Cartas desde La Taún

Lluvia, fútbol, pesadillas y carta

Algunas sensaciones previas:

Llovía y quise ver fútbol.Había leído el texto en que un amigo se preguntaba si existían las cosas en la nada antes de verlas, si seguirían existiendo en la nada después de verlas. Recordé que las ranas solo ven el movimiento, para ellas una mosca que se para, que no aletea, no existe aunque esté al alcance de su lengua. ¿Existirá esa mosca inmóvil para la rana? ¿Será mosca? ¿Será bulto? ¿será instante? ¿Será nada?

Otro amigo me escribió: “la vida es maravillosa”. Por eso me acomodé en el sofá verde para ver el partido entre la selección inglesa y la de Estados Unidos. Fue, como preveía, aburridísimo, al rato dormía profundamente. Desperté cerca de la media noche y me fui como un tiro a la cama. No dormí bien, pesaba la gata Flora, apoyada su cara en mi pie, y me dolían los huesos. Tuve muchas pesadillas.

Feliz año nuevo

  Ayer todo cambió. Llegamos a una casa roja y bebí un líquido rojo que me sentó fatal.  Después, en medio de las nauseas, terminó mi viaje. Fue así porque conocí a un náufrago que había vivido durante años en un islote con palmera al que volvía con frecuencia después de ser rescatado. Hablaba mucho  y aunque yo estaba irritada y  me sentía mal, le pregunté cómo usaba en sus naufragios el tiempo de soledad.

Color

 

De vivir en la arena, bajo el sol,

Son nobles esos cuerpos

Y capaces de hacer llorar de amor

A una nube sin agua… (1)

 

***

Un chorrito de aceite

 Un chorrito de aceite –del bueno- y un ajito frito en la cazuela. Cazuela pequeña. Solamente voy a cocinar para él y para mí. Además, no tenemos agua. Dime, ¿te puedes imaginar un mundo sin agua? Aquí no la hay, nunca la hubo. Lo más parecido a un líquido que hemos visto en meses es esa arena gris –que a todos los efectos se comporta como un fluido desparramado- y l’agüilla de ron del hombre del barrilito. La arena se me ha pegado a los ojos, a las uñas, a la piel, al cráneo. Así que también ahora yo soy pétrea y gris.

Imagen: “Travesía” de Mel Kadel

No quiero mar

(Dormí anoche en una hamaca a la intemperie con los ojos aparcados en el cielo estrellado, rodeada por sonidos de animales nocturnos apenas conocidos y del aroma de la sabana, o del páramo, o la estepa o lo que sea que deba llamarse el sitio en el que estamos.  

 
Dormí hace años en la arena de la playa. Fueron muchas las noches de aquel último verano que nos dejamos vivir por la vida sin complejos y dormimos con la espalda adherida al abandono y los pies calzados por la espuma de la mar. Yo inventaba historias y se las contaba, él inventaba canciones y me las cantaba.
 
¿Por qué no le retuve? ¿Por qué no le seguí? Un camino bordeado de azaleas conducía hasta el muelle de levante. Un vapor pequeño con la cubierta casi a la altura de los ojos. Adiós a pie de barco.
 
-No vienes
-No puedo
 
Y ni le retuve ni le seguí. Han pasado muchos años, éramos demasiado jóvenes y yo aún mantenía amarrado el impulso trasgresor.
 

Un pasaje posible

Carta XII

 

Se acabó. Aquí hay mucho dislate y al fin va a parecer que la excéntrica soy yo… y no me parece imposible, pues si algo es contagioso en extremo es la propensión al desatino. En efecto, tal como supuse en un momento de lucidez, todo cuanto te conté en mi carta anterior resultó ser no más que la distorsión causada por unas infaustas fiebres que cogimos al poco de llegar a los pantanos, cuando nos acribillaron las enormes sabandijas que por aquí pululan. Recupero, mi querida prima, la salud y la cordura y te propongo que olvides la delirante carta anterior –rómpela-, olvida mejor todas las cartas, olvida mi viaje, olvídalo todo y volvamos a las historias normales, tal cual suceden en momentos vigorosos,  y no en aquellos otros en que vivimos ofuscados por  perturbaciones y destemplanzas.
 
Naturalmente, desapareciendo la fiebre se esfumó también Etelvina. Imagino que no llegó a moverse del barito del Fulgen y de los garitos del puerto en los que tan bien y felizmente se maneja, y que al leer las últimas cartas que te mandé habrá debido preocuparse –o no-. Asegúrale que las aguas han vuelto a su cauce y yo a la normalidad y, ¡maldición! estoy de nuevo más cerca de La Taún que del Orinoco, pues al haber detenido el viaje varias semanas a causa de la enfermedad, seguimos en zona de nadie, entre el desierto y la selva, y esta ciudad que se desplaza por sí misma y nos persigue, es capaz de alcanzarnos y engullirnos en cuanto le dé la gana hacerlo, y lo hará a menos que logremos cruzar al otro lado, que ya no sé qué lado es ni si tiene cruce.
 

Por un camino largo y estrecho

Carta XI

 

Viéndome Etelvina concentrada en mis dudas -y porfiada como es- insiste en que lo equivoqué todo, que convertí la realidad en desvarío, que confundí la torre ajardinada de La Taún con aquella otra más antigua y ya periclitada –pero real- que edificara Nimrod en Babel, la primera y más antigua de las Babilonias. Y como ve que no consigue convencerme exclama: «¡Confunda Dios de nuevo las lenguas y entendederas de tanto loco parabólico!»
 
-Tienes que verlo- dice. Y Hemos tardado menos de tres horas en llegar desde la arboleda hasta las murallas de la vieja urbe hoy abandonada, y doy fe de que nada tiene que ver con la floreciente ciudad de La Taún y en la que he vivido experiencias tan ricas y diversas y desde la que salí por los caminos de la Perusta hacia el Orinoco.

Migas de tiza entre los manzanos

Carta X

 He buscado, al viajar a La Taún y en todas sus peripecias, un mundo sobrio y coherente en el que guíen mis pasos la razón y el buen sentido común  y todo cuando he hallado y entendido me maravilla. 

 Sin embargo cuanto dejé atrás vive en mí y yo, como cantaba el hombre del barrilito, “lo siento detonado en mi piel”. Es la añoranza. A veces temo que mis cartas sean como el grito silencioso de uno de esos demediados del desierto que buscan clavar sus uñas en el cielo para arrancarse así de la tierra y caminar. Entonces me pregunto si la existencia del elaisa, del hombre del barrilito, del Buhonero, de Cudal, de Amador, de la troupe de los feriantes con su Melquiades equinoccial o de la misma Taún con su obstinada periferia garantizan mi cabal cordura mejor que el barito del Fulgen, Abacanto, la bruja de los ultramarinos, Etelvina, los tahúres de la Tennessee Belle o tu misma.

 Ahora, en verdad, no sé si te escribo cartas o si estoy perdiendo el tiempo. Hoy, maldición, estoy de mal humor y tu presencia constante en el trazo de mi pluma, me molesta.

 Bueno, sigo con la carta.

El Buhonero

 

Carta IX
 
(¡Maldición, qué frío hace!
Un viento gélido recorre
-mondo y lirondo- su acendrado cráneo.
Juguemos, dice el tahúr.
Y así lo hacen).
 
Se calmó la tormenta y  estábamos ya cerquísima de las lindes del desierto. Me atrevería a asegurar que habíamos salvado definitivamente la Perusta si no fuera porque las pautas de este mundo carecen de lógica –o si la tienen, yo no la entiendo-, y se mueven sus partes no según las leyes generales que rigen el movimiento de los cuerpos en el espacio, sino más bien al impulso arbitrario de una compleja maquinaria de relojería subterránea, por lo que en cualquier momento todo lo que se fue, reaparece. Esto me pone de los nervios, ya te digo, porque es harto probable que tras mil peripecias e incontables peligros cruzando desiertos, circunnavegando mares o vadeando ríos tempestuosos, aparezca de pronto por cualquier lado, porfiada y atenta, la enorme torre ajardinada de la Taún indicando –pues es un índice implacable- que los automatismos de la ciudad están a punto de atraparme de nuevo.

Tristia: préstame, Ovidio, tu pluma...

Carta VIII
 

Después de aquellos días ocurrió algo que ninguno de los que viajábamos en aquel grupo inexperto podíamos esperar. Cuando el segundo sol cayó tras la línea del horizonte cambió la estación y un gélido invierno se abatió sobre nosotros. Todo cuanto he escrito desde entonces ha sido compuesto durante un ajetreado viaje. Se levantaron fuertes tormentas de arena y su inclemencia fue testigo rugiente y furibundo de mi esfuerzo por seguir garrapateando estas crónicas de mi viaje. Sin duda la vívida inteligencia del desierto tuvo que percibir la agitación de mi espíritu y maravillarse, como yo misma, de que ante su furia mi ingenio no se viese del todo abatido y haya persistido en el empeño de escribir. “Califíquese este afán de insensatez o de locura, el caso es que gracias a esta ocupación me vi libre de toda preocupación”.

 

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