19 de marzo de 1812, oficina de la secretaría de Cortes, Cádiz.
—¿Por qué me estás apuntando con esa pistola, Juan?
—Te digo, por las buenas, que has de quemar esos papeles que has traído.
—Son mis Diarios —levanté la carpeta—. ¡No puedes pedirme tal cosa!
—Ahora somos diputados de las Cortes —subrayó él—. Acabamos de jurar la Constitución.
Conozco la Constitución política de la Monarquía española. He colaborado en su redacción y no menciona nada de quemar escritos personales. Todo lo contrario, garantizamos la libertad de prensa. Querría tener a mano una copia del texto, para recordárselo a Mantecón, pero en este despacho anexo a la Iglesia de San Felipe Neri sólo hay media docena de biblias y otras tantas obras de teología pastoral.
Hoy hace un viento terrible en Cádiz. El cristal de la ventana se zarandea continuamente y da la sensación de que va a ceder de un momento a otro. Asusta el silbido del aire, todavía más cuando te amenazan con un arma, porque cada ráfaga parece provenir del cañón que te apunta.
Llaman a la puerta. Dos golpes que me paralizan el corazón. Con la mano temblando me busco en el pecho los disparos.
—Abre a ver quién es —ordena Mantecón, ocultando la pistola bajo el escritorio.
Se trata del cartero. Uniformado y portando una saca marrón, se presenta con toda clase de innecesarias reverencias.
—Traigo un paquete para don Juan de Olalla y Mantecón y don Luis Verges Calero.
—Somos nosotros —afirmé, intrigado.
Me dio lo que, sin duda, era un libro envuelto en un delicado papel. El viaje lo había deteriorado un poco, pero en el remitente había impreso un escudo de armas que rezaba Crede Byron.
—Gracias —dije, susurrando.
Entonces el cartero perdió su compostura y se despidió gritando:
—¡Viva la Pepa! ¡Viva la Pepa!
Cerré la puerta y abrí el paquete. Era Childe Harold, el libro que conmocionaba Inglaterra y del que hablaba toda Europa.
—¿También quemamos esto? —pregunté a Mantecón, sujetando la obra mano en alto.
Mi amigo se sentó en la butaca del escritorio, apoyó la pistola en la mesa, sin soltarla y se quedó pensativo unos segundos.
—Dicen que por las noches celebra orgías en los cementerios en honor a Satán —aseguró, cariacontecido.
—Juan, sabía que te habías vuelto estúpido —sentencié, paseando por el despacho—, aunque no imaginaba cuánto.
—Me importa un bledo lo que haga ese poeta allá en su isla —repuso, y me señaló con el arma otra vez—. Pero no estoy dispuesto a que se nos relacione con él. Somos los diputados más jóvenes de las Cortes, van a observarnos con lupa.
Se escuchaban voces y cánticos afuera. La gente estaba exultante. Debíamos ir a la iglesia del Carmen, a rezar por la Pepa. Así lo habían decretado las autoridades eclesiásticas.
—Sé que no es por Byron, sino por Rabanales —alegué sin más rodeos.
Mantecón calló y bajó la mirada. Hacía sólo unos meses que le habíamos conseguido la licencia para su negocio bancario y ya se había convertido en uno de los prebostes de Andalucía. En su palco del Oratorio es el que más ha aplaudido al concluir la sesión de esta mañana. Viéndole con su chaqueta americana blanca, la fina corbata de seda y el sombrero de copa a juego, pocos se acuerdan ya de la desaliñada estampa que lucía en su taberna de Sevilla.
La puerta retumbó de nuevo, esta vez fueron tres los golpes que nos pusieron en alerta. Al otro lado esperaba Azucena, con gesto impaciente.
—¿Está mi esposo contigo? —me interrogó, y sin esperar respuesta, prosiguió—: Haced el favor de salir en seguida, la misa va a empezar.
Asentí. Cerré la puerta. Me giré. Mantecón volcó el aceite de una pequeña lámpara en un aguamanil y lo prendió fuego.
Se levantó apuntándome con la pistola.
—Era tu querida esposa, La Nieta.
—No le llames así.
—Te has vuelto un estúpido, amigo mío.
—Echa al fuego los papales, ¡vamos!
—¿Vas a dispararme?
—Con el viento y el jolgorio de afuera, nadie escuchará el tiro.
Suspiré hondamente, troceé los manuscritos y dejé que la llama del aguamanil los consumiera sin piedad.
Mantecón suavizó el rictus, guardó el arma y me acarició el cuello.
—Vamos al tedeum —dijo, sonriendo.
Por el camino, Mantecón se percató de que llevaba conmigo el libro de Byron, aferrándolo a mi pecho para que no saliera volando.
—¿Tienes copia de tus Diarios?
—¡Qué va!
El viento huracanado tronchó un robusto árbol delante de nuestras narices.
—¿Estaba cargada la pistola?
—¡Qué va!
* * * F i n * * *

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#1 - ALGUNAS FUENTES UTILIZADAS
ALGUNAS FUENTES UTILIZADAS
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Voltaire. Tratado sobre la tolerancia, disponible en: http://www.laicismo.org/anejos/1067/tratado-sobre-la-tolerancia-voltaire.pdf
AGRADECIMIENTO: A LunaBruna, por su diseño de portada:
#2 - Gracias
Estimado Santo:
con admirados aplausos te agradezco el haber disfrutado de tu novela.
Ahora a esperar la segunda
Abrazos