Algo en la noche

Apolínea mirada más allá de la realidad gibosa

Jefe Robus, no soporto los agujeros del tiempo ni tampoco sus dobleces.

Esta mañana, tras uno de los más graves altercados anuales del tiempo contra sí mismo, he bajado, como hago en días de tribulación, al puerto. En la palidez de la mañana, los retazos de niebla parecían desconchados en las paredes de una habitación con mar.

Llega Ulma

Ulma es nueva. Hasta hace poco escribía guiones de cine para películas tenebrosas y absolutamente faltas de rigor histórico. Para ella el rigor no es problema, del único rigor que entiende es del de la muerte y eso ya vendrá si la historia lo requiere. No le importa nada que sus guiones no reflejen la realidad y menos que nada le importa que todo lo que escribe sean majaderías.

Noches de Upsala

Anoche el gallo de San Nicolás estaba con insomnio y cantaba fuera de horario, pero no le culpo. Yo misma andaba en desasosiego y hubiera tenido que salir a deambular y trasnochar aunque mi rotunda prima no me hubiera llamado a medianoche, con la voz cargada de zollipos, invitándome a cenar. Nunca le digo que no, aunque cenar con ella no es comer. Consiste en hacerse con unos cartuchos de altramuces, que la bruja de la tienda de ultramarinos cobra a precio de lasca de lapislázuli, y sentadas en el mojón de piedra que cierra la calle Salsipuedes, hacer puntería y escupir.

Algo en la noche. Carnaval

Se quedó dormida en un banco y la despertó el viento frío de la tramontana soplándole las meninges. Lo mismo le daba frío que fuego y fiesta que mal humor. Hubiera podido regresar a casa paseando tranquilamente aquella leve resaca y encontrarse con mi insomnio en el barito del Fulgen para quitarme el periódico y beberse mi café.

Pero no.

Algo en la noche. Extrema certeza

Dormí poco anoche. El viento agitando los plásticos que cubren la fachada en obras de la finca vecina, me tenía desvelada. Se disparó, además, la alarma de un coche. Demasiado desasosiego. Salí a la calle sin paraguas dispuesta a pillar un “Qué!” gratuito y leerlo respirando el aroma del café perfecto que sirve Fulgen en su barito.

El fantasma

No estoy segura de si alguna vez les hablé de mi fantasma. No es metáfora, existe de verdad. Vivía en la casa ya cuando yo llegué, pero sin duda su vida era menos cómoda que ahora. La anciana que entonces lo mantenía estaba anclada en el estilo de vida que organizó en su juventud y funcionaba sin las comodidades y avances tecnológicos que yo incorporé al paisaje.

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