Delicadeza, no exenta de tensión y riqueza tímbrica, que acaba mutando a una alegoría de lo urgente, del ajetreo sin fin. La flauta (2:36) se acomoda, se integra en la estructura heredada. El canto del cello (2:56), con la sincrónica percusión, establece una pausa, el paisaje se despeja. Un expresivo pizzicato (3:40) nos devuelve a la atmósfera anterior a la vez que da paso al canto del saxofón (4:02). Garbarek, libre aparentemente, recorre diferentes registros, apoyándose siempre en la ya omnipresente sección rítmica. Por fin (6:00), el motivo introductorio expuesto de nuevo por la flauta viene a avisar de lo inevitable, la conclusión.