Los apuros de Aristóteles

Una de las aventuras más fascinantes del pensamiento humano consiste en investigar el fundamento o esencia de la existencia y sus criaturas. Parménides, Heráclito, Platón y Aristóteles se adentraron en el vasto reino del ser con el propósito de conocernos mejor.

 La polémica ontológica suscitada entre Platón y Aristóteles arranca de la concepción que tenía Parménides del ser. Para Parménides el ser es omniabarcante y no admite su  contrario, no admite pues el no-ser. Sin embargo, la teoría parmenídea ofrecía un flanco débil puesto que lo que es admite lo que no-es, y lo uno también admite su contrario, lo no-uno. Atrapados en una discusión semántica, tanto los platónicos como los aristotélicos no conseguían avanzar en la resolución de esa paradoja. Heráclito optó por aceptar las dos cualidades del ente primordial, la de ser y la de no-ser. Entendía Heráclito que si algo es debe admitir al mismo tiempo que no-es sin que ello significase menoscabo o pérdida de su esencia. Pero al de Estagiria le parecía sospechosa la ambigüedad heraclitiana, en especial porque violentaba el  principio de no contradicción que formula que A es A y que siendo A no puede ser B. También sospechaba Aristóteles de las soluciones propuestas por los platónicos, las referidas a los números y a las ideas esenciales y subsistentes, emanadas a su vez de la idea arquetipo, el uno/bien. Aristóteles huyó del panteísmo implícito en la propuesta platónica y optó por desarrollar su ontología mediante el estudio y la definición de la sustancia/entidad, “ousia”, y sus categorías y predicados, géneros y especies. A la sustancia/entidad también la llama sujeto y la llama sujeto porque éste es aquello de lo que todo se predica, ya que no habiendo sujeto no hay nada que pueda predicarse. Siglos más tarde Heidegger y Sastre desarrollarían este aspecto de la reflexión aristotélica y elaboraron la filosofía de la existencia. Para estos autores el humano es un existente.  A partir de ahí la ontología aristotélica se aleja de todas las metafísicas de su tiempo y se aplica al estudio científico de la sustancia. Al decir del estagirita cualquier ciencia que se precie de serlo, la filosofía incluida, debe regirse por la exacta definición de lo observado. Humanos, animales, vegetales, planetas y estrellas fueron examinados atentamente a la luz de las cualidades de la sustancia. Conceptos como los de forma, materia, entidad, sujeto y sustancia y todas las categorías abstractas que los definían se manejaron con la intención de cerrar el paso a la metafísica especulativa, al primitivismo arcaico y a las explicaciones platónicas del número y las ideas. Sustancia, en definitiva, es el espíritu del ente y de los entes, el sello o huella de lo que es, entes de los que puede decirse y predicarse algo, y aquello de lo que puede decirse algo se encuentra no sólo en su esencia y en su forma material y sensible sino en aquellas categorías gnoseológicas y abstractas  de las que el entendimiento se sirve para definir el ente y los entes. Esta aproximación aristotélica a la sustancia de los objetos materiales y abstractos resulta eficaz cuando se trata de estudiar organismos vivos pero no resulta tan útil a la hora de analizar la esencia de los organismos inanimados: planetas, estrellas, fuerzas de atracción y repulsión, y, sobre todo, cuando se trata de especular con conceptos etéreos como el alma, Dios y las antiguas tradiciones mistéricas cuyos presupuestos no había manera de someter a pruebas empíricas.  Para lidiar con los aspectos más sutiles de la existencia y el ser, Aristóteles se remite a la teología. Pero en este punto Aristóteles se ve en apuros. Para no incurrir en el panteísmo platónico, pone a Dios fuera del mundo y lo define como un motor inmóvil. Pero si pone a Dios fuera del mundo no hay manera lógica de afirmar que ese Dios extramundano mueve el mundo. Grave contradicción. Todo el edificio ontológico aristotélico descansa en un principio muy frágil, a saber, su empeño en definir la sustancia del ser, de lo que es, como algo dado al examen material y sensible. Lo que no sea material y sensible queda fuera del discurso ontológico aristotélico. El sustancialismo aristotélico no explica la causa última y primera del ser, de lo que es, del ente primordial. Además, de un modo sorprendente, Aristóteles afirma que el motor inmóvil no es causa eficiente y formal sino causa final, es decir, el motor  inmóvil se configura como ¡un atractor! Más que movidos por él, las criaturas existenciales somos atraídos por y hacia él. ¿Cómo es posible que Dios nos atraiga sin movernos? Ésta es otra contradicción grave de la metafísica aristotélica. Aquí entran los idealistas a atacar el flanco más débil del discurso ontológico aristotélico. Los idealistas entienden que la reducción y simplificación de la sustancia lleva al atomismo, pero el atomismo, por definición, prohíbe la descomposición última de la materia. Los idealistas se preguntan qué es el ser y su sustancia y llegan a una conclusión inaudita: el ser es pensamiento. Un giro copernicano, en mi opinión brillante, que permite salvar los aspectos ambiguos e insuficientes del sustancialismo aristotélico. Si el ser primordial, motor inmóvil en el discurso aristotélico, es pensamiento, quiere decirse que la razón humana funciona en red con ese Dios primigenio, luego la naturaleza humana es divina en tanto en cuanto participa de la sustancia divina. Al mismo tiempo, el ser de los idealistas no se encuentra fuera de la creación sino dentro de ella, ya que de encontrarse fuera de la creación no hay manera de percibirlo y pensarlo. No deja de ser sorprendente que haya sido la escuela idealista, metafísica por definición, la que haya traído a Aristóteles de regreso a la realidad.