Oración a Dios

Vie, 02/12/2011 - 11:49 -- Santo

27 de julio de 1809, Barrio de San Bernardo, Sevilla.

tagareteEl jueves ha amanecido nublado. Chispea. No paró de hacerlo en toda la noche. Y sigue. He pasado la mañana recorriendo iglesias. Entrevistarse con un cura es como practicar esgrima tras haber ingerido láudano: no sientes los toques de la espada hasta muy después de haber finalizado el combate. Tras el almuerzo, al bajar del carruaje junto al Tagarete, sentí en el alma todas esas moraduras clericales.

Ninguno quiso enterrar a La Sota. Ni siquiera don Evaristo, que partía mañana hacia Cádiz y ha adelantado a hoy su salida para escaquearse del sepelio. Cuando muere un enemigo declarado de la Iglesia, por poderoso que sea, el trato que reciben sus restos es el mismo que cualquier desecho arrojado al vertedero. No hay posibilidad de inhumar dignamente al fallecido.

Para la Junta Central los remolques cargados de oro y plata que la marquesa había depositado durante los últimos meses en el Real Alcázar no purificaban sus pecados. Por primera vez en mi vida, me enfrenté a mi padre.

—¡Que su espíritu arda donde corresponda! —le dije a don Antonio, sollozando con rabia—. ¡Sólo te pido que me permitas enterrar su cuerpo!

—Extramuros, en San Bernardo, esta tarde en el arroyo —cedió, dándome la espalda.

—Gracias, padre.

—Con discreción, sin pompas —sentenció.

Se apresuró a marcharse. Habían robado en la finca de Sierra Morena durante la noche.

—Parece que han sido los portugueses —apuntó Ismael, el secretario de mi padre—. Han entrado en el polvorín y se han llevado un par de viejos fusiles.

—¿Sólo eso? —pregunté, alarmado—. ¿Y qué ha pasado con los guardeses?

—Dejamos los arcones vacíos hace más de una semana, esas armas quedaron allí porque no valen nada, creo que ni funcionan —comentó, atusándose la barba—. Y a los hermanos…, pues los han majado a palos. Brechas y alguna extremidad rota, no sé más. El médico acompaña a don Antonio.

¿Se quedará Frentepartida en el monte o bajará para ajustarme las cuentas? Tal vez no haga falta, tal vez este olor pestilente que despide el arroyo Tagarete acabe conmigo. Una arcada me sacudió por dentro. Tomé un pañuelo y me cubrí la boca y la nariz como pude.

Mi padre no había sido magnánimo. Sencillamente nos había mandado al único lugar que podía hacerlo sin verse comprometido: al vertedero. Además de los desechos del matadero, aquí viene a parar buena parte de la inmundicia de la ciudad. Bello epicentro de infecciones y epidemias. Cada casucha, cada labriego, refleja la pobreza del barrio.

El calor asfixiante hace casi imperceptible la fina lluvia que nos cala poco a poco. La fetidez nauseabunda, el bochorno y el sirimiri destilan un aire cenagoso difícil de soportar. Somos unos treinta, contando los criados. El mayordomo de la marquesa se ha remangado la camisa y cava un hoyo al pie de la loma. La Sota está al lado, esperando en una caja decorada con adornos en espiral y taraceas. Azucena hace lo propio en su carruaje, un coche negro con incrustaciones doradas.

—¿Qué ha sido del poeta? —sondeé a Mantecón, plantado a mi vera—. ¿No vendrá?

—No lo hemos avisado, ¿para qué? —contestó, sin quitarse el pañuelo de la cara—. El inglés busca alegría en Sevilla, en esta cloaca no la va a encontrar.

Expulsé un escupitajo. Pensé que vomitaría.

—¿Vas a decirme qué ha pasado con el paje y el bachiller? —pregunté, carraspeando.

—Lo ignoro completamente, amigo mío —respondió, mirándome—. No me extrañaría que el arroyo los traiga flotando y tengamos que cavar más tumbas.

—Mientras no sean las nuestras —me persigné—. Rabanales es muy capaz…

—Tienes demasiado miedo.

—Y tú demasiado poco.

La Nieta salió de la carroza. Llevaba el pelo recogido en un moño alto, los ojos arrasados y una túnica violeta que caía hasta los tobillos. Parecía una especie de sacerdotisa griega. Se acercaron dos criadas y le cubrieron la cabeza por detrás con un velo oscuro.

—¿No podías haber pagado a un mendigo para que se hiciera pasar por cura? —murmuró Mantecón, observando atónito a Azucena—. Yo te habría buscado una sotana.

—Calla, hombre.

—Vaya espectáculo, por la puta vieja.

—Shhh…

—Como aparezcan los guardias, nos dan garrote vil a todos.

—Ahora eres tú el cagueta.

Unos cuantos ayudaron al mayordomo a introducir el ataúd en la fosa. Las paladas removían una arena húmeda aumentando la gama de olores putrefactos que nos arropaba. Unos chiquillos se acercaron a curiosear. Sus caras renegridas transmitían astucia y hambre.

La Sota daba por seguro que sus tierras iban a ser expropiadas, seguramente no se equivocaba. Por eso no podíamos enterrarle en su castillo. Azucena recibía una herencia blanqueada y respetable, convirtiéndose en la dama más deseada entre los mozos casaderos de Sevilla. Obviando, claro está, su esotérico modo de vida.

—¿Será virgen? —susurró Mantecón, apretándose el pañuelo contra la nariz.

Asentí con la cabeza. No era el momento de abordar el debate.

Las criadas transportaron una pequeña lápida hasta la tumba. Los mozos la ubicaron. En la piedra constaba su nombre entre dos ramas de acacia en relieve. Encima, sobresalía también el dibujo de un compás coronando una escuadra.

Azucena sacó un librito bajo su túnica y empezó a leer frente a la lápida:

Ya no es a los hombres a los que me dirijo, es a ti, Dios de todos los seres, de todos  los mundos y de todos los tiempos: si está permitido a unas débiles criaturas perdidas en la inmensidad e imperceptibles al resto del universo osar pedirte algo, a ti que lo has dado todo, a ti cuyos decretos son tan inmutables como eternos, dígnate mirar con piedad los errores inherentes a nuestra naturaleza; que esos errores no sean causantes de nuestras calamidades.

—Se le transparentan los pezones —cuchicheó Mantecón.

—Juan, por favor…

—¿Qué más da? Nos darán garrote vil de todas formas.

Tú no nos has dado un corazón para que nos odiemos y manos para que nos degollemos; haz que nos ayudemos mutuamente a soportar el fardo de una vida penosa y pasajera; que las pequeñas diferencias entre los vestidos que cubren nuestros débiles cuerpos, entre todos nuestros idiomas insuficientes, entre todas nuestras costumbres ridículas, entre todas nuestras leyes imperfectas, entre todas nuestras opiniones insensatas, entre todas nuestras condiciones tan desproporcionadas a nuestros ojos y tan semejantes ante ti; que todos esos pequeños matices que distinguen a los átomos llamados hombres no sean señales de odio y persecución…

—Me casaría con ella, es tan hermosa… —prosiguió con el runrún, valiéndose del pañuelo protector.

—Os doy mi bendición —contesté, hastiado.

…que los que encienden cirios en pleno día para celebrarte soporten a los que se contentan con la luz de tu sol; que aquellos que cubren su traje con una tela blanca para decir que hay que amarte no detesten a los que dicen la misma cosa bajo una capa de lana negra; que dé lo mismo adorarte en una jerga formada de una antigua lengua o en una jerga más moderna; que aquellos cuyas vestiduras están teñidas de rojo o violeta, que mandan en una pequeña parcela de un pequeño montón de barro de este mundo y que poseen algunos fragmentos redondeados de cierto metal, gocen sin orgullo de lo que llaman grandeza y riqueza y que los demás los miren sin envidia: porque Tú sabes que no hay en estas vanidades ni nada que envidiar ni nada de que enorgullecerse.

—Esta noche es la última del poeta inglés —volvió a musitar en mi oreja—. Hay que montar una orgía.

—Basta ya.

—¡No querrás que Lord Byron se vaya de Sevilla sin follar!

Su timbre de voz había traspasado el pañuelo con creces. Pero todos se hicieron los sordos y Azucena pudo concluir:

¡Ojalá todos los hombres se acuerden de que son hermanos! ¡Que odien la tiranía ejercida sobre sus almas como odian el latrocinio que arrebata a la fuerza el fruto del trabajo y de la industria pacífica! Si los azotes de la guerra son inevitables, no nos odiemos, no nos destrocemos unos a otros en el seno de la paz y empleemos el instante de nuestra existencia en bendecir por igual, en mil lenguas diversas, desde Siam a California, tu bondad que nos ha concedido ese instante.

Por un minuto sólo escuchamos el agua turbia del arroyo. Nos dispersamos en silencio.

Yo me acerqué a los chiquillos y les tiré unas monedas que atraparon al vuelo.

* * * * *

Comentarios

#1 -

Estos capítulos no se leen, se viven, se experimentan. Uno bebe, huele, suda, percibe todo lo que les sucede a los participantes, tanto que uno se cree un integrante más. Pero esta vez me sentí un fantasma.

¿Sirimiri? No sabía su significado, así que lentamente me acerqué a Marenales para preguntarle. Le toqué el hombro pero Marenales no daba ninguna señal, no reaccionaba. Me di cuenta que soy en un espectador fantasma. Tuve que buscar en el diccionario en este mundo, no en el de Santo.

Saludos

#2 -

Muchas gracias por los halagos, Luis

En este capítulo he colado el punto que, realmente, me despertó el interés por la historia. No, no se trata de los acontecimientos políticos (eso es para disimular), la cuestión es infinitamente más profunda: ¿se marchó Lord Byron sin follar de Sevilla?

Las noticias que tenemos son inquietantes: la dueña de la casa donde se alojaba, la señorita Josefa Beltrán (que se iba a casar con un oficial español) le ofreció entrar en su habitación a una hora muy avanzada de la última noche. Y aquí viene la pregunta que da origen a mi investigación: ¿por qué rayos Byron rechazó la proposición de la señorita Beltrán?

Las fuentes son demasiado “correctas” (es decir, santurronas): una carta del poeta a su madre y el testimonio de su amigo Hobhouse. Pero si las damos por válidas, sólo se me ha ocurrido una respuesta. Esa respuesta es esta novela corta.

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La crónica oficial de los tres días de Byron en Sevilla corre a cargo de Esteban Pujals:

http://hemeroteca.abcdesevilla.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/sevilla/abc.sevilla/1980/08/09/024.html

 

#3 -

Me ha gustado mucho tu novela corta, le pongo cara a la gente, no está nada mal que se consiga algo así en un relato de ficción. También puedo sentir los olores, especialmente los agrios que son los que más abundan es ese ambiente sórdido y denso que consigues. Toda ella interesante porque el argumento ha sido siempre imprevisible, me gusta tu estilo, sigue contándonos cuentos. Enhorabuena y mil y ciento besos.

#4 -

Muchas gracias, Luna

Pero todavía no ha terminado. Como en las películas porno de los '80, falta la traca final: una buena orgía.

Ah, y un epílogo en Cádiz.