Algo en la noche

Casa líquida con jardín de agua

Tip-tip tititttti Teletipo. Teletipo. Teletipo Tip-tip tititttti. No, no sabes dónde estoy. ¿Cómo explicarte?

Aquel día navegaba adormilada, la vela del balandro henchida, una mano en el timón. Siempre el mar, siempre. Un firmamento completo, un mundo consumado dibujando sus propias formas, materia de vida y muerte, caminos en el viento y la luz blanca –blanquísima- de la luna atrapada en las olas. 

Teletipo

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Otra noche en vela –a ratos mirando la calle polvorienta y en otros columpiándome en la mecedora mientras acaricio el rifle y a mis pies el gato-,  vigilando al rufián. Por más que se queja de jaquecas insufribles,  no le creo; no escapará el muy maldito. Sé que esto es un sueño dentro de un sueño, como dijera Poe, pero aún así, de alarido en alarido me conmueve. Poco tiempo y mucha prisa. Prisa de nada pues la noche es espesa y no fluye siendo así que para nada sirve avivarse.  

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Rosado casi negro y el alma de las piedras

Rosado por la luz del amanecer asoma tras la noche un hombre nuevo. No le había visto nunca antes de hoy,  va vestido de negro, camiseta ajustada, gorra y pantalón prieto con dos finas franjas verdes que recorren largas desde la cintura hasta el pie todo lateral de la pierna. Muy ceñido todo él, muy bonito. Lleva una piedra en cada mano, la de la derecha es una malaquita preciosa,  grande como un puño y medio, la de la izquierda es un trozo de estalagmita con alma de coliflor (1). Mueve los brazos con mucha disciplina, arriba, abajo, adelante, atrás; levanta mucho las rodillas, amaga gestos de correr y da luego grandes zancadas. Imagino también lo que no veo y lo que no hace: se golpea el pecho con fuerza; yo Tarzán.  

Tantas cosas indecibles

Me siento identificada con lo que escribe hoy Juan José Millás en El País. A mí también me pasa. Escribo poemas buenísimos que lo son a condición de que no trasciendan de los papeluchos y de que nadie los lea. En cuanto los pongo bonitos en papel fino, aunque sea papel digital, se descarabutan y estropean.

Como antaño

Este año tarda en llegar el cambio climático de otoño, el mejor del año. Las noches aún templadas no han perdido la impaciencia del verano y se pasean algo ebrias por la decadencia tibia de las calles estivales.

Hasta el insomnio es inestable, le falta frío: siempre es mejor y más rico el insomnio en las noches frías.

Suena antes del alba, como antaño, el timbre del viejo teléfono de baquelita de hilo largo. Tan largo que lo llevo conmigo de lado a lado y lo pierdo en algún lugar de la casa. Tengo que ir luego hasta la roseta de la pared y seguir el cordón para encontrarlo. Hoy estaba enterrado entre tebeos, los saqué ayer de una caja de cartón guardada en el altillo del trastero y estuve leyéndolos –y gozándolos- mucho rato. Acabé atacada por mohos y ácaros, por eso ando ahora medio asmática.

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