí entender que dijo, mientras lo sujetaba.
Lo giré y golpeé la copa por dentro.
—Que pagues —le aclaré.
Al salir de la sastrería me di cuenta: Byron era cojo del pie derecho.
Mantecón, que no se había percatado de la tara de nuestro invitado, sugirió ir caminando hasta el palacio de La Sota. El telón del ocaso había comenzado a caer y el cielo sevillano entreveraba tonos violáceos y azafranados que el inglés contempló fascinado. Como el calor se moderó y nos hallábamos próximos a nuestro destino, decidimos no entrar de nuevo en la sofocante carroza de mi amigo Juan.
La Calle del Calvario, que enfilamos en unos minutos, desemboca en una pequeña alameda. Sin previo aviso, se termina la calzada y empieza una charca rodeada de maleza. Después está la arboleda; detrás el palacio de la marquesa.
Entre los álamos, dos siluetas nos sorprendieron. Empuñaban sendos sables y saltaron sobre nosotros con aparatosos gruñidos. Me quedé paralizado, aunque no tardé en distinguir a Frentepartida, el bandolero. El que iba con él era un gigantón, barrigudo y malcarado.
—¿Dónde van estas damiselas? —preguntó El Rubio, que ocultaba su horrorosa cicatriz bajo un pañuelo escarlata.
Tomé aire y noté como mi corazón volvía a ponerse en marcha.
—Tranquilos, es Frentepartida —dije, enganchando del brazo a Mantecón—. Nos acompañará estas noches, por nuestra seguridad.
El bandolero asintió, riendo a carcajadas.
Entonces lo sentí aparecer a mi izquierda: Byron se abalanzó sobre el compinche, le propinó un sonoro puñetazo y le arrebató el sable.
La risotada se evaporó al instante.
Byron alzó el sable hasta el gaznate del gigantón, cuya nariz dejó escapar un hilillo de sangre. Fijé la atención en el espadón, seguramente robado a las tropas francesas. Noté algo en el brazo, no sé si un pellizco de Mantecón o la punzada letal que anunciaba la oclusión de mi corazón. Y reaccioné:
—¡Amigo! ¡Amigo! —grité—. ¡Es un amigo!
—Villanueva, por tu padre, traduce —dijo Mantecón, con una mezcla de frialdad y tedio de la que solo él era capaz, incluso en esas situaciones.
Byron y el compinche de Frentepartida, inmóviles como estatuas, cruzaban sus miradas sobre el filo del sable.
—En Inglaterra los amigos te la clavan por la espalda —afirmó Byron, bajando el arma despacio—. Ignoro cuáles son las costumbres españolas.
Dejó caer el sable a los pies de Frentepartida, que reanudó su risa socarrona.
—Id con cuidado —avisó el jefe bandolero.
El ogro afrentado, limpiándose la sangre con las mangas, se dirigió a Byron:
—¡Tú y yo ajustaremos cuentas!
Extendí el brazo sobre Villanueva, cortándole el paso:
—No traduzcas eso.
Al fondo, la servidumbre de La Sota se asomaba por ventanales y oquedades para encender los faroles del palacio.
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