DE LUJOS Y OLVIDOS

En el año 90 andaba por África del Sur, con mi mujer entonces. Queríamos entrar en Mozambique y la ruta más segura para evitar a las guerrillas era cruzar Swazilandia. Ya he contado la deprimente anécdota aquí, en otra ocasión. Estábamos agobiados porque la frontera entre la República Sudafricana y Swazilandia cerraba a las 22.00. Fue un viaje en coche desde J'burg, así pronuncian los locales Johannesburgo, un tanto precipitado, por las carreteras de un paisaje bellísimo y desolado a toda velocidad. Al llegar, miles de suazis que trabajaban en la RSA volvían a su patria por no sé qué festivo. La cola en el lado sudafricano era inmensa. Detuve el coche en la cola, formada por coches viejísimos, personas a pie, o en bestias, y gran algarabía. No pasamos, pensé. Imposible. Al ritmo que va esta cola no da tiempo. Cierran la frontera. Vaya noche que se avecina.

Entonces pasó un policía, de esos bisnietos de neerlandeses de 190 cm de estatura que acampaban por allí desde hacía ni se sabe. Eran tiempos finales del apartheid pero con apartheid todavía y esa policía era de las más obsesivas con la seguridad que recuerdo. Y lo recuerdo bien porque dijimos en la frontera, al entrar en la RSA, que nos alojaríamos en casa de un médico amigo llamado M. y al día siguiente llamaron a M. para verificarlo.

El caso es que al policía le extrañó ver a cuatro caucásicos haciendo cola en un coche. Se detuvo. Papeles,¿Qué hacemos allí parados?. La cola, dije. Se rió. A carcajadas. Era una cola para ellos, señaló con un vago gesto. Para los "otros". Nos dio orden de abandonar la cola y adelantar por el morro a miles de ciudadanos a los que consideraba de segunda. Y pasamos.

En esa época mi diagnóstico de la RSA era que todo se convertiría en un desastre, apartheid, revolución, sida, 30% de inflación, etc. Me equivoqué. Hoy el cono sur de África, Mozambique incluido, es un sitio de esperanza, con la excepción del Sr. Mugabe, claro.

Nos alojamos en casa de Ian, agregado militar británico en Swazilandia. Un amigo común le pidió el favor. Llegamos muy tarde, unos criados nos condujeron a nuestras habitaciones y a las 07.00 otro criado entró un té y un zumo de naranja. A las 08.00 un criado distinto anunció que estaba el desayuno. Allí había criados por todas partes. Cotilla como soy, le pregunté esa mañana a Ian como podía pagar tanto criado y me enseñó una nómina oficial de su empleo de coronel. Muy escasa. ¿Entonces?.

Me convencí una vez más de que el lujo y la miseria son dos extremos que se juntan en un concepto: el servicio. No los bienes, o mercancías, sino el servicio.

Solo un ciudadano megarico en una sociedad avanzada puede disfrutar de la disponibilidad y atención de otros seres humanos. Es posible contratar personas que hagan de tu vida una balsa deliciosa, conductor, camarero, asistente, jardinero, mayordomo, gobernanta, etc, pero cuesta un dineral. En una sociedad opulenta el servicio o los servicios son caros, y valen más que las mercancías, porque un bote de coca-cola tiene, esencialmente, el mismo coste en cualquier punto del planeta, pero en la calle Rivoli en Paris te cuesta €8 en una terraza - vale más el servicio que la mercancía - y en Acapulco un tipo anda un kilómetro por la playa hasta el chiringuito para traerte en persona el bote de Coke fresquito, y en su caso, sociedad en vías de desarrollo, la mercancía cuesta más que el servicio, porque te trae el bote por apenas unos céntimos.

Pensaba en esto mientras cenaba en un sitio pijo. Hay sitios iguales en España. Pero los de España no se pueden permitir el nivel de servicio que he visto hoy. Solo megaricos o sociedades en desarrollo disfrutan de ese servicio. Un empleado destinado exclusivamente a abrir la puerta a los clientes. No hacía otra cosa que desear las buenas noches a los entrantes o salientes del local, con una sonrisa espléndida. No es un cargo menor en la plantilla porque durante la cena se han ido turnando varios en el puesto, a todos les toca.

Mientras las mercancías cuesten más que el servicio cabe esperar cosas que parecen opulentas en una sociedad avanzada, solo al alcance de megaricos. Las sociedades más exitosas son aquellas que siempre han mantenido un exquisito equilibrio entre mercancías, sean bienes duraderos o no, y servicios. Unos niveles más altos de costes de los servicios han de ir acompañados de un valor añadido más alto en las mercancías producidas. Es imposible continuar fabricando cosas sin apenas valor añadido si los servicios superan en coste a las mercancías. Ya lo dijo el alfarero amigo, la escultura que compré en África era de talco, y me engañaron. Es verdad, pero aún así su coste superaba al del servicio, lo que cobró quien, aprovechando lo tonto que soy, me coló la estatua, era insignificante. Valor añadido insignificante en la mercancía igual a valor insignificante en el servicio.

Lo que no es posible es tener mercancías de escaso valor añadido con servicios caros. Es una ecuación en la que no hay manera de despejar la incógnita del progreso, y hay mucho valor añadido en una escultura de Josetxo, desde la concepción a la ejecución, y eso permite mantener parejos mercancías y servicios. Una sociedad que mantiene parejos esos niveles es una sociedad de clases medias, y próspera.

Pero si no se añade valor, talento, y competencia, en las mercancías, todas, si lo que priman son los servicios, siendo mucho más caros que las mercancías o mucho más baratos, estamos apostando por ser una sociedad de megaricos o de megapobres. Dado el precio de los servicios en nuestro país, muy altos, y el valor añadido de nuestras mercancías, muy bajo, da la impresión de que queremos ser megaricos produciendo cosas que hacen mejor y más barato los megapobres.

Hace unos días se quejaba en una cena un modesto editor que visita Shanghai y que me llamó. Tiene una revista dedicada al megalujo. Al megalujo español. La queja era las regañinas que le echa la administración española, para ser sinceros con gobiernos de un signo y de otro. ¿Megalujo? ¡puah!.

Y yo me preguntaba esta noche viendo la sonrisa del empleado que abría la puerta, si queremos tener a nuestra disposición una persona que nos abra la puerta y cobre un salario decente ¿no deberíamos tener nuestros buques insignia en el megalujo? ¿dónde nuestro Ferrari? ¿Rolls-Royce? ¿Cartier?. ¿Cómo añadir valor en la mercancía para permitirnos el lujo y nuestros caprichos de servicios caros?.

Porque haciendo algunas cosas, que son 10 veces más baratas donde ahora vivo, no lo conseguiremos. Un vasco anda por aquí vendiendo máquinas de control numérico. Son los vascos maestros en esas cosas. Su argumento comercial no es la productividad. Aquí no es un problema si el rendimiento es bajo. Los costes del servicio también lo son y se añade -si se precisa- más gente sin que impacte grandemente en el coste de la mercancía. Su argumento se tornó mas sutil, "si deseas que tu proceso de fabricación cuente con la homologación de calidad que exigen muchos clientes de occidente has de comprar mis máquinas", porque añadir más trabajadores no resuelve que las piezas salgan con la tolerancia que ciertas industrias requieren. Me pregunto si no hemos olvidado en España que para comportarse como megaricos es necesario trabajar como megapobres.

Al menos yo trabajo como un megapobre, aquí la jornada es de 48 horas semanales. Yo estoy haciendo unas 100.

Lo dicho, megapobre :-)

balsero

Comentarios

#1 Imagen de Luis Anastasía

Estimado Balsero:

 y yo que pensaba que era el único ingenuo que, por querer hacer las cosas como se debe, tenía que trabajar por el resto que no lo hace y también llegó a las 100 horas semanales. Sólo que no significa más dinero sino simplemente cumplir con la propia responsabilidad.

Leer y comprender tu análisis me hizo pensar que debería integrar algún capítulo de El Economista Encubierto.

Abrazos