26 de julio de 1809, Barrio de San Vicente, Sevilla.
Convencimos a Byron de que no teníamos la menor intención de nadar en el río, al menos estando sobrios. Una vez Eugenio le hubo vestido —levita corta color beige y pantalones a juego—, abandonamos la sastrería y pusimos rumbo a la Calle de San Acacio.
Nuestro joven poeta se mostró ilusionado con el programa de la noche. Le apasionaba el teatro, nos confesó. Sentí cierta lástima, porque lo que se cocía en el Cómico no iba a estar provisto de gran altura interpretativa. Sólo se trataba de un puñado de bienhechores que pretendía recaudar fondos para quienes, en estos tiempos de prohibiciones, no se les dejaba trabajar. Y luego estábamos nosotros, ociosos e imprudentes, metidos entre una madeja que se enmarañaba más rápidamente de lo que podíamos controlar.
Dicen que la Compañía de la familia Calderi en el Teatro Cómico comenzó con unas cuarenta personas. Actualmente, con todo parado y clausurado, apenas una docena, entre actores y tramoyistas, permanecen al lado del matrimonio de empresarios. Sabíamos dónde encontrar a Lázaro: en la Bodega de Triperas, casi enfrente del Teatro.
La Bodega de Triperas es una tasca diminuta en la que adobe y tapas de barrica se mezclan en las paredes formando un amasijo singular. Su bajo techo encalado contribuye a aumentar la sensación de angostura. Cuando el garito está abarrotado, la gente suele arracimarse en la calle, justo en el umbral, con la jarra o la copa en la mano.
Justamente de tal guisa hallamos a buena parte de la cuadrilla. Taponando la entrada de la Bodega, conté a José Domínguez departiendo con tres oficiales británicos pertrechados con sus casacas rojas repletas de bordados y sus pantalones blanquinosos; al profesor Fontecha y cinco de sus chicos del Club, entusiasmados con el ambiente; a Lázaro Calderi, muy galante con una cantatriz que no era su esposa; a dos británicos sin uniforme pero con estampa de alta graduación, del brazo de un par de prostitutas emperejiladas.
—Menuda función teatral clandestina —musité para mí según llegábamos.
Momentos antes habíamos bordeado la Cárcel Real. Me vino a la cabeza la imagen de ese tétrico edificio. Me persigné por instinto, sin darme cuenta.
—¡Don Luis! —me tendió la mano un sonriente Domínguez—. No pretenderá salvarse del fuego eterno con ese viejo truco.
No había captado la ocurrencia cuando, sin saber cómo, ya sujetaba una copa de clarete entre mis dedos. Mantecón y compañía se desplegaron como un batallón listo para el combate. Bebí. Desterré los temores que me atenazaban y eché un trago largo. Me aparté, aturdido por el barullo. Dejé que Byron y Domínguez se saludaran, con mi amigo Juan ejerciendo de alcahuete, y aproveché para fisgar adentro.
La Bodega era un hervidero. Había más uniformes británicos, también algún despistado del Club Baconiano, además de actores, cantatrices de otras compañías, volatineros, bailarinas, tramoyistas, escenógrafos, dramaturgos, músicos... Una parte sustantiva de la farándula de Sevilla, apretujada pero jovial. Conocía a la mayoría. Las penalidades de la guerra no les borraba su temperamento fiestero.Y por supuesto, entreveradas por el local, todas pasándolo fenomenal, putas y más putas. Me reí por no llorar.
Una morena con trenzas y un extraordinario escote me cambió la copa semivacía por otra rebosante.
—Ilustrísimo señor —me dijo, rozándome la mano en la permuta, y arrimó su boca carmesí para susurrar—: Tengo quince años, la única virgen de toda esta panda de fulanas. Soy para usted.
Byron se me acercó por detrás, arrullándome en el otro oído. Le miré, cara a cara, y sus ojos eran como el vórtice de un torbellino. Hizo una mueca, dando paso a Villanueva, que se me acercó entre timorato y descompuesto.
—¿Qué te ocurre? —le pregunté, y bebí sin esperar su respuesta.
—Debo trasladarte un mensaje del Lord —aseguró, incómodo, extraño en aquel berenjenal.
—Procede, notario.
Antes de que la morena se esfumara entre los parroquianos, tuve tiempo para admirar su trasero respingón que se meneaba bajo la falda. Percibí a Byron acompañándome en esa inspección espontánea y fugaz.
“Espero que esta noche no tengáis la desconsideración de permitir que me marche a la cama sin vaciar los testículos.”
Villanueva se había sonrojado al pronunciar el recado. Daba lo mismo: su tez no desentonaba para nada con la pigmentación que empezaba predominar. El clarete corría desbocado y sus efectos se manifestaban sin demasiados tapujos, especialmente entre el ala británica.
Byron no parecía disfrutar de la presencia de sus compatriotas. Los atendía con corrección, pero los despachaba ligero. Dominguez y Villanueva lo flanqueaban, y un carrusel de putas lo atosigaba en coqueteos exprés que él manejaba con admirable maestría.
La oscuridad de la noche se impuso al sofocante crepúsculo. Empezó a chispear, una lluvia tan fina y exigua que sólo se apreciaba en la luz de los candiles. Alumbrando con un quinqué salió Ana Sciomeri del Teatro. Cruzó la calle para pedirnos que fuéramos pasando: el espectáculo estaba listo para dar comienzo.
Los más impacientes y menos bebidos se apresuraron a entrar. Un tercio de la concurrencia. El resto apenas se había percatado del aviso. Increíble cómo empinan el codo los militares y los actores. Los primeros, no obstante, se cuadraron cuando vieron llegar el carruaje del embajador.
El coche de Hookham Frere se detuvo suavemente. El embajador debe tener unos cuarenta años. Es culto, encantador y ama España, razones suficientes para que resulte sospechoso a ojos de la Junta Central. Curiosa alianza la de los españoles y los británicos: ninguno se fia del otro.
Pegado como una lapa a Frere bajó un mozo de rasgos campestres y hermosos pero de mirada asustadiza. Buscaba a alguien con desazón. Byron lo distinguió y frunció el ceño.
—Oh, Robert —se quejó el poeta—. ¿Qué hace aquí ese bruto desobediente?
Los oficiales se alinearon todo lo ordenadamente que el clarete pimplado les permitió.
Byron no pudo ocultar su enojo.
—Robert Rushton es mi paje —explicó, agazapado entre nosotros—. Está enamorado de mí sólo porque hemos sido amantes un tiempo. Le ordené no salir, ya me he hartado. En Gibraltar lo mandaré de vuelta a la granja de donde lo saqué.
—La servidumbre a veces confunde los sentimientos —le dije, sin pensar.
—Es agotador encamarse con machos —remató Byron—. No pienso volver a hacerlo en una larga temporada.
Con aire decidido, fue hacia el coche del embajador. Presentó sus respetos a Frere y hablaron unos segundos. Parece ser que Rushton había intentado seguirnos por su cuenta, extraviándose. Creo que Byron, mientras le agradecía el auxilio al embajador, le propinó un capón al paje.
Mantecón me agarró del brazo, olía a vino:
—Todo solucionado —aseguró, eufórico—. Domínguez va a cumplir con Rabanales. Me lo llevo después a San Roque.
—Juan...
—Todo solucionado —repitió, y cruzó la calle hacia el Teatro.
Me quedé inmóvil, observando al paje recibir un nuevo capón. Byron lo acababa de dejar claro: él no iba a cumplir con Domínguez. Pero eso a Mantecón le traía sin cuidado.
* * * * *

Comentarios
#1 - Foto del perfil de Facebook de Byron
Fuente: Museo del Romanticismo.