Los apuros de Aristóteles (2)

Que nadie se llame a engaño por el título del texto, pues mi admiración por Aristóteles es total. Admiro a los/las grandes filósofos de oriente y occidente, no sólo por sus hallazgos sino porque a través de sus obras nos acercamos a los momentos de ruptura con el ser. Tal vez sean los filósofos y los teósofos los que con más dolor sienten, radiografían y pronostican los efectos dañinos que comportan las rupturas con el ser. La polémica ontológica mantenida entre Platón y Aristóteles, es decir, las diversas propuestas argumentadas por ellos para definir el ser y posibilitar así el conocimiento de nosotros mismos nos permite avizorar entre bambalinas el eco de una hecatombe. Este aspecto trágico de la filosofía, y en concreto de la ontología, se percibe mejor en Platón que en el estagirita. Así como Aristóteles fue más filósofo y menos teósofo, en Platón ocurre al revés. En cualquier caso, la investigación filosófica, al tiempo que nos ilustra, nos pone en la senda de dónde ocurrió el desastre. En este sentido, el hecho de filosofar, aparte de constituir una profesión peligrosa, no deja de ser un ejercicio de nostalgia.

Varios estudiosos de la Metafísica de Aristóteles coinciden en señalar que esta obra se caracteriza por la falta de unidad interna de los textos que la componen. Algunos textos fueron reelaborados a lo largo de la vida del estagirita dependiendo de sus encuentros y desencuentros con los platónicos, de sus propias observaciones y de los nuevos hallazgos astronómicos, matemáticos y filosóficos de las diversas escuelas de su tiempo. En definitiva, la lectura de la Metafísica nos muestra a un Aristóteles ambivalente y contradictorio, seguro aquí pero inseguro allí, tratando de asentar su ontología por oposición a los platónicos y teniendo siempre presente cómo conciliar la ontología con la teología, el dinamismo de la materia espacio-temporal con la quietud omnisciente del motor inmóvil o Dios. Aquellos que como Aristóteles se atreven a nadar en las aguas del ser saben que sobre sus conciencias pesa una grave responsabilidad: son los encargados de traer al mundo las buenas nuevas de un lugar que se supone dichoso y bienaventurado, pero si ello no ocurre así, se ven obligados a explicar a los demás a qué se debe la desaparición del paraíso. Por otro lado, hablar del ser en vez de Dios tiene sus ventajas. El ser es la sustancia o entidad que se encarna en cada criatura con independencia de su adscripción eclesiástica. Uno es con independencia de si cree o no, si pertenece o no a una iglesia en concreto. El gran logro de Aristóteles fue el de proclamar que la sustancia primera es el humano concreto y espacio-temporal, es decir, introduce lo absoluto en el individuo concreto. Nada puede predicarse mientras no haya un sujeto predicable, y siendo el individuo humano el sujeto predicable, el humano pasa a convertirse en el existente. A partir de ahí los existencialistas pudieron desplegar su filosofía. Junto a la sustancia primera aparece la sustancia segunda, esto es, el concepto, el tipo y la abstracción. En un orden jerárquico tiene primacía la sustancia primera puesto que se constituye como único sujeto de lo que puede predicarse algo. Con la aparición de la sustancia segunda Aristóteles abre el camino a la gnoseología y la semántica, es decir, a la filosofía del conocimiento y del lenguaje.

En el Libro VII de la Metafísica Aristóteles se esmera en definir el ser, y escribe al respecto: “El primer ser es sin contradicción la forma distintiva, es decir, la esencia (…) Es claro que la sustancia será el ser primero, no tal o cual modo del ser, sino el ser tomado en su sentido absoluto (…) La sustancia es absolutamente primera bajo la relación de la noción, del conocimiento, del tiempo y de la naturaleza (…) La pregunta que eternamente se formula: ¿qué es el ser?, viene a reducirse a esta: ¿qué es la sustancia.” Después añade que el ser o sujeto primero es, en un sentido, materia; en otro, la forma; y en tercer lugar el conjunto de la materia y la forma. Sin embargo, a lo largo del Libro VII Aristóteles muestra su ambivalencia y trata de alejarse de la Academia criticando la teoría platónica de la unidad entendida en su sentido doble: el uno (1) como el número matriz o creador, y el uno (unidad) asociado al bien como Idea generatriz. Escribe Aristóteles: “Se ve que ni la unidad ni el ser pueden ser sustancias de las cosas, como tampoco pueden serlo el elemento ni el principio (…) Lo que es común a los seres no es sustancia (…) La sustancia no existe en ningún otro ser que sí misma (…) Pero lo que es común a todos los seres debe encontrarse al mismo tiempo en cada uno de ellos (…) Los platónicos no tienen razón al hacer de la idea una unidad en la pluralidad, pero sí tienen razón al darle a las ideas una existencia independiente puesto que son sustancias (…) La causa de su error es la imposibilidad en que están de decir cuál es la sustancia de estas sustancias imperecederas, que están fuera de las particulares y sensibles”.

Queda claro que Aristóteles tiende a identificar la sustancia con la materia, y dado que la materia se la percibe por los sentidos, el sustancialismo aristotélico deriva hacia el materialismo y el empirismo. Aristóteles constituye un dique ante el irracionalismo y la metafísica delirante, lo cual es un logro del pensamiento humano, pero ello no le libra de contradecirse. Parece que el estagirita encuentra dificultad para admitir una sustancia común y universal que iguale a los seres humanos (la sustancia de las sustancias, y que en mi opinión es el pensamiento) y que los hermane ante y mediante la sustancia o materia primera. Como cada individuo es diferente, como no se puede decir que humanos, animales, planetas y estrellas sean iguales, la adscripción de una sustancia universal a cada uno de ellos resulta imposible. La sustancia aristotélica hay que definirla en según cada individuo concreto se incardine. Es como si la sustancia o materia primera fuese universal y omniabarcante en la teoría, pero sólo en la teoría, porque después hay que estudiar caso por caso el modo en que esa sustancia se encarna en cada criatura animada e inanimada. ¿A qué se debe el “puritanismo” de Aristóteles, su tendencia a separar el universal del individual? En mi opinión, Aristóteles se hace eco de la pérdida de contacto que la razón humana sufrió respecto del ser/sustancia (Idea en la terminología platónica) pero no acaba de cerrar la brecha. Cosifica la materia y accede a ella mediante inferencias lógicas, descripciones sensoriales, métodos empíricos y causales. En el pensamiento aristotélico se percibe una influencia solapada del atomismo, aunque Aristóteles lo distorsiona. Desconfía de la idea de vacío tan cara a los atomistas y sustituye los átomos por los elementos. Éstos no pueden existir en un medio con huecos sino en un escenario lleno de objetos ocupando cada uno de ellos su lugar específico en el cosmos.

Hoy en día los científicos se esmeran en bombardear el átomo en busca de los secretos más recónditos de la naturaleza. ¿Pero son divisibles los átomos? Entiendo que, al menos en una visión simbólica de este asunto, los átomos son los constituyentes últimos de la materia y que la sucesiva división de los componentes, partes, porciones o subpartículas atómicas nos distrae del hecho esencial, que no es otro que proceder a desmitificar la noción aristotélica que equipara la sustancia con la materia. Habría entonces que considerar que la materia es pensamiento. Acorde a Aristóteles hay momentos en que el ser se aleja de nosotros por una barrera de elementos (¿átomos?), fuerzas de atracción y repulsión, potencialidades que no se manifiestan y por el movimiento imperturbable de las esferas celestes. El universo aristotélico se encuentra cosificado, sujeto a leyes rígidas y también el observador que lo contempla. La sustancia sólo se pertenece a ella. El ser se nos escurre entre los dedos. El observador aristotélico es un científico, un definidor minucioso, tal vez obsesivo, de fenómenos y hechos.