Inevitablemente, toda explicación sobre el comportamiento presente de la especie obliga a retroceder a los orígenes del hombre. Por eso, el evolucionismo será el punto de partida en este empeño por desentrañar qué nos perturba al caer.
La otra fuente más socorrida para explicarlo todo, en el nivel del individuo, es el Psicoanálisis, pero si hay algo que detesto es el esoterismo cientificista, de modo que no haré referencia alguna a esa línea de pensamiento.
Ambos son sistemas cerrados y en esa medida exhiben una característica propia de las religiones: en último término, son irrefutables. Lo que no es poca cosa… Pero vayamos al asunto.
Tras una larga y sesuda reflexión he llegado a una conclusión que probablemente sea incorrecta, pero, dado que esto no es una academia de ciencias y a mí no me interesa la verdad, la doy por buena. La diferencia entre la ciencia y la literatura es que lo que mueve a la primera es el resultado; en cambio, para la segunda, el proceso, ese camino –tortuoso o divertido que uno recorre para llegar a alguna parte- es también fuente de goce.
Ciertamente, si tuviéramos la inteligencia instantánea de los ángeles, nuestra vida sería sombría: le faltaría sol y sal.
La conquista de la posición erecta
La morfología de los primates no está diseñada para caminar erguidos. De hecho, el único primate que utiliza la locomoción bípeda es el hombre. Ese desarrollo y el del pulgar oponible cambiaron el mundo más que Internet. No voy a entrar en el desmenuzamiento de las diversas hipótesis que tratan de dar cuenta de un hecho que escapa a nuestras posibilidades presentes de investigación. Retengamos un solo aspecto: los únicos que podemos caer somos nosotros; nuestros parientes no humanos, por su largo de brazos y forma de desplazarse, cuando se tropiezan, no caen, sino ruedan.
Excursus
La posición erecta, además de reducir la superficie corporal expuesta al sol, facilitando una mayor disipación del calor, de liberar las manos para transportar objetos y mantener a buen recaudo a las crías, de ampliar considerablemente el rango de visión en la sabana y aumentar la distancia que un individuo podía recorrer, alteró para siempre la sexualidad humana, al permitir a los machos exhibir sus genitales en todo su esplendor y hacer posible la penetración mirando a los ojos, algo insólito en el mundo animal. (Curiosamente, la misma transformación tuvo opuesto resultado en lo que toca a los genitales femeninos, que de ser visibles pasaron a estar ocultos. Tal vez, de ahí provenga el misterio que en tiempos posteriores tan buenos frutos ha dado a las mujeres.)
Mantener el equilibrio no es fácil
El nivel de coordinación muscular y de desarrollo del sentido vestibular que requiere la marcha erecta no es menor. Quienes se han visto en la tarea de construir robots bípedos, lo tienen claro: para caminar y correr es mejor disponer de cuatro extremidades y lo óptimo es ser hexápodos, como los insectos. Cuando los niños comienzan a caminar, se caen a menudo; no obstante, rápidamente desechan el gateo –más seguro, pero también más limitado- y lo sustituyen por la posición bípeda, que literalmente cambia su visión del mundo.
Aquí viene un primer indicio de respuesta a la pregunta inicial: los niños de edad inferior a dos años absorben las frecuentes caídas propias de su inmadurez psicomotriz con una naturalidad pasmosa. Caen y, salvo que se hieran al caer, se limitan a levantarse, como si nada hubiese sucedido. Sin embargo, de pronto algo cambia: el niño ya no llora por las consecuencias físicas del tropezón, sino por el mero hecho de haber perdido el equilibrio: lo que le duele no es el golpe, es la situación incómoda en que caerse lo pone.
La profundidad del qué dirán
Todos los primates –y el hombre no es una excepción a esta regla- tienen una tendencia cuasi-obsesiva a observar a los demás y a clasificarlos en función de diversas categorías, partiendo por una asignación de rango. Ahora bien, en el caso de los seres humanos esta preocupación adquiere características más potentes, por la capacidad simbólica que el lenguaje potencia. Es más que probable que uno de los primeros usos del lenguaje haya sido hablar de los otros miembros de la horda, sentados frente a la fogata nocturna. Aunque lo neguemos, nos importa sobremanera lo que los demás piensan de nosotros. Pero, para que eso ocurra, tiene que desarrollarse la capacidad de percibir al otro como alguien distinto a uno, lo que a su vez presupone el percibirse a sí mismo. Por eso, los niños muy pequeños no sufren psicológicamente al caerse.
La caída del Génesis y la génesis de la vergüenza
En el Paraíso no había vergüenza hasta que Adán y Eva comieron del fruto prohibido. El relato bíblico dice primero: “Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban” (Gen. 2, 25). Tras desobedecer el mandato divino, Adán y Eva se esconden porque ya saben que están desnudos y tienen miedo de que Dios los vea de esa guisa. Así, de acuerdo a la versión mítica del surgimiento de la autoconciencia, el primer sentimiento en el que esta se refleja es la vergüenza. (Si bien en el Paraíso no había espejos, era como el Panopticón de Bentham, con Dios siempre alerta en la torre de vigilancia.) ¿Será una mera coincidencia que a ese crucial episodio se le llame la caída?
Un chispazo de estigma
Al perder pie, nos sentimos humillados si –y sólo si- hay otras personas que presencian nuestra caída; de lo contrario, y al igual que les sucede a los niños pequeños, todo se reduce a una molestia muy pasajera: nos sacudimos y nos volvemos a poner de pie. Es la mirada de los otros, precisamente por mostrarse preocupados –sin sorna- por nuestro resbalón, la que proyecta sobre nosotros una aureola de burla, y con ella nos hacen sentir ridículos. Mediante ese sentimiento, accedemos en forma transitoria y fugaz a la sensación de rechazo que quien tiene un estigma debe soportar todo el tiempo. Implica sentir que se nos niega la condición de iguales, que somos percibidos como diferentes, casi ajenos a la especie. Y eso compromete nuestra dignidad y nuestro amor propio.
Antesala de la muerte
Sin embargo, y volviendo al evolucionismo, en la Naturaleza, caer es el prolegómeno de la muerte: un animal que dobla las patas y rueda no tiene demasiado futuro. Sin duda, en nuestra memoria filogenética está grabado a fuego el terror (*) a perder pie, debido a que caer nos hacía vulnerables a los depredadores, en tiempos en que la vida era bruta, áspera y breve.
(*) La palabra “terror” deriva de tierra y alude al hecho de que el miedo muy intenso produce una relajación del tono muscular, que en unos casos, tiene como consecuencia caer a tierra y en otros, cuando se ven comprometidos algunos músculos anulares que controlan la apertura y cierre de un orificio corporal, eventos aún más humillantes.
Recapitulación y conjeturas
Entonces, en eras remotísimas, habíamos aprendido a caminar erguidos y a evitar caernos, por temor a ser devorados. Luego, inventamos el lenguaje y paulatinamente, a través de ese magnífico instrumento, comenzó a cristalizar la individualidad, en la medida en que fuimos reflejándonos en los otros. Con la irrupción de la autoconciencia (la “caída” bíblica) nos desgajamos de la Madre Natura y nos convertimos en seres humanos, o sea por primera vez nos vimos a nosotros mismos y a la vez supimos que los otros también podían mirarnos: nació la vergüenza.
Quizás por eso, en el presente, que nos vean caer nos perturba tanto, porque en cierto modo es como retroceder a un estadio primitivo e indiferenciado más próximo al simio que al hombre. En definitiva, es la conciencia de la posición de inferioridad y el ridículo a que nos somete una caída enfrente de otras personas, la que gatilla la vergüenza y la subsecuente sensación de humillación. Esos sentimientos actúan como un resorte que nos compele a volver a ponernos de pie cuanto antes, recorriendo de vuelta, en unos segundos, varios millones de años…

Comentarios
#1 - Epifenómeno
Me siento identificada con tu idea de que en el ámbito de la literatura la verdad es mucho menos interesante que en el de la ciencia. Incluso estoy por decir que a algunos, las indagaciones sobre la verdad no nos dan juego y andaríamos fritos si tuviéramos que ajustarnos a ella. Yo, que razono lo justo y estructuro sin método, también prefiero especular aleatoriamente que asegurarme de que doy en el clavo al elucubrar sobre lo que sea que digo o cuento. Aunque no soy muy valiente, me atrevo a opinar sin saber, y creo que los sabios deberían tomar nota de mi frívola actitud y de la de otros iluminados y aprovechar para aumentar su acervo cultural, que al fin y a la postre la superespecialización es muy cortapisante. No me parece ese tu caso, tu estilo es más riguroso e incluso pareces avezado, así que no te incluiré en el gremio de los que contando cosas –u opinando- perdemos la olla.
Volviendo al asunto que nos ocupa, yo creo que la vergüenza sutil es una cuestión muy refinada y reciente en la historia de la humanidad. De hecho es un epifenómeno de técnica tan depurada que no le veo más de unos 180 años de antigüedad. Antes de eso, según mi teoría, la gente se caía casi tanto como ahora, pero no se avergonzaba. ¿Qué hacía pues? Depende, unos se enfurecían, otros maldecían o escupían al barro de la calle o pateaban a un perro o arreaban un bofetón a un niño o culpaban a la mula o no hacían nada y se levantaban, recogían sus bártulos esparcidos por el suelo y santas pascuas. Alguno había que era mucho más irascible que lo deseable y si tenía un trabuco a mano, disparaba. Pero eran los menos. El caso es que no se me había ocurrido antes de leerte, que un ataque de vergüenza producido por un leve accidente de circulación pedestre pudiera considerarse propiamente un “comportamiento de la especie”. Yo creo que es simplemente un fenómeno añadido en fechas recientes y absolutamente prescindible. Sin embargo, de todo se aprende y me ha parecido muy interesante esa regresión a la noche de los tiempos que viene contenida en tu explicación.
Y es que la oscuridad de la noche mantiene vigente buena parte de la fuerza primigenia de los sentidos segundones, esos que fueron quedando relegados por la mayor preeminencia de la vista en el proceso de humanización. Seguro que en la percepción de la noche está la clave, o una de ellas al menos, pues aunque suene paradójico estoy casi segura de que tanto los niños como los adultos y tanto el hombre moderno como el que vivió en tiempos paleolíticos se han caído menos durante la noche que durante el día. Y ello no solamente porque hacen menos uso de la locomoción en general en horas de oscuridad, sino también y sobre todo porque extreman las precauciones y se ayudan de manos, codos, rodillas y hombros para encontrar más puntos de apoyo en los que afianzar el equilibrio. El ser humano cabal e inteligente nunca se ha sentido razonablemente seguro e indemne en la oscuridad, así que toma precauciones. Y si a pesar de todo en la penumbra de la noche te caes, ni te azoras ni se ríen. Por decirlo de manera protopoética, la noche te sostiene.
Sin embargo a la luz del día sucede que uno se siente pletórico y lleno de las capacidades vitales que la condición de humanos nos dispensa. Miramos al frente y al cielo, porque no tenemos depredadores naturales y estamos alejados del humus originario, controlamos a las bestias, dominamos el asfalto, hemos hecho del ruido música, y del olor perfume. Somos héroes y el que se cae es un héroe caído. ¿Cómo vamos a caernos? ¿Cómo perder el logro de las altas torres? ¡Qué conmoción comprobar, en pleno instante de energía y vigor –porque uno siempre se cae en el momento más ágil y dinámico de su andadura-, que nuestro equilibrio empieza y termina en el duro el suelo! ¡Menudo golpe a la autoestima, maldita sea! Y a un fulano que pasa por ahí y te ve, se le va y se le viene la risa; otro se acerca y sin el menor pudor pregunta: ¿te has hecho daño? ¡Menudo mentecato! Pero no es ese el peor, no, porque hay otro demediado que en un chispazo de clarividencia gloriosa va y te suelta: ¡Uy!, te has caído. Odiosos todos, vamos.
Porque lo malo no es caerse, lo malo es caerse en público. A decir verdad, cuando nosotros nos caemos, los otros vanidosos mentecatos erguidos que se mantienen en pie y se creen invulnerables tienen las entendederas llenas de majaderías. Porque aunque podrían obviarnos como si estuviéramos en medio de la noche oscura, se acercan, nos miran, nos preguntan, nos socorren... y sonríen.
¿Es que no está claro?
#2 - Interesante
Muy interesante tu texto.
Hace ya bastante tiempo leí por ahí una teoría que pretendía explicar la transformación que sufren algunos sujetos cuando conducen precisamente relacionándola con nuestra rara condición de bípedos: cuatro ruedas como cuatro patas, por fin ocupamos la superficie que nos corresponde, ya se puede gritar y empujar sin reparos. ¿Sabes algo de eso?
Saludos.
#3 - También me parece muy
También me parece muy interesante el tema de la cuadrupedación rodante. No puedo profundizar en él ahora mismo proque acabo de perder el aliento contestando a un súbito arrebato de vanidad religiosa de Irichc, el ínclito; pero doy por hecho que merece la pena relacionar nuestra actitud agresiva al volante con aquella que era propia de la especie cuando en vez de caernos cual largos somos, rodábamos cobre nuestros lomos arqueados.
#4 - La remito a mi secretaria...
¿Ves que pedir lo imposible puede terminar dando resultados? Antes querías sacarme a patadas del pueblo y ahora te das la lata de leer las tonterías que escribo. Si yo hablara... Pero no, no lo voy a hacer.
Meramente, te diré que, a diferencia de Lunalabruna, que efectivamente nos va a convencer de que tiene opinión "de omnia re scibili" (et quibusdam alis), no creo que exista ninguna relación entre conducir y sentirse cuadrúpedo, algo que por lo demás, nuestra especie nunca fue cabalmente.
Ciudades como Bangkok hierven de motoristas y ellos también son agresivos. De todas maneras, te prometo que voy a pensar y eventualmente inventar una razón por la que algunos nos convertimos en enajenados psicópatas peligrosos al volante de un coche.
Mientras y para no ser siempre tan espeso, creo que voy a publicar unas digresiones humorísticas sobre las mujeres al volante que escribí tiempo atrás y que me costaron algunas acusaciones calumniosas de ser machista, vamos, lo típico cuando la imaginación falla o no está muy desarrollada.
Te abraza,
Xenon
#5 - ¡Joder con la monjita!...
Oiga usted, no me aportille el cuento con un comentario que es mejor y más ameno que lo comentado. En otro momento le responderé in extenso; ahora sólo quería acusar recibo de su enciclopedia epifenoménica (palabra con olor a marxista) y alegrarme, por rescatar algo, de que lo que escribí le haya inspirado ese arrebato.
Perdone que me meta en su vida privada, pero, sin conocerla personalmente, me atrevería a afirmar que está usted enamorada y que no es la monja descascarada que algunos dicen que es.
Xenon
#6 - Pues no, pero aunque no,
Pues no, pero aunque no, a mi también me pasan cosas raras. Mira por ejemplo lo que me sucedió el año pasado, (pronto va a hacer un año).
Íbamos mi hermana y yo camino del pueblo, a visitar a mi madre. En plena noche y en medio del diluvio universal, cuando estábamos ya llegando, nos salimos de la carretera. Me llevé un susto de muerte mientras el coche daba tumbos entre piedras y socavones hasta quedar definitivamente atrancado en unos bancales. Allí pasamos la noche. Ya había amanecido cuando dejó de llover y entre los últimos retazos de nubes apareció un cielo claro y limpio. Inspeccionamos el terreno y advertimos que hacia adelante había un talud de varios metros, abajo el mar, a la derecha un mausoleo y al otro lado tumbas y nichos. Estábamos encalladas en el cementerio. Quisimos maniobrar para volver al camino principal, pero un escalón nos impedía movernos del terraplén en el que estábamos. El pueblo quedaba cerca y mientras pensábamos cómo salir del atasco, llegaron dos tipos armados de cuerdas y picos y palas.
-¿Nos echáis una mano para devolver el coche a la carretera?- pregunté.
- Ufff -dijo uno- No va a ser fácil, tendremos que subir el coche a pulso hasta ahí -señaló otra terraza- para poder darle la vuelta; esperad que venga alguien más y probamos.
Mi hermana se hartó de esperar, es muy impaciente, y dijo que se iba andando hasta el pueblo. Yo me quedé de palique con esos dos, custodiando el coche y esperando más ayuda. Al rato llegaron unas mujeres cargadas de flores, y niños y más gente a quienes se veía la mar de entretenidos charlando o jugando mientras barrían los senderos y limpiaban las losas de las tumbas.
Lo cierto es que nunca había estado antes en el cementerio de mi pueblo, así que lo recorrí de un lado a otro mientras esperaba y comprobé que es un camposanto precioso. Parece emerger del mar y trepar por la ladera de la montaña formando bancales, todo él recorrido por caminitos de apenas dos pies de ancho y plagado de geranios de colores y matas de margaritas. Aquella mañana la atmósfera era diáfana, inundada de luz. Aquí y allá brotaban fuentecitas y corrían riachuelos, porque había llovido mucho y estaba todo muy limpio y apañado. Olía a tranquilidad y a tierra mojada. Mientras paseaba iba llegando gente, cada vez más. Estaban los niños jugando y corriendo, algunos adultos desplegaban mesas y sillas de campaña y preparaban rebanadas de pan con aceite y tomates, boquerones, embutidos, grandes trozos de tortilla de patata, uvas, queso y bocadillos de escalope. Y vino y gaseosa a raudales. Vaya, que aunque un cementerio es un lugar insospechado para una romería, la fiesta resultaba muy animada y bonita.
Yo seguía esperando a ver cómo sacaba de allí mi coche cuando una mujer que sin ser vieja ya era más que de media edad, se acercó y me invitó a acompañarla hasta la cantina a tomar café. Se lo agradecí y acepté, no había desayunado todavía. En la cantina había bastantes mesas rectangulares con seis u ocho personas en cada una y todo el mundo charlando y riendo animadísimos, haciendo planes para el día. Olía a café y a ensaimadas calentitas. Al poco rato entró el chico de las cuerdas y la pala y llamó a gritos.
-¿Está aquí la del coche?
-Sí, sí; yo, aquí... dígame
-Ya lo hemos sacado del parterre y está puesto en la carretera, cuando quiera puede marcharse.
Me terminé el café de un sorbo y me levanté de la mesa. La mujer que me invitaba se levantó conmigo. Le di la mano para despedirme y agradecerle su amabilidad, ella la tomó entre las suyas y me sonrió, tenía la sonrisa muy agradable y cálidas y secas las palmas de las manos, pero helados los dedos. Helados, blancos y traslúcidos como el alabastro. Y las uñas lívidas. Ella volvió a sonreír y a mi me recirrió un estremecimiento.
-¿Estás muerta?- Pregunté.
-Sí, claro, todos estamos muertos, ¿No ves donde estás? Aquí siempre estamos muertos.
-¿Y yo?
-No, tú no. Vete ya, que a tu coche ya le han dado la vuelta.
-Bueno –me sentía muy azorada- gracias por todo.
-De nada, guapa, si necesitas algo ya dirás.
-¡Chao!
Esto me sucedió de verdad. No es sueño ni es fantasía, ni es cuentecillo para que pases el rato. Así fue como pasó y así te lo cuento. Desde entonces con cierta frecuencia me encuentro con esa mujer en algunos sitios. Siempre me echa una mano, me indica cuan ancha es una plaza de aparcamiento, me ayuda a subir las bolsas de la compra, cierra las ventanas de mi casa cuando hace mucho viento, plancha de maravilla las mangas de las camisas y cosas así.
#7 - ¡Basta de privilegios!: aquí somos todos iguales
No sé si a posta o por despiste, pero lo cierto es que has inaugurado un nuevo modo de hacer las cosas en este pueblo en que el debate por el nombre de la calle está llegando a niveles paroxísticos: eso pasa siempre cuando lo último que valga la pena recordar (ya no digo, relatar) sucedió hace más de medio siglo. Por lo demás, desde que nos traen el mamut a la puerta y Dios se murió, el embotamiento es la norma.
(Tengo que publicar lo de Ortega. Lo dejo anotado aquí para que no se me olvide).
Decía que has desbaratado la percepción del desencantado Kohelet acerca de la ausencia de novedad en el comercio humano, al replicar una entrada de cuaderno como comentario. O estás muy estresada o tienes pajaritos en la cabeza, confiésatelo a ti misma, qué tanto, si hay curas pedófilos a manta no va a poder enamorarse una abadesa. Ahora, cuando te pones a escribir cosas como esta y quieres convencernos de que tu delirio es real, entro a preocuparme: ¡eso es como tener un cóndor revoloteando dentro del cráneo!
Es más: te prohíbo que vuelvas a leer a Juan Rulfo. Sinceramente, veo más factible tener encuentros con alienígenas que con no-seres. La mentalidad mágica, está claro, no ha podido ser desplazada por la racionalidad y, bueno, mientras no me obliguen a comulgar con ruedas de carreta, todo pasando...
Te propongo pasar de lo inicuo a lo inocuo. ¿Por qué no dedicas esa capacidad imaginativa desbordante que a todas luces te posee a encontrar un nombre para la ventana o calle y así podremos descansar en paz, como no hacen tus muertos? Debo confesar que he pensado algunos nombres, pero me he abstenido de mencionarlos siquiera 1) por el pavor que me infunde la Sintética, tan apriorística y spinoziana que es (esa cita de la "Ética" ¿era para mí o para LunalaBruna?) 2) porque sólo se me ocurren cosas como "Electroshocks recientes", "Últimos ingresos (al sanatorio)", vamos que tengo una fijación con los locos, y 3) porque temo que la despechada de mi ex-novia me haga vudú y termine quedando totalmente impotente o disfuncional eréctil, pese a los cajones de Viagra que me tomo con gran asiduidad.
Bueno, está bien, las cosas son como son y tú estás en tu derecho de tener los cables pelados, como Cortés, que le escribía largas y floridas misivas a los aborígenes mexicanos y él sabía que los tipos ¡¡no sabían leer!!, tal vez por eso tengo tanta obsesión con la locura: vino mucho loco a estas tierras y sus genes siguen dando vueltas...
Byron, ¿qué te parece si nos vamos de vuelta al Principado?
#8 - La cita de la Ética
Creo que solo he puesto una aquí, la del conatur. Pero yo sí tengo en cuenta la estructura en árbol de los comentarios porque es como la gramática: ¿que uno no sabe si este comentario es sujeto o predicado?, no hay problema, mira su lugar en la frase. Anarquista, que eres un anarquista.
Inserté la cita en respuesta a un texto en el que Plinio el Plomo, detonado, relataba un momento de crisis. Sabes bien que lo normal es un cambio tras la crisis, pero en este caso no, nuestro Plinio perseverará. Es sustancia.
Le contestaba a él, ni a ti ni a ella.
Saludos.
#9 - Yo no te contesto porque no
Yo no te contesto porque no he entendido nada de lo que me has dicho.
Dicho lo dicho, a partir de ahora me cambio de hilo y me pongo a otra cosa, porque en éste me he perdido y no me entero de ná.
Saludos
#10 - Almacenamiento caótico
Cada vez que te escribo, me reprendes por algo. Ahora, que si soy desordenado. El punto es que estamos en un medio que permite el acceso aleatorio, así que no se requiere como conditio sine qua non de orden para responder.
¿Tú sabes lo que es el almacenamiento caótico? Fijo que no, así que te lo voy a explicar. In illo tempore, la mercadería se almacenaba por "familias";de esa forma, las personas que trabajaban en un almacén sólo tenían que memorizar la posición de estos agregados, para acceder a los productos cuando fuera el caso. El inconveniente de ese sistema era que no consideraba la rotación de los ítems, un aspecto crucial para un óptimo aprovechamiento de un almacén. Hoy, en cambio, con el manejo de inventarios en línea que posibilitan los programas computacionales de administración de almacenes, no existe un lugar para cada cosa, sino que un determinado producto puede cambiar -según su rotación- de ubicación tantas veces como sea necesario, porque el sistema siempre sabe dónde se encuentra.
Todo lo anterior para decirte que si introduces en la ventana que figura abajo a la izquierda y que se llama "Buscar", el término "conatur", arroja esto:
Resultados de la búsqueda
De mi diario personal ...
Unaquæque res quantum in se est, in suo esse perseverare conatur. Y eso harás, lo veo. Saludos. Patuda Usted, ...
entrada de cuaderno
- Plinio el Viejo - 27/09/2006 - 5:00pm - 9 comentarios
Y sí, estoy de acuerdo con LunalaBruna en que ya está bueno de esto, que ya parece chat con público, al más puro estilo exhibicionista que tanto gusta en IRC...
Xenón
#11 - Improcedente
Me afeas el reprenderte, y te precipitas. Podrías haber dicho que te sientes reprendido, pero no, das por hecho que tus valores son los míos. Una lectura sosegada de mi texto debería llevarte a la conclusión de que lo afirmado es que si se opta por la estructura en árbol es fácil saber a qué texto responde cada comentario, como yo la uso, tu pregunta manifiesta que no te has dado cuenta de ese detalle, así que lo que he hecho, además de contestar a tu pregunta aclarando no solo tu duda sino también el sentido de la cita y además de minimizar la impresión que me produce leer que infundo pavor, lo que he hecho -hasta ahora- ha sido facilitarte una información que aparentemente podría resultarte útil.
Me hablas de las bondades del buscador, desde luego el de este pueblo es perfecto. Solo que yo no te he informado de lo bien que funciona este buscador, sino de lo útil que resulta utilizar determinada estructura para saber a quién van dirigidos los comentarios. Son asuntos distintos. El sistema sabe siempre dónde se encuentra cualquier texto, aún así tú ignoras su destinatario.
Creo que se evitará ese tonillo típico del Irc que parece incomodarte si no se cae en la tentación de achacarle a los demás intenciones que no tienen.
Cordialmente.
#12 - Asuntos de ego
No esperaba menos de ti, Sintética: te remito a la dialéctica de los superhéroes, pues estuviste de acuerdo conmigo en que el villano es absolutamente esencial e imprescindible para que la acción discurra -o transcurra, elige tú el verbo que más te guste.
O no entendiste el símil o no te dio la gana. Lo que quería expresar es que, aunque uno no respete la "gramática" de estos foros, igualmente toda respuesta es fácilmente hallable. Yo no doy por hecho nada, menos que tus valores sean los míos; en cambio, tú sí das por hecho que yo no me he percatado de la estructura -autointuitiva, como diría tu amigo, el viejo- de los comentarios y sus respuestas. Gracias por subestimarme a ese extremo, pero te informo, por si no te habías dado cuenta solita, que siempre el caos está en el origen de la creatividad. Por eso, yo soy un anarquista dentro de un orden y en mis últimas respuestas me he sometido a la "sintaxis" de los foros.
Y hablando del IRC -y con esto termino-, tus "precisiones" derivadas de una rígida preocupación por los aspectos formales, junto con la dificultad para distinguir matices humorísticos en las palabras (síndrome de la literalidad irrevocable), me lo recuerdan. Ea, pues, señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos y no te tomes en serio lo que pretendía ser una broma, porque nunca hay que olvidar que pronto moriremos. Sólo si fuésemos inmortales, tendría sentido defender a ultranza una posición por asuntos de ego, ¿no crees?
Pax in terra.
Amen.
#13 - Relax
Solo dejar claro algún detalle:
- A mí me da igual el orden o el desorden con el que insertes tus mensajes, prefiero que los insertes desordenados a que no los insertes. Yo uso la otra estructura porque me gusta más, no pienso imitar tu modo de hacer ni espero que imites el mío.
- En general me gusta leerte.
- No ha sido mi intención ni reprenderte ni que parezca que lo hago ni que te sintieras reprendido.
- Intento escribir con la mayor claridad que puedo: si hubiera querido invitarte a usar mi sistema habría escrito: "te invito a usar mi sistema", no lo he hecho porque me parece una pamplina
Por favor, no te incomodes. Saludos.
#14 - Respuesta dentro de un orden
CONTRAPRECISIONES Y SUB-ACLARACIONES
1.0.0.0 El orden es asfixia, ir contra la bullente marea de la vida, internándose a marchas forzadas en la selva de la muerte.
1.0.0.0.1 En consonancia con lo anterior, Kaczynski y yo proponemos dinamitar la sociedad occidental, heredera de la Revolución Industrial y volver al Paraíso.
1.0.0.0.2 La claridad -decía Ortega- es la cortesía del filósofo. También es una hija bastarda del orden.
2.0.0.0 Nunca me he sentido reprendido en Valdeperrillos.
2.0.0.0.1 Como dejé sentado en uno de mis escritos, la verdad no me interesa: entre ciencia y literatura, siempre me inclinaré por esta última.
2.0.0.0.1.1 En consecuencia, miento a menudo, finjo, hago guiños de ojos, represento papeles.
2.0.0.0.1.1.1 Si crees todo lo que lees, con todo respeto, estás loca.
3.0.0.0 No pretendo ser modelo de nadie; no ando buscando gente a la que "imitar", salvo Cristo, que ya está muerto, aunque dicen que resucitó.
3.2.0.5-7 Yo también te quiero.
Xenón